Hola, lamento no haber actualizado antes, pero está siendo difícil organizar mi tiempo, aun así, no pasará ninguna semana sin actualización.
Hola DoppelGangerSeven, que gusto que estés disfrutando la historia, es un placer leer tus reviews, espero que esté capítulo también te agrade. Si, todo va bien, gracias por tus deseos. Ten una linda semana.
Disclamer.- Todo esto pertenece a Moffat, Gatiss, la BBC, Arthur Conan Doyle y no sé quien más, mío solo es la historia y no gano ni un centavo por ella.
Obviamente dedicado a Violette Moore, por ser mi compañía en estos días que fueron difíciles.
Que lo disfruten!
Si Caer No Te Mata
por Adrel Black
IV
La Caja De Zapatos
El camino a la casa de John es largo y tedioso, dejan pasar dos taxis antes de tomar el tercero, toman el metro hasta una estación al azar donde toman otro taxi.
Se acerca ya el mediodía cuando entran por la puerta del hogar del matrimonio Watson.
John cierra la puerta tras ellos y echa los cerrojos, Sherlock por su parte mira por la ventana; pero fuera no hay movimiento, un par de autos pasan sin siquiera mirar hacia la casa y no hay transeúntes caminando por la acera.
John le mira en espera de qué ha podido ver, pero Sherlock niega.
—Ve por las cosas y nos vamos —le dice el detective —este lugar es lo mismo que estar en la calle Baker, pueden estarlo vigilando.
John se aleja hacia el segundo piso, Sherlock va detrás de él, en la parte superior de la escalera baja la trampilla y sube hacia el desván, todo parece normal, las cajas están cubiertas de polvo, pero Sherlock, que aluza el suelo con el celular, señala algunas pisadas. John sigue avanzando hacia el fondo, Sherlock mira las huellas con atención.
Es un lugar de techo bajo avanzan doblados por la cintura hacia una esquina. Marcadas en el suelo se pueden ver las marcas de arrastre de una caja grande que guarda las cosas de navidad. John se para justo a un lado, mirando las marcas, Sherlock se acerca y le mira, hay una pregunta en sus ojos "¿es aquí?", John asiente sin hablar, mueve la caja y toma una pequeña caja de zapatos, blanca, sin etiquetas.
—Revísala antes —dice el detective —no queremos salir de aquí con una bomba en potencia.
John la abre, pero dentro solo están viejos recortes y escritos, Sherlock puede ver algunas cartas y fotografías.
—Vámonos.
Abandonan el desván, con el polvo aun picándoles en la nariz.
—¿A dónde podemos ir Sherlock? —pregunta John —¿a un hotel?
—No, no podemos arriesgarnos a estar entre la gente, —luego dice — mis padres nos recibirían.
—No podemos arriesgar a tus papás.
—Necesitamos un lugar que no puedan asociar con nosotros, un lugar que nadie pueda asociar con nosotros o con nuestras familias…
—Un lugar del que no hayamos hablado a nadie —dice John.
—Si.
—Sé a dónde ir, Sherlock, pero debo llamar antes.
—No desde tu móvil, —dice el detective —podrían rastrearlo —entrega el propio a John.
—¿Crees que el tuyo es seguro?
—Mycroft lo rastrea todo el tiempo, seguro sabría si alguien más lo hiciera.
John toma el aparato y empieza a marcar un número de memoria, al llamar en la pantalla aparece un nombre: M. Sholto.
—¿Por qué entre tus contactos está el número del Mayor Sholto? —pregunta a Sherlock. El móvil está en silencio aún no enlaza la llamada, ha comenzado a timbrar cuando Sherlock contesta.
—Intercambiamos números el día de tu boda, hemos hablado un par de veces.
John no dice nada, se queda escuchando los timbrazos, algo frío le baja por la garganta hacia el estómago, sabe que son celos, ¿de qué? no está seguro.
—Sherlock —habla la voz del Mayor Sholto, John no encuentra las palabras, Sherlock le mira con suspicacia a unos pasos de él. —¿Está todo bien, Sherlock? ¿Está John bien?
—Mayor —dice John intentando distanciarse.
—John, ¿estás bien? vi la explosión en la Calle Baker, está en todos los noticieros.
—No te molestaría si… —se aclara la garganta —si no fuera necesario —dice con un tartamudeo.
—No hay problema John, dime.
—Necesitamos un lugar a donde ir, un lugar que nadie de nuestros conocidos pueda ubicar —"entiendo" responde la voz de James distorsionada por la distancia —¿podemos quedarnos en la casa de Enfield?, ¿aun la tienes?
—Si.
—Lo lamento, no lo pediría si no fuera importante…
—No te disculpes, vayan hacia allá, llegaré en cuarenta y cinco minutos.
.o.O.o.
El trayecto hasta Enfield es largo y se hace aún más cuando cambian de transporte a cada momento, primero un taxi, luego el metro, al final llegan hasta Enfield a bordo de un autobús, tal como John lo hizo la primera vez que estuvo ahí.
