La reina de mis caprichos

Ambos quedamos en silencio contemplándonos. No eran los modos que prefiriera utilizar con ella. La única ocasión que recordaba haberlo hecho fue cuando instruí a George para que la llevara a Londres, al internado y fue de forma indirecta. La muerte de Anthony la había afectado tanto que se había llegado a alejar incluso de mis primos.

Al principio creímos que sería por unos días, pero cuando fueron pasando los meses y Candy no regresaba del hogar de Pony vi claro que no regresaría a menos que se lo impusiéramos.

La familia Andrew le podía ofrecer todas aquellas oportunidades que la vida le había negado desde pequeña. Yo también dudé si era lo conveniente. Con veintiséis años y soltero, decidir sobre el futuro de una adolescente que para nada sentía como una hija, me resultó muy conflictivo. Pensé en mi hermana Rosemary y en lo que habría hecho ella respecto a mí y lo traté también con Georges. Con la tía Elroy no podía considerarlo porque me había dejado claro que ella se desentendía completamente de aquella adopción y que si yo había decidido dar aquel paso, era mi problema.

Recordé a la niña que había conocido a mis diecisiete, llorando a todo pulmón sobre la colina, ataviada con un vestido recosido y pensé en cuan diferentes habían sido sus oportunidades respecto a las mías. Ella parecía tener más libertad que yo, pero en realidad no era así. Estuvo a la espera de alguna familia que la quisiera como a su hija y al final solo había logrado que la sacaran del orfanato para acabar como sirvienta a merced de los caprichos de unos niños malcriados.

No fue ningún sentimiento paternal lo que me llevó a implicarme con ella. Fue una sensación de injusticia respecto a una niña que era bondadosa, que no tenía nada y lo daba todo, preocupándose más por los demás que por ella misma... Y aquí, frente a mí, seguía encontrándola convertida en mujer. Plantándome cara, desafiándome, insistiendo en acompañarme. No me dejaba otra salida que imponerme.

Candy alzó lentamente su mano para acariciar mi cara, logrando relajarme al contacto.

—¿Te la vas a volver a dejar crecer? —Me sorprendió su aparente conformidad.

—Solo durante mi viaje. Me ayudará a pasar más desapercibido. De hecho, mis contactos me conocían así, también tendré que volver a teñirme —La añoranza me invadió al acabar el comentario. Besé la mano que me acariciaba y la abracé. No recordaba de otra persona que despertara aquella ternura en mí, aquella necesidad de notarla apresada, de sentirla real sin más. Recordaba desear a otras mujeres, incluso creer amarlas, pero lo que Candy me hacía sentir era único. No quería imaginar un mundo sin ella.

—¿Tienes tareas pendientes? ¿Te podrás quedar conmigo, al menos, hasta que partas? Ni que sea un rato... —Noté sus cálidas manos y su rostro sobre mi camisa— ¿O puedo ayudarte con los preparativos? Ya que te vas... y me tengo que quedar, ... Déjame estar a tu lado... hasta que te vayas...—continuó murmurando, entrecortada, contra mi ropa, despertando, inconsciente, mi deseo al imaginar otras formas de 'estar a mi lado'.

—De hecho, ya había dejado instrucciones para que me preparen lo necesario para el viaje antes de venir a hablar contigo. Nada me gustaría más que estar estas horas contigo princesa.

Iba a sugerirle pasar el resto del día en el viejo caserón del bosque cuando se me adelantó— ¿Podemos ir a la vieja mansión del bosque? ¿Tú y yo solos? —Había planeado relajarnos juntos y quizá, con suerte, repetir nuestros juegos de despacho... pero que la sugerencia surgiera de ella llenó mi imaginario de Candy semidesnuda, contoneándose, estremeciéndose, jadeando bajo mi cuerpo, en cada rincón de aquel lugar. Ordené restaurarlo y limpiarlo meses atrás y no se me ocurría mejor manera de estrenarlo.

—Me parece bien, sal por la puerta de servicio y adelántate tú con uno de los caballos. Cuando llegues, amárralo en el cobertizo, estará más protegido y no delatará tu presencia. Yo cogeré algo de comida y vendré —Mi mente trabajaba a toda prisa planeando el mejor modo de que nadie nos molestara o echara a perder mis últimas horas con Candy—. A mí no me preguntarán para qué la quiero ni a donde voy —Le guiñé el ojo y salí raudo a preparar lo necesario y a calmarme. No sabía de donde iba a sacar la fuerza de voluntad para contenerme. Confiaba en que Candy marcara el tiempo con su 'inexperiencia' y eso me ayudara a evitar volver acabar como en Florida. Lo último que deseaba era dejarla sola y embarazada, a merced de la condena hipócrita de la sociedad. Otra parte de mí solo quería llevarse cuanto pudiera de ella "Y yo que creí, cuando perdí la memoria, que me estaba volviendo loco... Pero, ¿Y si ella me deja o me anima a hacerlo? ... Follarla o no follarla, esa es la cuestión".

Continuará...


Se corresponde con el capítulo 13 de "La reina de tus caprichos".