Prólogo

Advertencia: Esta historia es un crossover de Hetalia y Coraline, pero debo decir que esta se basara más en el libro del gran Neil Gaiman pero con elementos de la película para aquellos que aún no saben, que la novela es terriblemente más siniestra a su contraparte cinematográfica.

Por lo que, si eres sensible o terriblemente asustadizo, te sugiero que lo leas de día o lee otro fanfic. No me hago responsable de traumas.

[***]

Mathew no era feliz. Nadie de su familia estaba particularmente contento. El niño de once años no los culpaba, mudarse al otro lado del país a un pueblo en un edificio que existía desde el colonialismo no era una razón para sonreír.

Su padre, Arthur Kirkland iba al volante con ojeras debajo de sus ojos esmeralda que miraban fijamente el camino. Su madre, Francine Kirkland- Bonnefoy, se quejaba de como su cabello se atoraba en el collarín de cuello que se veía obligada a usar. Por otro lado, su hermano gemelo, Alfred, estaba más enfocado en mirar a través de la ventanilla del auto saludando a los transeúntes de la calle.

— ¡Hola! ¡Buenos días! ¡Qué lindo perro tiene ahí, señor!

El chico de la boina con el pequeño perro blanco, le devolvió la sonrisa y el saludo a su gemelo.

Huh, chico agradable.

El pueblo no era el cliché de un pueblo estadounidense que esperaba ver. Porque en primer lugar había muchas personas de distintas partes del mundo por lo que los edificios de distintas arquitecturas que se habían construido se mezclaban entre sí, los acentos de los habitantes se escuchaban en cada rincón y las ropas y de estilos que solo había visto en libros.

Alfred se rió de como un hombre con escoba en mano perseguía un par de ratas maldiciéndolas en lo que creía que era italiano lejos de su restaurante.

Ratas.

Mathew odiaba las ratas, aunque no tanto como odiaba las arañas.

El auto se estacionó delante de su ahora hogar, en el poche los esperaba un señor mayor de edad acompañado de un niño asiático de su edad. Al bajar del auto, su gemelo lo arrastró junto a sus padres a saludar al dueño del Palacio Rosa.

— Es un gusto de verlos de nuevo, señores Kirkland — sonrió el anciano vestido con un hanbok blanco con azul.

— El gusto es nuestro, le agradezco nuevamente por rentarnos el lugar — habló su padre sonriéndole al hombre.

— Si no es inconveniente ¿Quién es el pequeño? —preguntó Francine de forma amable.

— Él es el nieto de un amigo. Saluda Kiku.

El niño pálido y de cabellos negros hizo una pronunciada reverencia

— Hajimemashite Honda Kiku to mōshimasu.

Sus rostros debieron ser hilarantes pues el anciano se rio en voz baja y el niño escondió su sonrisa detrás de su manga.

— Je, él les dijo "Encantado de conocerlos, me llamo Kiku Honda" — explicó el señor Young Soo.

Después de que el señor Im Young Soo se fuera junto con el niño, le dio una buena exploración a la residencia.

Sus padres no bromeaban acerca de la antigüedad del edificio. Tenía un ático lleno de cosas polvorientas del cual saco un bonito sombrero que llevo puesto el resto del día, un sótano en la planta baja y muchos árboles viejos rodeando la propiedad. Y el Palacio Rosa estaba alejado del pueblo, tomaba media hora en auto llegar del pueblo al edificio.

Recorrió el jardín donde árboles de wisteria estaban plantados, a su lado unas rosaledas devoradas por insectos y un anillo de brujas, o sea un círculo de hongos feos al cual Mathew no quería acercarse, pero claro, Alfred no pensaba lo mismo.

— Mira Mattie ¿crees que se puedan comer? — le pregunta Alfred a Mathew, parándose en medio del circulo

— Mejor no lo intentes, a mamá no le gustaría que trajeras eso a la casa — le recomendó a su gemelo.

Alfred hizo un puchero — Si, ella se pondría histérica. Oye, vamos al pozo.

El pozo. El señor Young Soo les advirtió con una gran insistencia sobre el peligro del pozo. Despertando el interés de los gemelos, pero solo para saber dónde estaba y mantener distancia.

Alfred comenzó a saltar. Mathew se erizo al escuchar que cuando los pies de su hermano golpeaban al suelo, sonaba hueco. Y de algo a punto de romperse.

— ¡Alfred, detente! — gritó alarmado provocando que su gemelo dejara de saltar. Mathew jalo del brazo del otro niño.

— ¿Q-Qué pasa?

— ¡Mira! — señaló el circulo de hongos. El barro dejo ver una superficie que sin duda alguna no era suelo. Ambos se agacharon removiendo el barro restante para revelar una tapa de madera.

— Pues lo encontramos — comentó Alfred sin darle importancia de que pudo haber caído dentro del pozo.