John ha viajado todo el camino callado, con la mirada en las ventanas, la caja de zapatos apretada entre las manos, Sherlock le mira de reojo, sabe que enterarse que él y James Sholto están en contacto le ha molestado, se pregunta ¿por qué? Quizás porque sabe que el único tema de conversación en común que pueden tener es el propio John.
Llegan hasta el número cuatro, la casa que John conoció muchos años antes, cuando aún creía que su vida sería completamente distinta a lo que es ahora. Llama a la puerta. Sherlock mira alrededor, pero la calle es tan tranquila como John la recuerda, ni paseantes ni automóviles, las casas cuadradas y pequeñas del mismo color unas y otras, indistinguibles, salvo por los números de latón colgados en las puertas.
El Mayor Sholto abre la puerta "pasen" dice y lanza una mirada a la calle con sospecha.
John y Sherlock entran, James se ve distinto, aunque su aura de poder no se haya corrompido, si se empequeñece en la falta de su fastuoso traje de gala. Viste pantalones caqui y camisa a cuadros que, según piensa Sherlock, podrían haber sacado del armario de John sin problema.
Todo es tal como John lo recuerda, todo en blanco, mira las escaleras, hacia la habitación que él y James compartieron alguna vez, en lo que parece fue otra vida.
—James —saluda John.
—Hola John.
—Lamento mucho involucrarte en esto, es que no sabía a quién más acudir.
—No hay problema, —luego desvía la vista hacia el detective que mira el intercambio inquisitivamente —Sherlock —saluda.
—Hola James —ambos hombres se dan la mano, como si fueran antiguos amigos, John siente que su corazón va a explotar, aunque se niega a analizar el por qué.
—Traje algo de comida para ustedes. —Les invita con un gesto a su pequeño desayunador.
John, se acerca y mira una gran caja llena de viandas, jugo, pan y algunas carnes frías. Comienza a sacar las cosas, Sherlock y James aún de pie en el recibidor hablan en voz baja, algo malo está sucediendo y Sherlock no está diciéndoselo, lo sabe, lo único que escucha es a James decir al final "entiendo".
John maneja la comida en piloto automático, se concentra en preparar sándwiches, pero su mente está en otro lugar; la idea de que Sherlock y James mantengan contacto… No tiene nada en contra de ello, porque obviamente ellos pueden agradarse, no tienen mucho en común salvo por una brújula moral muy particular y claro, al propio John.
El asunto es, que no entiende cuál es el motivo de sentirse celoso. Puede imaginarse a James sonriendo a Sherlock con su sonrisa apenas visible en los labios y que baila en sus ojos serenos porque quién no sonreiría a Sherlock que es impresionante. También puede ver a Sherlock sonreír a James, con esa sonrisa abierta que le arruga tanto las esquinas de los ojos, volviéndolos cálidos, esa sonrisa que pocas veces él deja ver, y es que, quién no sonreiría a James que a pesar de sus cicatrices tiene el atractivo de los hombres con personalidad de líder.
John se siente horrible por pensarlo, pero no puede acallar los pensamientos y aun con ello es incapaz de saber de cuál de ellos dos está celoso, "por ambos", le susurra una voz al fondo de su mente.
James y Sherlock se acercan al desayunador cuando John ya casi ha terminado, la caja de zapatos descansa sobre una de las alacenas, hay tres sándwiches y tres vasos de jugo.
—Había comido ya, —dice James, John voltea a mirarle, Sherlock es testigo entonces de lo que hubo antes entre los dos soldados, toda una conversación silenciosa se desarrolla frente a él. John acerca el sándwich, James sonríe y dice: —gracias, John.
Sherlock piensa que debería sentir celos, tal como sintió cuando John empezó a llevar a todas aquellas mujeres, pero no hay tal, solo una leve punzada de tristeza en el pecho, porque es obvio que lo que ocurrió entre ellos sigue ahí, apenas a milímetros de la superficie, pero no tiene celos porque los ojos de John son tan claros y están tan llenos de amor por el Mayor que, cómo podría; sería como tener celos porque una flama enciende un bidón de gasolina, una reacción química, un fenómeno de la naturaleza imposible de contener, tal es como Sherlock puede ver el amor de John y James.
John acerca un sándwich también a Sherlock y se sienta a comer. Los tres mastican en silencio, disfrutando de la comida y del momento de sosiego, apenas es creíble que hayan pasado solo veinticuatro horas desde que el vídeo de Moriarty rompió con la monotonía de la televisión abierta de Inglaterra.
Una vez terminan recogen los trastos sucios que John lava mientras comenta.
—Tendrías que probar la lasagna que James prepara —mira a Sherlock —es la mejor que hayas comido. —James sonríe con modestia.
—¿Mejor que la de Angelo's? —pregunta Sherlock.
—Si, mucho.
