A la mañana siguiente había dejado de llover, pero hubo una espesa niebla blanca que no dejaba ver más allá de la nariz.
— Quiero salir — dijo Mathew a su hermano que estaba acostado en su cama rebotando una pelota roja contra la pared.
— ¿A dónde?
— Afuera. A jugar en la niebla.
— ¡Bien! Vamos Mattie — gritó Alfred abrigándose con un suéter con estrellas blancas y franjas rojas con blancas tomando una cámara negra que colgó en su cuello. Un regalo de cumpleaños de Arthur porque Alfred quería una cámara igual desde que vio la película de Spiderman.
Los hermanos salieron por la puerta principal jugando con la niebla que los rodeaba haciendo figuras con ella. Alfred hizo un gesto con la mano imitando que estaba fumando un puro, Mathew se rio de la expresión de borracho en la cara de su hermano. Mathew pateaba la espesura y haciendo como que nadaba en una piscina.
— Mattie, Kiku me conto algo sobre la casa.
El niño se acercó a su hermano que en ese momento le tomo una foto causando que viera destellos blancos por el flash.
— ¿Te has visto con él?
— Bueno, a algunos nos gusta hablar con la gente.
Mathew le fulmino con la mirada.
— Cuéntame lo que te conto él — espetó el gemelo mayor.
Alfred se rio escandalosamente — Es algo que es verdad, como sea. Kiku dijo que no ha puesto ni un pie dentro del Palacio Rosa.
— ¿En serio? — interrumpió Mathew arqueando una ceja — Pero su abuelo es amigo del señor Soo, tuvo que estar dentro alguna vez.
— No, Mattie — negó Alfred — Ni una sola vez, dice que el señor Soo le dijo que era un asunto peligroso.
— Pero ¿que tendría de peligroso una casa vieja?
— Es que el señor Young Soo tenía un hermano gemelo llamado Hyung Soo.
— ¿Y eso qué?
— Cuando eran niños, Hyung Soo desapareció. El señor Young Soo dijo que fue secuestrado y que jamás supieron si eso es lo que en verdad paso.
— Solo me cuentas eso para asustarme. No creas que no te conozco — se burló Mathew de su hermano dándole un golpe en el hombro.
— Eres un miedoso, obvio te vas a asustar con este tipo de historias — Alfred le devolvió el golpe — El señor se nota que ya perdió sus canicas, pero Kiku parece creerle.
— Tal vez solo se escapó de esta casa — argumento el niño.
Los gemelos se sobresaltaron cuando una bocina sonó detrás de ellos. Al voltear se dieron cuenta que era el cartero con su camión en la entrada del Palacio Rosa.
— Buenos días niños — saludó el cartero castaño. Se acercaron al joven de aspecto latino saludándolo de vuelta (Alfred lo grito). — Tengo estos paquetes para el señor Iván Braginski
— ¡El loco de arriba! — identificó Alfred señalando la parte más alta de la mansión. Mathew se sonrojo de la vergüenza.
— Si sabemos de quien habla.
Mathew no lo conocía en persona, pero sabía que su madre pensaba que era alcohólico y su padre les dijo que no se acercaran a él sin compañía.
El cartero pegó una gran carcajada — Si, ese es el señor Braginski. Todos conocemos su... peculiar forma de hablar con otras personas, pero no se preocupen es una persona realmente dulce.
— Si usted lo dice — vacilo Mathew jugando con as mangas de su impermeable — Nosotros podríamos entregárselo por usted.
Alfred lo miro desconcertado por el ofrecimiento, el cartero con acento español sonrió de oreja a oreja.
— Gracias, gracias, gracias, muchas gracias. Estoy retrasado con el tiempo de entrega y me van a despedir si es que no entrego todos hoy. Y los paquetes para el señor Iván siempre terminan en el buzón equivocado, por eso me encargo de entregarlos personalmente, pero no tengo tiempo. En verdad necesito el dinero, mi amigo — agradeció atropelladamente el chico entregándoles un montón de paquetes con un olor horrible.
"Tal vez no tardarías tanto si es que no hablaras demasiado" pensó el niño arrugando su nariz por el agrio olor.
— Adiós niños —se despidió el cartero subiéndose en su camión. Alfred le tomo una foto antes de que se marchara.
— ¡Adiós! — grito Alfred.
Mathew asintió con la cabeza. Alfred se giró para encararlo.
—Bien ¿que fue eso? — le pregunto.
— Conozcamos al señor Braginski o ¿eres ese tipo de personas que no les gusta hablar con otras? — Mathew se puso a caminar hacia la mansión.
