La reina de mis caprichos

Pese a haber anunciado nuestro compromiso en casa de los Leagan, deseaba que quedara constancia de una forma más oficial. Pretender que el resto de la familia se fuera acostumbrando a la idea y salvar cualquier posible oposición, a partir de lo que pudieran propagar ellos, me resultaba, cuanto menos, ingenuo. Aquella postiza parte de la familia nunca había sido santa de mi devoción, menos después de saber como habían tratado a Candy siempre que habían tenido ocasión.

El anuncio había sido un acto impulsivo. Estaba empezando a cansarme de tanto pavoneo por su parte. La mayoría de los temas de los que hablaban me importaban bien poco. Tampoco quería un compromiso secreto que propiciara que, antes del comunicado frente al resto del clan, se difundieran rumores que pudieran dañar a Candy. Además, aquella niñata insulsa de Eliza llevaba unos meses bastante empalagosa... La muy majadera había pasado de calificarme de 'muerto de hambre', 'mugroso', 'proxeneta', 'aprovechado' y otras lindezas, cuando vivía junto a Candy en los apartamentos Magnolia, a desvivirse por captar mi atención de las formas más inverosímiles.

En ocasiones, resultaba hasta divertido ver como ella sola se ponía en evidencia... pero la mayor parte del tiempo me resultaba insufrible... ¡Pobrecito del desgraciado que atrapara en sus redes!... Por mi parte, había hecho todo cuanto se me había ocurrido por espantarla, desde ignorarla por completo a tergiversar enteramente lo que dijera... Era inútil. Lo peor era que parecía ir a más... Incluso había empezado a temer encontrármela algún día fingiendo una situación comprometida. Así que, antes de que la cosa fuera a más, prefería dejar claras mis preferencias y prioridades.

Tía Elroy insistiría en nuestro recato. De eso estaba seguro. Pero no le quedaría más remedio que consolarse como pudiera. No pensaba seguir conteniendo 'mis muestras de cariño'. Y desde luego, no iba a permitir que aquel engendro llamado Eliza me complicara la vida.

De hecho, desde que empezó a insinuarse me había planteado un plan para deshacerme de ella de forma definitiva. Si era necesario o volvía a molestar a mi prometida, no dudaría en llevarlo a cabo.

No sería la primera ni la última vez que la gente a mi alrededor infravalorara mi carácter y determinación por intentar mostrarme educado y afable la mayor parte del tiempo. Simplemente me gustaba vivir tranquilo, alejado de dramas innecesarios... La vida ya te los procuraba sin necesidad de crearlos uno mismo y podía ser demasiado corta como para desperdiciarla con ellos.

Efectivamente, cuando llegamos a la mansión, a tía Elroy le faltó tiempo para pedir hablar conmigo— William no considero que fuera necesario que realizaras ese tipo de demostraciones... —empezó.

—¿Se refiere a anunciar mi intención de casarme con mi prometida? —Me hice el tonto.

—William, sabes muy bien a lo que me refiero...

—¿A brindar por ella? —Continué revisando un nuevo correo que había aparecido sobre mi escritorio... La letra me resultaba extrañamente familiar.

—¡William!

—¿Qué? —La enfrenté inocente.

—¿Era necesario que la besaras en los labios frente a todos? —Se exasperó.

—No, no lo era, pero, ciertamente, fue muy agradable —contesté encontrando a Victoria en el remite.

—¡William! ¿Es que acaso no te importa nada el modo en que puede afectar a la reputación de Candy?

—...

—¡William! ¡Me estás escuchando! ¡Por el amor de Dios!

—La reputación de Candy ha sido mancillada mucho más por usted y sus apreciados ahijados de lo que un simple beso de su futuro marido pueda hacerlo —Reaccioné, recobrándome de la impresión por el nombre impreso— Y si me disculpa, veo que en nuestra ausencia han aparecido asuntos pendientes que debería atender —Tía Elroy quedó enmudecida y salió penitentemente de mi despacho.

Leyendo la misiva descubrí que Victoria me reconoció en la fotografía publicada sobre la reciente inauguración del Miami Resort Inn, en uno de los diarios europeos de alcance internacional. Obviamente, no disponía de mi dirección concreta y la carta había estado viajando, de un lugar para otro, hasta llegar a destino durante varias semanas. El contenido del sobre, resultó completamente inesperado. Decía que había estado muy preocupada tras enterarse del atentado en Italia, pues suponía que había coincidido con mi trayecto de retorno a Londres, más, después de no recibir ninguna noticia mía.

