La historia no es mas que una adaptación, al final, el nombre del autor, y el nombre original de la historia.

Un magnate, un secreto y una mujer dispuesta a luchar por su hijo. ¿Te vas a perder una historia que te enganchará hasta el final?

Algunos días no deberían existir. Cualquiera que se encontrara en el pellejo de Bella pensaría lo mismo. ¿Cuántas probabilidades hay de que la Administración cometa un error tan grave que envíe tu vida y tu estabilidad a la locura? ¿Y de que te toque precisamente a ti? ¿Y qué es lo peor de todo? Que quien tiene que demostrar que fueron ellos los que metieron la pata eres tú —¿quién si no? —.

Jodido, ¿verdad?

Viuda, con un bebé al que mantener y sin trabajo, a Bea no le queda otra que pedirle a su cuñado, Edward Cullen, que la ayude a deshacer el enredo. No sería nada del otro mundo, si no fuera porque nunca le cayó bien a Edward, porque este vive en Nueva york y… porque le está ocultando algo.

Una novela romántica tierna, de segundas oportunidades, seducción, pasión y un secreto que lo cambiará todo.

CAPITULO 1

pesar de que era pleno mes de junio, con treinta y

tantos grados a la sombra, y de que el sudor le corría

a chorreones por la frente y el escote, Bella habría

pagado con gusto por uno de esos horrendos calendarios que

se vendían a fin de año por las calles con tal de comprobar que

no era el día de los Santos Inocentes.

—Está de broma, ¿no? —Contempló a la funcionaria al

otro lado del mostrador convencida de que, de un momento a

otro, le iba a anunciar que estaba en uno de esos programas de

telerrealidad en el que les gastan inocentadas a incautas como

ella.

La mujer se limitó a reajustarse sus gafas de culo de botella

sobre la nariz de cacatúa.

—¿Le parece a usted que tengo cara de estar bromeando?

En eso, la mujer tenía razón. La expresión de asco en su

semblante parecía que se la habían esculpido a martillo y

cincel.

—Escuche… —Bella reunió la poca paciencia que le

quedaba—. O se ha equivocado o se trata de un grave error.

—Error ¿dónde? Aquí lo pone muy claro: Edward Cullen .

—La mujer tamborileó con sus largas uñas de plástico barato

sobre una línea del tocho de papeles que tenía delante de ella.

—¡Ese es el error! Mi marido se llama Eduardo, Edu

Black, no Cullen.

La mujer revisó el certificado de matrimonio, escribió algo

en el ordenador y sacudió la cabeza.

—El número de pasaporte coincide con el de Eward

Cullen.

—Le estoy diciendo que Edward no es mi marido, es el

hermano de mi marido.

—Entonces, ¿tuvo un hijo con su cuñado? —La mujer no

hizo nada por esconder su sarcasmo.

—¿De qué está hablando?

—Que en el certificado de nacimiento de su hijo también

Aparece Edward Cullen.

—¡Eso es imposible!

—Según lo que consta en esta documentación, no lo es.

Bella se presionó la sien e inspiró, llenándose los pulmones

hasta los topes, para soltar el aire con lentitud. ¿Tan difícil era

entender que lo que sea que pusiera en esos dichosos archivos

estaba mal?

—Mire, me da igual lo que le aparezca en la pantalla. Soy

la esposa de Eduardo Black, no de Edward —replicó Bella

alterada.

—¿Y no tiene en su casa una copia de las actas

matrimoniales o el libro de familia? —preguntó la funcionaria

con la misma condescendencia que una maestra de infantil

mostraría a la alumna más torpe de la clase.

—Era mi marido quien se encargaba de esas cosas. No sé

dónde las ha guardado. —El temblequeo interno que le

atenazaba la boca del estómago comenzaba a reflejarse en su

voz.

—¿Sabía que en el siglo veintiuno las mujeres ya tenemos

derecho al voto, a la propiedad y a encargarnos de las

relaciones con la administración pública?

Bella comprobó en el insípido reloj de pared de la oficina

que se le estaba agotando el tiempo si quería entrar en el

próximo turno de visitas de la UCI.

