1 ~ Nada puede salir mal ~
Maiko se vio completamente sola en aquel andén ese sábado por la tarde. El final del día bañaba con cautela los grandes ventanales que daban a la calle principal en donde, si se ponía un poco de atención, podía llegar a escucharse las bocinas de uno que otro auto. La joven apoyó su cabeza contra la pared, enumerando en silencio todo lo que había traído junto a ella: una serie de cajas, una maleta, un bolso de mano y el estuche de un ukulele. Todos estos descansan sobre el asiento más cercano a ella. Su cabello, negro y rizado a media espalda, ya sufría las consecuencias por haber viajado con la ventana abierta. Suspiró audiblemente y con desgano. Todo esperaba que sus familiares no se tardaran mucho en ir por ella. Después de todo, aquella estación quedaba exactamente en la periferia de la ciudad de Torono, Prefectura de Miyagi.
Después de deambular por la zona, dejando sus cosas a su suerte, y ver los reencuentros y despedidas que comenzaban a suscitarse a su alrededor, volvió al sitio en donde estaba en un principio y así tomar asiento. Estiró las piernas con exageración, como su hubiera corrido mil maratones. Acomodó sus redondos lentes antes de rememorar cómo había llegado hasta ahí.
- Conseguí un buen trabajo de trabajo en Estados Unidos gracias a las recomendaciones de mi jefe ofrecen la mujer de larga cabellera negra y ojos soñadores. Su nombre era Utano, y tal como lo decía su nombre, la mujer era una hermosa voz melodiosa andante.
Maiko la miró con algo de incredulidad mientras retiraba el tenedor de sus labios. Extrañamente, la pasta con salsa que estaba comiendo había perdido su sabor.
- ¿Qué? —Contestó la chica sin despegar los ojos de su madre—. Esto es tan repentino, pero al menos alcanzaré a terminar la escuela media antes del viaje, ¿no?
Un silencio abrumador fue todo lo que acompañó a la escena.
- Sí —afirmó Utano—, alcanzarás a terminar la escuela media, pero no vendrás conmigo a América.
Los recuerdos siguientes se trataron de una pequeña disputa entre madre e hija, sus planes a futuro y con quien pasaría la joven la siguiente temporada. Recordó que después de aquello, no quiso dirigirle la palabra a su madre hasta el día siguiente.
Siempre estado de juntas, en las buenas y en las malas, ¿por qué ahora que tenía algo de éxito la apartaba como si nada?
—Al menos Keishin y Hiroki estarán conmigo. No va a ser tan malo después de todo. Además, ¿a quién no le gusta estar en la casa de sus tíos? —Se dijo para darse cuenta de algo de ánimos. La casa de sus tíos maternos, sin lugar a dudas, sería mucho mejor que la de su padre biológico.
No. Todavía no es momento para hablar sobre él .
Los minutos siguieron pasando al igual que algunas personas mirando sus celulares para verificar la hora del siguiente tren. De pronto, dos chicos muy altos llamaron su atención. Quizá fue por las sonrisas de disculpas de uno y el rostro de enfado del otro o que, a pesar del gran parecido de ambos, sus actitudes los hacían muy diferentes. No pudo evitar sentirse una pequeña hormiga al verlos. Su metro y sesenta y dos centímetros no se comparaba con… un metro y noventa centímetros, ¿quizá?
- ¡Maiko, mi niña! —Gritó una voz muy conocida para la chica. Detrás de los jóvenes altos, la mano alzada de su tía Keiko se dejó ver con mucho entusiasmo.
Rápidamente se puso de pie y corrió hacia ella para que esta la estrechara entre sus brazos. A la pelinegra le fascinaban las muestras de cariño por parte de sus familiares. Ya fueron aparatosas o sencillas, ella las amaba por igual.
—Tía Keiko —susurró la chica en cuanto su rostro chocó contra el pecho de la mujer. Su calor, de cierta forma, la reconfortaba.