— Ya, ya entendí. Quieres probarme que estoy equivocado — Alfred lo siguió — Es que jamás te sientes cómodo con alguien que no sean nuestros padres o yo.
— Eso es mentira — vocifero Mathew recordando a dos amigos que dejo atrás por esta mudanza.
— No eres el único que dejo atrás a alguien ¿sabes? — contesto Alfred apretando los dientes.
Mathew lo encaro. Ambos hermanos se miraron a los ojos con un enojo que fue creciendo.
— Si claro, todo el equipo de beisbol debe extrañar a su bateador estrella — gruño.
— Ellos no me importan — murmuro el gemelo menor — Tú sabes bien de quien hablo.
Los dos chistaron terminando su pelea. En silencio subieron por las escaleras exteriores y tocaron la puerta del loco de arriba. Se torno incomodo porque no hubo respuesta.
— ¿Hola? Traemos la correspondencia — llamo Mathew mirando la puerta.
— Señor loc-
Mathew le dio un codazo en las costillas interrumpiendo a Alfred que se encogió por el dolor. Sus ojos azules lo miraron enojados.
— ¿Se las dejamos aquí afuera o?
Mathew se fue de frente por apoyarse en la puerta sin seguro. Su gemelo alcanzo a agarrarlo haciendo malabares con los paquetes apestosos.
— ¿Quien deja abierta la puerta? — se preguntó a si mismo el menor estabilizando en dos piernas a su hermano. Antes de que Mathew le diera una respuesta, una sombra gigante que les tapo el poco Sol se posara encima de ellos.
— Solo me fui por cinco minutos, no vi la necesidad de hacerlo.
Los dos gritaron sorprendidos por la fuerte y acentuada voz de la sombra. Solo que no era una sombra, era el señor con la piel azul por el frio vestido con una gabardina beige estaba detrás de ellos.
— Espero que ustedes no estuviesen espiando a mi circo de ratones, niños — advirtió el loco de arriba.
— Dijo ¿ratones? — cuestiono suavemente Mathew pegándose a la cadera de Alfred.
— Trajimos esto para usted. El cartero gracioso dijo que estaba retrasado y por eso no se los trajo personalmente — intervino Alfred alzando los paquetes.
El señor se los quito de los brazos luciendo emocionado y oliéndolos. Mathew se preguntó cómo es que no se asqueo por el olor.
— Que lástima que Antonio no pudo visitarme, pero al menos tengo las nuevas muestras de queso.
El hombre se estiro riéndose, pasándolos de largo parándose frente a la puerta de su casa.
— Que listos son. Aprovechando que no estaba con la excusa de entregarme esto para ver a los Мышей — se inclinó usando su altura para intimidarlos.
— ¿Los que cosa?
— ¡Ratones! — exclamo el loco de arriba.
Está bien, su mama tenía razón. Probablemente se trataba de algún delirio del hombre
— Emm... okey de hecho somos Mathew y Alfred Kirkland, un gusto señor.
Ambos hermanos se pusieron ansiosos cuando el hombre se sentó en la barandilla balaceándose atrás y adelante.
— Y yo soy el señor Braginski — correspondió la presentación con una escalofriante sonrisa — Pero pueden decirme Iván o señor B.
El señor Braginski se bajó de la barandilla que parecía que estuvo a punto de romperse y camino alrededor de ellos
—Aun no pueden ver el circo de ratones —les explicó el hombre del piso de arriba— es que aún no están listos para dar apertura a su grandeza, necesitan más ensayos. El problema con ellos es que mis canciones para los ratones son del tipo «umpa, umpa»; pero los ratones acróbatas sólo, algo así como «turururu». Y eso no sirve, claro que es lindo, pero no impresionaría a nadie en el público. Así que voy a probar con diferentes tipos de quesos. Esperen, sean pacientes y verán, niños.
El hombre recogió los paquetes que dejo caer, abriendo la puerta con su pierna y se volteo plasmando esa sonrisa infantil.
— До свидания, Mateo y Fred
— Es Mathew y Alfred — corrigió el primer mencionado cuando la puerta se cerró.
— Esta igual de loco que el señor Soo — espeto Alfred bajando las escaleras a toda velocidad. Mathew se asomó viendo como la puerta de la casa se cerró detrás de su hermano.
Mathew suspiro bajando las escaleras ignorando el abandono de su gemelo. Camino por el pasto entre la niebla hasta que la voz del señor Bragisnski lo llamaba.
— Mateo, espera.
El hombre estaba parado en el ¿balcón? Saltando provocándole un ataque al corazón al pobre niño que no sucedió al ver al señor B en perfectas condiciones. El señor Bragisnski se inclinó a su altura.
