La reina de mis caprichos

—¡Llévame contigo! —Me sorprendió de repente.

—¿Qué? —La conmoción, de solo pensar que algo le pudiera pasar si me acompañaba, me hizo reír— ¡Oh no, Candy! —Cuanto más lo pensaba más alocada me parecía la idea. Quizás a Terry no le había importado que su amada se hubiera puesto en peligro más de una vez para estar con él, pero yo no era Terry—, no pondré tu vida también en riesgo, de ningún modo vendrás conmigo. Confía en mí, además, no tienes ni siquiera pasaje y me vería obligado a retrasar mi salida —Intenté hacerla entrar en razón. Tampoco podía decir que me sorprendiera su reacción, pero esperaba que no hubiera sido tan inmediata...

—¡No me vengas con estas, Albert! Sé perfectamente que podrías conseguir otro pasaje si te lo propusieras, y si no —Ni tan insistente—, puedo viajar de polizón... ¡No sería la primera vez! —Aquello sobrepasó mi límite e intenté parar su acometida, pero no me dejó ni abrir la boca, plantándose a medio palmo ante mi rostro, con tanta energía que parecía haber crecido hasta llegar a mi altura, aunque yo la siguiera mirando desde arriba—. ¡No Albert! No me quedaré aquí esperándote... —El corazón me empezó a latir enloquecido por su terquedad—. ¿Qué pretendes que haga mientras tanto? —"¿Qué pretendo? Que no te pongas en peligro, ¿Qué no lo ves?", cada vez que intentaba replicarla volvía a acometer más feroz— ¿Ir de fiestas, al teatro, organizar reuniones de té? —¿De dónde demonio sacaba aquellas ideas? Yo no había dicho nada de todo aquello... A pesar de que tampoco veía nada de malo en que lo hiciera en mi ausencia. De una forma o de otra, era y sería una Andrew. Podría hacer el que considerara más adecuado... menos ponerse en peligro como me exigía...— ¿Y si te pasa algo? —"Con más razón quiero que estés bien", pensé, "Si vienes conmigo, también te podría pasar a ti"— Y si vuelves a sufrir otro accidente y entonces desapareces de nuevo? —Había dejado instrucciones y la ruta aproximada que pensaba seguir a Georges— No, no podría soportarlo, no me pidas eso, no me pidas que me vuelva a arriesgar a ... —Suspiró y yo mismo me di cuenta de la aceleración de mi respiración, esperando que se parara para interrumpirla— Si me quedo aquí y algo te llegara a pasar, languidecería en vida —Entonces se derrumbó en mis brazos y empecé a notar sus lágrimas mojando mi camisa. Las emociones contrapuestas luchaban en mi interior, mientras la mecía, al verla en aquel estado por mí. Emocionándome por la firmeza de su afecto. Yo tampoco me quería separar, pero lo que ella me reclamaba era precisamente lo que yo sentía respecto a ella.

—Candy, no puedo dejar que vengas. Entiende, mis motivos, son los mismos que me estás dando tú... Si te pasara algo, no podría perdonármelo nunca.

—¡Pues envía a otra persona!

—No puedo princesa, los contactos que tengo a Europa solo responden ante mí. Si envío a otra persona, puedo ponerla en más peligro del que estaré yo y, además, no habría ninguna garantía de que confiaran en ella —Todas las noticias que me llegaban del viejo continente eran de una paz incierta, demasiado reciente, que realmente no se percibía como una solución definitiva, pero que todos los países implicados habían acabado aceptando por agotamiento y porque nunca se había vivido una guerra tan atroz como aquella, por tierra, mar y aire... La ciencia nos estaba descubriendo y aportando auténticas maravillas, pero también lo habían utilizado con sistemas militares inimaginables hasta nuestros días. Y la epidemia de la última gripe todavía lo agravó más cuando emergió durante los últimos combates. Europa tenía paz, pero una paz por desgaste. No dejaban de llegarnos inmigrantes, demostrando que no éramos los únicos que no lo acabábamos de ver claro—. Pero nos estamos poniendo en lo peor, y quizás estamos divagando. Espérame aquí y a la vuelta celebramos la boda, ¿Sí? —Le sonreí intentando convencernos a los dos.

—¡Ni soñarlo Albert! —Volvió a estallar— ¡No quiero una maldita boda! —Nunca la había escuchado maldecir y aquello me dejó atónito— ¡Te quiero a ti! No me importa cuando se celebre la boda —Estaba tan enfurecida que empezó a darme puñetazos. Tenía fuerza, pero no la suficiente como para hacerme más daño del que se tendría que estar haciendo ella en las manos. Se las tomé, negándole con la cabeza, intentando, y rogando interiormente, para que se calmara. No era la despedida que había deseado— No te llevaré, además salgo esta tarde y no tienes nada preparado —Razoné.