Comentaba que había podido reunirse... ¡Con su marido!... Traté de recordar, pero resultaba inútil. En ninguna de mis memorias había percibido nada que me diera a entender que hubiera estado casada. Había creído que ambos éramos completamente libres... Recordaba el modo en que me había hecho sentir, la necesidad que tuve de estar con ella, incluso varios besos y confesiones de amor, por parte de ambos, ... Vicky ¿Había estado casada? Y si así era, ¿Por qué me escribía ahora? ¿Qué sentido tenía si había regresado con su marido?

Continué leyendo sin dejar de sorprenderme. Al parecer, también le había llamado la atención la publicación sobre el homenaje póstumo que le hicimos a Stear y donde también se publicó uno de sus últimos retratos. A parte de Anthony, Stear era el que más semblanza guardaba conmigo. Luego, al releer ambas noticias había atado cabos sobre la relación familiar. Pero lo más sorprendente aún estaba por llegar.

El último año había atendido, en la clínica donde ella trabajaba en Holanda, a un joven soldado que les había llegado muy malherido el último año de guerra. Durante los primeros meses, el pobre hombre había permanecido casi irreconocible. Además, tal como me sucedió a mí en Italia, también había perdido sus recuerdos y se encontraba totalmente desorientado. Con el tiempo, al ir recuperándose y retirando sus vendajes, le fue resultando cada vez más familiar. Ella estaba convencida de que podría tratarse de Stear.

Me enviaba su dirección pero no hacía mención a nada personal que pudiera haber pasado entre nosotros dos, aunque la despedida era apreciativa sin llegar a resultar íntima. No sabía qué pensar de todo aquello. La constatación de que Vicky había sido real y la esperanza de recuperar a Stear me tenían en un estado de total confusión.

Después de recuperar la memoria y de enterarme de que no se había recuperado el cuerpo de mi sobrino, había retomado el contacto con varios conocidos míos de Europa y había enviado a un equipo de investigación para recabar los últimos rastros de Stear. Lo que me exponía Vicky coincidía con alguna de las vías abiertas pero, ahora, confluían nuevas dudas ¿Debería ir yo mismo y averiguar que había pasado realmente entre Vicky y yo? ¿De verdad importaba, ahora que estaba decidido a construir mi vida junto a Candy? Evidentemente no podía ignorar la posibilidad de que aquel hombre se tratara de mi sobrino. No podía enviar a Georges, le necesitaba aquí.

Un golpeteo en la puerta interrumpió mis divagaciones— Adelante.

—Hola, Albert. La tía Elroy me ha dicho que no te molestara, que estabas ocupado... Pero tenía ganas de verte... —Apareció, tímidamente, mi dulce Candy. Guardé la nueva carta en el cajón. Me sentía agotado por el revoltijo de emociones.

—Pasa, ya he acabado. Además, tú nunca molestas y también tenía ganas de verte —Agradecí la interrupción. Su presencia siempre lograba distraerme cuando me sentía preocupado—. Creí que estarías con Archie y Annie... —Intenté sonsacarle dónde estaban los demás con disimulo para saber hasta qué punto podríamos 'distraernos'.

—¡Oh! bueno... ya sabes... dos es compañía, tres es multitud... —contestó cerrando la puerta tras de sí, entre vergonzosa y traviesa... O quizás fuera solo mi propia imaginación, que deseaba percibirla así. Más cercana a la pasional Candy de aquella inolvidable noche en Florida—. Antes, no he podido evitar escuchar que discutíais... ¿Ha pasado algo? —preguntó inquieta mientras yo me acercaba tranquilamente.

—Nada de importancia, en realidad —dije acariciando su mejilla—. La tía Elroy me estaba reclamando por mi actitud contigo.

—¿Conmigo? —Pude ver como su respiración se agitaba mientras su mirada caía a mis labios— ¿Por qué? —susurró.

—Por esto —La besé apenas rozando nuestros labios. El contacto empezó siendo menor de lo que había sido en casa de los Leagan pero fue aumentando a medida que ambos empezábamos a explorarnos. Sus delicadas manos, poco a poco, fueron rodeando mi cuello, mientras yo la acercaba más a mi cuerpo y cualquier pensamiento anterior se desvanecía. Candy era todo cuanto quería sentir. En momentos como aquel no lograba entender como había sido capaz de estar tanto tiempo separado de ella.

—Pues no veo donde está el problema —susurró coqueta sin acabar de romper el contacto.

—Me alegro mucho de ello —Sonreí contra ella—. Porque yo tampoco lo veo y así se lo he hecho saber —Volvía a apresar sus tiernos pétalos, pensando a quién podría enviar a ese viaje. Quizás Patty podría ayudarme con alguno de sus propios contactos. Debería escribirla, pero eso podría esperar...

Continuará...