La reina de mis caprichos
Pasó todo un mes antes de poder contrastar la información que me hacía llegar Victoria con mis otras fuentes y las de la Srta. O'Brian. Patty, por su parte, también había dado con varios rastros que la dirigían hacia Holanda, convenciéndome más de la necesidad de viajar personalmente al viejo continente. Si enviaba a una persona delegada, que Stear no conociera, podrían darse equívocos y problemas adicionales.
Por mi propia experiencia, tras el atentado que sufrí en Italia, la persona que fuera a buscarle debería haber tenido el suficiente trato con Stear como para producirle algún tipo de impacto que lo ayudara a reaccionar. A mí me sucedió con Candy. No la reconocí al principio, pero su presencia me resultaba extrañamente tranquilizadora, me inspiraba confianza y creí en todo cuanto ella me explicó. Resultó de gran ayuda para mantenerme controlado. Si no hubiera encontrado alguien así, posiblemente todavía estaría vagabundeando por vete a saber que parte de mundo. Mi instinto era ese, viajar. Chicago me resultaba familiar, pero aun así, me repelía. Recordaba una sensación de enclaustramiento.
Candy fue el detonante para no rendirme, para no huir. Stear y yo quizás no tuviéramos tanta confianza como me hubiera gustado pero estaba convencido de que me conocía lo suficiente. Me conocía de Londres y en Chicago estuvo bastante tiempo torturándome junto a Candy con sus inventos y ocurrencias, aunque sabía que la intención era buena. Tuve varias conversaciones interesantes con Stear que provocaron que aún le tomara más aprecio, aun sin ser consciente de quien era él para mí. Por ello, no podía resignarme a no recuperar su cuerpo. Debía hacerlo, de un modo u otro, esperaba, confiaba, que vivo.
Yo conocía muchas cosas de mis sobrinos. Que no se me hubiera permitido relacionarme directamente, no significaba que estuviera desinformado de todo lo que pasaba en sus vidas o que no tomara las decisiones oportunas para ayudarlos e intentar influir positivamente en ellas. Muchos detalles no los conocían del mismo modo mis subalternos.
El único que llegaba a tener el mismo nivel de información respecto a Stear y que, quizá, llegara a sobrepasarme, era Georges, pero él era necesario para seguir formando a Archie y paliar asperezas con el Consejo que ni yo alcanzaba en muchas ocasiones. Cierto era que siempre podía acabar imponiéndome pero, si algo había aprendido de él, es que la gente colaboraba mejor cuando era por voluntad propia. Si se les obligaba por autoridad, obtendrías lo que querrías, pero nada más y siempre desearían deshacerse de ti. Si los convencías, podrías obtener lo que querías y más, su verdadera lealtad. Yo aún estaba aprendiendo de él, y si algo me pasara a mí, Archie sería un digno alumno y substituto de mi figura. Si le pasaba algo a Georges, sería como volver a dejar a toda la familia huérfana. No quedaba más remedio, debería ir yo.
Candy y yo habíamos realizado el anuncio oficial de nuestro compromiso frente a los miembros más relevantes del clan. También establecimos la fecha de la boda que salió publicada en los diarios, un detalle que no había previsto. De nuevo, mi anonimato se desvanecía tal como había deseado la tía Elroy.
Una vez decidido a casarme con Candy, acordamos que la boda se realizaría a finales del siguiente mes. Ni Candy ni yo deseábamos un largo noviazgo. Nos conocíamos lo suficiente debido a nuestro tiempo de convivencia. Después de su confesión, mis recuerdos y emociones seguían siendo un manojo de contradicciones. Sentía que estaba enamorado o atraído, no estaba demasiado seguro, por tres mujeres simultáneamente, como si viviera en tres realidades y no lograba imponer orden en todo aquello. Estaba convencido de que ello era la causa de mis intermitentes e intensos dolores de cabeza y náuseas.
