Bella se quitó el cinturón de seguridad con los ojos

cerrados y tomó aire.

—¿Te encuentras bien? —Mabel le echó una ojeada

preocupada.

Con una enorme bola atenazándole la garganta, Bella negó y

se limpió las lágrimas que se escaparon a pesar de sus

esfuerzos por retenerlas. Quería haberle dicho que la pérdida

de Eduardo dolía, también que se sentía sola y desamparada y que

le preocupaba el futuro, pero, sobre todo, querría haberle

confesado que se sentía culpable. Culpable por pensar en ella

misma, en su hijo y en su estabilidad.

Mabel le ofreció un pañuelo de papel y le palmeó la rodilla.

—Todo saldrá bien, ya verás. Reharás tu vida y el hermano

de Eduardo seguro que te ayudará a solventar la confusión en

cuanto se lo expliques.

—Eso espero. Mañana concertaré una videollamada con él.

—Su intento de sonrisa se convirtió en una patética mueca que

ayudó más bien poco a ahogar los siguientes sollozos.

—Te recogeré si decides no quedarte durante la madrugada.

Lamento no poder quedarme contigo. Me habría gustado

acompañarte durante el velatorio.

—Demasiado has hecho ya por ayudarme y tu madre no

está para quedarse tantas horas a cargo de Ben. De cualquier

modo, es improbable que asista mucha gente. He avisado a su

familia, pero no creo que consigan vuelos desde Nueva York con

tan poco tiempo de antelación. Por lo demás, Eduardo nunca se

preocupó por hacer amigos aquí y ya sabes cómo solía evitar

las reuniones sociales. Dudo mucho que venga alguien más

aparte de mis primos y un puñado de mis conocidos.

Incapaz de comentar nada más sin venirse abajo, salió del

coche. Mabel la conocía y lo comprendería. A punto de llegar

a la entrada del tanatorio, casi tropezó con una chica.

—Disculpe, ¿es usted la persona a la que vieron en

urgencias con Eduardo Black?

Bella se secó las mejillas.

—Supongo, sí.

—¡Es ella! —gritó excitada la chica, mirando por encima

de su hombro.

Bella siguió sobresaltada su mirada hasta un joven espigado

que portaba una cámara profesional que debía de pesar más

que él. No fue el único que corrió hacia ellas como si acabaran

de anunciar su nombre como el ganador del último bote del

Euromillón. Con un jadeo, reculó medio metro ante la

repentina estampida que se lanzaba en su dirección. Levantó

los brazos tratando de protegerse de los deslumbrantes flashes

y micrófonos y apenas consiguió retroceder dos pasos más

antes de que la hubieran rodeado y cortado el paso en

cualquier dirección. No entendía nada del incesante

bombardeo de gritos y preguntas que se superponían las unas a

las otras.

—¿Es usted la mujer que estuvo con Eduardo Black

durante sus últimos días?

—¿Cómo fue su muerte?

—¿Permaneció hasta el final a su lado?

—¿Le dejó dicho algo antes de morir?

—¿Qué clase de relación mantuvo con él?

—¿Sabe quién ocupará ahora la vacante que ha dejado libre

como CEO de Eduardo Cullen Enterprises?

Con la visión borrosa y un agobiante calor subiéndole por

el pecho, trató de encontrar sin éxito algún semblante

conocido a su alrededor. ¿De dónde había salido tanta gente?

Frente a su rostro, amenazantes micrófonos con carteles se

empujaban en una lucha sin tregua. ¿Qué demonios querían de

ella y de qué conocían a Eduardo?

Como si de una cámara lenta se tratara, vio cómo uno de

los micros se dirigía derecho a su ojo antes de que una mano lo

interceptara y lo apartara.

—El jefe del gabinete de comunicación de Eduardo

Enterprises responderá a sus cuestiones en una rueda de prensa

que convocará en unas horas. Por lo que les ruego respeten

este momento de luto de nuestra familia. —La voz profunda y

decidida que tanto había temido reencontrarse Bella le recorrió

la columna vertebral con una sensación helada.

—Dicen los rumores que usted y su hermano llevaban un

tiempos distanciados y que las relaciones entre ustedes eran

prácticamente inexistentes. ¿Qué puede decir sobre eso, señor

Cullen? —insistió uno de los reporteros.

—Si nos disculpan… —Edward le rodeó el hombro a Bella y

le abrió camino entre los agresivos reporteros.

Agradecida de que la librara de aquel grupo de periodistas,

que le recordaban a un enjambre de avispas peligrosas

siseando a su alrededor con sus púas envenenadas, se dejó

guiar por él. Nada más pasar la recepción del Tanatorio y

quedar fuera de la vista de los que estaban en la calle, Edward

se distanció de ella como si le quemara.

