CAPÍTULO 6
En cuanto se apagó la señal luminosa del cinturón en el panel del avión, Bella sacó a Ben de su sillita y lo sentó sobre su regazo. Había avisado a Miguel de
que no hacía falta que comprara un billete infantil con asiento propio cuando podía tener a Ben en brazos, aunque quizá la palabra correcta no era podía, sino prefería.
—Mira, cielo. Estamos volando por encima de las nubes.
¿Lo ves? —Bella trató de captar su atención golpeteando el grueso cristal doble con sus uñas, pero el interés del pequeño permaneció en las revistas y folletos de vivos colores del respaldo delantero, que crujían cada vez que conseguía alcanzarlos con una de sus pataletas.
—Qué lindo es. ¿Cómo se llama? —La chica rubia que ocupaba la plaza del pasillo le sonrió.
—Ben, aunque debería haberlo nombrado señorito Revoltoso. —Bella cogió un folleto y se lo entregó a Ben antes de que la señora mayor sentada delante de ellos decidiera quejarse.
La chica soltó una risita animada.
—¡Hala! El aeropuerto de Heraclión también se llama Ben , Benjamin Kazantakis.
—Sí, es un nombre bastante común en Nueva York.
—No parece que volar le estrese. —La chica recogió una de las revistas, que se habían caído al suelo.
—La verdad es que, siendo su primer vuelo, esperaba que acabara llorando o asustándose con el despegue. —Bella le
acarició el cachete a Niko.
—Lo lleva mejor que yo. —La joven puso una mueca avergonzada y se enrolló un mechón de su larga cabellera en un dedo—. Estoy deseando llegar a Nueva York. ¿Tú ya has estado alguna vez allí?
Bella sonrió ante su mezcla de excitación y miedo. La chica, que no aparentaba tener más de dieciocho, no había parado de moverse inquieta.
—En realidad, sí, pasé un fin de semana con un amigo que celebró allí su cumpleaños. Por desgracia, no tuve oportunidad de hacer demasiado turismo antes de regresar a Canadá.
—¿También estuviste en Canadá? Me encantaría poder ir.
Tiene que ser increíble.
—Lo es. Hice un voluntariado europeo en una ONG allí y terminé completamente enamorada de la ciudad y su gente. Prueba a echarle una ojeada al precio de los vuelos, hay ofertas muy buenas desde Nueva York.
—¡Yo también voy a participar en un servicio de voluntariado europeo! Solo de pensar en estar en un sitio en el que no voy a conocer a nadie me tiene de los nervios. ¿Cómo fue tu experiencia?
—Extraordinaria. Me cambió la vida y mi forma de ver el mundo. Además, te da la oportunidad de conocer a mucha gente interesante.
Era justo el sitio en el que había coincidido con Eduardo. Bella intentó mantener su sonrisa ante el balbuceo entusiasmado de la chica, aunque no conseguía dejar de preguntarse cómo era posible que ya hubieran pasado casi dos años desde aquella primera vez que tropezó con Eduardo en el evento benéfico de la ONG. En retrospectiva, era poco más que una cría entonces, aunque algo más vieja que la chica. No solo lo que había aprendido durante aquel año como voluntaria le había cambiado la vida, también lo hizo Eduardo —su seducción de cuento de hadas, el nuevo mundo que abrió ante ella—, así como su matrimonio. O, al menos, lo había sido hasta que Edward le descubrió sus engaños y mentiras.
Bella le dio un beso en la frente a Ben, cuyos ojos comenzaban a cerrarse por el sueño.
—Y ahora, ¿regresas de vacaciones? —siguió indagando la chica.
—Algo así, vamos a visitar a la familia de mi hijo.
—Ah… —Los ojos de la chica se abrieron de repente—.
¡Tuviste un romance allí! ¿Y sigues teniendo una relación con él?
Por la cara soñadora de la chica, fue fácil adivinar que estaba montándose su propia novela rosa. Incapaz de estallar su burbuja romántica con un rotundo «ha muerto», Bella se limitó a negar:
—Nuestros caminos se separaron hace poco
—Ah, vaya. —El decaimiento de la chica desapareció tan rápido como había aparecido—. Pero nunca se sabe. Lo mismo al vero, vuelve a surgir la chispa.
La sonrisa de Bella se congeló cuando, en su mente, apareció la imagen de Edward aquella primera vez en la fiesta de cumpleaños de Eduardo haciéndole un guiño cuando la pescó ojeándolo disimuladamente. No los habían presentado aún y, a pesar de ello, con su cabello moreno, aquella mandíbula decidida, los pómulos destacados y la nariz de un perfil ligeramente aguileño, fue fácil adivinar que se trataba del hermano de Eduardo. En el momento en el que sus miradas se cruzaron, un cosquilleo semejante a una corriente la recorrió anclándola al sitio. Sin interrumpir aquella extraña conexión y observándola como habría hecho un tigre que estudia a su presa, Edward se acercó el vaso a los labios. Solo cuando la morenaza a su lado le tiró del brazo en busca de su atención, se rompió el hechizo, no sin que él antes le guiñara un ojo a modo de promesa. Bella sacudió la cabeza. ¿De dónde había salido aquel recuerdo?
