En un día nevado del mes de diciembre, en el calor del local de una gasolinera hermosamente decorado con motivos navideños, el viejo Flip acababa de sacar del microondas su cena que consistía en un burrito de pavo con salsa de arándanos el cual puso encima del mostrador.
–Hola, que tal, amigos –saludó entonces a todo aquel que esté leyendo esto–, felices fiestas. Pónganse cómodos, porque el viejo Flip les contará el cuento de una navidad muy especial en Royal Woods. Se suponía que el usuario Octaware la escribiría, pero creo que se murió... Da igual: StarcoFantasma estaba un día mirando otro de sus episodios favoritos de Family Guy mientras inhalaba un par de lineas de coca, y ahora escribió esto...
–Nuestra historia empieza en Royal Woods, justo antes de navidad –prosiguió Flip con su relato–. La ciudad estaba cubierta de nieve, los árboles perdían sus hojas y todos estaban haciendo sus listas de navidad...
Tal como dijo Flip, en la calidez de la sala de estar de la casa Loud, los integrantes de la gran familia ruidosa se hallaban escribiendo las cartas que enviarían a Santa Claus. Aunque Lori, Luna, Luan, Lynn Jr. y Lincoln más lo hacían por seguirles la corriente a Leni y a las pequeñas que por creer que Papá Noel en verdad traería obsequios para ellos. Pero de igual modo el espíritu de la navidad alegraba mucho el ambiente y eso era lo que realmente importaba.
–A la señorita Dimartino de mi salón
–empezó a canturrear Lincoln, rebosante de alegría–,
sin ropa la quiero ver yo.
Es todo lo que quiero para navidad...
–Eso no es muy practico, Lincoln –dijo su mejor amigo, Clyde McBride, quien justo en ese momento acababa de entrar por la puerta principal con una bandeja de galletas recién horneadas.
–Una semana en Mexico
–siguió cantando Rita, la madre de los once–,
hombres guapos y un fiestón.
Es todo lo que quiero para navidad...
–Eso suena estupendo –comentó el peliblanco–. ¿Y ustedes, chicas?
–Quiero unos patines hoy, e ir a patinar
–canturreó seguidamente Leni mientras se imaginaba a sí misma patinando torpemente sobre un estanque congelado, donde luego el hielo se resquebrajaba y se rompía bajo sus pies de modo que acababa hundiéndose en el agua helada–.
Pero no sé como patinar...
–Quiero un Lexus y correr
–canturreó a continuación Lori, que tenía la ilusión de conducir un auto nuevo propio–,
y una hermana que no quiera beber...
–Sólo diez cervezas quiero tener...
–cantó a lo alto Luna, quien a su vez se imaginaba a si misma sentada arriba de diez barriles de cerveza apilados para ella solita.
–Todo lo que pido para esta navidad es
–corearon en el acto los trece Louds–,
lo que quiero yo tener.
–No se lo están poniendo fácil a Santa –comentó Clyde tras poner la bandeja encima de la mesa del comedor y cruzarse de brazos.
–Y no hemos empezado a pedir –le avisó Lynn Sénior para dar pie a la siguiente secuencia del numero musical.
–Quiero Africa, ir a conocer...
–canturreó Lana, con la idea de ir a un safari en el que vería toda clase de animales.
–Con un Mr. Universo ir a comer...
–canturreó seguidamente Lola, fantaseando con ella misma en una cita con un hombre adulto musculoso y bien parecido.
–Es todo lo que quiero para navidad...
–corearon las dos gemelas.
–Espera, ¿qué? –se escandalizó el señor Loud de oír lo ultimo.
–Olvídalo –replicó Lola–, continúen.
–Con Maggie y Benny, un trío quiero aquí...
–canturreó Luan, quien miraba una foto de cada uno de esos dos que mencionó en la comodidad de su cama.
–Voces suaves, quiero oír...
–canturreó Lucy que se hallaba acurrucada dentro de las ventilas.
–Es todo lo que quiero para navidad...
–corearon los fantasmas que la rodeaban.
–Paztel amarillo, uranio...
–canturreó Lisa–.
¡No hará ningún daño!
–Un juego de mesa y un balón...
–agregó Lynn Jr.
