Distrito 11
El veintiuno de diciembre es un día importante en el distrito once. Es el día más corto del año y para un distrito agricultor como el suyo eso tiene mucho significado. Es un día de mal agüero, el día en el que reina la oscuridad. Por eso no se trabaja y las familias se reúnen en sus casas para hacer frente a la noche todos juntos.
Suena siniestro y arcaico a los ojos de los capitolinos, pero lo cierto es que es un día de fiesta, un día para compartir con los seres queridos en el que se cuentan historias, algunas de terror y otras graciosas, y en el que se improvisan juegos para los más pequeños. Algunos de los mejores recuerdos de Ophelia son del solsticio de invierno.
Por el día las comunidades se reúnen en las distintas plazas del distrito, porque tu comunidad también es tu familia. Se organizan pequeños concursos de habilidad y se montan teatrillos para los niños. No es nada demasiado fastuoso porque no se lo pueden permitir, pero siempre es agradable y divertido.
Luego, cuando la noche empieza a caer, las familias se retiran a sus casas para compartir la cena y escuchar las historias. Cada miembro de la familia debe traer la suya. Algunos las repiten, otros cuentan una nueva cada año y algunos incluso improvisan algo sobre la marcha. Su abuelo solía preparar cada año un cuento en el que los protagonistas llevaban el nombre de cada uno de sus nietos. Eran una banda de cómicos que iban por los distritos viviendo aventuras y Ophelia adoraba esas historias. A menudo se pedía a su abuelo que inventara más a lo largo del año, pero él siempre decía que esas historias eran solo para el solsticio, aunque siempre accedía a repetirle cuantas veces quisiera alguna de las que ya había contado.
Luego el abuelo murió, al igual que habían hecho sus padres unos años antes. Nada raro en el distrito once donde nunca podías parar de trabajar. Ophelia se quedó sola. Al resto de sus abuelos no los había llegado a conocer y sus tíos y tías no podían hacerse cargo de una boca más que alimentar. Se lo explicaron con lágrimas en los ojos antes de mandarla al orfanato del distrito.
Cuando ganó los juegos Ophelia pensó que volvería a verlos, pero ninguno apareció. Ophelia reconoce la nobleza de ese gesto. No pretenden beneficiarse de su riqueza cuando no estuvieron ahí mientras ella no tuvo nada. Ella tampoco ha ido a buscarlos. No los odia ni les guarda rencor, incluso entiende la decisión que tomaron, pero tampoco cree que se sienta cómoda volviendo a una familia de la que ha pasado tanto tiempo sin formar parte.
Así que este solsticio, el cuarto desde que ganó los juegos, lo pasará sola, como los tres anteriores. No hay para ella familia y, dado que es la única vencedora de su distrito, tampoco hay para ella una comunidad. Sus amigos la han invitado a sus celebraciones, pero se ha negado a acudir. Piensa que se sentiría extraña, sobrante.
Se tumba en el sofá con una manta y se dispone a leer la última novela de Alexia. Ni en un millón de años se lo dirá, pero sus libros siempre consiguen engancharla. Desde luego no hay nadie mejor que ella para escribir sobre intrigas y conspiraciones.
Está a punto de empezar a leer cuando llaman al timbre. Se levanta curiosa y abre los ojos como platos al ver a la persona que hay parada frente a su puerta.
–¿Qué haces aquí?
La sorpresa la hace sonar cortante, pero Linus Perry la conoce bien. Desde esos juegos han hablado casi cada día por teléfono. Así que no se molesta.
–Bueno, el otro día me hablaste del solsticio y dijiste que tú no tenías con quién celebrarlo y bueno, yo pensé que, ya sabes, dijiste que era una fiesta de la comunidad y de la familia y pensé que a lo mejor podríamos celebrarlo juntos porque los vencedores somos una comunidad y, vale, no somos familia, pero tú eres una de mis mejores amigas y eso también es otro tipo de familia. Pedí un permiso especial para viajar y como no he dado problemas me lo han concedido. Tengo permiso para quedarme tres días, pero puedo irme antes si quieres.
–Pasa, anda, que tienes que estar helándote ahí fuera.
No es una declaración de amistad demasiado bonita, pero es que a Ophelia no se le da nada bien decir ese tipo de cosas. Por eso en cuanto Linus entra en su casa lo envuelve entre sus brazos. Espera que eso sea suficiente para que comprenda cuánto significa para ella que esté allí.
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La tradición de que las familias pasen el solsticio juntas está inspirada en El ladrón del rayo de Rick Riordan.
