La reina de mis caprichos

—¿Entonces por qué dudaste? —"¿Por qué dudé? No tienes ni idea de lo que me estás haciendo... ". Me mordisqueaba, resoplando quejumbrosa, dejándome mareado.

—Porque, no sé si seré capaz de contenerme, otra vez, para hacer lo que me pides —Dije sin pensar, sediento, apresándola contra mí y, al mismo tiempo, luchando por apartarme de ella, sin lograrlo. Había soñado durante tanto tiempo, desde antes de recuperar mi memoria, acariciarla sobre su ropa, sabiendo que no tenía derecho alguno, por nuestra amistad y por amar a otro, que aún tras la gloriosa noche en Florida y el deseo que se encrudecía cada día, me costaba sentirme libre para hacerlo. Sus pezones se endurecieron bajo mi palma, constatándome que no era el único afectado. Jugué con el pulgar, tratando de devolverle la agonía a la que me sometía. Funcionó. Mejor de lo que había esperado. La animalística forma en que Candy respondió, besándome voraz, desabrochando mi camisa y acariciando mi pecho, derrotaron mis reservas—. Vamos a la habitación —No tenía ni idea de cómo acabaríamos, pero si ambos nos abandonábamos como habíamos empezado a demostrar, no quería que el último recuerdo de Candy fuera el de una bestia que la había desflorado en cualquier rincón... Aunque, realmente, eso fuera lo que pasara... la primera vez... Ella no lo recordaba. Y no tenía por qué recordarlo jamás... Pero si, para mi desgracia, Candy recuperara aquel recuerdo en mi ausencia, quería que tuviera otro que le demostrara que era mucho más que un mero acto animal para mí. Deseaba follarla con locura, que ambos nos abandonáramos sin inhibiciones, pero también quería hacerle el amor, porque aquello sería lo que dejaría con ella, si no era capaz de contenerme.

Destapé la nueva cama que sustituía a la que había sido de mi hermana, en su infancia. Cuando regresé de incógnito de Francia y me escondí allí de la familia, aquella cama ya era demasiado pequeña para mí y el paso del tiempo y el abandono le había pasado factura. Candy pudo usarla sin problemas porque era más menuda. Pero la última vez que estuvimos allí, tras descubrir que yo era el tío William, ya decidí que se debería renovar. Me giré para indicarle a Candy que me acompañara, pero comprendí por su expresión que me estaba acelerando— No tenemos que hacer nada. Podemos permanecer abrazados solamente.

Me quité mis botas y me senté apoyado en el respaldo. Mi corazón se aceleró al verla descalzarse. A pesar de haber visto aquel gesto infinidad de veces, me resultó de gran intimidad y me descubrí pensando que hasta sus pies desnudos eran hermosos. Los había visto mojados, trepando, dormidos... pero ahora se dirigían titubeantes, sobre el suelo de cerámica, hacia a mí... Finalmente se sentó entre mis piernas, apoyando su espalda contra mí. La abracé diciéndome a mí mismo que no necesitaba más que tenerla así, conmigo, con nuestras manos entrelazadas y el sol calentándonos y jugando con sus rizos.

—Te voy a añorar mucho —Su voz estaba cargada de melancolía.

—Y yo a ti... Sabes, siempre he deseado tener uno de tus mechones —Olía tan bien. No usaba perfume. Solo su olor y el del jabón de rosas con que se lavaba—. ¿Podrías trenzar uno y cortarlo para mí? —Finalmente, había decidido llevarme nuestros anillos de boda como recuerdo... o dejarle el mío y llevarme el suyo, junto con su imagen..., pero uno de sus mechones sería como tener una parte de ella conmigo.

—No tengo con qué cortarlo.

—Creo que hay unas tijeras en el cajón de esta mesita —Me alargué, palmando dentro del cajón hasta encontrarlas—. Sí, aquí están —Trenzó uno de sus mechones más largos, mientras yo la observaba. No. No me bastaba con tenerla abrazada. Me iba a pasar semanas, quien sabe si meses, cascándomela a solas ¿Estaba tonto? Candy era mi prometida ¿Qué había de malo en que quisiera besarla?—. Gracias, princesa —Empecé a juguetear con su oreja, para no resultar demasiado directo. Le había asegurado que no tenía que pasar nada indecente... o que ella no quisiera, pero besarnos era algo que ambos disfrutábamos ¿No? Mis dudas se disiparon cuando la noté luchando para voltearse y corresponderme.