—Tal vez —dice James —cuando todo esto termine, nos reunamos para cenar.
—Sería muy bueno —dice John.
Termina con los trastos y se deja caer en su silla, Sherlock con mucho tiento toma la caja de zapatos y se la acerca, John traga y asiente. La abre y no hay en ella nada de especial, aun así el estómago de Sherlock y de James dan un vuelco.
John sintiéndose un imbécil comienza a sacar, un viejo CD que Lestrade le entregó luego de la "muerte" de Sherlock y en el que el detective le daba una inusual felicitación de cumpleaños.
—¿Este CD? —pregunta Sherlock, a lo que John asiente.
—Lestrade lo tenía, él me lo entregó unos meses después de… ya sabes.
Luego saca un pañuelo blanco y percudido, tiene las iniciales de John grabadas, James lo toma.
—Es el pañuelo que usaste para limpiarme la herida, aquel día en que nuestro Humvee volcó. —John asiente.
Esto es como abrirse el pecho y dejar que aquellos hombres escarben en él.
Hay fotografías de los grandes momentos de Sherlock, cuando Londres al completo le reconocía como el mejor detective y salía en todos los periódicos. Están también las fotografías del día en que condecoraron a James con la Cruz de la Victoria casi dos años después de que le dieron de baja por sus heridas.
Está una partitura doblada con la canción que Sherlock escribió para La Mujer y también un alijo pequeño de cartas, todas ellas tristes y breves que intercambiaron John y James luego de que él fue licenciado.
Un boleto de avión de Afganistán a Londres de hace más de diez años y una entrada para el circo chino que regenteaban como pantalla los lotos negros. Una credencial de Scotland Yard que Sherlock le entregó a John en su primer caso juntos, una de las muchas que ha robado a Lestrade a lo largo de los años. También está una credencial que acredita a James como Mayor en funciones del ejército británico, un James muy serio y con ojos sobrios mira desde la fotografía.
—¿Me preguntaba que había sido de ella? —comenta el Mayor.
—Yo, —dice John —la recogí de entre tus cosas cuando te fuiste de la Base.
James asiente, hay más papeles aquí y allá, todos referentes a James o a Sherlock, pero John los mira con el ceño fruncido, los esparce un poco más por la mesa como buscando algo.
—¿Qué falta? —pregunta Sherlock.
—El reloj.
—¿Qué reloj?
—¿El que yo te di? —pregunta James, John asiente.
James solía llevar ese reloj, mientras estaba dentro de la base, en Afganistán, pero cuando su brazo izquierdo resultó tan herido y lacerado, lo obsequió a John para que le diera uso.
Cómo si aquel descubrimiento fuera el pistoletazo de salida el móvil de Sherlock y el de John comienzan a sonar.
Ambos atienden, James puede ver como los dos palidecen.
—De acuerdo, envíalo —dice Sherlock y luego cuelga, un mensaje suena al momento.
—Pero estás seguro —dice John por su parte, James puede ver la rabia formándose en su rostro. —Entiendo —dice y cuelga.
Sherlock tiene una imagen en la pantalla del teléfono, el reloj de James, con la carátula rota y chamuscado se ve en ella.
—Era el temporizador de la bomba del auto de Lestrade —dice Sherlock —estaba debajo de los asientos así que la fuerza de la explosión fue hacia el lado contrario y no lo dañó del todo. —John mortalmente serio y con los ojos enfebrecidos le mira —¿Qué sucede? —pregunta Sherlock.
—Mary huyó del hotel, golpeó a la Señora Hudson y asesinó a los hombres de Lestrade que las resguardaban. —Sherlock siente el enfado que le burbujea en el pecho. —No es todo.
John muestra a los hombres la pantalla, es la grabación de seguridad del hotel, se puede ver a Mary saliendo de la habitación con el arma en la mano dispara al hombre a la derecha de la puerta, antes de que este haya volteado por completo hacia ella, y de inmediato al hombre que está a la izquierda, luego mira hacia la cámara, como si dijera "odio a los entrometidos" y dispara también.
—Creí que tu esposa estaba embarazada —dice James mirando a John con cautela.
John no dice nada, Mary viste ropa ajustada negra, es el tipo de ropa que usaría un comando paramilitar. No hay ni rastro de la barriga de ocho meses que lucía el día anterior que John se despidió de ella para que la llevaran junto a la Señora Hudson al hotel.
—Todos lo creíamos —responde Sherlock, mientras John parece incapaz de articular palabra de lo enfadado que se siente.
Mary siendo una villana es una de mis cosas favoritas del mundo, porque ella es una gran villana, me sigue pareciendo un desperdicio de personaje lo que hicieron con ella en la serie, haya sido lo que haya sido.
Bueno ya casi es media semana, intentaré subir un nuevo capítulo el domingo, pero en caso de que no pueda, prometo que no pasará más de una semana antes de la actualización.
Tengan un bello día.
Adrel Black
