Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.

.

.

EN UN PARQUE DE HIKARIGAOKA

Era un parque de la región especial de Nerima. Quedaba cerca de la estación de Hikarigaoka, razón por la que lo cruzaba prácticamente todos los días al regresar de su escuela. A menudo llevaba a Sora a su escuela y regresaban juntas, aunque en el último tiempo era del kinder de donde la recogía tras salir de la estación. No obstante, no había perdido la costumbre de pasar un tiempo en aquel parque antes de regresar a casa. Acababa de dar comienzo el primer invierno de la década de los noventa.

—Sora, levántate o te enfriarás.

La pequeña miró a su madre mostrándole su mano llena de arena. Sonrió alzándose en sus piernecitas tambaleantes. Se sacudió los dedos y se limpió las manos inocentemente en su gorro que le cubría hasta las orejas. Caminó en su dirección, donde ya la esperaba agachada a su altura para recibirla, pero cuando Sora alcanzó su posición no se entregó a sus brazos sino a sus piernas porque su madre se había levantado en el último momento. Su atención la recibía una mujer.

—Disculpe, ¿le importa vigilar a mi hijo un segundo? En seguida… vuel… —Y corrió con la mano en la boca.

La madre de Sora apenas tuvo tiempo de reaccionar. Lo hizo cuando un pequeño, muy parecido a la mujer, se levantó mirando a su dirección y echó a correr precipitadamente.

—Mamá.

Se encontró en su camino con Toshiko, que lo detuvo de los hombros. Portaba una radiante sonrisa como respuesta a la angustia del niño. Calculó que tendría unos meses más que su hija, que de momento marcaban la diferencia tanto en altura como en estabilidad. Mantenía un coche de juguete en cada mano y aunque al principio trató de buscar a su mamá por encima del hombro de la señora, finalmente se rindió a sus sosegadoras palabras.

—Juega con Sora hasta que regrese tu mamá, ¿de acuerdo?

El pequeño miró a la niña del gorro manchado de tierra que asomaba tras las piernas de la mujer; tímida hasta que su madre pronunció su nombre. Entonces se despegó y lo encaró con una radiante sonrisa. El niño mantuvo su seriedad mientras le tendía uno de los cochecitos, el de color rojo. Él quedó con el azul. Se sentó en el suelo y empezó a rodar su coche. Sora lo imitó.

—¡Brrruuum, brrruuum! —decía el niño haciéndolo circular.

—¡Poof! —dijo la niña chocando su cochecito contra el de él.

El niño miró la acción y miró a la niña que le regaló una orgullosa sonrisa. Él negó, apartando su mano y por tanto su coche.

—No. —Y continuó con su perfecto recorrido—. ¡Brrruuum, brrruuum!

—¡Poof!

El rojo chocó. Otra vez su sonrisa. De nuevo la negativa del niño. El juego no era así.

—¡Brrruuum, brrruuum!

El cochecito rojo iba al encuentro del azul, pero esta vez Sora no pudo decir orgullosa su "poof" porque el cochecito azul lo esquivó. Sora lo miró desilusionada, mientras el niño parecía satisfecho con su rápida maniobra. No se movió el coche rojo de sus manos mientras observaba el aburrido recorrido del azul. Giró el cuerpo para, sin soltar el juguete, apoyar las manos en el suelo y poder levantarse. Empezó a mover el coche por el aire.

—¡Fuuuuu, fuuuuu!

Los fugaces rayos de sol del invierno rebotaron en el cochecito rojo. A Sora le maravilló la visión, lo que provocó que lo moviera con más energía, intentando cazar aquel sol que reclamaba orgulloso su sitio en la estación que parecía prohibido. El niño detuvo su movimiento para observar el nuevo juego de ella. Miró su cochecito y comprobó sus ruedas con el dedo. Se levantó con más facilidad que Sora y atrapó su mano en el aire.

—No —dijo, bajándola.

La niña perdió la sonrisa y se resistió.

—Vuela —dijo, alzando el brazo.

Pero el niño no se lo permitió.

—No. Es así —explicó el niño, colocándose de rodillas y haciendo rodar su cochecito por el suelo.

Alzó la mirada para ver si lo había entendido. Ella lo había escuchado, pero sin surtir ningún efecto, regresó su mano a hacer dibujos en el aire.

—¡Fuuuuu, fuuuuuu!

El niño se levantó. Su seriedad se había transformado en disgusto reflejado en ese ceño fruncido. Fue a tomar su mano otra vez, pero lo detuvo de forma inconsciente el rostro de la mujer que más amaba en el mundo. Su enojo desapareció, sus ojos se abrieron y su sonrisa se remarcó.

—¡Mamá!

