La reina de mis caprichos

- Por la potestad que me ha sido conferida, los declaro, hombre y mujer ¡Ya puede fornicar a la novia! -El sacerdote dio su bendición en el aire- La Srta. Candice White ya no es su hija.

Miré a mi izquierda para encontrar a mi pequeña, tan solo luciendo un precioso ramo de rosas blancas, cayendo en cascada, y el velo nupcial, a través del cual podía apreciar su preciosa sonrisa.

- Si alguno de los presentes tiene algo que objetar, que hable ahora o calle para siempre -¿No debió preguntar aquello antes, el párroco? Giré para ver a la concurrencia. George estaba acabando de amordazar al último de los abuelos del clan. En primera fila, la tía abuela Elroy y el Sr. Briand, Janice y Timothy, mi padre y mi madre, Rosemary y el Sr. Brown, Anthony, Stear, Archie... Cuando acabó de atarlos a todos, me miró y me guiñó el ojo.

Sorprendido, volví a mirar a Candy, pero ella ahora se encontraba sentada sobre el altar, totalmente abierta de piernas, expuesta y dispuesta para mí. Me di cuenta de que yo también estaba casi desnudo, apenas ataviado con el colgante de los Andrew en mi cuello. Tenía la polla bien parada y me notaba los cojones a punto de reventar. La cara de Candy, mirándome con pura calentura, tampoco ayudaba demasiado...

- Papaíto -Sonrió juguetona-. Ven, ven a follar a tu princesita -Me animó, tocando su labio inferior con el índice, con su acostumbrado gesto de niña traviesa... ¡Por dios! Aquello era superior a mis fuerzas. No esperé más. No podía aguantar más. La embestí, traspasándola sin miramientos, totalmente ido de deseo. Decidido a darle tan duro como pudiera-. Sí, sí, siiiiiiií ¡Papaíto, me gustaaaaa! -gritaba ella mientras parecía competir contra mí, para entrarme más profundo en su empapado coño.

- ¿Te gusta, pequeña? ¿Te gusta? -Necesitaba saber que era capaz de volverla tan loca como yo.

- Sí, sí me gusta Albert...

- ¿Quieres más? ¿Quieres que te dé más duro, Candy? -susurré entre sus rizos, mordisqueando su oreja.

Detrás de mí, podía escuchar al consejo de ancianos vitoreando y ovacionando- ¡Así se hace, William! ¡Es tu responsabilidad! Debes perpetuar el clan. Necesitamos al nuevo heredero Andrew ¡Hazlo por los Andrew! ¡Hazlo por los Andrew!

- Sí, abuelito. Dame más duro, dame igual que aquella noche en el mirador...

- ¿Lo recuerdas? -pregunté alarmado y entrando en pánico.

- Claro que me acuerdo, Sir William ¿Cree usted, en serio, que, una dama como yo, pueda olvidar tan fácilmente? -Al alzar la vista tenía frente a mí a una exuberante pero completa desconocida, de ojos verdes. Sus enormes y apetitosos pechos rebotaban a cada una de mis estocadas.

- ¿Quién?... ¿Quién eres tú?

- ¿Cómo que, quién soy? -Estalló en carcajadas- ¿Ya no recuerdas a tu primer amor? Soy tu adorada Felicity Crawford, la Condesa que te despreció porque tan solo eras un don nadie... Pero ahora, las cosas han cambiado ¿No es así, mi Lord William?

- ¿Qué? - De repente, su cara se me hizo completamente reconocible. Era cierto ¡Era ella! Ahora recordaba claramente su cara. Durante varios años había estado locamente enamorado de ella... Pero también recordé más. Recordé su cruel risa, al declararme y presentarle mi propuesta de matrimonio, tan solo como Albert. Antes, ella se había entregado al coqueteo conmigo y realmente llegué a creer que me correspondía. Pero apenas me había considerado una diversión, pues según ella, un simple estudiante de medicina, sin alcurnia, no estaba a suficiente nivel para alguien de su casta.

Repuesto de la impactante impresión, la aparté de mí de pura repulsión. En ese mismo momento escuché otros jadeos y, al buscarlos, vi a Terry sentado en el banco de los testigos, trincándose a Candy, como un poseso, mientras me miraba con sonrisa burlona.

- ¡Candy! -Grité extrañamente dolido.

- ¡Candy es mía! ¡Es mía! ¿Lo entiendes? -dijo él, agitándola en su regazo con mayor brío, mientras ella, totalmente extasiada, no dejaba de gritar su nombre entre alaridos animalísticos-. Ella fue siempre mía y siempre lo será -Rio-. Díselo Candy, dile a tu querido Albert de quien es la polla que prefieres ¡Díselo!

- ¡Terry! ¡Terry! ¡Terryyyyyyyy! -gritaba jadeando a cada empujón. Furioso me acerqué a ellos.

- ¡Basta! ¡Basta! ¡Bastaaaaaa! -Sintiéndome totalmente impotente, solo se me ocurrió un modo de hacerla callar y, cogiendo su cara con ambas manos, le metí mi nabo en su boca, embistiéndola totalmente ido de ira-. ¡Calla! ¡Calla! ¡Calla!

Su boca era cálida, húmeda, acogedora y, tras una breve resistencia, empezó a mamármela con ahínco, mirándome desafiante. Totalmente sobrecogido de placer, noté como estaba a punto de correrme y quise apartarme, arrepentido del anterior sentimiento de resentimiento en el último momento, eyaculando fuera, dispersando mi esperma por toda su cara.

Cerré los ojos totalmente derrotado, sintiéndome mareado, enfermo y asqueado de mi mismo y, a la vez, intentando contener todo el torrente de odio, abatimiento y decepción que me invadía con respecto a Candy. Al volver a abrirlos, me encontré de frente con la tía Elroy que se estaba limpiando mis restos de su anciano rostro.

- ¡William Albert Andrew! ¿Se puede saber a qué estás jugando?

Horrorizado me desperté sobresaltado, chorreando sudor y manchado con mi propia lefa. Apenas podía respirar. Notaba mi corazón latiendo furioso, retumbando sus estruendosos golpes en mis oídos y la cabeza sin dejar de darme vueltas. Las incontenibles ganas de vomitar me obligaron a levantarme y a salir corriendo al aseo de mi aposento. Acabé sacando toda la cena y el dolor de cabeza se hizo aún mucho más intenso, casi como el día en que recuperé la mayor parte de mi memoria, en el restaurante.

Cuando logré recomponerme tras mi pesadilla, me asqueó la mezcla de mi olor y, con cuidado, me duché. Mientras, una nueva colección de recuerdos retornaban a mi mente... La Condesa, mis años de estudio en el extranjero, otro lejano amor... Victoria, después de Felicity, había conocido a Victoria... pero ella... ¿Qué había pasado? Algo se me escapaba, sentía que algo se me escapaba y mi instinto me decía que era importante ¿Pero, qué? ¿Por qué volvían esos recuerdos ahora? ¿Por qué cuando había decidido avanzar junto a Candy? ¿Qué era lo que no recordaba?

Agotado, confuso y desolado, sentí como las lágrimas resbalaban sin contención, por mis mejillas, como hacía años que no lo hacían, desbocándose a raudal, el dolor que, por tanto tiempo, me había esforzado en reprimir frente a los demás.

Continuará...