Distrito 9

–Ponte la bufanda, Kimberly.

–Si me pongo la bufanda no se va a ver el estampado del jersey y bastante me lo tapa ya el abrigo.

–Claro, hija, perdóname por pensar que es menos importante que se te vea el dibujo del jersey que evitar que pilles una pulmonía.

Kim no contesta. Es un jersey nuevo y tiene bordado un gato precioso. No piensa taparlo con una bufanda que además es gris y sosa. No obstante, su madre vuelve a la carga.

–O te pones la bufanda o no sales, Kimberly.

Kim mira la bufanda con cara de asco y se la pone. Piensa quitársela en cuanto salga, eso sí. Su hermana ya está lista, así que ambas salen con sus cestas de mimbre en la mano. Es una tarde fría y ventosa. El propósito inicial de Kim era tirar la bufanda de la discordia en el porche, pero finalmente se la deja puesta (no es que su madre tenga razón, es que seguro que si la deja tirada se la lleva el viento y ella acaba castigada, que conste). Tendrá que conformarse con quitársela un momento para que sus amigos vean el jersey y luego volvérsela a poner.

Sus amigas están ya en el punto de encuentro con sus cestas en la mano. Ahora están vacías, pero Kim espera llenarlas al cabo de la tarde. Se despide de Maura y cada una va a encontrarse con su grupo. Kim sonríe al ver que Samanta se ha traído la flauta y que Dora lleva su tambor. Los instrumentos siempre hacen que la gente les dé más dulces.

Esa es la tradición. La tarde del 24 de diciembre los niños del distrito nueve tocan a las puertas de las casas para cantar y a cambio los dueños de la casa les dan dulces caseros hechos con cereales, y, si pueden permitírselo, glaseados con sirope.

En la escuela dicen que es una tradición que celebra la unidad del distrito y que enseña que todos sus habitantes deben compartir lo que tienen. A Kim no le importa mucho todo eso. Los dulces están ricos y las canciones tienen letras bonitas, sobre amor, felicidad, paz y esas cosas. Además, por la mañana Maura, su madre y ella han estado preparando los dulces para los que toquen a su puerta y ha sido divertido.

Vuelve a casa muy satisfecha. Se lo ha pasado genial y lleva la cesta repleta. Varios vecinos han alabado su voz, así que además está muy orgullosa de sí misma. De camino a su casa tras despedirse de sus amigos pasa por la entrada a la villa de los vencedores. Las puertas están abiertas y hay luz en una de las casas, la de Mark Mils.

Otros chicos le han contado que Mark Mils siempre da los mejores dulces, pero Kim nunca los ha probado. Tiene completamente prohibido acercarse a la villa y a cualquiera de sus habitantes. Su madre le ha contado un montón de veces que Mark Mils ganó los juegos el mismo año en que su hermana fue cosechada y que ella era quien debía haber ganado. Kim no piensa que eso sea culpa de Mark. Él no la mató y, aunque eso nunca se lo dirá a su madre, es guapísimo.

Se queda dudando ante la entrada. Tiene ganas de probar esos dulces y está cansada de todas las reglas que su madre le impone. Así que toca al timbre. No obstante, no es el dueño de la casa quien abre la puerta.

Frente a ella se encuentra Alexia Swift. Kim se queda parada. No había pensado en ella. Alexia Swift es otra de esas personas con las que su madre no le permite hablar. Según su madre, Alexia es un monstruo, todos los que matan a sangre fría lo son. Kim no lo entiende: odia a Mark por volver en lugar de su hermana, pero a la hermana que sí volvió la odia por hacerlo.

Ella misma no sabe que sentir. A Audrey apenas la recuerda, ella tenía tres años cuando murió, mientras que Alexia se fue cuando ella tenía siete años y no es que fueran muy cercanas debido a la diferencia de edad. Recuerda que le gustaba que Alexia le contara historias y que lloró cuando su madre le dijo que no podrían verla más, también que durante un tiempo estuvo enfadada con ella por no hablarle (Alexia rompía las reglas de su madre siempre ¿por qué precisamente no había roto la de mantenerse alejada de ella?). No obstante, en los últimos años no ha pensado mucho en su hermana y al verla siente más sorpresa que otra cosa.

–¿Vienes a cantar? –pregunta Alexia con una sonrisa.

Kim asiente antes de recordar que su hermana no puede verla.

–Sí, pero esperaba ver a Mark.

No pretende sonar borde, pero con los nervios no ha encontrado otra cosa que decir. Alexia la mira maliciosa. Está claro que no la ha reconocido y tiene sentido porque la última vez que escuchó su voz fue hace seis años y ella era una niña.

–Ya, nena, como la mayoría. De los tres él es el más agradable.

Le da a la palabra "agradable" un tono que indica claramente que no está hablando de su carácter y Kim no puede evitar reírse. Alexia la mira divertida.

–Mark está hablando por teléfono y creo que va a tardar, así que tendrás que conformarte con cantarme una canción a mí si quieres. Eso sí, que no sea una de esas cursiladas sobre cuánto nos queremos todos y lo unidos que estamos. He pasado por los juegos, así que no me las creo.

A Kim le sorprende que haga ese comentario con el mismo tono alegre con el que lleva hablándole desde que llegó. Los juegos en su casa siempre han sido tema serio. De todos modos comienza a cantar una canción sobre alguien que decide poner petardos en la puerta para asustar a los niños que piden dulces y sobre alguien que va en burro a algún sitio. Siempre le ha hecho mucha gracia y a su hermana parece que también le gusta.

Le da un puñado de dulces y Kim se despide. Está a punto de marcharse cuando Alexia le dice.

–Me alegro de verte, Kim.

Y cierra la puerta.

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Hacía tiempo que quería escribir de Kim. La mencioné en el fic de Alexia (que tengo que terminar algún día), pero ahí es solo una niña. Aquí tiene trece años.

Por cierto, no creo que todas las canciones que cantan los niños del nueve sean villancicos como tal ya que no son cristianos, pero la canción que canta Kim es Arre borriquito y es el único villancico que me gusta, así que tenía que meterlo.

Gracias Alpha por comentar.