Corrió a sus piernas, aunque en el último momento halló sus brazos porque esta se había agachado a su encuentro.

—¿Hiciste una nueva amiga, Yama-chan?

Yamato giró la cabeza para ver a Sora, que ya había detenido su juego para mirarlos. Escondió la cara en el pecho de su madre. Esta acarició tiernamente su cabello rubio, que también refulgía con el sol, y se reincorporó. Buscó a la madre que estaba a su lado y le hizo una reverencia.

—Muchas gracias. No pude contenerme, ya sabe. —Indicó la barriga que, si estaba abultada, era casi imposible que se apreciara con tanto abrigo—. Tenía la esperanza de que fuera diferente pero creo que con este también vomitaré durante los nueve meses.

Toshiko le dedicó una cortés sonrisa. Se le hacía familiar aquella mujer, también aquel niño de llamativo cabello rubio. No iba al mismo kinder de Sora seguramente pero sí vivían en el mismo distrito en Hikarigaoka y frecuentaban este parque, de eso no tenía duda.

—Mucho ánimo y espero que tenga un bebé tan sano como, ¿Yama-chan dijiste?

—Sí, Yamato. —Sonrió ella acariciando la mejilla de su hijo. Volteó a la niña, que se había quedado atrás, y le saludó con la mano—. Gracias por cuidar de Yamato…

—Sora —apuntó Toshiko.

—Sora-chan —terminó Natsuko.

La niña no dijo nada con palabras, sí con una orgullosa sonrisa que encontró la aprobación de su madre. El niño le dedicó una última mirada de soslayo escondido entre el abrigo de su madre, mientras dejaban el parque.

—Sora, vayámonos nosotras también o se nos hará tarde.

La pequeña corrió a su encuentro, emocionada por lo rápido que volaba así su cochecito rojo. Cuando la alcanzó, Toshiko cayó en la cuenta de que Sora se había quedado con ese juguete.

—Sora, ¿no le devolviste el coche? —Sora paró un instante para atender a su madre. Miró el coche entre sus manos y se agarró a la mano que esta le tendió, apretando fuertemente el cochecito en la otra mano—. Veamos si los alcanzamos. No han podido ir lejos.

No se hallaban lejos, en efecto. Los antojos de la futura madre pasaban por dulces y mientras elegía entre la infinidad de pasteles, su hijo, incapaz de alcanzar el mostrador, miraba el cochecito azul de su mano. Comprobó con el dedo que las ruedas hicieran su función y quedó pensativo. Entonces, como si fuera a hacer algo completamente fuera de la normalidad, lo elevó al aire y lo movió sin restricción alguna de circulación.

—¡Fuuuu, fuuuu! —dijo, disfrutando de esta novedad.

Un cochecito rojo intentó chocar contra el azul, sin embargo el brazo que lo tendía no era lo suficientemente largo como para lograrlo. Yamato paró su movimiento y miró a la niña que de puntillas, se esforzaba todo lo posible para intentar alcanzarlo. Miró su coche otra vez, miró el rojo, y sin más, lo juntó.

—¡Poof! —dijo la niña, cayendo hacia atrás. Quedó sentada, soltando una fuerte carcajada. Yamato también sonrió con timidez.

Su madre se percató entonces de la presencia y tras ver a la niña, buscó a la madre. Le preocupó que se viese apurada.

—Disculpe, pero mi hija se quedó sin querer con el juguete de su hijo.

Natsuko vio como Sora le tendía con ambas manos el cochecito a Yamato.

—Que amable, no debería haberse molestado. —Sonrió a la escena y también a su hijo que buscó una directriz en su madre. Al ver su consentimiento, tomó el cochecito—. ¿Qué se dice Yama-chan?

—Gracias —dijo él, inclinándose levemente.

La niña asintió radiante, correteando a la mano que su madre le ofrecía. Portaba una tierna sonrisa y más cuando la pequeña trastabilló entre sus piernas. La tomó en brazos, ya que sería más práctico en caso de que no opusiera resistencia como empezaba a ser habitual desde que descubrió la libertad que le daban sus piernas. Estaba cansada esta vez y, mimosa, reposó la cabeza en su hombro mientras agitaba la mano al niño que ahora tenía ambas manos ocupadas por los cochecitos.

—Que tengan feliz noche y feliz Navidad.

Toshiko volteó a la señora, teniendo que hacer un esfuerzo para entender sus palabras. No por su complicación sino porque siempre había vivido ajena a esta festividad. Criada en una familia tradicional, nunca había existido tal celebración. Su noviazgo tampoco contó con románticas salidas este día. Por todo ello, le desconcertó su entusiasmo. Era la primera vez que le felicitaban tal fecha sintiendo un significado. Para aquella mujer lo tenía. Le correspondió y cuando al fin salió, Natsuko se concentró en su pequeño que miraba la puerta por donde aquella niña acababa de marchar. Lo alzó aprovechando su despiste y le indicó los diferentes pasteles que tentaban tras el cristal.