—¡Sí que lo tengo! —Esta vez la mayúscula sorpresa me dejó corazón helado. De debajo de su cama sacó su antigua maleta y por su gesto comprendí que estaba llena.

—¿Cómo? ¿Por qué tienes hecha la maleta? —De repente entendí todos aquellos ruidos al acercarme en la habitación. Ella había estado preparando su huida y, seguramente, sin decir nada a nadie ¿De verdad había pensado que...?— ¿Ibas a huir por la anulación? ¿No acabas de decir que no te importaba cuando se celebrara la boda? —La miré intentando comprender nuestras últimas semanas en contraposición a la acción que ella había decidido emprender— Té ibas, sin ni siquiera hablar conmigo, ¿No es así? —Lo vi claro cuando apartó su mirada. Si decía que tanto me amaba por qué... ¿Dónde tenía pensado ir? ¿Quizás con Terry?

—Sí —Se sonrojó.

—¿Por qué? —Volvía a sentirme tan estúpido como cuando la vi marchar para encontrarse con él en New York... ¿Habría sido capaz de hacerle esto a él?

—Porque ni siquiera me lo habías consultado...

—¡No había podido! —Me defendí sin dejarla acabar— He venido a hacerlo tan pronto cómo he podido —Sentía los latidos de mi propio corazón, retumbándome en los oídos, mientras me invadía un sentimiento de tristeza como hacía tiempo que no sentía.

—... y tenía la sensación que haces y deshaces, como te apetece —¿Otra vez con aquello? ¿Realmente, se sentía tan manipulada por mí?—, y de hecho ¡Es lo que estás haciendo ahora!

—No, no lo estoy haciendo. Es una cosa muy meditada. Lo que querías hacer tú, irte de escondidas, sí que —No me lo podía creer ¿Cómo podía pensar que aquella era la mejor forma de solucionar las cosas entre nosotros?—, te comportas como una niña y yo... —No pude acabar la frase. Temía que si acababa de decir lo que pensaba me arrepentiría... De hecho, quizás ya había dicho demasiado. Siempre la había tratado como mi igual, procurando respetar sus deseos y su independencia, quizás por mi forzada reclusión durante mi infancia, siempre tratando con adultos, siempre apartado de mis familiares más jóvenes... Quizás aquello tampoco me había dejado ver que la madurez entre nosotros no era la misma. Candy había vivido mucho más que muchas personas de su edad, pero la diferencia entre nosotros no dejaba de existir. Empezaba a sentirme fatigado y me dirigí hacia la puerta...

—¡Albert, espera! Por favor, perdóname... —Me paró—. Por favor, tienes razón, me iba a comportar como una niña —Sentí una brizna de esperanza en el hecho que no me había dejado llevar demasiado por mis anhelos, que Candy, aún y ser alocada, era suficiente sensata para recapacitar y que no podía pretender que siempre estuviera de acuerdo conmigo, que era normal que reaccionara así si a mí mismo también me estaba costando alejarme—, pero, por favor, ¡Llévame contigo! —"¡Y dale otra vez!"...

Me giré. No quería que el último recuerdo fuera el de aquella discusión. Había deseado poder pasar tranquilamente aquellas últimas horas a su lado. Sin darle más vueltas, la besé. Me resultaba insoportable que me pidiera perdón. Estaba dolido por su intento de fuga, pero yo tampoco era perfecto y si alguien tenía que pedir perdón, algún día, debería ser yo... pero era demasiado cobarde para confesárselo— No tengo nada a perdonar, si me prometes que la próxima vez me escucharás antes de precipitarte, y que esta cabecita tuya no pensará cosas raras —"Como sí las que pienso yo fueran muy normales..."—, cosas raras referentes a la confianza que nos tenemos que tener, si queremos estar juntos —"Hipócrita!". Candy sonrió demasiado y algo a mi interior me advirtió que era mejor volver a dejar las cosas claras, más, después de continuar comprobando como me afectaba la simple degustación de sus labios y sus curvas contra mi cuerpo. Necesitaba tener la cabeza clara y con ella a mi lado, con nuestra nueva relación, me sería imposible... "No me lo debería ni de plantear..."— Pero no vendrás conmigo, la decisión está tomada y es mi última palabra... si no quieres entenderlo, tómalo cómo pareces tomarlo todo por mi parte, como si fuera un capricho —Había perdido a Anthony y quizás a Stear. No estaba dispuesto a perderla a ella.

Continuará...