–Y un oshito así de gandotote –balbuceó la adorable Lily extendiendo sus bracitos a los lados ante las enternecidas caras de todos en la sala.
–Esto es una exageración...
–canturreó no obstante Clyde negando con la cabeza.
–Ve al infierno, es lo mejor...
–le reclamó Rita, quien apareció a su lado cargada de montones de regalos envueltos.
–Tengo ya tu navidad, por aquí...
–canturreó Lynn padre poniendose por delante de el a agarrarse de un modo muy atrevido la entrepierna.
Después de esto, la familia Loud salió al jardín en sus ropas de invierno a volver a cantar en coro:
–Todo lo que pido para esta navidad es,
lo que quiero yo tener.
–Sólo digo que me parece excesivo –insistió el muchacho de color al asomarse por la puerta.
–Hay, no seas santurrón, Clyde –le recriminó su mejor amigo–. Es navidad.
–Y la navidad es para recibir –secundó Lori–. Todo el pueblo lo sabe.
–Chicas que vienen de Japón
–canturreó Rusty, quien se hallaba acostado sobre la mesa de la sala de su casa imaginándose que ahí era sometido por un grupo de dominatrices asiáticas–,
y me ahorcan con pasión.
Es todo lo que quiero para navidad...
–Esta vajilla, hoy pondré...
–canturreó el señor Howard McBride, quien estaba poniendo la mesa en el comedor de su casa para más tarde tener una cena en familia.
–Quiero un día sin niños que ver...
–canturreó su esposo Harold, que miró de reojo a un grupo de niños metiches que los espiaban por la ventana curiosos por tratarse de una pareja homoparental.
–Es todo lo que quiero para navidad...
–corearon ambos, poco antes de que Howard sacara una escopeta para espantar a todos esos niños.
–Si hay un árbol de navidad, en el aeropuerto
–canturreó Benny desde su casa, que aparecía decorada con motivos de fiestas judías–,
voy a ir a la corte a demandar.
¡Felices fiestas!
–Quiero un juguete para armar...
–canturreó el entrenador Pacowski quien escribía su carta en su habitación en la casa-bote de su madre, aun usando un pijama con pies de color purpura con dibujos de patitos amarillos.
–Quiero un baterista así
–canturreó la maestra Johnson, quien miraba lascivamente un póster de Nick Jonas que tenía colgado en su recamara mientras se palmeaba los glúteos–,
y que toque su tambor hoy,
aquí...
–Todo lo que pido para esta navidad es
–corearon estos tres últimos personajes de la serie desde sus respectivas ubicaciones–,
lo que quiero yo tener.
–Un reloj de oro para mi...
–canturreó el director Huggins, quien estaba en su oficina revisando unos documentos.
–Y un espermicida aquí...
–canturreó su secretaria Cheryl, que acto seguido se asomó de adebajo de su escritorio.
–Es todo lo que quiero para navidad...
–corearon ambos, al tiempo que el director empujaba a su secretaria para que se volviese a inclinar.
–Palos de golf quiero estrenar...
–canturreó el millonario Tetherby que se hallaba practicando en su campo privado.
–Quiero algo mejor para limpiar...
–canturreó Norm que estaba allí mismo trabajando como jardinero.
–Es todo lo que quiero para navidad...
–corearon rico y pobre por igual.
–Una argolla quiero yo
–canturreó Bobby, en tanto ayudaba a decorar la residencia Casagrande en Great Lake City–,
de alguien que es Lori...
–Huevos de pascua quiero y con color
–canturreó CJ, quien ingresó a la sala con una diadema de orejas de conejo y una cesta cargada con huevos de chocolate.
–Quiero una nueva patineta para mi...
–siguió cantando Ronnie Anne.
–Yo no sé que es navidad...
–canturreó Sid, quien entró por la ventana vistiendo una capa de pieles y una extraña corona que se asemejaba a un casco con cornamenta de alce–.
¿Hay algo mejor que la saturnalia, así...?
Y en el acto, luego de que la señora Rosa la ahuyentara del lugar aventándole una chancla por haber salido con cosas paganas, todos y cada uno en Royal Woods y en la gran ciudad acabaron de cantar en coro:
–Todo lo que pido para esta navidad es,
lo que quiero yo tener...
