La reina de mis caprichos
Ya en mi habitación volví a repasar el plan de ruta que habíamos trazado con Georges. Me había insistido bastante en ir él mismo para no retrasar nuestra boda, haciendo hincapié en la necesidad de 'sentar la cabeza'... si él tuviera la más mínima idea de como estaba mi cabeza en aquel momento no me dejaría salir ni al marco de la puerta.
Dejé mi viejo saco preparado para el día siguiente, con varias mudas, documentaciones y mapas, jabón, dinero más que suficiente y múltiples utensilios que precisaría. Intentaría hospedarme en hostales y pasar tan desapercibido como pudiera. Esa noche dejé de afeitarme esperando que cuando creciera mi barba nadie me relacionara con las fotos publicadas de uno de los patriarcas más ricos del país. Quería evitar los posibles charlatanes. Durante la guerra, en los campos de refugiados por donde me habían llevado, tras el atentado en Italia, había conocido lo mejor del ser humano pero también lo peor. La desesperación y la necesidad podían pesar más que los propios principios.
Europa estaba realizando un sobre esfuerzo descomunal para recuperarse y la incertidumbre, a pesar de los armisticios y recientes tratados de paz, seguía presente. Las clases trabajadoras eran las que más se resentían y eran las que, en realidad, reconstruían y mantenían el funcionamiento de la sociedad. También eran los que más familiares habían perdido y, a pesar de la ayuda recibida por los Estados Unidos, a los norteamericanos se nos percibía como unos privilegiados que salían reforzados, logrando substraer a Europa su hegemonía mundial... Al menos era lo que me transmitían mis contactos en los últimos comunicados. Por otra parte, en mis primeros veinte, también me había forjado diversas enemistades en el viejo continente.
Esperaba no coincidir con ninguna de ellas pero eran del tipo de personas con recursos, de las que no olvidan fácilmente, especialmente si tus acciones afectaban a sus intereses económicos. Afortunadamente, el tiempo que me escondí, disfrazándome de vagabundo, sin ser reconocido por mis propios empleados en Lakewood, me daba suficiente confianza en mi plan.
Lamenté no haber explicado todo a Candy en el despacho. Últimamente, su cercanía, me distraía demasiado. Tía Elroy tenía un compromiso y marcharía temprano. Debería hablar con ella antes, a primera hora, y después informar a Candy.
Del cajón de mi mesa de noche saqué las sortijas que había recogido aquella semana, del joyero de la familia, tras encargar que las grabaran con los votos que ambos habíamos elegido. La de Candy casi cabía en el interior de la mía. Quería dárselos a ella cuando nos despidiéramos, como una promesa de que regresaría a su lado. No dejaba de sorprenderme que alguien tan pequeño pudiera tener tanta fuerza y determinación. Era otra de las cosas que me habían enamorado de ella. Tenía sus momentos de debilidad pero siempre acababa sobreponiéndose. No me había ido y ya la añoraba. Su dulzura, su risa, sus ocurrencias, la forma en la que me miraba y se sonrojaba, el sabor de su boca, el olor de su coño en Florida, sus gemidos entre mis brazos... Tuve que volver a meneármela pensando en ella para lograr dormir. Necesitaría estar bien despierto al día siguiente. A estas alturas de nuestra relación, separarme de ella, iba a ser todo un calvario.
Continuará...
