CAPÍTULO 3

Ya era casi la una de la madrugada cuando Edward

paró el BMW de alquiler ante el bloque de pisos.

Bella se sentía tan agotada que el simple hecho de

tener que bajarse del vehículo ya le suponía un

esfuerzo hercúleo.

—¿Aquí es donde vives? —La extrañeza en la voz de

Edward no le pasó desapercibida ni tampoco la forma en la que

miró a su alrededor inspeccionando la barriada.

—Sí. La renta es un poco cara, pero nos encantó el

ambiente desde la primera vez que vinimos a visitarlo y tiene

un parque cerca al que solemos ir con Ben. —Bella dejó de

hablar en cuanto cayó en la cuenta de que seguía usando el

plural.

—Supongo que Ben a estas horas estará dormido, ¿no?

—Debería, pero es un pequeño demonio que odia ir a

dormir y que ha aprendido que con Mabel puede conseguir

cualquier cosa.

—¿Mabel es la niñera?

—Es una vecina y una excelente amiga. —Bella prefirió no

mencionar que era la única que tenía.

Edward asintió y aparcó.

—Me gustaría conocer a mi sobrino, si no te importa. No lo

despertaré, lo prometo.

Bella reprimió un suspiro. Lo único que quería era hacerse

un ovillo sobre la cama y abrazar a Ben. ¿Podía negarse a la

petición de Edward después de que él se hubiera hecho cargo

de la factura de la funeraria y del tanatorio y de que se

mantuviera a su lado para atender a las más de cien personas

que se personaron en el velatorio? Incluso se había ocupado de

que unos primos permanecieran allí durante la madrugada

ofreciéndole a ella la posibilidad de ducharse y descansar un

rato.

—Claro. —Le gustara o no, lo mínimo que podía hacer era

ofrecerle un poco de hospitalidad.

Entraron en el edificio en silencio y no hablaron ni siquiera

en el ascensor. Los profundos círculos oscuros bajo los ojos de

Edward y la forma en la que se habían multiplicado las

diminutas arruguitas alrededor de ellos delataban que había

tenido un día duro.

Las manos de Bella temblaron cuando quiso meter la llave

en la cerradura y fue Edward quien acabó por quitárselas y

abrir.

—¿Me das tu chaqueta? —le preguntó tras dejarlo pasar.

—Gracias. —Edward se la entregó sin dejar de estudiar el

vestíbulo y las fotografías que tenía allí colgadas—. No es lo

que me esperaba.

Aunque no fuera un halago, tampoco fue un insulto. A Bella

no le resultó difícil adivinar a qué se refería.

—Eduardo insistió en que lo decorara a mi gusto, quizá por

eso no reconozcas demasiado su estilo elegante y cosmopolita.

Trajo alguna que otra pieza de sus viajes, pero me dejó que

eligiera lo demás.

Donde Eduardo siempre había sido más un hombre de mundo

que disfrutaba del arte y la sofisticación, ella había sido una

persona más sencilla que prefería vivir en una casa que se

sintiera un hogar en cuanto se cruzará el portal.

Los ojos de Edward se posaron sobre ella como si no la

hubiera visto hasta ese momento.

—Es acogedor.

—Gracias. —Bella se afanó en colgar la chaqueta en un

intento de escapar de su intenso escrutinio.

—¿Bella? ¿Eres tú? —La voz de Mabel sonó adormilada

desde el salón.

—Sí, sí, no te preocupes.

Los ojos entrecerrados de Mabel se abrieron de par en par

ante la presencia de Edward y se levantó tan rápido del sofá

que hasta se tambaleó.

—Lo siento. No hubo manera de que se acostara en su

cunita y ya de paso también me he quedado frita —se disculpó

Mabel señalando a Ben, quien se encontraba tumbado sobre

el sofá, con la carita colorada y la baba cayéndosele por la

comisura de la boca.

—Gracias, Mabel. Ya me encargo yo del señorito. —Bella le

sonrió cansada, aunque no se le escapó que los oscuros ojos de

Mabel no se despegaban de Edward.

—Bella… —Mabel le lanzó una mirada inquisitiva—. ¿No

vas a presentarnos?

—Eh, sí, por supuesto, perdonad. Bella, este es Edward, el

hermano de Eduardo. Edward, mi amiga Mabel.

