* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.

Aclaraciones importantes

Hola a todos los que están leyendo esto. Primero que nada, quiero agradecer por el apoyo que han tenido todas mis historias de Dororo hasta ahora (tanto las canon como la de AU).

Este fanfic contendrá historias que si bien complementan los sucesos tanto ocurridos en "Y se enamoró de esa pequeña alma" como "Atada a mi alma", no afectan para nada a las historias originales, por lo cual se pueden tomar también de forma independiente. En total serán ocho capítulos.

Como bien dice la descripción, son pequeños relatos de escenas que no pude incluir en las historias originales por falta de espacio o porque simplemente iban a entorpercer el desarrollo de las mismas, pero no quería que se quedaran archivadas en mi cerebro y por eso las publicaré aquí. Puede considerarse como una colección de one shots.

En caso de ser necesario, estaré especificando en cada relato en que parte de las historias antes mencionadas deben ir, cronológicamente hablando.

Sin más que aclarar, les deseo una feliz lectura :D


Capítulo 1

Destino

— Hoy es el gran día, Hyakkimaru. Vamos, debemos prepararte.

Le dijo Jukai al niño de seis años que se encontraba jugando en un arroyo, persiguiendo una rana. Se acercó con paso lento hacia él, al sentir su presencia el pequeño Hyakkimaru se volteó para verlo.

Jukai siempre se movía con mucho cuidado a su alrededor, si bien era cierto que el niño no tenía ojos, sabía que de cierta manera él podía percibir los objetos o lo que estaba a su alrededor. A pesar de esto, ya le había pasado en más de una ocasión que el pequeño se asustaba si de repente captaba movimientos rápidos o extraños cerca de él, era por esto que Jukai tenía tanto cuidado cuando se le acercaba.

Tomó su pequeña mano de madera y lo jaló con delicadeza, Hyakkimaru ya sabía que eso significaba que quería que caminara junto a él, el niño lo siguió, caminando a su lado apaciblemente.

— "Me pregunto si estará bien llevar a Hyakkimaru a una aldea".

Pensó Jukai con preocupación, volteándose a ver al infante con el cual ya estaba tan encariñado. Entendía que su aspecto pudiera resultar tan desagradable para muchas personas, después de todo, a ese pobre niño le faltaban muchas partes de su cuerpo, y aunque él le hubiera dado prótesis de madera, así como una máscara y ojos falsos para que su aspecto se viera lo más normal posible, por desgracia eran muy notorios ya estando cerca de él.

— "¿Qué tal si son crueles con él, o lo molestan a propósito?"

El corazón de Jukai se afligió de dolor al imaginar una escena así. Para muchos al ver a Hyakkimaru sin saber su cruel destino pensarían que no era más que un extraño niño monstruo o demonio, pero para Jukai, a pesar de su triste aspecto ya era como un hijo para él. Sin importar que no pudiera hablar ni escucharlo, a lo largo de esos seis años que ya habían vivido juntos él sentía como a su manera, ese niño le brindaba su amor y compañía.

Recordó con una sonrisa enternecida como Hyakkimaru le regalaba de repente cualquier cosa que encontrara fuera de casa, no todas habían sido agradables, claro, Hyakkimaru incluso llegó a llevarle ciempiés, ratas, hierbas venenosas, entre otras cosas desagradables, pero eso no importaba, lo que contaba era su deseo por darle obsequios. Recordaba como siempre antes de dormir Hyakkimaru tocaba su rostro con sus pequeñas manos de madera, como tratando de decirle "buenas noches". Eran pequeños gestos que el captaba como sus muestras de afecto, ambos eran una familia, no había otra forma de decirlo. Eso era más que suficiente para poder comunicarse con él, a pesar de las propias discapacidades de ese asombroso niño.

Reflexionando sobre todo esto, se dio cuenta que a pesar de que pudiera resultar complicado, tenía que llevar a Hyakkimaru a una aldea por primera vez, no podía mantenerlo tan aislado del mundo para siempre, era por su propio bien. En esos tiempos de guerra, por desgracia Jukai no podía saber cuánto tiempo le sería permitido seguir en el mundo junto con Hyakkimaru, por eso en la medida de lo posible él tenía que enseñarle poco a poco a ser autosuficiente, porque tal vez si luego Jukai ya no podía seguir a su lado, Hyakkimaru tendría que valerse por sí mismo.

Con esta resolución en mente entraron en su pequeña choza y Jukai buscó entre sus cosas un sencillo kimono que había comprado para su niño días atrás a un comerciante que iba pasando por el camino. Era un kimono largo, lo había comprado de esa manera para que este le cubriera lo mejor posible sus prótesis.

No era muy común que Jukai cambiara sus ropas, sin embargo, siempre que lo hacía era un dolor de cabeza. El inquieto y curioso niño se movía de un lado para otro, jalando también las telas, era como si pensara que el cambiarse de ropas no era más que un juego con su padre adoptivo. Esto hizo que fuera una tarea titánica ponerle su kimono nuevo, cuando Jukai por fin lo logró soltó un suspiro de cansancio, riendo en voz baja con ternura al ver como Hyakkimaru jalaba extrañado las largas mangas de su kimono, siempre cualquier cosa fuera de lo normal llamaba su atención.