Por suerte, gracias a mi revelador sueño, la inquietud y atracción por la Srta. Crawford, se había desvanecido. Ya no sentía necesidad alguna de averiguar más. Con el sueño recuperé la memoria de mi desamor. Respecto a Vicky, aunque al recordarla, llegué a sentir que lo mío con ella podía llegar a superar lo que sentía por Candy, no sabía nada de su paradero ni de como nos habíamos separado. Desde mi estancia en África habían pasado casi cinco años y me resultaba absurdo creer que ella me estuviera esperando.
Con Candy, todo fluía de una forma natural. Lograba traerme sosiego, era real, estaba aquí, conmigo, la deseaba y me correspondía... Sabía que con ella podía ser feliz. Ella me conocía, me aceptaba como era y no intentaba cambiarme. Y yo creía saber como era Candy; vivaz, divertida, luchadora, valiente, independiente, generosa y con un gran corazón. Así que me decidí a elegirla, aun sin poder evitar la persistencia de los recuerdos recuperados de Vicky.
Ahora, todo parecía tambalearse de nuevo. El último comunicado de uno de mis agentes en Europa, instaba a la urgencia de actuar. El joven que sospechábamos que podía tratarse de Stear iba a ser dado de alta de la clínica donde había estado ingresado y podíamos volver a perderle la pista al no disponer de documentación. No tenía ni idea de la relación que mantenía Victoria con él y dudaba que se repitieran las circunstancias que nos llevaron a mí y a Candy a vivir juntos. Victoria tenía familia, marido y quien sabe si hasta hijos. No podía esperar que metiera a un extraño en su casa por hacerle un favor a un viejo... ¿Amigo?
El viaje de ida y vuelta podía consumirme perfectamente cinco semanas, como mínimo. Si pasara cualquier imprevisto, no sabía por cuanto tiempo podía permanecer en el extranjero. Debería posponer la boda pero ¿Por cuánto tiempo? Quizá fuera mejor suspenderla, manteniendo los preparativos para dos semanas tras mi regreso... Si Candy seguía esperándome. Seguía teniendo mis dudas respecto a Terry. Ella decía y parecía amarme de veras, pero yo no podía evitar recordar aquel castrante suspiro final.
Tras leer las últimas noticias, esperaba comentarlo con ella y decidir que hacer entre los dos. Pero los breves momentos de intimidad que nos permitíamos, conseguían anularme por completo. Estaba tentadoramente bella y me hacía sentir como si para ella no existiera nadie más en el mundo. Poco a poco iba descubriendo una parte sensualmente juguetona de Candy que me enloquecía. Si me miraba o mordisqueaba mis dedos de aquel modo, olvidaba todos mis celos y reparos substituyéndolos por la imperiosa necesidad retenerla conmigo. Sediento, ansiaba volver a saborearla, a complacerla, a experimentar juntos nuevas sensaciones.
Al entrar en la sala de recreo, la había descubierto junto a Annie, escondiendo uno de los libros eróticos de la colección de mi padre. No dejaba de ser alentador que Candy se planteara probar, lo que fuera que encontrara en aquellas páginas, conmigo. Annie había hecho la afirmación, pero la expresión de Candy era de curiosidad, no de desagrado... En cuanto reconocí el volumen, que yo mismo casi memorizara en mi pubertad, imaginé infinitas posibilidades. Todas ellas protagonizadas por mi pequeña.
En la placidez de mi despacho, notaba como Candy, en mi regazo, empezaba a mutar su percepción de mí. Algo que me inquietaba y aliviaba en igual mesura. Parte de mí seguía avergonzándose de mi comportamiento en Florida, mientras otra solo deseaba sobreponerse, consolándose porque no se produjeran consecuencias que me delataran...
Antes, había resultado muy fácil contener mi apetito. Nuestra relación quedaba delimitada por mi percepción de que yo solo era un amigo para ella y que no podía ser más que eso. Todo se vino abajo cuando me besó por primera vez, cuando parecía desearme a mí y no a Terry, al regresar de la fiesta. Después, no quería reconocer que la amaba, sumergido en la vorágine de atracciones. Así me resultaba más llevadero, sin torturarme con falsas esperanzas. Ya tenía suficiente con las lagunas que continuaban sin completarse en mi mente. Desde nuestro compromiso trataba de no intimidarla, deseaba que aquel aspecto acabara fluyendo con la misma naturalidad que lo hacía el resto de nuestra relación. Además, me mantenía alerta por si ella recordara algo.