—¿Qué? —Bella parpadeó—. Perdón, ¿qué has dicho?
—¿Te he molestado al decir eso? Lo siento, no pretendía ofenderte. Soy una romántica empedernida, no lo puedo remediar.
—Eh, no, no. No te preocupes, me perdí en mis recuerdos y no he escuchado lo que has dicho. —A pesar de que intentó sonar alegre, la expresión incómoda de la chica le reveló que estaba fracasando estrepitosamente.
—Voy a intentar dormir un poco, me da que me esperan unos cuantos días largos. —La chica se colocó los auriculares y cerró los ojos.
En parte, Bella agradeció el silencio. Un ligero hormigueo de anticipación comenzaba a extenderse desde su estómago. En tres horas pisaría de nuevo Nueva York , aunque esta vez no sería Eduardo quien la recibiera en el aeropuerto de Heraclión. ¿Quién la recogería? La ponía nerviosa que se hubiera encargado de todo el abogado de Edward. Ni siquiera sabía dónde iban a alojarla, porque cada vez que le había preguntado a Miguel, este había evadido con habilidad profesional sus cuestiones.
¿Y si no se presentaba nadie a esperarla en el aeropuerto? Cubrir la factura de un hotel medio decente en plena temporada alta podía acabar de sangrar sus cuentas y lo peor era que ni siquiera tenía los billetes de regreso. ¿Cómo se había dejado convencer para cometer semejante locura? Solo tenía una respuesta: Edward.
—¡Encantada de haberte conocido, Bella! ¡Y a ti también, pequeñajo! —Sara, la chica del avión, le besó la mano regordeta a Ben antes de dirigirse cargada con su mochila y su enorme maleta hasta el grupo de jóvenes que portaban una bandera azul con un felino blanco en el centro.
Bella reajustó a Ben en sus brazos y escrutó a la gente que esperaba en la salida de pasajeros. Por más que revisó la veintena de carteles con los que algunos conductores esperaban a sus clientes, su nombre no estaba en ninguno de ellos.
— Syngnómi, perdón. —La mujer que se había chocado con ella no perdió el tiempo en dedicarle una segunda mirada y se lanzó directamente en la dirección en la que la esperaba un hombre con un ramo de flores.
Con un suspiro, Bella empujó como pudo el carro portaequipajes tratando de quitarse de la zona de paso.
—Cielo, esto va a ser complicado si no me ayudas un poco.
¿Puedes agarrarte un momentito al cuello de mamá hasta que estemos en un lugar más tranquilo, cariño? —le pidió a Ben cuando se dio cuenta de que llevar el carro con una sola mano iba a ser todo un reto.
—Deja que yo me encargue de las maletas.
Bella se giró sobresaltada ante la profunda voz masculina.
—¡Edward!
—El mismo. —Edward le hizo un guiño—. ¿Has tenido un buen viaje?
—Yo, uhmm, sí. —Bella dejó que, siguiendo las costumbres extranjeras, le diera un breve abrazo, aunque sus mejillas, por algún motivo, comenzaron a irradiar más calor que una estufa.
—¿Qué tal ha llevado Ben el vuelo? —Los ojos de Edward adquirieron un matiz tierno al estudiar al pequeño.
—Mejor de lo que me esperaba. Ni lo ha notado siquiera, se ha pasado la mayor parte del vuelo durmiendo como un bendito. —Orgullosa, no pudo resistir darle un beso en los cachetes a Ben.
—Me alegro. Por aquí. —Edward se hizo cargo del carro con las maletas y le fue abriendo camino entre la multitud.
—¿Te importa que entre un momento en el servicio antes de que salgamos? —lo frenó en cuanto vio que pasaba de largo de la entrada principal—. Me gustaría lavarme las manos y refrescarme un poco antes de salir.
—Por supuesto, no hay problema.
—Gracias, ¿te importa quedarte con Ben? —Sin esperar su respuesta, Bella le pasó al bebé.
—Eh… —Con su semblante en blanco, Edward sujetó a Ben a distancia, como quien coge a un gato que sisea, y se quedó mirándolo sin parpadear.
—Sería mejor si lo apoyaras contra tu cintura o tu torso. O incluso que te sentaras con él. No suele morder a menos que lo irrites mucho o que tenga hambre y le he dado el pecho antes del aterrizaje.
—Sí… eh…
Bella observó divertida cómo Edward acercaba a Ben despacio a él, como si temiera que fuera a ponerse a chillar de un momento a otro.
—Bueno, pues me voy. —Bella le dirigió un breve cabeceo, dejándoles espacio para que pudieran conocerse.
¿Cómo era posible que un hombre de esa edad, director de una multinacional, no supiera qué hacer con un bebé? Antes de cerrar la puerta del aseo tras ella, les echó un último vistazo y se congeló bajo el umbral al descubrir a Edward apoyando la frente contra la del bebé mientras le hablaba. Si hubiera sido una espectadora que no los conociera, habría apostado a que era un padre con su hijo. Su corazón se encogió ante la idea. Así era justo como le habría gustado ver a Eduardo con él.
«Eduardo».