Más atrás, la cabellera oscura de un hombre de rasgos gentiles pero serios se dejó ver también. Su tío Kyosuke se mostraba tan inexpresivo como de costumbre al igual que su madre. Eran muy parecidos. Eran hermanos con varios años de diferencia, pero que cualquiera pensaría que eran gemelos o algo así.
- ¿Cómo estuvo el viaje ?, ¿tienes hambre ?, ¿algo de sueño? —Keiko no dudó en bombardearla con todo tipo de preguntas. Maiko se limitó a respondedor con monosílabos preocupados. Por un momento, pensó que su tía se atragantaría con sus propias palabras.
—Déjala, Keiko ofrece el hombre pelinegro mientras posaba una de sus manos en el hombro derecho de su esposa—, ¿no ves que la agobias?
Maiko esbozó una sonrisa agradecida al escuchar aquellas voces revoloteando en su metro cuadrado de intimidad. Después de todo, con el trabajo de su madre -y una serie de problemas que afrontó de pequeña-, se había acostumbrado a la soledad. Pasa cuando tus padres -en este caso madre- se desviven por el trabajo, las cuentas, el alquiler, el dinero, y los únicos perjudicados son los hijos. Siempre que su mente comenzaba a divagar de esa forma, un recuerdo en concreto cruzaba su mente como el flash de una cámara digital.
- ¡ Ya estoy en casa! —Gritó una Maiko de siete años después de una larga jornada de escuela y una práctica agotadora.
Se quitó los zapatos y lanzando la mochila al piso, arrastró los pies por el largo pasillo del departamento hasta llegar a la cocina. Nadie le contestó. Nadie estaba allí preparándole la merienda. Nadie recibió la tanto con una sonrisa de esas que amaba. En su lugar, una nota pegada en el refrigerador con una letra poco legible le indicaba que una porción de ramen estaba lista en el microondas para ser calentada.
La pequeña suspiró con cansancio. Siempre era igual.
- Mamá se está esforzando por las dos —susurró para tratar de convencerse de que aquella era una situación normal que todas las familias en el mundo vivían a diario.
- ¿Maiko ?, ¿te encuentras bien? —Preguntó el hombre observando fijamente los ojos verdes de la chica—. Parece que fuiste a Tokio y volviste sin avisarnos.
La chica se sonrojó levemente. Debía dejar de hacer eso con urgencia o comenzarían a tratarla como a una loca. «Las personas inteligentes no viven lamentándose por su pasado, tonta» se dijo en modo de reprimenda—. Lo siento mucho, ¿decían algo?
—Decía que es hora de irnos —contestó su tío—. De seguro estás cansada. Además de un baño y comida, tienes que poner en orden tu nueva habitación. Con el montón de cajas que trajiste veo que tú y mi hermana se tomaron muy enserio lo de este cambio de.
Después de soltar algunas risas, los tres cargaron el equipaje de la menor en una camioneta gris antes de partir a su destino. Muy pronto, el negocio familiar de los Ukai se hizo presente ante los ojos de Maiko. Sakanoshita , durante sus visitas de pequeña, figuraba como un lugar de ensueños en donde vendían los helados de fresa más deliciosos de todo Miyagi. Años más tarde, se enteró que esos deliciosos helados no eran nada más y nada menos que los mismos que solía comprar después de clases en el supermercado que quedaba a menos de una manzana de distancia de la primaria a la que asistía.
Entró en la casa being bombardeada para una serie de recuerdos que no tardaron mucho tiempo en ponerla melancólica. Menos mal que los otros habitantes de la casa no se encontraban cerca. Habría sido algo sumamente incómodo que la vieran soñar despierta.
Una vez dentro de la que sería su habitación por los próximos meses o años, comenzó a idear en dónde pondría todas las cosas que había traído. La habitación en sí era completamente blanca con algunos detalles en gris y contaba con un escritorio en medio de dos repisas doble, una mesita de noche adyacente a un modesto librero, un armario grande de dos puertas, una alfombra en tono grafito que ocupaba gran parte del piso de madera y una cama pegada a gran ventanal con vista al patio trasero. La cancha de voleibol de su abuelo seguía tan pedregosa como siempre.