— Los ratones tienen un mensaje para ti — murmuro el ruso — Ellos dijeron: No cruces la puerta. — Hizo una pausa — ¿Tú le encuentras algún sentido?
— No, señor — respondió Mathew confundido. ¿Cómo sabia sobre la puerta del salón?
— Bueno, no te preocupes — el hombre peliblanco se encogió de hombros — A veces los ratones acróbatas se confunden un poquito. Por ejemplo, no pronunciar bien tu nombre. Te llaman Mathew en vez de Mateo. Ellos me dijeron que era el mismo nombre, pero en diferentes idiomas. No quieren saber nada de Mateo.
El hombre subió por las escaleras dejándolo solo.
Mathew solo pensaba que este hombre necesitaba ir a terapia.
[***]
Entrando la noche, a Mathew le pico la curiosidad acerca de la advertencia de los ratones acróbatas imaginarios del señor B. Además de estar muerto del aburrimiento.
Su padre y Alfred fueron al pueblo para comprar los ingredientes para la cena. No esperaba que fuera buena. Po si acaso saco el extintor de incendios. Su madre por otro lado demasiado ocupada en su computadora trabajando en ese catalogo que los salvaría de la quiebra.
Leyó un libro acerca de las selvas amazónicas, de la cultura de las tribus que habitaban dentro de ella y de los peligros que hay dentro de la selva. No llego a leer ni cinco páginas para que el aburrimiento se apoderara de él otra vez. El sueño comenzó a llegarle.
Se acostó en el sofá de la sala cerca de la calefacción. Cerro sus ojos dejándose llevar por el sueño.
N
I
E
B
L
A
Mathew se despertó por un chillido constante que lo irritaba. Somnoliento se sentó en sofá, miro a los alrededores. Agudizo su oído siendo solo medio consiente de que comenzó a seguir ese ruido que lo llevo al salón de muebles elegantes. Había un sofá con un estampado café, una mesa auxiliar de madera que tenía un pesado cenicero de cristal, varios cuadros de oleo que imitaban pinturas famosas en la cual destacaba un cuadro de un pequeño azul encima de la chimenea de piedra que estaba adornada con varias esferas de nieve. Su favorita era la de la torre Eiffel.
Carecía de relojes de pared, de fotografías de su familia, las estanterías vacías de otras decoraciones rusticas que no daba la sensación de comodidad.
El ruido se desvaneció en la puerta secreta. El niño giro la vieja perilla.
Daba a un pasillo oscuro. Los ladrillos habían desaparecido, como si nunca hubieran estado allí. Un frío olor a cerrado se filtraba a través de la puerta abierta: olía a algo muy antiguo y rancio.
Mathew cruzo la puerta. Avanzo a través de la espesa oscuridad del pasillo, o suponía que era un pasillo con la inquietud siendo su compañera. Se pregunto si en verdad había un departamento vacío al lado. Tal vez las señoras de abajo se habían colado aprovechando que nadie rentaba allí o podía ser donde vivían los ratones acróbatas del señor Braginski.
Al vislumbrar la luz, se preguntó qué tan dormido estaba como para alucinar esto.
El tapiz era idéntico al de su casa, la alfombra en los que arrastro sus tenis era del color y textura que la suya. El cuadro del pequeño azul encima de la chimenea.
Si, estaba bien dormido.
No era posible volver al lugar del que saliste. A menos que el pasillo era en realidad una especie de glorieta que lo mareo y confundió su sentido de la orientación.
Pero no podía ser su casa. El cuadro del niño con ropas antiguas que comía un helado, era diferente. En su casa el helado estaba estrellado en el piso y el pequeño azul lloraba. En este estab feliz lamiendo su helado; sus ojos resultaban algo raros.
Mathew los observo por un largo tiempo tratando de averiguar que estaba mal en ellos. Casi lo consiguió, pero:
— ¿Matthew?
"Estoy en problemas" fue el primer pensamiento del niño al escuchar la voz de su mamá llamando su nombre, pero se recordó que estaba al otro lado de la puerta. No podía ser mamá, eso no tenía ninguna lógica. Sin embargo, la voz era idéntica.
Dudo por unos largos segundos si es que debía ir donde la dueña de la voz. Esto se parecía demasiado a una de esas películas de terror que Alfred amaba ver.
Entro a la cocina (de donde salió la voz) sin saber qué esperar, y vio a una mujer rubia de espaldas.
Pensó que se parecía a Francine, pero... su piel era pálida como un papel, le faltaba el collarín, era más alta y delgada además de que sus dedos eran finos y alargados con uñas afiladas que parecían brillar como el filo de una aguja que no paraban de moverse en ningún momento.