Mathew suspiro resignado.

Los hermanos se la pasaron arrojando rocas y ramas por un agujero para oír cuan profundo era el pozo.

[***]

Los gemelos durante las dos primeras semanas se la pasaron explorando la casa donde conocieron a un orgulloso gato negro que se escapaba cada vez que alguno intentaba darle cariño.

También fueron al pueblo junto con su madre a hacer las compras donde conocieron a la diversa comunidad.

El señor Wang y a su hijo León que tenían un negocio que vendía especias y té.

El viudo Beilschmidt que tenía un hijo de su edad llamado Ludwig y su hijo mayor Gilbert.

La familia Vargas compuesto por el abuelo Roma (el señor insistió en que lo llamaran así y era el señor que perseguía a las ratas) con sus nietos, Lovino y Feliciano.

El señor Roderich junto con su esposa Elizabeta que eran profesores de la escuela a la que asistirían.

Al padre Martín que era el padre de la Iglesia junto a Catalina, una monja.

Al florista con un rostro demasiado serio llamado Abel con su hermana de doce años muy entusiasta de nombre Emma y el educado Johan que sería un compañero de salón. A Mathew le agrado mucho, pero Alfred dijo que actuaba demasiado adulto.

Les gusto explorar y convivir con la naturaleza eso fue...

Hasta que comenzó a llover.

— Alfred casi se cayó dentro del pozo — comentó en voz baja Mathew jugando con sus manos. El mencionado cerraba y abría el refrigerador como si eso hiciera que la comida apareciera mágicamente.

— Que lindo, cielo — contestó Francine distraída.

— Casi se muere.

— Ajá.

— Me uniré a un circo y seré un domador de leones.

— Más tarde.

¿Por qué siempre le hacían caso a Alfred y no a él? ¿Tan ordinario e invisible era? Sentía que le estaba hablando a la pared.

— ¡Me aburro! ¡Quiero salir! — se quejó Alfred a su madre.

Francine desvió su mirada de su laptop por dos segundos hacia la ventana, en ese momento cayo un rayo.

— No, no lo harás — ordenó la mujer volviendo a teclear.

— Quiero ir, quiero ir, quiero ir, quiero ir, quiero ir.

La mujer se giró a verlo irritada. Alfred sonreía inocente.

— Podemos ir a hacer jardinería — ofreció Mathew.

— ¡Si! — concordó Alfred — Mattie me acompañara, no tienes que preocuparte mamá.

— Está lloviendo. La lluvia hace barro y el barro es sucio. Y no los dejare entrar si están llenos de barro.

— Ese es el punto de hacer jardinería — habló Mathew un poco harto de la actitud de Francine.

— Niños, no tengo tiempo para ustedes ahora. Vayan a desempacar — bramó Francine con mirada feroz.

— Pero la vegetación es importante. Se supone que escribes libros de plantas para eso venimos aquí y odias la tierra a menos que sea para mascarilla — argumentó Mathew ganándose la mirada de su madre.

— Dije que no, si, se supone que la idea de venir aquí era para el libro, pero ya saben —señaló el collarín.

— El accidente no fue mi culpa.

— Nunca dije que lo fuera. Solo lo repetiré una vez más, vayan a desempacar.

Los gemelos se marcharon aceptando la derrota, pero como todo niño se fueron a con su padre para pedir permiso.

— ¿Qué dijo la jefa? — preguntó distraídamente su padre.

— Ha dicho: «No vas a salir con este tiempo, Alfred y Mathew Kirkland.»

Alfred dramatizo tomando a Mathew de los hombros imitando la voz de su madre. Mathew se limitó a controlar sus risitas.

— Entonces no.

Mathew soltó un suspiro exasperado mientras Alfred gimió angustioso.

— Niños, esta casa existe desde hace siglos, hay muchas cosas que ver. Solo anoten todo lo que encuentren.

Eso hicieron después de que la punzada de culpa los atravesara al ver el rostro cansado de Arthur.

En total fueron:

Veintiún ventanas.

Ochenta y cinco cosas amarillas.

Diez sillas.

Ciento cuarenta y nueve libros.

Y catorce puertas.

[***]

El gemelo mayor Kirkland (aunque Alfred negara esto) se retiró a su habitación llena de cajas sin desempacar después de un largo día de exploración del exterior. Se fijo de un paquete envuelto en periódico en medio de su cama. Si eso no era suyo.

Con desconfianza, Matthew agarro el paquete y prefirió hacerle saber a su padre acerca de su descubrimiento.

Al bajar las escaleras se topó con su hermano cubierto de barro siendo regañado por la voz de Francine que se metiera a bañar. Ese traidor había ido afuera a jugar y lo dejo aquí.

Vio a Arthur moviendo un sofá en la sala de estar. Matthew le tocó el hombro a su padre, llamando su atención.

— ¿Qué pasa, cariño? — preguntó con voz cansada.