—Era complicado no adivinar el parentesco. Son casi dos

gotas de agua. Aunque siendo sincera, a usted se le nota un

poco más la experiencia y la madurez en sus rasgos, una

combinación de lo más atractiva si me lo pregunta. —Mabel se

acercó a él con la elegancia de una gata en celo, sin embargo,

su tentativa de darle dos besos en la mejilla se vio truncada

cuando Edward interpuso el brazo entre ellos y le ofreció la

mano con frialdad.

—Encantado.

La sonrisa seductora de Mabel se congeló en sus labios.

—Bueno, pues si ya no me necesitáis… —Mabel le echó

una ojeada a Edward como si esperara que se opusiera—,

entonces, eh… pues me marcho.

—¿Puedes venir mañana a las seis y media? Quiero estar

en el tanatorio a las siete.

—Claro.

—Te acompaño a la puerta —se ofreció Bella deseosa de

librarse de la imponente presencia de Edward, aunque fuera

solo por unos segundos.

Agotada, ignoró la expresión desencantada de Mabel, quien

la miraba con intención, seguramente, tratando de comunicarle

que la invitara a quedarse. Bella la ignoró. No pensaba hacerlo,

no con Edward allí. Su objetivo era finiquitar su conversación

con él cuanto antes y despedirlo también a él, no ser la

anfitriona de una velada social con el fin de que Mabel pudiera

acabar tirándoselo en el dormitorio de invitados.

—¡Dios! ¡Ese hombre es pura tentación! ¡Y yo que te

envidiaba por Eduardo! —susurró Mabel excitada en el vestíbulo

—. ¡Pero si en comparación elegiste al hermano feo! ¿Cómo

no te quedaste con este? Es más guapo y sexi. Me recuerda a

un puma al acecho de su presa. ¿Tú eras tonta o ciega?

Bella bufó. No tenía nada de ciega.

—Créeme, Edward no es el tipo de hombre que le convenga

a ninguna chica más allá de una relación esporádica. Le gustan

demasiado las mujeres y las cosas buenas de la vida. No

renunciará a ellas por una pareja estable. Sigue mi consejo y

mantente alejada de él.

—¿Te has vuelto loca? Una sola noche con ese tipo

equivale a mil con cualquier otro.

Bella no contestó. ¿Para qué? No podía negar que Edward

era atractivo y que poseía experiencia, y hasta se habría

atrevido a apostar que efectivamente era un fabuloso amante,

pero Mabel estaba equivocada si asumía que eso era lo único

que importaba en una relación. Que Edward fuera un amante

extraordinario no compensaba la sensación de haber sido

usada que con seguridad la esperaría a la mañana siguiente

cuando se marchara sin mirar atrás.

—Buenas noches, Mabel. Valoro muchísimo lo que me has

ayudado hoy.

—Que sepas que mañana espero que me cuentes todo sobre

ese fenómeno y, a ser posible, que me invites a almorzar con

vosotros.

—Ni siquiera sé si piensa quedarse más allá de la misa.

Solo ha subido porque quería conocer a Ben. Imagino que no

tardará en marcharse.

—Ah, vale. —Mabel le dio un beso en la mejilla—. Pero

que sepas que te consideraría una amiga cojonuda si pudieras

concertarme una cita con él.

Bella entornó los ojos.

—Por supuesto —contestó, callándose que por nada en el

mundo estaría dispuesta a pasar con Edward más tiempo del

imprescindible.

Mabel no debió fijarse en su cara, porque la abrazó

entusiasmada.

—Buenas noches.

Bella se apoyó en la puerta tras cerrarla. El cansancio solo

hacía que la soledad y la impotencia se acentuaran. Habría

dado cualquier cosa por poder aplazar la confrontación con

Edward hasta el día siguiente.

Lo encontró en el mismo sitio en el que lo había dejado y

desde donde seguía observando a Ben. Su tez había adquirido

de nuevo un tono ceniciento. Bella se sintió culpable. Se llevará

mejor o peor con él, era su hermano quien había muerto.

—¿Quieres algo de beber o de comer? Has pasado horas en

el tanatorio. Puedo prepararte cualquier cosa en unos minutos

si te apetece.

—¿Eduardo le hizo una prueba de paternidad?

—¿Me estás tomando el pelo? —Bella abrió la boca

incrédula y bufó cuando él le dedicó una mirada seria—. Dime

que no es lo que creo que es. Ni siquiera tú puedes ser tan frío

e hijo de puta. O sí, por supuesto que puedes serlo. Aun

pasando este último año de él, hoy te presentaste como el

hermano dolido ante toda esa gente desconocida que ni

siquiera sé qué pintaban allí.