Sin embargo, Candy también me estaba mostrando esa faceta de ella misma. Una parte que parecía no acabar de comprender y que quizás la asustara, tanto como a mí que descubriera mi secreto. Era tan grotesco que ella temiera mostrarse disoluta, precisamente ante mí. Si llegara a descubrir lo que pasó, estaba convencido de que no solo me odiaría a mí, por tomar ventaja, sino que, sin duda, se avergonzaría de ella misma, cuando no debería. El débil fui yo y continuaba siéndolo. Candy era como un canto de sirena, imposible de eludir cuando me correspondía. En el despacho, incluso llegué a agradecer internamente que nos interrumpiera la tía Elroy. Aunque duró poco. Candy se impacientaba tanto como yo y al tratar de tranquilizarla acabamos discutiendo del modo más absurdo.
Candy me reprochó tomar ventaja y, en parte, tenía razón, pero no en el sentido en el que ella me acusaba. Jamás me atrevería utilizar mi posición en la familia para obligarla a nada que ella no deseara. Aún menos para jugar con sus sentimientos ¡No podía creerlo! ¡Precisamente ella dudaba de los míos!... Cuando me interpeló sobre mi consentimiento para casarse con otro, tras lo acontecido con Neil, inmediatamente pensé en Terry... ¿Deseaba aún casarse con él? Entonces, ¿Por qué me había dicho me amaba entre lágrimas? ¿Era posible que ella también tuviera sentimientos confusos respecto a Terry y a mí, tal como me pasaba con ella y Victoria? Y si así fuese, ¿Tenía yo algún derecho en reprochárselo? Fuera como fuese, la ira me dominó en aquel momento y tuve que alejarme de ella para evitar decir algo de lo que, quizás más adelante, me arrepintiera.
Cuando me sentí más calmado regresé y le respondí con total sinceridad. Ninguno de los dos éramos ya unos niños para andarnos con tonterías. Yo no deseaba una muñeca. La quería a ella precisamente porque, debido a su forma de ser, no lo era ni lo sería nunca. Era alguien a quien deseaba proteger pero también alguien en quien podía confiar por su propia fortaleza cuando yo la necesitara. Candy era una mujer única y una de las personas por las que más respeto sentía. Me dolía que dudara de mi consistencia en ese aspecto. Creía que le había demostrado sobradamente que yo respetaba su sentir... Todos los meses que la vi sufriendo por Terry, disimulando para no preocuparme, y yo disimulando a su vez, sabiendo que no era a mí a quien esperaba encontrar en casa algún día... Temiendo el día que ya no pudiera compartir aquella harmonía.
Intentó alejarse pero se lo impedí. Sus dudas eran como un puñal que necesitaba ser extraído de una vez por todas, pero si ella me elegía a mí, debía ser definitiva. Lo hizo, con sus palabras, reiterando que me quería. Necesitaba sentirlo también con su cuerpo. Saber que lo hacía por completo, en toda la extensión de nuestra relación, que no había perdido tampoco su confianza y que ella pudiera sentirse libre conmigo. Volví a enloquecer bajo su correspondiente y ardiente exploración, confirmando que la Candy cachonda de Florida no solo existió como consecuencia del alcohol sino de su propio fuero interior. Quería que comprendiera que quería compartirlo todo. Anhelaba poseerla y ser poseído por igual. La deseaba tanto que, con solo verla alcanzar su propio éxtasis, ahogando su grito con mi boca, llegué a correrme en mis propios pantalones.
Al conocerla me pareció una niña muy bonita. Al encontrarla en Londres y de nuevo en Chicago, se transformó en una muchacha muy hermosa. Pero allí, entre mis brazos, corriéndose para mí, era simplemente una mujer sublime.
Continuará...