—¿Y bien?, ¿cuál te apetece?

Yamato se llevó uno de los cochecitos a la cabeza en una adorable pose de reflexión. Sus ojos celestes chequearon la variedad de pasteles aunque había un modelo predominante que le cautivó. Se veía delicioso cubierto de nata y con fresas de decoración. Había alguno que portaba un Santa Claus, un reno, corazones... Señaló con el cochecito el que tenía el reno.

—Ese.

La mujer rio al verlo, no resistiéndose a besar su mejilla y acercarlo más a ella.

—Eso es kurisumasu keeki. La verdad tiene buena pinta. —Lo meditó un instante y miró a su hijo que abrió sus ojos ovalados hacia ella—. ¿Qué tal si tú y yo preparamos uno de esos para papá y ahora compramos esos hojaldres con crema para ti y para mi?

Ajeno a que los antojos de su madre eran los verdaderos causantes de esta elección, Yamato asintió con una feliz sonrisa que se amplió, cuando el dependiente le obsequió con aquel muñequito de reno que decoraba la torta de sus sueños.

Fue la primera Nochebuena de la década de los noventa, en el distrito de Hikarigaoka, en la región especial de Nerima.

.

.

—Hacía tiempo que no veníamos por aquí.

Yamato depositó a la pequeña en el suelo. En cuanto entraron en el parque había empezado a patalear en sus hombros reclamando libertad. Su esposa deambulaba observándolo, mientras Yamato mantenía un ojo en ella y otro en su nena que ya había elegido el balancín.

—No está tan diferente, creo —dijo la mujer.

Con las manos a la espalda y ese gorro hasta la orejas, sus ojos examinaban todo su alrededor. Se volteó al fin, portando una adorable sonrisa. Yamato, que con una mano bajaba y subía el otro lado del balancín de su hija, hizo una mueca de desaprobación.

—Abróchate o te enfriarás.

La mujer, ahora con las manos en los bolsillos, se abrió todavía más el abrigo mostrando su abultada barriga. Rio.

—Exagerado. —Le cautivó la expresión de su esposo y mirando al cielo nocturno, se abrochó los botones y se apretó la bufanda.

Las farolas apenas iluminaban los diferentes columpios. La niña, ya aburrida del balancín, había saltado en busca del castillo. Su padre la sostuvo en todo momento mientras trepaba. Seguía manteniendo un ojo en Sora.

—¿Por qué querías venir aquí?

La mujer sonrió, manteniendo ese aura misteriosa que desconcertaba a Yamato. Finalmente se acercó a él, al mismo tiempo que la niña, ya aburrida del castillo, instaba a su padre a deslizarse por el tobogán.

—Mi madre me contó una historia —dijo Sora al fin. Yamato acababa de caer con su hija entre sus piernas. Se levantó a la vez que la pequeña para volver a tirarse—. No sé por qué me la ha contado hoy después de tanto años. Quizá no se acordaba, o quizá no le parecía importante, o quizá ha sido al ver a Aiko, que ha recordado lo que me pasó una tarde cuando tenía su edad.

Padre e hija volvían a estar sentados en el suelo tras deslizarse. La niña, ya aburrida del tobogán, se metió en el cajón de arena y empezó a manosearla. Sus padres quedaron a su lado, observándola con un ojo cada uno. Con el otro se miraban a ellos. En realidad Yamato miraba a Sora y Sora a sus recuerdos, o a los de su madre. Cuando vio a su esposo, le regaló una amplia sonrisa.

—Nos conocimos en este parque, Yamato.

Rio por la reacción incrédula de su esposo, cerciorándose de que esperaba una vergonzosa historia de caídas, rasguños y pataletas de ella siendo bebé en este parque. Tendió su mano enguantada que Yamato atrapó en un acto mecanizado.

—En Nochebuena, Yamato —prosiguió. La risa se hizo más fuerte por los gestos de Yamato. Pestañeaba repetidamente interiorizando las palabras para finalmente otorgarle una sonrisa condescendiente —. ¿No me crees?

Sintiéndose descubierto, Yamato dudó.

—No es eso, es que... parece un poco fantasioso.

—Ya, ¿y por qué mi madre, Takenouchi Toshiko, la Iemoto de una honorable escuela de Ikebana, se inventaría una historia así?

