* Disclaimer: Los personajes de Dororo (2019) pertenecen a Osamu Tezuka, Tezuka Productions y Studio Mappa, yo los utilizo solo para crear este fanfic.

Aclaración: Este relato transcurre después del capítulo 10 de "Atada a mi alma". Sucede en el tiempo en el que Hyakkimaru y Dororo inician su noviazgo y Hyakkimaru comienza a vivir en la aldea de Dororo.


Capítulo 5

Manju

Dororo se sentía feliz. Al despertar cada mañana, salir de su casa y aspirar el aire fresco de esa aldea donde vivía y ella tanto amaba le recordaba lo afortunada que era. Sus recuerdos de cuando era niña no eran del todo gratos para ella, era por esa razón que intentaba no pensar mucho en ellos, pero lo cierta era que, aunque no lo deseara, de vez en cuando invadían su mente.

Cuando retrocedía al pasado y lo comparaba con su presente era cuando podía darse cuenta de lo mucho que su vida había cambiado. Ya no debía huir de nadie, ya no debía preocuparse por conseguir algo de comer cada día, no debía temer pues no le harían daño. Esto pensaba todos los días mientras caminaba por los diversos caminos de esa pacífica aldea que todos se habían esforzado tanto en levantar y hacerla prosperar.

Viendo los dorados arrozales que ella tanto amaba podía sentirse orgullosa y afortunada de la mujer en la que se había convertido. Podía estar segura de que sus padres la veían desde donde fuera que estecen y se sentían más que satisfechos con lo que ella había hecho con su legado.

A pesar de lo antes dicho, ella sabía mejor que nadie que no hubiera podido lograrlo sola, había una persona muy especial para ella, un hombre que amaba más que a nada en el mundo. Era ese joven ronin que fue su compañero de viajes y aventuras. Si, tal vez su tiempo juntos fue breve, pero a pesar de eso, en muy poco tiempo él se había robado su corazón inevitablemente.

Al reencontrarse después de cinco años Dororo nunca hubiera podido imaginar que Hyakkimaru correspondía sus sentimientos, pero así fue, ese callado y dulce joven la amaba con la misma intensidad que ella lo deseaba a su lado.

Era por esta razón que desde que había iniciado su relación con Hyakkimaru y él había decidido vivir en la aldea de Dororo la alegría en la hermosa jovencita solo pudo aumentar. Cada momento a su lado era una bendición, y conforme el tiempo pasaba, Dororo más lo reafirmaba.

Cierto día se dio cuenta de que él era gran parte de su felicidad. Como de costumbre la animosa muchacha estaba más que ocupada con todas las obligaciones que tenía para con la aldea. Se dirigió con paso presuroso a los establos de los caballos, un poco más y se le hacía tarde para ocuparse de estos hermosos seres.

Tal vez para muchos el cuidado de los caballos fuera una tarea pesada y desagradable, pero para Dororo no era así. Claro, no era muy satisfactorio tener que limpiar sus desechos, a pesar de esto, ella adoraba darles de comer, lavarlos y mimarlos. Cuando la veían llegar los caballos la recibían con alegría, se acercaban a ella como para saludarla, comenzaban a relinchar y a trotar de un lado a otro con entusiasmo. Por supuesto su hermoso caballo Chibi era el que más se emocionaba de verla.

— Lo sé, lo sé, lo siento... —Dijo entre risas mientras observaba como Chibi le mordía una manga en señal de protesta— Sé que ya es algo tarde, pero ya estoy aquí.

La jovencita no perdió tiempo y se apresuró en limpiar todo el lugar, una vez terminó de retirar todas las heces tenía que cambiar el heno de cada caballo.

Para no perder más tiempo se dispuso a cargar una gran cantidad de heno entre sus brazos, pero nunca pensó que iba a ser demasiado peso para ella. Al dar el primer paso perdió el equilibrio y comenzó a trastabillar hacia un lado, ocasionando que de inmediato se sintiera molesta y decepcionada de sí misma.

— Demonios… ¡este maldito heno no le ganará a la gran Dororo!

