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Curiosa decisión. Me gusta, no me malinterpretes. ¿Quién no está dispuesto a un poquito de drama de vez en cuando?

Sora mira a Taichi, después a la fuente en la que, a lo lejos, se ve cómo su madre humedece un pañuelo, y otra vez a Taichi.

—No —dice, solamente.

Él frunce el ceño. No necesita ser más mayor para saber que la niña ha dicho lo contrario de lo que querría.

—¿Por qué? —pregunta.

—Porque no quiero.

Sora se da la vuelta. Su madre no tarda en llegar y Taichi, al que están llamando los demás niños, se va llevándose el balón.

Pero no olvida a la niña pelirroja.

Cuando su madre aparece gritándole por haberse marchado sin avisar, él se lleva la mano a la barbilla, como ha visto en la tele que hace la gente lista.

—¡… y no se te ocurra volver a…!

—Mamá, ¿por qué la gente miente? Me dijiste que mentir es malo.

La mujer se queda tan extrañada con la pregunta que se le olvida el enfado.

—Y lo es. Hace daño. A veces, a quien más daño hace es a quien dice las mentiras.

Taichi no entiende lo que le ha dicho, pero sigue dándole vueltas durante toda la semana, preguntándose por qué esa niña mintió, por qué no jugó con ellos si era lo que quería.

Sora también se hace esa pregunta. Todos los días se levanta muy temprano, cuando su madre todavía duerme, y pone en la tele el canal de deportes. Muy a menudo, hay fútbol. Y ella está obsesionada con saber qué se siente al darle con todas sus fuerzas al balón.

Una tarde peculiar, porque está con su padre y eso no pasaba a menudo, caminan cerca del parque. Intrigada, le pide que entren. El hombre se encuentra a un viejo amigo y se ponen a charlar, así que Sora se acerca a los columpios.

Con la mirada, busca a niños que jueguen a la pelota, pero no hay ninguno.

Se balancea sin ganas un rato, hasta que alguien se sienta en el columpio a su lado.

—¡Pelirroja! Llevo todos estos días buscándote —le dice Taichi, enseñándole dedos extendidos en las dos manos.

—Eso son ocho.

—Eso. Es que todavía me cuesta. —Sora intenta aguantar una sonrisa, sin conseguirlo—. ¿Hoy no vas a mentir?

—¿Qué? —Ahora está enfadada.

—Mentiste. Sí que querías jugar, ¿a que sí? —Ella abre la boca, indignada, y vuelve a cerrarla después. Baja la cabeza y a Taichi no le gusta que se ponga triste—. Podemos jugar ahora. Tengo mi balón.

A Sora se le ilumina la cara. Se baja del columpio de un salto y sigue a Taichi, que corretea hasta el banco donde está su madre. Se llevan la pelota a un rincón cercano, para no molestar a nadie, y Sora aprieta los puñitos de sus manos, nerviosa.

—No pasa nada —le dice Taichi—. Si eres una gallina no me reiré de ti… no mucho.

Eso es suficiente para que se indigne y se le olviden los nervios. Sora entrecierra los ojos y, aunque el balón es un poco grande para ella, consigue empezar a correr con él. Taichi se lo quita con facilidad, pero la niña no tarda en pillarle el truco y quitárselo a él.

Lanzan a una portería imaginaria y se inventan los goles que llevan.

—¡Que sí! —insiste Taichi más tarde—. Que llevo tropecientos.

—¡Pues yo llevo tropecientos mil uno!

—¡Pues yo tropecientos mil dos!

—¡Pues yo…!

Los interrumpe el padre de Sora, que ya quiere irse. Taichi extiende la mano hacia ella.

Decisión:

-Taichi dice que ha sido empate. (Ve al capítulo 10)

-Taichi dice que ha ganado. (Ve al capítulo 11)

-Taichi dice que Sora ha ganado. (Ve al capítulo 12)