La reina de mis caprichos
Ordené al mayordomo avisar a la tía abuela y le pedí a Candy que ambas me esperaran en mi despacho. Había descuidado algo y en seguida estaría con ellas. Ya que la decisión estaba tomada, a partir de ese momento, procuraría hacer las cosas como debía.
Subí al primer piso y entré en una habitación que había permanecido cerrada desde la muerte de mi sobrino. Busqué en el tocador de Rosemary, en el armario, donde aún se conservaban algunos de sus vestidos... incluso el vestido de boda que heredó de nuestra madre. No, allí tampoco estaba ¿Dónde demonios lo habían escondido?
Me sentía perdido. Por años no había vivido en esa mansión sino en otras propiedades. Oculto de los demás miembros del clan y, ahora, resultaba que me sentía como un extraño en mi propia casa. Estaba convencido de que nadie habría tenido la audacia de cogerlo y mucho menos tirarlo. Debía hallarse en algún otro lugar de la casa ¿Pero dónde? Aquel era el lugar que le correspondía... Quizás ¿Lo habrían devuelto a la habitación de mis padres?
Me encaminé a una de las habitaciones más amplías y soleadas de las que disponíamos. Rosemary solía explicarme que a nuestros padres les gustaba pasar largas tardes leyendo juntos en la terraza. Esta quedaba resguardada de las miradas de las visitas imprevistas porque la habitación estaba situada en el ala trasera de la mansión. Desde allí, se disfrutaba de unas de las mejores vistas de las montañas y, en determinados puntos, se podía alcanzar a divisar parte del lago y de los portales. Mi padre los ordenó construir como regalo para su hermana pequeña, al nacimiento de cada uno de sus hijos. Había sido su forma de demostrarle que aquella seguiría siendo siempre su casa.
También rebusqué sin éxito. Tal vez alguna de las mucamas pudiera decirme donde lo habían guardado. Bajé por una de las escaleras del servicio, pasando por delante de la habitación de Dorothy. Escuché ruidos y supuse que ella estaría allí. Bueno, ya que era la más cercana y una de las criadas con las que más confianza tenía, le consultaría a ella.
La puerta estaba un tanto entreabierta, así que la empujé un poco más para poder asomarme. Al hacerlo descubría algo que nunca hubiera sospechado...
Dorothy estaba arrodillada en una silla, agarrando el respaldo, mientras George la ensartaba por detrás, besándola por el cuello y aguantándola, con un brazo por su cintura y con la otra mano sobándole las tetas sobre la ropa. Ambos estaban casi vestidos y al verme aparecer por la puerta, asustados, pegaron un brinco, separándose cada uno a una punta de la habitación, intentando disimular lo evidente, recolocándose las ropas como bien podían.
No pude evitar reírme un poco. Por una parte, lamentaba haberlos interrumpido y asustado, destrozándoles su encuentro, y por otra, no dejaba de resultarme cómica toda la situación. Bueno, como ya les había fastidiado el momento, aproveché.
- ¡Hola, George! Yo..., esto, estaba buscando ¿Dorothy, sabes dónde está el joyero damasquiano de mi madre? -Hasta a mí mismo me sorprendió la naturalidad con que me salió la pregunta, como si preguntar aquello, en aquel momento, fuera lo más normal del mundo y no como si le hubiera fastidiado la jodienda a nadie.
- Eh, Ah... creo... creo que... -La pobre muchacha estaba roja como un tomate. Yo aún tenía que esforzarme más en contener mi risa para no delatar mi diversión. Mientras, por el rabillo del ojo, podía ver a George pasándose las manos por el cabello con nerviosismo-, creo que lo dejaron en la habitación del señorito Anthony, señor -contestó bajando su cabeza y mirándose las manos.
- ¿Sí? ¿Por qué?
- Al señorito le gustaba tenerlo porque le recordaba a la Sra. Rosmary, señor... -murmuró aún enrojecida.
- Ah ¿Si? bueno, está bien. Lo buscaré allí entonces ¡Muchas gracias Dorothy! -le agradecí sonriendo, dándome la vuelta para salir- ¡Ah! Por mí no se preocupen -Asomé de nuevo-, yo no he visto nada -Le guiñé el ojo a George... "¡Uy amigo!" pensé, "De esta no te escapas... ¡Vaya con el viejo George! Pegándome sermoncitos y resulta que luego se me repasa el servicio..."
No, aquello no era cierto. Me alegraba por él. En todos los años que yo había estado a su cargo, jamás le había visto relacionarse en ese modo con nadie. Pero era lógico que él también tuviera su vida. Quizás siempre la había tenido y lo que realmente pasaba es que era demasiado reservado. Claro que precisamente era ese rasgo el que lo mantenía como mi mano derecha y hombre de confianza. Sabía que podía confiar ciegamente en su discreción. Más tarde, tras hablar con la tía Elroy, sería mi turno para demostrarle que él también podía confiar en mí... Aunque no podía negar que sentía curiosidad por los detalles...
¿George y Dorothy? ¿Sería algo serio? Aunque no sería la primera pareja que se formara dentro de la casa, tampoco quería que hubiera tensiones ni dramones si aquello no era más que diversión ¡Buf! La tía Elroy podría tomar medidas demasiado drásticas, a mi entender, si llegara a enterarse. Dorothy era la que tenía todas las de perder... No sabía qué pensar... En ese aspecto debía reconocer que George era todo un enigma para mí. Apenas sospechaba que él estuvo enamorado de mi hermana en su juventud... pero aquello nunca pasó de lo meramente platónico. Había sido un amor imposible.
Efectivamente, el joyero damasquiano de la familia estaba en la habitación de mi sobrino, sobre una cómoda, junto a un par de olvidados libros: "Historia Natural, tomo XXI" de Plínio el viejo y "Mutaciones en animales y plantas bajo domesticación" de Charles Darwin, ambos habían sido de mi hermana, y yo mismo casi los conocía de memoria.
Un dejo de nostalgia y remordimiento me asaltó... ¡Si tan solo no hubiera autorizado la cacería para la presentación de Candy!... O si hubiera asumido mi responsabilidad como patriarca, tal como me exigió la tía... Yo habría podido acompañar a los chicos, y no habría permitido que Anthony se desviara hacía la zona de trampas ¡Qué egoísta que había sido!
¿Había sido? ¿Y ahora? ¿Había dejado de ser aquel soñador resentido, por la soledad y el aislamiento forzado, que evitaba asumir la responsabilidad que le correspondía?
Pero realmente, yo no había elegido todo aquello. Yo no había decidido ser quien era por nacimiento. Pero tarde, comprendí. Que nadie lo hacía. Todos teníamos que asumir parte de lo que nos había tocado ser... Al igual que el león no podría vivir alimentándose de pasto y se veía impelido a cazar...
Tomé el joyero familiar, vacié las joyas en una plata cercana y deposité en su interior el contenido original. Había llegado el momento de asumir en toda su extensión, mi responsabilidad. Se lo debía a mi familia y se lo debía a Candy.
Continuará...
