La reina de mis caprichos
Hermoso no hubiera sido como me habría definido... Comparado con ella me percibía grotesco en más de un aspecto y exageradamente grande, más si pensaba en Terry. Él, a pesar de ser más alto que ella, no le sacaba tanta altura. En más de una ocasión había temido resultar intimidante o demasiado brusco y, por eso, siempre procuraba ser bastante más delicado de lo que era en soledad. Intentaba dejar que ella fuera la que me abrazara o marcara el paso. Ella no parecía darse cuenta, pero a mí me obligaba a ser muy consciente de como me movía a su alrededor.
Allí tumbados, la diferencia me resultaba aún más abrumadora. Candy era fuerte y enérgica, pese a su pequeña estatura y debió verme desnudo en mis peores condiciones, en mi repatriación al hospital de Chicago. Quizás fuera el motivo por el que no se diera cuenta de mi esfuerzo, de que demostrara aquella tranquilidad junto a mí, aquella confianza casi ciega, en que no podría dañarla. Me preocupaba la certeza de que, en realidad, podría, sin ni siquiera proponérmelo... En aquel momento la deseaba hasta el punto de causarme dolor saber cuanto tendría que contenerme, hasta que no pude más y volví a devorar su boca y a intentar incitarla, para que me correspondiera de igual manera.
Necesitaba abarcarla entera, notar su cuerpo contra el mío, olvidándome de mi propio cirio, hasta que ella se sobresaltó al rozarlo sin darme cuenta... Creí que me volvía loco cuando ella se apretó más contra mí y empezó a restregarse, cual gata en celo, dejándome de nuevo casi sin aliento. Intentaba distraer mi deseo de clavarme en ella, optando por recorrerla y explorarla de todas las formas que se me ocurrían, colocándome entre sus piernas, volviendo a deleitarme con la visión que me ofrecía su rubio coño entreabierto y la agitación de su respiración... "Resultaría tan, tan fácil volverlo a hacer...".
Candy estaba totalmente sonrojada, observándome entre curiosa y tímida... medio expectante. Impulsivamente, me acerqué—¿Confías en mí? — Comprobé que su confianza en mí, era mayor que la mía. Tal vez fuera lo que necesitaba para aferrarme a una razón para no defraudarla y lanzarme a follarla como un poseso, de nuevo... O quizás fuera la inmensa ternura que reflejaban sus ojos, que parecían querer gritar que me amaban, mientras acariciaba mi cara, antes de atraerme hacia su boca. Continuar así era demasiado peligroso y decidí saciar otro deseo, bajando por su cuerpo, recorriendo y grabando en mi memoria cada detalle, ahora sí, acompañados de Belenus; su cálido aroma, su aterciopelada textura, sus pecas, escondiéndose o resaltando sobre sus curvas y, sobre todo, la involuntaria respuesta de su cuerpo al paso de mi lengua y de mis manos sobre él... Divertido, escuché su repentina aspiración, por la exaltación y sorpresa de descubrirme acercándome a su dorado vello ¡Cuánto había añorado aquel olor!— ¡Hmm! Delicioso... —Sus rosados labios sureños brillaron aún más. Su fragancia inundó la habitación y tuve la sensación de que mi verga estaba a punto de estallar. Busqué sus ojos antes de asaltar parsimoniosamente el exquisito manantial que se me ofrecía. Quería alargar aquel momento tanto como fuera posible, espiando sus reacciones para atesorarlas por siempre.
Evidentemente desesperada, Candy cerró sus ojos— No, no quiero que cierres los ojos —Le exigí. Quería que también quedara grabado en su memoria, mientras nos separara un océano de distancia— Quiero que me veas. Quiero que veas como disfruto dándote placer.
—Al... Albert —protestó volviéndolos a abrir para mi satisfacción.
—Así está mejor —En Florida me había confirmado que con Terry no habían llegado a aquel extremo, que nadie la había devorado. Aun así, una nueva necesidad de prevalencia me empujaba a querer proporcionarle una experiencia que aminorara cualquiera anterior. Sería la segunda vez que le comía el coño, pero la primera que ella recordaría. Quizás recordara a Terry leyéndole poemas o robándole algún torpe beso o caricia o lo que fuera que el muchacho hubiera hecho para demostrar su atracción, pero a mí me recordaría sonriéndole entre sus piernas, transportándola a una agonía completamente diferente y menos infantil. Quería comprobar como enloquecía derramándose en mi boca, convulsionándose entre mis brazos y que fuera consciente de que yo, también lo recordaría durante mi ausencia. Me aseguré parando en cuanto cerró los ojos.
—¡Albert!
—Te avisé —Una nueva determinación apareció en el rostro de Candy. Relamí mis labios, saboreando sus restos, logrando que dilatara sus preciosas pupilas en el acto. Volví a jugar con su dorado pasto— Dime, Candy, ¿Te gusta?