—¿Se puede saber por qué no has contratado a unos

guardaespaldas sabiendo lo que iba a esperarte aquí? —

masculló Edward disgustado.

—No imaginaba que…

—¿O es que acaso es eso lo que querías? ¿La atención de la

prensa amarilla? Aunque si pretendías que funcionara,

deberías haber elegido un escote algo más profundo y unos

zapatos de tacón, ¿no crees?

—¿De qué estás hablando? —Ella se detuvo en medio del

corredor sin importarle quién podía estar observándolos.

Los ojos azules se entrecerraron al estudiarla.

—Has estado llorando. Estás afectada de verdad.

—¡Eduardo acaba de morir! ¿Qué esperabas?

El pecho masculino se infló con una profunda inspiración.

—Está bien, hablaremos luego. Por ahora, solo han llegado

algunos altos directivos que estaban conmigo en la reunión de

Londres, pero será solo cuestión de horas de que vayan

llegando nuestros familiares y los demás. Ya nos han

contactado algunos socios y accionistas preguntándonos por la

dirección del tanatorio. Ahora formas parte de la imagen

visible de la empresa y tendrás que estar a la altura de las

circunstancias.

—¿Qué? ¿De qué estás hablando? ¿Qué empresa? ¿Y por

qué tendría que ser yo la imagen visible de ninguna empresa?

—Su voz salió tan débil que Edwrad no debió oírla, porque

siguió hablando.

—Aunque me llevaré las cenizas a Nueva york a nuestro

panteón familiar, la mayoría de ellos han querido asistir a su

velatorio y la misa.

—Señora, mi más sentido pésame. Soy Alexander

Domínguez, asesor legal de Cullen Enterprises. No sé si se

acordará de mí, Eduardo nos presentó durante su fiesta de

cumpleaños en marzo del año pasado. —El hombre le cogió la

mano entre las suyas—. Lo conocía desde que era pequeño,

éramos como hermanos.

—Lo recuerdo. Eduardo y usted… —El nudo en la tráquea no

la dejó terminar.

Fue una velada inolvidable en la que Eduardo quiso

presentarla a sus familiares y amigos, la noche en la que su

relación pasó de una simple amistad a un proyecto de vida en

común.

—Lo siento mucho —murmuró Alexander. Ella negó con

la cabeza y él le palmeó la mano—. Ya nos han asignado una

sala. He conseguido que nos proporcionen la más amplia de la

que disponían, aunque calculo que seguirá siendo insuficiente.

El mundo pareció dar una vuelta entera alrededor de Bella,

haciéndole perder la tierra bajo los pies.

—Te estás poniendo blanca. Es mejor que lleguemos a la

sala y que te sientes. —Edward la sujetó por el codo y la

acompañó sin perderla de vista.

En cuanto Bella se volvió consciente de a dónde la llevaban

y que la sala no solo era la más grande que tenía el tanatorio,

sino que además venía acompañada de un despliegue de flores

y un servicio que les ofrecía café a los asistentes, se paró en

seco.

—Edward, ¿podríamos hablar un momento en privado?

Si le extrañó su petición, no lo demostró.

—Voy a adelantarme —intervino Alexander sin inmutarse.

En cuanto el abogado se alejó, Bella se frotó las manos

húmedas contra el pantalón negro.

—Escucha. No quiero que te lo tomes a mal, pero… No me

puedo permitir pagar tantos servicios extra. Ya me cuesta

afrontar los gastos básicos y hasta para eso me he tenido que

cubrir las espaldas pidiéndole dinero prestado a una amiga.

—¿Se supone que debo reírme? —Su cuñado frunció el

ceño.

—No le veo la gracia. —replicó Bella comenzando a

irritarse.

Edward se sentó en uno de los sillones del pasillo,

señalándole que se sentara en el contiguo.

—De acuerdo. Prueba a explicarme qué es lo que ocurre y

no trates de convencerme de que ya te gastaste la fortuna de

mi hermano.

Bella soltó un bufido áspero.

—Por desgracia, la fortuna de tu hermano asciende a tres

mil cuatrocientos treinta y cuatro euros con exactitud y eso,

suponiendo que el banco no acabe de bloquear la cuenta y me

deje sin acceso.

Los inquisidores ojos azules permanecieron posados sobre

ella como si no la conociera.

—¿Por qué iba a bloquearte?

—No soy titular de la cuenta, solo autorizada. —La

expresión en los ojos de Edward la hizo reajustarse incómoda

en el sillón. Cuando Eduardo le había propuesto incluirla como

persona autorizada en la cartilla, había aceptado sin plantearse

por qué no la metía como titular si estaban casados. Ahora no

le quedaba más remedio que hacerlo.

—¿Teníais separación de bienes? —Edward parecía

sorprendido.

—Sí. Aunque tampoco habría ayudado de mucho cuando ni

siquiera puedo acreditar que estoy casada con él. El banco

bloqueará la cartilla en cuanto averigüe que Eduardo está muerto.

