* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertencen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para realizar este fanfic.

Capítulo 2

Niña

— Dororo, espérame y no te vayas a mover de aquí ¿de acuerdo? No tardaré.

— Si, está bien, oka-chan.

Ojiya acarició suavemente la cabeza de su niña y se esforzó por mostrarle una dulce sonrisa, siendo que el pesar por la muerte de su esposo y la difícil situación por la que pasaban aquejaban su corazón. Se dio la media vuelta y se dirigió con paso presuroso hacia un comerciante de la aldea por donde estaban pasando, este se encontraba vendiendo algunas verduras.

Sacó unas monedas de entre sus ropas y las sujetó con fuerza en su mano, en ese momento eran su más preciado tesoro. Un amable monje se las había dado como caridad al verla a ella y a su niña buscando comida. Ahora que esa bendición le había caído del cielo, Ojiya tenía que comprar algo de comer muy meticulosamente y asegurarse de que Dororo pudiera alimentarse por algunos cuantos días.

— "No me importa lo que pase conmigo, lo único que deseo es que mi niña siga viviendo".

Ojiya apretó sus labios y contuvo sus lágrimas, a pesar de lo imposible que parecía se esforzó por alejar esos malos pensamientos de su cabeza. Se colocó alrededor de todas las personas que esperaban ser atendidas por el comerciante de alimentos y esperó pacientemente.

Pasados unos minutos finalmente salió de entre toda esa muchedumbre cargando en sus brazos diversas verduras, un gran alivio se apoderó de ella al pensar que con eso aseguraba la supervivencia de su amada niña por unos cuantos días más. Cuando estaba a punto de llegar a donde había dejado a Dororo se detuvo en seco al ver como a lo lejos su hija se estaba peleando a golpes con otro niño unos cuantos años mayor a ella.

— ¡Dororo!

— ¡No lo soy! ¡Retira lo dicho! —Exclamó la pequeña, furiosa.

— ¡No lo haré! —Respondió el niño con una mueca burlona—Eres tan débil y pequeño como una niña.

— ¡No soy una niña, soy un niño! ¡Te lo demostraré ahora mismo! ¡Mira!

Ojiya llegó en el momento justo en que Dororo se levantaba su viejo y gastado kimono para mostrar el pequeño fundoshi que utilizaba para cubrir sus partes íntimas. Rápidamente tomó a su hija entre sus brazos y se alejó de esa aldea lo más rápido que pudo para evitar ocasionar más escándalo.

Minutos después, mientras Ojiya había encendido una pequeña fogata para preparar algo de comer veía con desaprobación como su niña lloraba lastimeramente delante de ella.

Le había dado una fuerte nalgada para que aprendiera que no debía volver a desobedecerla. No solo se había alejado de donde ella la había dejado, incluso había discutido con un niño que se había encontrado en la aldea al punto de llegar a los golpes con él.

— ¡Oka-chan, perdóname!

Seguía llorando Dororo sin poder detenerse al darse cuenta de que por más que le hablaba a su madre, ella no le respondía. Aunque Ojiya aún se sentía enojada, era más la preocupación que la invadía. Dándose cuenta de que no tenía caso seguir de esa manera se acercó a Dororo y la cargó para sentarla en sus piernas.

— Está bien, mi pequeña Dororo, deja ya de llorar. —Le habló con dulzura—Dime ¿por qué hiciste eso? ¿Por qué peleaste con ese niño?

Dororo tardó un momento en calmar su llanto y ser capaz de responderle a su madre. Le habló con sus mejillas infladas, cerrando con fuerza sus pequeñas manos en puños.

— ¡Porque me dijo que yo era tan bajo y delgado que parecía más bien una niña! ¡Eso no es cierto! ¡Eso no es lo que soy! ¡Yo soy un niño!

Ojiya bajó su vista con aflicción al descubrir el verdadero motivo del enojo de su hija. No podía culparla por que pensara de esa manera, después de todo, ella y su esposo habían decidido criarla como un varón para protegerla. A pesar de esto, la sabia mujer era consciente que las cosas no podrían permanecer siempre así, por el bien de Dororo debía explicarle la verdad. Después de todo, ella ya tenía ocho años, ya no era tan pequeña, por su bien debía hacerlo.