—¿El qué?... ¿Eh?... sí... sí —balbuceo encantadoramente descoordinada.
—¿Qué es lo que más te gusta? —le regalé un lametón.
—¿Cómo? —gimoteó. "Bien, no voy a ser el único que sufra...", me consolé mientras mi nabo seguía protestando por la desatención.
—¿Qué, qué, es lo que más te gusta? —insistí apresando y chupeteando, el botón que parecía querer desembarazarse de su capa. Candy gimió de nuevo— ¿Te gusta que te mire? —Sonreí acariciando uno de sus muslos con mi cara. A mí me encantaba observarla... Con su cara entre las dos coronadas colinas, mirándome rosada, tras la pradera rizada.
—Sss... sí —respondió insegura.
—¿Sí?... humm —degusté—,... Sí, ¿Qué? —Besé una recién descubierta peca en el interior de su otro muslo, reivindicándola.
—¡Albert! —reclamó.
—¿Sí, qué? —Quería escucharlo de sus labios para así también poder recordar su voz...
—Sí, sí me gusta que me mires —Confesó finalmente, haciéndome reír de felicidad, borracho de saber que podía tener aquel poder sobre ella, con solo la mirada... Pero, ¿Acaso no deseaba también mis besos? Necesitaba escucharlo también.
—Y ¿Te gusta que te haga esto? —Relamí, explorando, cada pliegue de su apetitosa concha, gozando del estremecimiento de Candy— ¿O prefieres cuando te hago esto? —Me sumergí sorbiendo sediento del manantial que, por mí, aumentaba su cauce. El orgullo me embargó cuando vi a Candy mordiéndose las uñas, jadeando desesperada, mientras mis huevos buscaban refugio por la excitación— ¿O te gusta más esto? —La penetré hasta donde me alcanzaba la lengua, abrazada, amorosa, por la rugosa textura, mientras ella parecía derretirse, solo para saciar mi irrefrenable sed.
—¡Albert, por Dios! ¡Me gusta todo! —Me complació al fin.
—A mí también —correspondí sin abandonar mi frente, hasta que me sorprendió un estruendoso alarido... "¿Yo había provocado eso? ¿Había sido demasiado insistente?", intrigado y dudando de la naturaleza de su origen, me reposicioné sobre Candy, comprobando que había sido de placer y no de dolor. Pese a tener los ojos fuertemente cerrados, sus manos apresaron mis lados instintivamente, antes de devolverme una fascinada mirada.
— Tengo un olor muy fuerte, ¿No? —preguntó absurdamente.
— Tienes un "perfume" exquisito, y la "embocadura" aún es mejor —Me ofendía que pensara lo contrario. Regalaría, sin dudarlo, el más caro perfume francés, por disponer de aquella fragancia y disfrutarla a placer. Había pasado infinitas noches recordándola desde la inauguración. Me abandoné a compartirlo en su boca y ella me apresó al contacto con mi rabo contra su piel. No recordaba haber tenido nunca el capullo tan encendido y falto de erupción—. Quiero acabar —"¡Serás bruto! ¡La has asustado! Al final se va a dar cuenta de cómo eres en realidad...", pero de un modo u otro debía ponerle fin a aquello. Estaba jugando con fuego y me estaba abrasando—. Quiero que acabes de derramarte de placer en mi boca... —jadeé, falto de aire—. Me da igual si no consigues mantener tu mirada, esta vez no voy a parar, Candy —"Con un poco de suerte me correré sobre las sábanas contigo, mi amor", la besé, huyendo tan pronto como recuperé el valor para escurrirme hasta su sabroso y agradecido coño, anclando una mano en su pecho, para mantenerla sujeta, evitando perderme detalle de su amado rostro.
Dudé entre tocarme con la otra o penetrarla con ella. En un momento de lucidez divina me decanté por lo segundo... Candy estaba desvirgada. Más adelante, cuando pudiera volverla a follar, una vez casados, aquel juego podría facilitarme una excusa perfecta, para la falta de la esperada molestia de la que se suponía, sería instruida... Acompañé mi lengua con un dedo, marcando el ritmo que hubiera deseado hacer con mi garrote. Notaba como volvía a enloquecer bajo mi mando, "Eso es Candy ¡Déjate llevar! ¡Dámelo todo!"... como si escuchara mis deseos cubrió la mano en su pecho y con la otra sujetó mi cabeza, agarrándome de los pelos, mientras se agitaba contra mi cara... "¡Oh, sí! Por favor... comparte tu lujuria conmigo... Candy, mi gloriosa Candy, olvida las puñeteras convenciones y goza para mí".
— ¡AAAALLLLBEERT!
Continuará...