Comenzó a sacar sus cosas para ir acomodándolas. Agradeció el clavo en la pared para colgar su ukulele en la funda. Después de media hora, la habitación había tomado color y vida con un cobertor celeste, un oso marrón recostado en la almohada, cuadros con fotos de ella y su madre, su familia materna, una de pequeños junto a Hiroki, su mejor amigo, una junto a su medio hermano que había ido a despedirla al tren, una junto a su futbolista favorito, algunas caracolas pegadas junto al ventanal, un espejo, las novelas que le costaba conseguir y sus tomos recopilatorios de manga. Un sencillo telescopio —regalo de él - reposaba, en el suelo, a los pies de la cama y con vista al ventanal. Tan faltaba la ropa.
Y fue ahí en donde su malestar, aquel que se había mantenido oculto por varios años, volvió a resurgir como el ave fénix de las cenizas. El invitado de piedra parecía observarla fijamente desde el fondo de la maleta con algo de desdén y junto a él venían todos sus accesorios, todos con la misma mirada. Parecían juzgarla.
- ¿Qué pretende mi madre al empacar esto a mis espaldas?
La pregunta retórica flotó en el aire por algunos segundos antes de desvanecerse. Maiko tomó la excelente decisión de tomar un invitado de piedra y guardarlo al final del armario junto a sus accesorios. Ya hablaría con su madre una vez que el pequeño ataque de ansiedad pasara. Esperaba que fuera pronto. Con cada uno de ellos, sintió que sus brazos se hacían cada vez más pequeños como para protegerla de su propia mente.
Después de desempacar, fue directo al baño y luego a beber jugo de naranja recién hecho. De pronto, se encontró con una mirada gélida. Unos ojos marrones, cansados, le devolvieron la mirada con algo de aburrimiento. Su relación había sido así desde siempre: rara, de pocas palabras y leal. Eso le gustaba.
—Veo que ya comenzaste a invadirlo todo incluido Keishin mientras se servía jugo, todo aquello sin despegar la vista de la chica.
La joven quiso soltar una risita.
—También me agrada verte, querido primo.
Las miradas gélidas se terminaron para darle paso al cariño y añoranza antes de soltar algunas carcajadas. Ukai Keishin era once años mayor que ella, mas eso no significaba que su relación fuera mala, al contrario, se entendían a la perfección.
—Ahora tendremos tiempo suficiente para practicar tu saque. Será divertido tenerte aquí mientras no me estorbes. —Keishin solía ser así de agrio con ella por la sencilla razón de que no estaba acostumbrado a lidiar con mujeres y su querida prima contaba como un chico más o eso quería creer él.
Maiko rodó los ojos con algo de culpa al recordar lo ocurrido la última vez que intentó hacer un saque. Se había sentido la mejor rematadora del mundo, pero todo terminó mal cuando sus manos tocaron el balón.
- ¿El abuelo todavía sigue molesto por lo de la ventana? —Preguntó con algo de duda—. Sabes que el voleibol y yo no nos llevamos bien. Ni siquiera es divertido verlo.
—Pues… creo que él jamás estuvo molesto, pero yo sí. Por tu culpa tuve que cambiar ese vidrio. Si fuera por mí, te llevaría conmigo a trabajar al campo. No lo haré así que no me regales una de esas caras odiosas que haces para conseguir al…
- ¡Ukai Keishin! —El grito de Keiko hizo que el rubio dejara de hablar y girara su cabeza para ver el rostro enfadado de su madre—, la pequeña Maiko se acaba de instalar hace menos de dos horas y tú… ¿ya la estás molestando?
Y para no ser menos, a la conversación se unió el padre quien, por primera vez, no tenía un rostro inescrutable—. Déjalo, sabes que él no tiene mucha experiencia con mujeres. A este paso jamás se casará así que vete olvidando de tener algún nieto.
La pelea monumental que se formó después llenó de una inexplicable calidez el corazón de Maiko. Le encantaban las casas llenas de voces, ya que estas, de esa forma, demostraban estar con vida. La suya tenía de todo menos vida. Además, sabía que la discusión de sus tíos y primo no iba en serio, porque cada vez que se tocaba el tema de la perpetua soltería de Keishin los gritos no se hacían esperar para terminar en risas.