Dicho así, era como rebatir la palabra divina. En verdad Sora sabía jugar sus cartas e instaurar el nerviosismo en su marido. Giró el rostro; su hija no parecía aburrida de la arena aún. Volvió a su esposa con una sonrisa tierna pero no del todo sincera.

—No creo que lo haya inventado, pero quizá lo haya… ¿adornado? Nochebuena, nuestro aniversario, nuestra fecha especial... Es posible que coincidiéramos un día en este parque y tu madre lo haya querido hacer idílico.

Sora negó. Su esposo siempre tan racional. Su esposo huidizo del destino.

—No recordaría que fue en Nochebuena si tu madre no la hubiera felicitado. Ya sabes que para mi madre esta fecha nunca ha sido importante, por eso le resultó extraño que para tu madre lo fuera. ¿O negarás también que tu madre siempre felicita la Navidad con entusiasmo?

Yamato perdió un instante la sonrisa. Por ese detalle le empezaba a resultar creíble la historia. Para su madre la Navidad siempre fue importante porque le recordaba a sus padres y las exageradas fiestas familiares que siempre habían organizado. Le recordaba a su feliz niñez.

Viéndolo más receptivo, Sora prosiguió:

—Me ha contado que jugamos juntos con muñequitos de dinosaurios o algo así.

—¿Dinosaurios? —cuestionó Yamato extrañado.

—Todos los niños han tenido muñecos de dinosaurios, ¿no?

Apartó la mano que Sora mantenía agarrada para llevarla a la barbilla en pose reflexiva. Era incapaz de recordar sus muñecos de dinosaurios, aunque obviamente tampoco podía recordar ese encuentro.

—No me recuerdo jugando con dinosaurios. Yo era más de cochecitos, aunque más tarde empecé a pedir naves espaciales para poder surcar el cielo con libertad —dijo, abriendo los ojos ilusionado, mientras hacía un gesto con la mano en el aire como si llevara aquella nave.

Sora rio por verlo tan adorable, atrapando de nuevo esa mano que dibujaba rutas en el aire invernal.

—¿Qué importa con qué jugáramos?, lo que importa es que nos conocimos aquí, en Nochebuena. —Y paró un segundo, sumergiéndose en la mirada de su esposo, intentando hallar lo que quería trasmitirle—. Fue el destino Yamato.

El hombre apartó la mirada en un divertido bufido.

—No empieces a hablar como mi hermano. Sora, nos conocimos cuando aún ni siquiera éramos capaces de crear recuerdos, es decir, nuestras madres fueron las que se conocieron y nosotros simplemente estábamos ahí y casualmente después de conocernos de verdad y enamorarnos, te declaraste en Nochebuena en una decisión. Porque eso es lo que hacemos los humanos: tomar decisiones.

Sora entrecerró los ojos exagerando una mueca de aburrimiento ante su discurso.

—Ishida Yamato, ¿por qué te empeñas en ser tan terco como para no reconocer que estabas predestinado a mí como yo lo estaba a ti? —cuestionó, en un falso tono de reproche, dándole toquecitos en la frente.

El hombre se dejó hacer, atrapándole la otra mano. Sostuvo ambas y las miró; con esas manoplas azules que ella misma se había tejido. Observó de reojo a su hija, que ya empezaba a bostezar, aunque todavía se resistía a abandonar la montañita que con tanto esmero estaba creando. Llevaba un gorrito a juego con las manoplas de su madre. Se detuvo ahora en el vientre de su esposa, que aun con el abrigo abrochado podía intuirse su abultamiento. O por lo menos él, conocedor de ese estado, no podía dejar de pasarlo por alto. Finalmente acabó en su mirada: chispitas rubí que bailaban de alegría y amor. No dijo nada, porque nada más tenía que decir, porque aunque se esforzara en ser racional sabía que existían cosas que estaban más allá de la racionalidad. La historia que Sora acababa de contarle, casualidad o no, era una de ellas. Lo era desde el momento en que Sora creía en ella. Lo era desde el momento en que Sora se enamoró de él. Lo era desde el momento en que Sora decidió que un coche era más divertido si volaba.

Sin más, juntó sus labios con los de su esposa.

—¡Poof! —dijo su pequeña hija, al chocar contra sus piernas.

Sus padres rieron enternecidos, viéndola tallándose los ojos completamente derrotada. Yamato se agachó para alzarla. Al encontrarla a su altura, Sora no se resistió a besarle el cachete. La nena cerró los ojitos, descansando la cabeza en su padre. Acomodándola a un lado, Yamato ofreció el brazo que liberó a su esposa, la cual se enganchó de inmediato.

—Regresemos a casa, ya es hora de comer torta.

Fue en un parque del distrito de Hikarigaoka, en la región especial de Nerima. Fue una Nochebuena, más de treinta años después de la primera.

.

.