La reina de mis caprichos
Tía Elroy y los demás habían partido para su visita matinal. Tendríamos unas horas aseguradas de tranquilidad. Tampoco creía que nadie se aventurará hasta nuestro refugio. Tal como le dije a Candy, nadie del servicio me preguntó nada, pero antes de tomar las cestas dejé dicho al mayordomo que, si alguien preguntaba con nosotros, estaría despidiéndome de unos amigos y que Candy me acompañaría y que regresaríamos a media tarde. Así nadie nos buscaría.
Al llegar al caserón aparqué el auto en el cobertizo donde Candy había dejado su yegua. Saqué de una de las cestas trozos de manzana y zanahoria, que había preparado expresamente antes de salir. Era una hembra muy dócil y noble. Supe que sería perfecta para Candy en cuanto la vi. Acaricié su crin mientras comía de mi mano, observándome con sus enormes ojos. Trataba de tranquilizarme antes de volver junto a Candy. Estaba tan nervioso que me sentía ridículo. Fuera por la discusión, por el viaje, por la esperanza de regresar con Stear, por poder estar una última vez con Candy, o por todo junto... No estaba así de confuso desde el momento que recuperé mi memoria...
Cuando entré en el refugio la encontré admirando el nuevo estado del lugar— Han reparado las puertas y las ventanas —El sol estaba decidido a torturarme resaltando su belleza cada vez que la acariciaba traspasando los ventanales. Ella me remató con su sonrisa.
—Sí, ordené que la arreglaran, me sigo sintiendo a gusto aquí. Más ahora, que no tengo que huir del guarda —Reí nervioso, dejando las cestas sobre una mesa, "¡Vamos, Albert! ¿De dónde ha salido ese comentario? ¿Qué eres, un niño jugando a vaqueros?", pensé. Nunca antes me había costado tanto hablar con ella, ni había necesitado justificarme con tonterías...
—Es muy pronto para comer —Pareció lamentarse mientras yo dejaba preparados los utensilios y el contenido menos delicado.
—Sí, solo lo dejo listo para después —"¿Después? ¿Después de qué?... ¿Qué eres un animal?". Me empezaron a temblar las manos y disimulé como pude—. ¿Te apetece que demos un paseo? —Fue lo único que se me ocurrió para dejar de sentirme como un maldito sátiro a merced de mi nabo. Levanté la mirada al no escuchar respuesta. Candy permanecía paralizada, observándome atentamente. Por un breve instante de horror temí que hubiera recordado todo de pronto y se hubiera percatado de lo poco que tenía de su idealizado príncipe de la colina—. ¿Candy? —Continuó hierática, pero sin mostrar enojo alguno. La posibilidad de que mi partida la hubiera afectado somáticamente me empezó preocupar. Me acerqué a ella para comprobar que no hubiera cogido fiebre. Aún me alarmé más, pues su frente estaba bastante caliente— ¿Te encuentras bien? —Si ella enfermara no sería capaz de partir ¿Cómo podría resolver una desgracia provocando otra?
—Sí, si me encuentro bien... —Volví a respirar tranquilo—, pero... pero no quiero ir a dar ningún paseo..., ni comer... yo... tú... tú te vas a ir y yo me tengo que quedar... —"No, por favor. Otra vez esta discusión, no, Candy, mi amor..."— Yo quiero volver a estar contigo como ayer, quiero tener un momento más para recordar.
No levantaba su rostro. Creí haberlo imaginado. Había tocado fondo. Estaba tan salido que ya hasta me imaginaba a Candy pidiéndome lo que yo más deseaba... No me atreví a decir nada. Deseaba constatar que no alucinaba. Podía ser alguna de las secuelas que aún me asaltaban, de vez en cuando, por los restos de la amnesia, en el momento más imprevisto... Cuando por fin me miró, avergonzada y totalmente sonrojada, supe que había sido real— Candy —La besé luchando internamente para no arrancarle la ropa allí mismo.
—¡No soy así con cualquiera! —Se separó encarándome a la defensiva, mientras yo la retenía divertido.
—Lo sé, viví contigo ¿Recuerdas? —Su espontaneidad era otra de las cosas que más me gustaban de ella. Qué expresara lo que de verdad deseaba conmigo, al contrario de la absurda creencia o moda de que las mujeres debían ocultar sus deseos, que ella los expresara me resultaba una bendición—. Te conozco. Jamás pensaría eso de ti —tanteé sus labios—, es más, aunque te hubieras entregado u ofrecido así antes, seguiría sin ser nadie para reprocharte —"Y menos si ese alguien he sido yo mismo...", pensé, rozando sus labios y recordando la humedad y el sabor de su coño sobre los míos—. Lo que importa es lo que tenemos ahora... además, ya te dije que podías compartir todo conmigo, y eso incluye tus deseos —"Especialmente, tus deseos... Mi dulce Candy".
Continuará...
Capítulo 15 de La reina de tus caprichos.