Con algo de prisa y sin que alguien lo notara, Maiko tomó su vaso con jugo hasta la mitad y se retiró hacia el jardín. Cuando sus pies estaban en contacto directo con la seca tierra de la cancha de voleibol lo supo: aunque ellos eran familia todavía se sentía fuera de ella.
Haría hasta lo imposible para que aquel sentimiento de vacío la terminara de abandonar por completo.
Lunes por la mañana.
Las cosas en la casa de los Ukai comenzaron a funcionar desde muy temprano por lo que Maiko tuvo tiempo de sobra como para ajustarse el nuevo uniforme, peinarse el cabello en una trenza holgada para evitar el frizz y realizar los cuidados de su rostro como todas las mañanas. No usaba maquillaje, mas eso no evitaba que cuidara su cara de forma correcta y aplicara cremas humectantes para que luciera radiante y bella.
Media hora más tarde, partió a la que sería su nueva preparatoria. Si bien, Karasuno no eran tan grande, acomodada o linda como otras que había visto, estar estudiando en ella era todo un honor, una familiar tradición por así decirlo, ya que toda su familia materna había pasado por sus aulas y aprendidas en ellas. Sonrió ante ello, se ajustó el bolso y dio el primer paso hacia el interior del edificio. Agradecía que su casa estaba cerca del lugar. Se alegraba en demasía, sinceramente, caminar lo justo y necesario.
Con apremio buscó su aula, la 1-5, entre el largo pasillo que le había indicado un senpai justo en la entrada. Este se verá repleto de alumnos apuntándose a algún club para pasar el rato después de clases por lo que tuvo que esquivar a más de algún entusiasta. Sonrió al ver a muchos igual de perdidos que ella. Entonces detuvo su caminar en frente de un gran mural con las indicaciones que necesitan. Ni siquiera se percató de la persona situada a su lado que fingía leer alguna información.
- ¿Necesitas ayuda? —Preguntó un hombre de mediana estatura y lentes cuadrados.
No hizo falta que cruzaran miradas.
—Estoy en búsqueda del salón que me corresponde. Es mi primer año aquí.
—Ya veo —susurró el hombre—. Dame tu nombre para poder ayudarte.
—Yo… —Maiko giró su rostro para encontrarse con los ojos del hombre frente a ella. Su madre le había dicho siempre que no confiara en desconocidos, que no aceptara regalos de estos y que mucho menos les entregara información, pero, pensándolo bien, ¿por qué no confiar en él estando dentro de preparatoria? De seguro se trataba de un profesor o algo así—. Mi nombre es Ukai. Ukai Maiko, señor.
Lo que sucedió a continuación espantar a la pobre chica ya quienes pasaban por el pasillo. El hombrecito de lentes cuadrados, extasiado, y sin pena alguna, tomó las manos de Maiko bruscamente mientras las subía y bajaba con entusiasmo. No entendía a ciencia cierta qué estaba pasando o lo que llamó la atención del hombre que, al parecer, había encontrado algo interesante en ella.
Recordó, de un momento a otro, que su hermano mayor le dijo una vez que las escuelas eran raras y que en ellas había gente rara también, pero que si las reglas eran respetadas no habría problemas para salir airosos de ellas. «Es fácil y todo, pero, ¿qué un maestro te llame a su oficina el primer día de clases? ¡Eso sí que tiene que ser una tragedia! » Le había dicho él en una oportunidad.
- ¡Ukai Maiko! —Exclamó el hombre con entusiasmo y energía—, ¡tengo que hablar algo muy serio contigo y necesito que vengas a mi oficina en este momento!
Sus terrores se hicieron reales al igual que los de su hermano. Que te llame un maestro (suponiendo que se trata de uno) en tu primer día de clases no está mal, ¿cierto?
Definitivamente, para Maiko Ukai nada podía salir mal, nótese el sarcasmo.