Dejé de pensar con cordura cuando empezó a bajar por mi garganta y a acariciar mi pecho con su rostro. Me faltaba el aliento... Si temía que pudiera pasar algo entre nosotros, ese no era el mejor modo de contenerme ¿Es que no se daba cuenta? Notar su cara en la piel de mi cuerpo despertó más la necesidad de ver y notar el suyo, del que apenas conservaba un turbio recuerdo entre las sombras. Desabroché su vestido, liberando su espalda y sus redondeados hombros con piel de melocotón. Hambriento, los mordisqueé. Candy debería decidir cuando parar, porque yo ya no podía. Nada me bastaba y deseaba todo de ella. La alce, liberando también sus preciosas tetillas, erguidas y turgentes, apuntándome con unos pezones que me exigían ser mamados sin palabras— ¡Dios, Candy! ¡Te deseo! ¡Te deseo con todo mi ser! —"Párame porque a mí ya no me funcionan los frenos", resultaba una lucha inútil, me apresó contra ella—. Quiero devorarte entera, recorrer y memorizar cada recodo de tu cuerpo —"Si con eso ya no me dices que no ¡Que dios nos ampare! porque yo ya no puedo", no se resistía. Se dejaba llevar. Tenía casi la absoluta certeza que podría hacerle cualquier cosa sin resistencia. Recorrí su cuerpo con caricias, pero la ominosa ropa se interponía. Me retiré desesperado y frustrado—. ¿Puedo verte? Quiero quitarte el vestido —No menos excitante era la visión que tenía frente a mí. Candy tendida, despeinada sobre la almohada, ruborizada hasta sus descubiertos pechos.

—Solo si yo también puedo verte a ti —Mi polla brincó exigiendo salir. Notaba la familiar molestia en mis huevos, al hincharse con intención de descargar. Creía que era imposible estar más excitado que en Florida, pero me equivocaba. Candy me estaba llevando al borde de mi resistencia y apenas la había desvestido. Aquella noche, el morbo de la transgresión, me dominó. Aquí, a plena luz del día, deseosa y sin estado de embriaguez alguno, la sensación era completamente diferente y no menos potente. Ella se sonrojó, aún más, tras decir aquellas palabras y me resultó de una inocencia enternecedora. Se avergonzaba de desearme, pero que lo hiciera me hacía tan feliz... Descubrir que no estaba solo en aquel dulce suplicio. Que ella no solo quería estar conmigo por cariño o necesidad de afecto. Que ansiaba mi cuerpo como yo el suyo. Era justo. Si quería verlo, se lo mostraría. Me desvestí bajo su atenta mirada, excitándome hasta el punto de entorpecer la extracción de mis pantalones. Cuando pude liberarme los tiré harto de batallar contra ellos.

—Tu turno —Me tranquilizó descubrir su mirada apreciativa recorriéndome. Lo cierto es que nunca le había dado importancia a mi aspecto hasta ese momento. Había escuchado los murmullos de las damas en mi aparición formal y en sucesivos eventos, pero en círculos tan hipócritas, cualquier mono con traje era apreciado y yo prefería creer lo mínimo en sus valoraciones. Candy no tenía motivo alguno para mentirme. Menos si hablaba con su mirada. Por primera vez, que recordara, sentí vanidad de mi aspecto, si aquella era la respuesta que despertaba en ella. La ayudé a desvestirse y nos tumbamos más calmados—. ¡Eres lo más bonito que he visto en mi vida! —Verdaderamente, lo era.

—Tú también.

—¿Yo también soy bonito? —Estaba tan graciosa. Sin nuestras ropas, sin nada que ocultar, creo que ambos nos sentimos liberados del temor a lo que pensara el otro. Sus ojos brillaban con la excitación, sin dejar de sonreír... diría que feliz.

—No, tú eres hermoso. Me gustaría quedarme así por siempre. Sin nada que esconder, tranquila, sin artificios. Solo siendo tú y yo. Solo Albert y Candy —comentó acariciándome la cara.

Continuará...


Disculpad que no sean tan largos, pero estoy cargada de trabajos para entregar. Pero también necesitaba continuar. Esto de escribir es como una droga. Se te mete algo en la cabeza y lo tienes que sacar fuera... Vamos, como el miembro de Albert.

Como comenté en el anterior, este capítulo corresponde al 14 de La reina de tus caprichos.