—¿De qué estás hablando? —Por primera vez, Edward

perdió el control sobre su voz y consiguió que varias miradas

se posarán sobre ellos.

—Bueno, es lo lógico, ¿no? En el momento en el que les

llegue el recibo del tanatorio, sabrán que ha fallecido. No son

tontos.

—No, eso no. ¿Qué has dicho sobre lo de estar casada con

él?

—Ah, eso. —Bella sacó el certificado de matrimonio del

bolso y se lo ofreció. Cuando Edward parpadeó confuso, le

indicó la parte en la que aparecía su nombre—. Échale un

vistazo a esto.

Edward apretó los labios en una fina línea. Sin pronunciar

palabra, la agarró con dureza por el brazo y la arrastró con él

hasta el mostrador de recepción.

—¿Dónde hay un sitio privado en el que podamos hablar?

—El tono de Edward transformó la pregunta en una fría

amenaza.

La recepcionista echó una ojeada temerosa a la puerta que

había a su derecha. Sin pensárselo mucho, Edward rodeó el

mostrador y se dirigió a la puerta cerrada. Ignoró las débiles

tentativas de la chica por detenerlo e irrumpió en la oficina.

—Lo siento, señor Rodríguez, he tratado de explicarles que

no pueden entrar aquí —lloriqueó la chica como si de una

película mala de gánsteres se tratará.

—Señor… —El gerente se hundió asustado en su sillón.

—Necesito hablar con mi cuñada, en privado.

—Sí, sí, claro, señor Cullen. Puede utilizar mi despacho si

lo desea —farfulló el hombre levantándose apresurado de su

asiento.

Edward esperó a que cerrara tras él antes de girarse hacia

Bella.

—Ahora explícame lo que significa esto. —Señaló los

papeles que le acababa de mostrar.

—No he encontrado ningún motivo plausible excepto que

debe de haberse producido algún tipo de error administrativo

que…

—No hay errores administrativos. No de este calibre —la

cortó Edward.

—No se me ocurre otra justificación que explique

semejante error. —Bella se mojó los labios bajo la dura mirada.

—¿Qué tal si comienzas por contarme cómo has logrado

que falsifiquen un certificado de matrimonio y qué es lo que

pretendes exactamente haciéndolo?

—¿Falsificarlo yo? ¿Por qué demonios iba a hacer eso? Lo

único que hago es perder. No puedo acceder a la cuenta de

Eduardo, perderé la pensión de viudedad si no consigo demostrar

que es falso y ni siquiera Ben tendrá derecho a nada. ¿Te has

fijado en la fecha del estampillado? Es del día de mi boda. Por

lo demás, está bien, excepto que en vez de Eduardo pone Edward.

¿Es que no te das cuenta de cómo me afecta?

—¿Quién es Ben?

—¿Ahora ya no te acuerdas ni de cómo se llama tu

sobrino? Esperaba algo más de ti, aunque no hayas venido

nunca a verlo. —Bella podría haberle dicho muchas cosas más,

pero se refrenó ante el tono ceniciento de su normalmente

morena tez—. Escucha, Edward, de verdad, no quiero nada de

ti, ni siquiera sé qué podrías darme. Lo único que quiero es

que vengas conmigo al Registro Civil cuando pase el sepelio y

que me ayudes a resolver este embrollo. Después de eso, ya no

volverás a oír nada más de mí.

Edawrd miró de ella al documento. Su rostro parecía una

máscara sin emociones. Acabó por meterse la mano en el

bolsillo y sacó su móvil.

—Miguel, ven a la oficina que hay detrás de recepción. —

Edward se guardó el móvil en el pantalón y se acercó al amplio

ventanal.

—¿De verdad es necesario meter a un asesor legal en esto?

Edward se limitó a contemplar tenso el exterior mientras

esperaba al abogado, quien entró apenas dos minutos después.

—¿Edward? ¿Ha pasado algo?

—Eso parece. —Edward se plantó frente a Miguel en

dos zancadas. —Échale un vistazo a esto —le indicó

pasándole los papeles.

—¿Te casaste con ella? —El abogado elevó sorprendido las

cejas.

—No, que yo sepa —masculló Edward.

—Pues parece auténtico y no solo lleva tu nombre, sino

también tu número de pasaporte y tu domicilio.

—No es el único documento con esos datos —intervino

Bella.

Tragó saliva cuando los dos pares de ojos masculinos se

mantuvieron fijos sobre ella. Abrió el bolso y buscó el libro de

familia y el certificado de nacimiento y se los entregó al

abogado.

—¡Mierda! Edward, creo que deberías… —Miguel alzó

la cabeza hacia Edward, quien prácticamente le arrancó los

papeles de la mano.

—¿Qué es eso?