— Dororo… Sé que tu creciste con esa idea, pero no es verdad. Tú en realidad eres una niña.

Le dijo Ojiya con un tono apacible y paciente. La confundida niña solo pudo observarla incrédula, se negaba a aceptar lo que su madre le decía. Dándose cuenta de que no era tan sencillo para ella comprender las cosas, comenzó a explicarle todo detalladamente.

Le contó con sumo cuidado todo acerca de la diferencia de géneros, acerca del cuerpo del hombre y la mujer, y todo lo que eso conllevaba. Si, ella lo sabía mejor que nadie, Dororo era aún muy pequeña para conocer todo eso, pero no le quedó más remedio que hacerlo.

En esa época tan cruel en la que vivían, por desgracia las dos como mujeres estaban expuestas a un montón de peligros inimaginables, por eso, aunque tal vez fuera difícil hablarle sobre eso a una inocente niña de ocho años, Ojiya se vio obligada a hacerlo por su bien.

— ¿Lo entiendes, mi pequeña Dororo? —Le preguntó su madre con cariño, aferrándola a su pecho en un abrazo protector—Todo esto es por tu propio bien, por tu propia seguridad debes seguir pretendiendo ser un varón, y por, sobre todo, nunca le muestres a nadie tu cuerpo, bajo ninguna circunstancia debes hacerlo.

— Pero oka-chan…—Susurró la pequeña con coraje y desesperación— No es justo, yo no quiero ser una niña… ¡Yo quiero ser un hombre fuerte y valiente como lo era mi padre!

Ojiya abrió sus ojos con asombro al escuchar la inesperada respuesta de su niña. En verdad su hija nunca dejaba de sorprenderla. Le respondió con ternura, admirando sus sinceras palabras:

— Dororo, no debes ser hombre para poder serlo. Sin importar eso, tú puedes ser una mujer fuerte y valiente si así lo deseas. Más bien… Tú ya lo eres, eres la niña más valiente y fuerte del mundo.

Dororo río dulcemente al sentir como su madre frotaba con sumo cariño su nariz contra la suya en una muestra de afecto. La niña la abrazó con fuerza, y pasados unos segundos volvió a hablar, aunque con una voz más tranquila, un leve asomo de preocupación se pudo captar en sus palabras:

— Oka-chan… ¿Deberé fingir ser un varón para siempre para poder protegerme? ¿Nunca podré mostrarme como realmente soy?

Esta pregunta tomó a su madre por sorpresa. Sin embargo, meditó su respuesta por un momento para finalmente responderle, mirándola tiernamente:

— No creo que deberá ser siempre así. Tal vez ese momento llegue cuando conozcas a alguien que te haga sentir segura.

«Si conoces a alguien que te valore y te proteja sin importar lo demás, entonces tal vez puedas ser capaz de dejar de fingir que eres un varón. Quien sabe, tal vez y hasta termines casándote con esa persona especial y tengan una hermosa familia juntos».

— ¡Oka-chan! ¡No digas esas cosas, que asco! ¡Yo nunca me casaré! ¡Los hombres son tontos y feos!

Dororo infló nuevamente sus mejillas y le dio unos suaves golpecitos a su madre en sus hombros en señal de protesta. La mujer rio en voz baja, admirando lo decidida que era su niña. Ojiya deseaba que esos momentos junto a su hija fueron eternos, pero ella mejor que nadie sabía que en esa época de guerras nada era seguro. Abrazando con más fuerza a su adorada Dororo, Ojiya levantó sus ojos e hizo una petición al cielo.

— "Por favor, si ya no soy capaz en un futuro de estar junto a mi niña que esta no quede desprotegida. Por favor, que mi querida y valiente Dororo sea capaz de encontrar a alguien que camine a su lado. Que pueda encontrar a alguien que la cuide y la proteja por el resto de su vida".