Se quejó en voz alta, juntando toda la fuerza que le era posible en sus brazos y piernas. Dio dos pasos más esperando que esto fuera suficiente pero no fue así, todo el heno que seguía cargando le parecía sumamente pesado. Aun así, decidió no darse por vencida, ella se enfrentó a numerosos peligros en su niñez, una estúpida montaña de heno no le iba a ganar.

Estaba por hacer un tercer intento cuando sintió como alguien llegaba detrás de ella, y con gran rapidez colocaba sus brazos debajo de los de ella para ayudarla a cargar el heno. Por un momento se asustó, pero de inmediato pudo reconocer el calor de ese cuerpo que la envolvía. Volvió la vista y no pudo evitar sonreír dulcemente al ver a Hyakkimaru detrás de ella.

— Dororo…—Le habló con esa voz profunda y dulce que era como música para sus oídos—. Déjame ayudarte con esto.

— No te preocupes por eso… Puedo hacerlo yo sola. —Insistió la testaruda y orgullosa muchacha.

— Pero hace un momento estabas a punto de tropezarte cargando todo esto.

— "Demonios, me vio". —Pensó torciendo la boca y entrecerrando los ojos a causa de la vergüenza—. Eh… No, es solo que mis piernas estaban algo dormidas, pero ya despertaron.

Hyakkimaru le dirigió una mirada de preocupación, a pesar de no estar muy convencido sabía lo orgullosa que era, por este motivo decidió darle por su lado y soltó el heno. En cuanto Dororo tuvo que cargar con todo el peso de nuevo sus brazos y piernas comenzaron a temblar y el heno cayó inevitablemente al suelo.

Su rostro entero enrojeció y dirigió su mirada humillada hacia Hyakkimaru, su novio solo pudo regresarle una mirada de arrepentimiento por no haberla seguido ayudando.

— ¡No digas ni una sola palabra! —Exclamó avergonzada y se agachó para comenzar a recoger el heno.

— No entiendo…—Susurró Hyakkimaru consternado.

— ¿Qué es lo que no entiendes? —Dororo seguía en el suelo, ocultando su rostro entre sus cabellos a causa de la vergüenza que la invadía.

— Ayer me dijiste que hablara más, me dijiste que debía hacer un esfuerzo por hablar más contigo y los demás, y ahora me dices que no diga ni una sola palabra. Es confuso, no entiendo que es lo que debo hacer realmente.

— ¡No, yo me refería a…!

Dororo se levantó rápidamente para volver a verlo a los ojos. Se encontró con la inocente y confundida mirada de Hyakkimaru. Al ver esto la muchacha comenzó a reír.

Era inevitable, Hyakkimaru siempre era tan transparente y sincero, él a menudo tomaba todas las palabras de manera literal, no podía comprender que Dororo se había referido a que no dijera nada acerca del desastre del heno.

Dándose cuenta de esto, Dororo comprendió que no tenía caso seguirse haciendo la fuerte con él, Hyakkimaru estaba con ella para ayudarla, él deseaba ayudarla, por eso no podía seguir siendo tan inconsciente. Después de lo ocurrido con los bandidos debía recordar que no podía hacer ella todo sola, era doloroso admitirlo, pero debía hacerlo.

— Hyakkimaru, eres tan tontito. —Le dijo aun entre risas. Se acercó a él y apoyó su mano contra su mejilla, en cuanto sintió el tacto Hyakkimaru cerró sus ojos con semblante complacido. Yo me refería al heno… Es igual, vamos, ayúdame a atender a los caballos.

Hyakkimaru aceptó gustoso sin pensarlo dos veces. Cuando terminaron de cambiar el heno y toda el agua, llegó el momento de darles de comer. Dororo miró enternecida como Hyakkimaru les daba manzanas a todos los caballos y les daba palmaditas cariñosas en sus cabezas.

— Es cierto, Hyakkimaru… A ti siempre te gustaron mucho los caballos ¿verdad? —Le preguntó acercándose a él.

— Sí, me parecen animales muy nobles y poderosos.

— En verdad lo son. —Afirmó Dororo mientras acariciaba el lomo de Chibi con orgullo—¿Nunca tuviste un caballo en la aldea de Tahomaru?