—La documentación que afirma que eres el padre de su

hijo.

—¿De verdad crees que esto te servirá de algo? —La voz

iracunda de Edward tronó por el despacho.

Desesperada, Bella recurrió al abogado.

—Yo no quiero nada, en serio, se lo juro. Me basta con que

me ayude a corroborar que se ha producido una confusión.

—Edward. Cálmate. Ella no los ha falsificado. Fíjate en la

rúbrica que consta en ellos.

En cuanto lo hizo, su cuñado se dejó caer en una de las

butacas.

—Es la letra de mi hermano.

Miguel asintió. En su rostro se marcaba la gravedad del

asunto.

—Probablemente, nos exigirán que pongamos una

denuncia y se requerirá un juicio si queremos probar que quien

proporcionó esa información y firmó esos documentos no eras

tú. No me extrañaría que aprovechara vuestro parecido. Nadie

habría sospechado nada si les mostró tu pasaporte real y no se

fijaron en mucho detalle.

—¿Por qué iba a hacer algo así? Es estúpido —los

interrumpió Bella mareada—. Es más lógico pensar que fueron

los funcionarios quienes metieron la pata y que Eduardo firmó sin

darse cuenta de ello.

Edward y ella miraron al abogado, quien revisó de nuevo

los papeles y sacudió la cabeza.

—No tengo ni idea de por qué hizo algo así, pero tu

hermano tuvo que presentar tu pasaporte, además de otra

documentación complementaria que le requirieran. Suena

demasiado elaborado para que fuera mera casualidad.

—¿En cuánto tiempo podemos resolverlo? —El rostro de

Edward parecía esculpido en piedra.

Miguel movió pensativo la cabeza.

—Nunca he llevado un tema de estas características,

aunque con el retraso que suele caracterizar a la justicia

española, me atrevería a decir que serán de seis a dieciocho

meses… con suerte.

—¡No puedo esperar seis meses! —Tal y como se

incorporó de un salto, Bella se derrumbó de nuevo en el sillón.

—Y hay otro tema que debéis tomar en consideración. —

Miguel titubeó—. En cuanto los rumores alcancen a los

medios de comunicación, os convertiréis en carne de cañón.

Pocas noticias serán tan jugosas como esta ni darán tanto que

hablar como el misterio no resuelto que deja tras de sí un

difunto conocido como Eduardo.

—¡Maldita sea! —Su cuñado se pasó una mano por el pelo.

—Debe existir algún medio de que podamos solucionarlo.

Yo… no puedo… yo… —Bella rompió a llorar. ¿Cómo podía

complicarse su vida tanto en tan poco? Era imposible. ¡Tenía

que serlo!

—Tome. —Miguel, que se había acuclillado frente a

ella, le ofreció un paquete de pañuelitos de papel—.

Encontraremos una solución, pero no será ahora. Si queréis mi

consejo, deberíais salir a atender a las personas que han venido

al velatorio antes de que comiencen a crearse otro tipo de

bulos por vuestra ausencia. —El abogado se levantó para

acercarse a Edward—. Teniendo en cuenta que tu hermano

jamás publicitó su enlace ni la presentó de forma oficial ante

nuestra gente, yo procuraría mantener la incógnita de quién es

hasta que termine la ceremonia y podáis hablar con

tranquilidad.

—¿Cómo que vuestra gente no sabe que estaba casado? —

Bella bajó la mano con la que se había estado sonando la nariz

—. Eduardo me dijo que nadie asistió a nuestra boda porque tú te

opusiste a ella y tus familiares se pusieron de tu lado.

—No me opuse a vuestro matrimonio, no cuando ya fue

definitivo al menos —se defendió Edward con un tono vacío

—. Y el resto de la familia no se enteró de vuestra boda. Él no

los invitó.

—¿Esperas que te crea a ti antes que a Eduardo sabiendo que

no soy de tu agrado? El día que nos presentó, no hiciste nada

por ocultarlo.

Los ojos azules se clavaron en ella.

—Eso fue antes de… antes de que celebrarais vuestro

compromiso.

—Y entonces, ¿por qué no asististe a la boda?

—Eduardo me declaró persona non grata en vuestra vida. —

Edward se frotó el puente de la nariz.

—¿Tampoco sabíais de Ben? —Bella se sentía tan débil que

su voz apenas se oyó.

Edward apartó la mirada.

—Hablaremos después del entierro. Miguel tiene razón,

debemos salir, es mejor que nadie se entere de lo que ha

ocurrido hasta que sepamos qué hacer.

—No pienso mentir. —Bella levantó la barbilla a pesar de

que las lágrimas convirtieron a ambos en manchas borrosas.

—No tendrás que hacerlo, simplemente, mantente a mi

lado y no les dejes averiguar qué dominas bien el italiano solo el ingles hablas.

Yo me encargaré del resto.