— Papá, encontré esto en mi cama — dijo Mathew entregándole el paquete envuelto en periódico.

Arthur arqueó la ceja retirando el periódico. Ambos se quedaron estáticos al ver su contenido... era él.

Bueno, un muñeco de él. Cabello rubio de estambre, vestido con una sudadera roja, jeans y pequeñas botas de lluvia con grandes ojos de botón violetas.

Vio como Arthur fruncia el ceño girando el muñeco hasta que le dio la vuelta. El alivio relajó sus rasgos al leer una nota pegado en el juguete.

— No te preocupes el señor Young Soo me dijo que te daría un regalo — explicó su padre admirando los detalles del muñeco — Le mostramos una foto de ustedes dos, le debió tomar mucho tiempo hacerlo.

— Esta bien, bueno eso creo.

— Oye, es un regalo hecho a mano, no lo menosprecies — sermoneó Arthur dándole la espalda a su hijo para ponerse a rebuscar en una caja.

Mathew se marchó de ahí, dejando a su padre continuar desempacando. En medio de la tarde, se dio cuenta de que había perdido al mini-él en medio de todo el caos de la mudanza, pero estaba bastante seguro de haberlo dejado en el pie de las escaleras. Pudo haberlo dejado en el salón, un salón donde sus padres mantenían los muebles más elegantes.

Fue allí buscando al muñeco que estaba detrás de una caja apoyada en la pared. Al quitar la caja descubrió una puerta. La puerta era grande, de color castaño con una perilla vieja y oxidada. Y estaba cerrada con llave.

Le pregunto a su madre si podía abrir la puerta.

— Cariño, no creo que eso lleve algún lado.

— Pero tiene que ir a algún lado, nadie pone una puerta que no lleva a ningún lado.

—…

— Por favor — insistió jalándola de la manga.

— Dejaras de molestar si lo hago.

— Me parece justo.

Francine saco un manojo de llaves de un cajón. La llave era oxidada, negra y tenía un curioso diseño de cabeza, el de un botón.

Al abrir la puerta se toparon con una pared de ladrillos, rectángulos del color de un rojo quemado. Burlándose en la cara de los rubios.

— Debieron clausurar esta habitación cuando dividieron la casa — le explicó su madre al ver su rostro desilusionado — Ahora chitón.

Francine guardo la llave en el cajón.

— ¿No la vas a cerrar, mamá?

— No lleva a ningún lado, como para qué.

En la noche, surgió un horror. Arthur Kirkland después del trabajo se puso a cocinar. La comida con partes negras hizo que fuera irreconocibles los alimentos que tuvieron la desgracia de ser escogidos por su padre. Además de que uno de los sartenes quedo inservible.

A Mathew no le gusto. Ni siquiera se debería llamar comida.

En serio su mama debería sacar a su padre de la cocina, era un peligro para todos los que vivían ahí.

[***]

Hace año y medio que los gemelos dejaron de compartir habitación. Con la edad ambos querían su propia privacidad, además de que Mathew estaba seguro de que se volvería loco con todos los pares de ojos de posters de superhéroes y protagonistas de películas de acción en la pared mirándolo mientras dormía.

— Buenas noches, Mattie — sonrió Alfred.

Mathew se fue a su cuarto deseándole buenas noches a su hermano.

La casa sí que era vieja, cada paso que daba hacia crujir el suelo de madera como si le protestara que dejara de pisarlo. Al llegar a su habitación se aseguró de cerrar la puerta, después bajo el interruptor para sumergir en sombras la habitación y se acostó en su cama.

Mathew soñó con pequeñas sombras que se movían en el manto de una oscuridad sin luna. De pequeñas figuras negras con redondos ojos rojos y afilados dientes amarillos que cantaban con una voz aguda y distorsionada:

Somos pequeñas, pero somos muchas. Somos muchas y somos pequeñas. Estábamos antes de que llegaras y seguiremos aquí cuando te caigas.

Mathew se removió entre sus sabanas, pero al final dejo de soñar.


Nota del autor: La razón de porque cambie el género de Francia tiene que ver con el terror y la desfiguración de la figura maternal que muestran en Coraline. Se supone que el amor de una madre es el más puro y sincero, una madre está destinada a proteger a sus niños, pero la Beldam es la versión retorcida de esta visión, uno corrupto y completamente siniestro. Y pienso que no tendría el mismo efecto si en vez de madre fuera padre.

Otra cosa que te advertiré a partir de este capítulo, es que habrá referencias a la canción Secrets of Wysteria y del caso que inspiro a la canción. Si la escuchas con subtítulos te aseguro que tiene paralelismos bastante fuertes con la historia de Coraline.

Y un dato: la wisteria es un árbol de origen chino de colores morados, azules y rosas, que de hecho son muy toxicas para los niños y simbolizan la inmortalidad.