— No… En la aldea de Tahomaru nunca hubo tantos caballos como aquí. Tahomaru si tiene un caballo, pero debido a que allá los caballos eran una necesidad, nunca quise perjudicar a la aldea quedándome con uno para mí.

Dororo sintió una punzada de dolor al ver como Hyakkimaru bajaba la vista un tanto decepcionado. Lo conocía como la palma de su mano, sabía que él nunca admitiría abiertamente que quería un caballo, pero dadas sus palabras y su actuar Dororo pudo comprender que él siempre deseó un caballo propio.

Aun sintiéndose triste recordó algo de pronto, llena de entusiasmo se acercó a su novio y tomó su mano. Este levantó la vista al sentir el tacto, encontrándose con la radiante y enorme sonrisa de la hermosa jovencita.

— ¡Ven Hyakkimaru, acompáñame!

Dororo lo condujo hasta uno de los establos del fondo. En ella estaba una hermosa yegua bañando a su cría, un hermoso potrillo de un profundo color negro, era como ver el oscuro cielo nocturno reflejado en su brillante pelaje.

— Este pequeño potro nació hace unas semanas atrás. Su madre es una yegua muy trabajadora y noble, es por esto que estoy segura que su bebé será un ejemplar maravilloso como ella. Quiero que te lo quedes tú Hyakkimaru, estoy segura que cuidarás muy bien de él.

— ¿Qué yo me quede con ese potro?

Dororo río dulcemente en voz baja al escuchar el tono asombrado en la voz de Hyakkimaru. El joven abrió sus hermosos ojos caramelo de par en par, observando incrédulo al potrillo.

— Si, es un regalo de mi parte. —Le respondió con alegría, apreciando el semblante entusiasmado de su novio, ver eso llenó su pecho de calidez.

— Dororo…

Tras pronunciar su nombre con cariño Hyakkimaru la abrazó con fuerza y besó su frente, para después poco a poco bajar por todo su rostro hasta encontrar sus labios y juntarlo con los suyos. Fue un beso largo y profundo, un beso el cual al sentirlo Dororo no pudo evitar suspirar con ensoñación. Hyakkimaru finalmente se separó de ella para mirarla con un infinito cariño y decirle:

— Muchas gracias, te prometo que lo cuidaré mucho.

— S-sí, sé que lo harás.

Balbuceó la jovencita aun soñando despierta a causa del cariñoso beso que acababa de recibir. Acto seguido Hyakkimaru se dirigió al potrillo, y agachándose comenzó a acariciarlo con cariño mientras le daba un poco de heno. El potro relinchó con gusto, al ver esto Hyakkimaru le habló:

— Te prometo que estarás en buenas manos, y como eres un regalo de Dororo por eso siempre serás muy especial para mí. Voy a cuidarte mucho… Te llamaré Manju.

— ¿Manju? —Preguntó Dororo consternada, abriendo sus ojos con sorpresa— Pero… Hyakkimaru, los manjus generalmente son blancos… ¿no crees que no tiene sentido nombrar a un caballo negro con el nombre de "Manju"?

Pero fue imposible, Hyakkimaru ya no la escuchó. Estaba demasiado distraído con su potro, seguía llamándolo Manju y había dejado de prestar atención a su alrededor. Dororo soltó un bajo suspiro de resignación, dándose cuenta que no tenía caso el seguirse quejando.

— Y qué más da, es tu caballo, puedes nombrarlo como tú quieras.

Afirmó tiernamente, mirando con ternura como Hyakkimaru comenzaba a cepillar a su potro. Dororo había creído que el motivo de su alegría era porque él siempre había deseado un caballo, pero lo cierto era que el verdadero motivo de la felicidad de Hyakkimaru era porque había sido un regalo de Dororo, este motivo lo había hecho sentirse el hombre más afortunado del mundo.

— Hyakkimaru, eres un tontito. —Repitió Dororo en voz baja, mirándolo a lo lejos con cariño—. Pero eres mi tontito y te amo con todo mi corazón.

Ese día, Dororo se dio cuenta de que Hyakkimaru mejoraba sus días, se había convertido en su principal motivo de felicidad. Esperaba que sus momentos junto a él fueran eternos, ya no podía imaginar su vida sin él.