—Sé muy bien cuáles son mis derechos, pero eso no

significa que tenga que torturarme con un papeleo que él hacía

gustoso —resopló Bella, aunque en el fondo la muy imbécil

había dado en la diana y escocía.

—Pues pídale a su marido que venga a confirmarlo.

—¡Ya le he dicho que está en coma en la unidad de

cuidados intensivos!

—¿Y cree que pegar voces le va a servir de algo? —Las

cejas a lo Groucho Marx se elevaron por encima de las gafas

de pasta negra, recordándole a aquello de «la parte contratante

de la primera parte será considerada la parte contratante de la

primera parte».

—¿Y cómo demonios quiere que se lo diga si no se entera

de nada?

La mujer reajustó un tocho de papeles detrás del mostrador

y la miró con frialdad.

—¿Quiere que le diga lo que yo entiendo? Lo que yo

entiendo es que es la primera vez que alguien llega al punto de

hacerse pasar por la esposa de un enfermo mientras está

inconsciente. ¿Qué pretende? ¿Asegurarse de que podrá

defraudar a la Seguridad Social cobrando una viudedad que no

le corresponde? ¿O hacerse con su cuenta bancaria y sus

propiedades porque le consta que no le habrá dejado nada? No,

no me lo cuente. No quiero ni saberlo. Créame, he visto

muchas cosas por aquí, aunque esta es la que se lleva la palma,

es la más estrambótica e irreal que he tenido la desgracia de

tener que presenciar en mi vida.

—¿Qué? ¡Pero cómo se atreve siquiera a acusarme de

semejante chorrada! —Si no hubiera sido por el mostrador,

Bella se habría lanzado sin dudarlo sobre el estúpido orangután

en faldas.

—Bien. —La mujer no se inmutó ni un ápice—. Lo tiene

fácil. Demuestre que está casada con Eduardo y no con

Edawrd.

—¿Y cómo pretende que lo haga? ¿Espero a que muera y

llamo a una médium para que contacte con él? ¡Por Dios, esto

es lo más increíble que me ha pasado en la vida! ¡La única

prueba que tenía se suponía que eran los certificados que

custodian ustedes como administración!

—En ese caso, tendrá que venir con Edward Cullen y

presentar un recurso. Obviamente, aportando la

documentación relativa que corrobore que es con su hermano

y no con él con quien contrajo nupcias.

—¿Y cómo demonios espera que haga eso? Mi cuñado

vive en Nueva york.

—Lo siento, pero ese no es mi problema. Firme aquí

confirmando la recepción de los certificados. —Le entregó un

bolígrafo junto con los documentos—. Ahora, si me

disculpa…

—¿Que la disculpe? ¡Y un pepino la voy a disculpar!

¡Quiero hablar con su superior ahora mismo y…!

—Puede poner una reclamación vía telemática. —La

ventanilla de cristal se cerró con un decidido clac, poniéndole

el punto final a la conversación.

Con las piernas cediendo bajo ella como dos muelles sin

sujeción, Bella se dejó caer en el primer escalón alto que

encontró a la salida del Registro Civil y contempló los

documentos que temblaban en sus manos.

Edward Cullen. La mujer tenía razón, aparecía en letras

negritas tanto en el certificado de matrimonio, como en el de

nacimiento y la copia del libro de familia. ¿Cómo demonios

había podido ocurrir? Se pasó una mano por los ojos. Si al

menos Edward hubiera actuado como padrino en su boda,

podría haberse explicado la confusión, pero ni siquiera se

había presentado. Los padrinos fueron unos conocidos de Eduardo

de los que ni siquiera recordaba sus nombres hasta que los vio

sobre el papel.

Se apretó los lagrimales tratando de no llorar. Y ahora

¿qué? Si Edward hubiera estado allí, seguro que todo se habría

solucionado en un abrir y cerrar de ojos. Conociéndolo, se

habría puesto a reír, se habría inclinado sobre el mostrador y le

hubiera sonreído a la arpía poniendo esa mirada de galán de

cine que derretía las bragas hasta de las más puritanas. Ese era

Edward, el hombre que siempre se salía con la suya. Pero ya no

estaba. Ese era precisamente el problema.