— Ya estás listo, vámonos antes de que se haga más tarde.

Volvió a tomar su mano con delicadeza y lo jaló para que emprendieran camino a una aldea no muy lejana que se encontraba a una media hora de su hogar. Hyakkimaru nunca había estado tan lejos de su casa, por lo cual todo resultaba nuevo para él. Jukai seguía riendo dulcemente al ver su comportamiento, el pequeño volteaba su cara de un lado a otro, apreciando todo lo que había a su alrededor. Incluso trataba de zafarse del agarre de su padre adoptivo usando su otra mano de madera para irse a explorar a sus anchas, pero era imposible, Jukai lo apretaba con la fuerza de un roble.

— Lo siento Hyakkimaru, pero no puedo soltarte. No está bien que andes tu solo explorando esta zona que desconoces.

Justo antes de llegar a la aldea, el inquieto niño se rindió. Caminó con paso más lento y cabizbajo, Jukai comprendió que se sentía decepcionado de no poder escaparse de él. Le dolía verlo así, pero como padre no podía permitir exponerlo de esa manera.

El asombro de esta nueva experiencia para Hyakkimaru se convirtió en miedo cuando entraron a la aldea. El inocente niño nunca antes había visto tantas flamas blancas en un solo lugar. Eran demasiadas, eran tanas que no podía concentrarse solo en una. Se movían rápidamente de un lado a otro sin parar, cuando menos se daba cuenta ya había varias pasando a un lado de él, otras estaban adelante, otras atrás. Sus movimientos eran demasiado rápidos, no le gustaba para nada, era algo atemorizante ¿Por qué estaban todas ahí reunidas? ¿Por qué se movían así? ¿Y si le hacían algo? ¿Y si atacaban a la gran flama blanca que siempre lo acompañaba y cuidaba de él?

— Hyakkimaru…

Susurró Jukai con tristeza al sentir como el pequeño niño se colocaba detrás de él y agarraba con fuerza su kimono. Dado ese comportamiento Jukai intuyó que tenía miedo, claro, no podía ser de otra forma, después de todo, nunca antes había estado en un lugar donde hubiera tantas personas.

— Tranquilo Hyakkimaru, todo está bien, nadie te hará daño. Todas estas son personas ¿de acuerdo? Son como nosotros, vienen a comprar algunas cosas y luego simplemente seguirán su camino. No debes preocuparte pues yo estoy contigo, nunca dejaré que nadie te haga daño.

Jukai aferró más su mano contra la pequeña y fría mano de madera de Hyakkimaru para después acariciar suavemente su cabeza. No importaba que no pudiera escucharlo, él estaba convencido de que a su manera podría entenderlo. Jukai continuó haciendo sus compras y para su fortuna conforme pasaban los minutos Hyakkimaru parecía estar menos asustado, aun lo notaba nervioso, pero era mucho menos que antes.

— ¿Lo ves? Te dije que no te harían nada. Son situaciones que debes conocer, es por tu propio bien, Hyakkimaru.

Le dijo con una cálida sonrisa, mientras caminaban cerca del puesto de un herrero. Algo inusual pasó de repente, el niño se detuvo de golpe y se quedó mirando a un punto fijo a unos metros más delante de ellos. Jukai siguió su mirada y pudo ver a dos personas hablando con el herrero. Uno era un hombre alto y fornido, a su lado se encontraba una hermosa mujer de cabello largo café oscuro, la mujer traía cargando a un bebé en sus brazos.

— ¿Qué opinas, Ojiya? —Escuchó hablar al hombre con una fuerte voz—¿Verdad que la lanza quedó muy bien?

— Si, está excelente, cariño. —Le respondió su mujer con cariño. Sin embargo, no fue capaz de decir algo más pues la pequeña en sus brazos comenzó a llorar—. ¿Y ahora qué pasa, mi pequeña Dororo? ¿Por qué lloras?

— Apenas tiene un año de nacida y mira ya los pulmones que tiene nuestra hija. —Río Hibukuro con orgullo.

— Por su manera de vestir y las armas que portan… Me parece que son bandidos. Lo mejor será alejarnos.

Susurró Jukai con cierto temor. Comenzó a jalar a Hyakkimaru para alejarse de ese lugar, pero, aunque este lo seguía por alguna extraña razón el niño no podía dejar de observar a esa pareja con su bebé. A Jukai le pareció muy extraño este comportamiento, aun así, decidió no prestarle más atención y seguir su camino, obligando al pequeño a caminar junto a él.

Hyakkimaru no podía hablar, por lo cual no pudo expresarle a su padre adoptivo que esa pequeña alma que sostenía la otra alma más grande había llamado su atención pues nunca antes había visto un alma como esa. A pesar de su diminuto tamaño, era la primera vez que veía una flama tan brillante y blanca como esa, le había parecido simplemente maravilloso, lo había dejado hipnotizado, incluso había logrado que olvidara el poco miedo que aún tenía en su pequeño corazón.

Ambas almas se separaron y continuaron su camino sin saber que diez años después volverían a encontrarse a la orilla de un río, y eso iba a cambiar el destino de ambos para siempre.