Edward parpadeó y cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Para qué no soy lo suficientemente hijo de puta?

—De robarle a un bebé de ocho meses lo poco que tenga de

herencia y su derecho a llevar el apellido Cullen.

El rostro de Edward se endureció.

—¿Es ese el tipo de hombre que consideras que soy?

—¿Tengo que recordarte que me miraste de arriba abajo la

primera vez que Eduardo nos presentó? ¿O que le preguntaste si

cobraba por horas o por días, pensando que yo no entendía el

Italiano? A pesar del tiempo que ha pasado, no has tratado de

enmendarlo ni de disculparte. En ocho meses de vida, no te

has dignado a enviar ni una nota de felicitación o has hecho

una llamada interesándote por Ben, ni siquiera en su bautizo.

¿Qué conclusión debo sacar de eso? ¿Que a lo mejor tu

sobrino no es lo suficientemente digno de portar el apellido

Cullen porque yo soy su madre? Y, seamos sinceros, hasta hoy

no tenía ni idea de que tuvieras a un abogado como asesor

personal ni estaba al corriente de que la empresa en la que

trabajabais era tuya. Eso lo hace incluso peor. Con lo que

cobra un abogado, también debes de tener a una secretaria a la

que echarle el muerto de enviar una estúpida tarjeta de

felicitación. No tienes excusas.

Edward se metió las manos en los bolsillos y le echó un

vistazo a Ben, quien escogió ese preciso momento para

meterse el pulgar en la boca.

—A lo mejor, soy el tipo de hombre que esperaba que, ante

un acontecimiento tan significativo como lo es el nacimiento

de un sobrino, alguien le hubiera informado y al que no se le

pasó jamás por la cabeza que no fuera así.

Ella lo escudriñó boquiabierta, hasta que acabó por sacudir

la cabeza.

—¿A qué estás jugando? Sé que Eduardo te lo contó. Te

excusó cuando tuvo que dejarme sola durante la cuarentena

porque le exigiste que acudiera a aquella dichosa reunión en

Nueva York. Algo que, dicho sea de paso, considero de lo más

rastrero y abusivo por parte de su jefe. Y, mira por dónde,

ahora resulta que tú eras su jefe y el responsable de esas

ausencias. Con razón Eduardo no quería contarme nada más sobre

su trabajo.

—¿Qué reunión?

—La de noviembre del año pasado. Lo sabes de sobra, deja

de tomarme por estúpida. ¿Tienes idea de lo que le supone a

una madre primeriza, con los puntos frescos, cuidar de un

recién nacido?

El azul de sus ojos se oscureció mientras permanecían

sobre ella como si pretendiera atravesarla hasta alcanzar sus

pensamientos. Fue el quejido de Ben el que rompió la

tensión.

—Ey, mami ya está aquí, cielo. —Bella acudió a su lado.

El pequeñajo alzó sus regordetes bracitos en su busca, a lo

que ella respondió de inmediato cogiéndolo en brazos para

sentarse con él. Ben restregó enseguida su nariz contra la

blusa, buscando una entrada hacia sus pechos.

—Yo… —Bella le lanzó un vistazo inseguro a Edward—.

Sigo dándole el pecho. Le calma, especialmente, por la noche.

Edward hizo un ademán afirmativo con la cabeza.

—¿Prefieres que salga? Puedo esperar en el balcón o en la

cocina si te hace sentir más cómoda.

Había tanta sinceridad en su semblante que ella negó y se

abrió la blusa. Puso una mueca cuando Ben se enganchó con

ansias a su pecho.

—Shhh, tranquilo, campeón, calma…

—¿Duele?

La preocupación en los ojos de Edward fue tan genuina que

le recordó a la que tantas veces había reconocido en los de su

hermano ante cualquier inconveniente o problema. Eduardo, su

Eduardo, el hombre que había estado a su lado durante aquellos

dos años ofreciéndole su hombro cada vez que lo precisaba y

que siempre solía tener una sonrisa o una palabra cariñosa para

ella.

Como si todas las emociones acumuladas durante los

últimos días se hubieran vuelto excesivas para seguir

reteniéndolas, algo en su interior se quebró y, con un sollozo,

Bella sujetó a Ben contra su pecho y rompió a llorar.

Edward , por su parte, cayó hincado de rodillas ante ella,

pero lejos de tratar de consolarla, apoyó la cabeza sobre su

regazo y sollozó con ella.