Trató de no pensar en que se cumplieran los pronósticos

que le había comunicado esa misma mañana el médico, guardó

los documentos en el bolso y se levantó. Tenía el tiempo justo

de llegar al hospital si no quería perderse la visita. ¿Cómo

había podido cambiar tanto su vida en apenas unas horas?

Anteanoche, Eduardo se metía con ella porque la descubrió

encogiendo la barriga mientras trataba de cerrar el botón de su

vaquero y hoy se encontraba tendido inerte en una cama, con

respiración asistida y la noticia de que tenía un tumor cerebral

tan avanzado que ya no admitía su extirpación.

Las lágrimas consiguieron burlar su control al pensar en el

tiempo durante el que Eduardo probablemente se lo había estado

ocultando. Puede que debiera haberse enfadado con él por no

confiar en ella o, tal vez, por no dejar nada dispuesto para

cuando ocurriera y que ella y el niño quedaran descubiertos

ante la tempestad que se les avecinaba, pero ¿qué muestra de

amor más grande podía haber que la de protegerla del

sufrimiento de saber que se les acababa el tiempo juntos?

No podía ni imaginarse lo que un hombre tan vital y

controlador como Eduardo había tenido que padecer ante la

noticia de una enfermedad terminal. ¿Habría tenido ella la

fortaleza suficiente de enfrentarse al cúmulo administrativo

que preparara su marcha? Lo dudaba. Sin encontrarse en sus

circunstancias, ya se sentía incapaz de hacerlo.

Se avergonzaba de su egoísmo al pensar en ella misma

cuando era Eduardo quien se estaba muriendo, sin embargo, no

podía evitarlo. ¿Qué iba a hacer si no lograba resolver el

entuerto que se había formado? Después de un año y medio sin

trabajar, en su cuenta corriente apenas quedaban unos

quinientos euros. Quizá no debería haber accedido con tanta

presteza a la suave persuasión de Eduardo de que renunciara a su

trabajo de camarera para dedicarse a disfrutar del embarazo y

poder cuidar de Ben, aunque tampoco era como si le hubiera

costado demasiado dejar atrás a esos estúpidos capullos que,

por darle propina, se creían con derecho a tocarle el trasero. La

simple idea de tener que volver a pasar por aquello hasta que

consiguiera un trabajo más estable ya hacía que su estómago la

amenazara con dar un vuelco. A lo mejor, si tenía suerte y

pillaba un puesto en una cafetería en vez de un local

nocturno… Se colocó la mano sobre su abdomen y apretó.

Podía hacerlo, solo era algo temporal.

Por el momento, nada le impedía seguir sacando dinero de

la cuenta bancaria de Eduardo con la tarjeta y, con suerte,

acumularía lo suficiente como para cubrir al menos los gastos

del entierro. Aquella mañana ya había sacado los trescientos

euros de tope que le permitía el cajero automático y había

hecho una compra online en el supermercado en previsión de

que el banco le congelara la cuenta. El único alivio había sido

la noticia que había descubierto en internet que afirmaba que,

ante el fallecimiento del titular, el banco seguiría pagando los

gastos corrientes que este hubiera suscrito. Lo que significaba

que, durante el próximo mes, al menos, tenía cubiertos el

alquiler y los gastos básicos de luz y agua.

En el fondo, se trataba de problemas menores comparados

con las dificultades que se le avecinarían para cobrar una

pensión de viudedad que la ayudara a mantener a Ben. ¿Por

qué no se le había ocurrido nunca que deberían haber hecho un

testamento o haberse preocupado más por la parte económica

y legal de su relación? Casi rio ante su propia estupidez, pero

entonces ¿quién se esperaba morir a los treinta y pocos? Ella

no, desde luego, y Eduardo seguro que tampoco.

El sonido de Él no soy yo del móvil hizo que le dieran

ganas de tirarlo a la próxima papelera. Solo el nombre en la

pantalla la detuvo.

—Mabel, ¿qué ocurre? ¿Ben está bien? —El silencio al

otro lado de la línea le puso el vello de punta—. ¿Mabel?

—Bella, nena, han llamado del hospital porque no les cogías

el teléfono. Es por Edu… Lo siento mucho.