La reina de mis caprichos
Había dormido a pierna suelta tras meneármela pensando en Candy. Por la mañana me sentía renovado y lleno de energía. El sol resplandecía y mi interludio con ella, en mi despacho, la noche anterior, había despejado bastante mi inseguridad respecto a la naturaleza real de sus sentimientos. Sentía que me quería y me deseaba, puede que incluso tanto como yo a ella. Estaba más confiado en que no había confundido sus propios sentimientos, por la ausencia de Terry.
Todos estaban ya sentados en la mesa para desayunar cuando entré. Solo tenía ganas de encontrar el próximo momento para estar con Candy. Ella parecía agotada e iba a asegurarme que se encontraba bien, cuando Archie me recordó el correo y, con ello, el cambio de planes. Casi me había olvidado y recordé de inmediato que tenía que hablar con ella, con tía Elroy y con George. Temía el modo en que Candy podría tomarse el inevitable cambio de planes.
En aquel momento era vital asegurarme que podría hablar con tía Elroy antes de que se marchara. Seguía molesta conmigo y no dudaba que intentaría castigarme, haciéndome esperar para la conversación. Decidí aplicar un golpe de efecto para captar su atención por completo y evitar su huida... Me arrepentí de inmediato, al ver la cara de Candy, mientras le acercaba la carta y la tarjeta de Terry, que me había entregado la tía, alegando que la había confundido con una de las muchas invitaciones que ella recibía.
Tía Elroy no dudó en levantarse y la seguí hasta mi despacho. Afortunadamente, coincidimos con Georges, al que hice pasar, para tramitar mi inminente viaje.
Como siempre, tras exponer y dar las instrucciones oportunas, acabamos discutiendo mientras Georges trataba de mediar entre nosotros. Solo me preocupaba que se hiciera cargo de Candy en mi ausencia y evitara que me siguiera, arriesgándose sin necesidad, como ya hizo años atrás por Terry. Candy había madurado mucho, pero seguía siendo apasionada y no estaba seguro de hasta que punto se continuaba dejando llevar por sus sentimientos.
Me sentía angustiado. No solo por la discusión. Algo me decía que había sido un error no haber hablado antes con Candy... Sin embargo, esa mañana hubiera sido imposible. Debía haberlo hecho la noche anterior, pero la tentación superaba al entendimiento, sabiéndome correspondido con tal deseo por su parte. Regresé al comedor, donde Archie me confirmó que Candy se había retirado a sus aposentos, tal y como sospechaba ¡Qué idiota fui!
Subí sin pararme a dar más explicaciones. Al acercarme, escuché una serie de golpes que parecían provenir de su habitación, como si estuviera removiendo sus cosas, buscando algo desesperadamente. Por un momento temí que alguien hubiera entrado para robar o hacerle algo... Luego, mi imaginación volvió a traicionarme y pensé que quizás se estuviera cambiando... ¡Diantre! Me había visto en situaciones igual de comprometidas con ella, cuando convivíamos en el apartamento... era inevitable... pero ahora...
—Candy... ¿Estás ahí? ¿Puedo pasar? —El ruido paró en seco, hasta que volví a escuchar varios golpes y, de nuevo, la calma.
—Adelante —Su voz sonaba agotada... Tan parecida a la noche anterior, tras quedar rendida entre mis brazos, que mi cuerpo reaccionó ante el recuerdo... Entré rápidamente, las manos me temblaban al cerrar el pomo. Tratando de disimular mi perturbado estado, las oculté en mis bolsillos, mostrando una despreocupación que no se correspondía. La encontré sentada frente a su tocador. Preciosa, erguida y señorial, cepillando, enérgica, su ondulado cabello, pincelado de destellos del sol que se colaba por la balconada.
—Lo siento Candy, querría haber podido hablar contigo antes, pero sabía que la tía hoy tenía un compromiso que la haría salir temprano, por lo que me he visto obligado a hablar con ella antes —Esperé paciente a que ella finalizara su empeño y se girara. Siempre me sorprendió lo ajena que era sobre el efecto que causaba en cualquier hombre. No podía entender por qué deseaba alisar aquella adorable fuente dorada. Cada rizo bailaba con sus gestos, retando al observador a que los acariciara, negándose a mantenerse en orden, junto a los otros. Me había quedado traspuesto admirándola, imaginando el tacto de aquel manto sobre mi piel.
Al tropezar con sus encendidos ojos en el espejo, reaccioné, sentándome en la cama, tratando de disimular, otra vez, la creciente estrechez de mis pantalones... Intenté distraerme repasando la habitación, divagando sobre qué podía haber causado el anterior trasiego y la forma de exponerle el motivo de la suspensión.
Candy permanecida muda. La peor reacción que podía esperar. Pocas cosas la dejaban sin habla. Había sido tan precavido celando mis sentimientos, durante los últimos años, que empezaba a dudar de si sería capaz de evitar que Candy llegara a las mismas conclusiones que tía Elroy, respecto a ellos. ¿Cómo demostrarle que separarme de ella era lo último que deseaba...?
Continuará...