— Oh, Mathew cariño, que bueno que llegas — saludó la mujer.
Mathew sintió que su respiración se atascaba en su garganta cuando ella se giró. Su terror no era para menos; sus ojos eran dos grandes botones azul oscuro casi negro.
— Es hora de comer, mi cielo — dijo esa... cosa.
— ¿Quién eres? ¿Qué eres? — preguntó atropelladamente — No eres mi madre.
— Soy tu otra madre, tontuelo — contestó la mujer — Ve a buscar a tu otro padre que la cena esta lista.
La otra madre abrió la puerta del horno y Mathew sintió sus entrañas rugir de hambre voraz; olía delicioso.
— Anda, está en su estudio — informó la otra madre.
Mathew obedeció desconfiado. Sin quitarle los ojos de encima; se fue de la cocina hacia el estudio de Arthur.
Abriendo la puerta vio un hombre delgado rubio de espaldas tocando un piano de cola rojo vino tocando dudoso cada tecla.
— ¿Papá?
El otro padre reacciono automáticamente a la voz de su ¨hijo¨. Se giro para verlo con esos grandes ojos de botón verde oscuro vestido con una elegante bata verde oscuro con negro y pantuflas cafés.
— Hola Mathew — lo saludó — ¿Quieres oír mi nueva canción?
— Mi padre no toca el piano, no creo que él sepa tocar algún instrumento — expreso el niño rubio mirando a todos lados menos a los ¨ojos¨ del otro padre.
— Eso no es necesario —dijo el otro padre — Este piano me toca a mí.
Desde la caja de resonancia del piano salieron dos guantes blancos mecánicos, giro al hombre y lo hizo tocar una pegajosa melodía acerca de él.
— Lamento interrumpirle, señor — dijo Mathew — Ella dice que la cena esta lista.
— Oh, puppet no hay necesidad de decirme señor. Soy tu otro padre — sonrió el hombre parándose tomándolo de la mano.
Mathew vio la espalda de su otro padre pensativo acerca del extraño mundo en el que fue a parar.
El comedor estaba decorado de forma hermosa. Se colocaron velas largas, platos de pure de papa, patatas fritas, guisantes verdes y un gran pollo asado de color dorado. Mathew olio el delicioso pedazo de pollo que se sirvió y se lo llevo a la boca. Pronto su plato fue vaciado. Era un festín.
La otra madre aparto el plato para reemplazarlo con un pastel de chocolate con glaseado rojo con velas de cumpleaños que tenía escrito en glaseado blanco en cursiva "Welcome Home!" la segunda o con doble aro.
— ¿Casa?
— Te estábamos esperando, Mathew — habló la otra madre.
— ¿A mí? ¿Y dónde está Alfred? — su voz salió atropellada.
— Si — respondió el otro padre — No es lo mismo sin ti. Pero sabíamos que vendrías algún día. En cuanto a tu hermano esta con su amigo Kiku.
— El otro Kiku — repitió Mathew.
— Si.
La otra madre no paraba de sonreírle.
— No sabía que tenía otra madre — comentó el niño con cautela.
— Todo el mundo la tiene, mon cheri — explico la otra madre, sus ojos centellaron por la luz de las velas — Después de comer podemos jugar.
Mathew alzo una ceja — Jugar... ¿a las traes?
— ¡Que buena idea! Jugaremos a las traes.
— Espera, no lo decía en serio — se negó Mathew jugando con sus dedos — Necesito ir a casa con mi otra madre.
— Yo soy tu otra madre — sonrió la rubia poniendo una mano en su pecho.
— Hablo de mi mamá original, mamá número uno — ofreció nervioso el niño alejándose de la otra Francine. Se tropezó con el otro Arthur que lo saludo con una sonrisa.
Este sueño se estaba volviendo demasiado raro. Su padre no sonreía tanto.
— Al menos déjanos arroparte, puppet — propuso el otro padre — Debes estar tan cansado.
— Esta bien.
Lo llevaron a su habitación. Era tan distinto del original. Las paredes pintadas de un extraño color rojo con un contraste desconcertante color blanco. Revoloteaban libélulas doradas que le dieron una cálida bienvenida, los juguetes se movían riéndose, los coches manejaban por el piso pitando sus bocinas y luces colgadas encima de la cama como estrellas del espacio.
— Wow.
— Sabia que te encantaría.
La otra Francine lo arropo hasta el cuello con el cobertor azul marino dándole un beso en la frente. El otro Arthur sonrío dulcemente.
— Dulces sueños — desearon al unisonó.
Mathew cerro los ojos.
