Una vez terminado el numero musical del capítulo anterior, ese mismo día los once hermanos Loud asistieron a la plaza comercial en donde se dispersaron a hacer sus compras de ultimo minuto al igual que todos los años.

Y así, al igual que todos los años, Lincoln tuvo que soportar el martirio de aguardar en una banca en compañía de la pequeña Lily, a la que el resto de sus hermanas dejaron a su cuidado mientras ellas iban a escoger los regalos para sus amistades más cercanas –y/o parejas según el caso–, ademas del que entregarían en el juego del Santa secreto de nochebuena en la casa Loud tal como dictaba la tradición familiar.

Hablando de tradición familiar, tras esto casi todos se volvieron a reunir en la plaza de comidas al cabo de unas dos horas y media; primero a tomar un descanso y una reconfortante taza de cocoa caliente; y digo casi todos puesto que faltaba Leni, que de seguro aun estaría chequeando las ofertas navideñas en las tiendas departamentales –e incluso tal vez estaría peleándose con otra compradora por una bufanda de temporada o algo así– como sus demás hermanos acertaron a suponer.

De igual forma, con o sin ella, después de esto otro se decidieron a seguir adelante con dicha tradición de cada año, la cual era acompañar a las menores a formarse en la fila para ver a Santa Claus.

–Estoy muy emocionada por ver a Santa –dijo Lola quien no cabía en si de gozo a la hora que se encaminaban a formarse.

–¿Zaben que creo que ez maravillozo? –comentó inocentemente Lisa, que también creía en el viejo barrigón al igual que Lucy, Lily y las gemelas desde que obtuvo cierta evidencia fotográfica el año anterior–. De todoz loz centroz comerziales, de todo el mundo, ezcoge venir aquí, todoz los añoz.

–Si –rió Lucy con la ilusión propia de una niña de su edad, que era algo muy impropio de ver en ella–. Digo, ¿quienes somos?

–No, les diré quienes somos –dijo Lana rebosante de alegría–. Somos los afortunados.

–Oh, rayos –exclamó no obstante Lincoln cuando se toparon con una muy larga hilera de gente formada ante la decoración que asemejaba al taller de Santa en el polo norte.

–No puede ser –protestó Lola–, miren el tamaño de esa fila.

–Rayos –refunfuñó Luna.

–Literalmente, estaremos aquí años –igual hizo Lori.

Sin embargo no todo estaba perdido ya que, asomándose por detrás de las piernas de la ultima persona formada en la fila, Lisa consiguió avistar varios puestos más adelante al vecino cascarrabias de los Loud a quien vio tomado de la mano de un niño muy flacucho con la cabeza rapada.

–Miren –avisó a todos para luego correr a adelantarse–, el zeñor Quejón ezta hazta el frente.

–Vamos a formarnos con el –sugirió Lucy que la siguió en compañía de ambas gemelas.

–Esperen, niñas –las llamó Lincoln; pero ya habían echado a correr hacia donde estaba formado el anciano–. Saben que nosotros no le caemos muy...

Las otras mayores exhalaron un suspiro cansadas y también se adelantaron. Después Lincoln les siguió el paso.

–Hey, señor Quejón –saludó disimuladamente el chico de cabello blanco a su vecino cuando el grupo de pequeñas hermanas llegaron a formarse detrás de este.

Guau –disimuló igualmente Luna–, ¿qué está haciendo aquí?

–Ah, hola Louds –resopló el viejo con sumo fastidio–. Esperamos a ver a Santa, como todos los demás.

–Bien, bien –siguió disimulando Luan–. Les vamos a hacer compañía.

–¿Quién es este chiquitín? –preguntó Lori inclinándose a ver a aquel niño de cabeza rapada al que acompañaba el anciano.

–¿Es su nieto? –preguntó seguidamente Lincoln.

–Hola, amiguito –lo saludó amablemente Luna.

–¿Vienes a ver a Santa? –le preguntó Luan haciéndole una caricia en la cabeza–, ¿si?

–¿Fuiste un niño bueno este año? –le sonrió Lynn Jr.

En respuesta a las constantes preguntas de los hermanos Loud, el chiquillo bajó su cabeza entristecido y empezó a lagrimear.

–Este "chiquitín" –aclaró el señor Quejón frunciendo el entrecejo–, es mi nieta Ivy, tarados. No tiene cabello por la quimioterapia.

–Hay, no –resopló Lincoln dándose una palmada en la frente.

–¿Saben cuánto tiempo tardamos en convencerla para salir sin su cabello? –inquirió el anciano indignado a más no poder en tanto tomaba a la entristecida pequeña entre sus brazos.

–Hay, Dios, no... No lo sabíamos –se apresuró a disculparse Lori–, cuánto lo sentimos.

–Oh, ¿lo sienten? –repuso el viejo enfadado–. ¿Por qué? ¿Que esperar en la fila es tan catastrófico para ustedes que prefieren destruir la confianza de una paciente de cáncer de tres años?

–Perdón –insistió en disculparse Lynn–, no sabíamos que estaba muriendo.

–¿Quién dijo que estaba muriendo? –gruñó el señor Quejón enfadado todavía más.

–Abuelito Quejón –preguntó la niña de cabeza rapada entre lagrimas–, ¿me voy a morir?

–No, mi amor –la consoló su abuelo–, no vas a morir porque vamos a ver a Santa y le pediremos que te traiga un cerebro nuevo.

Los hermanos Loud ya iban retrocediendo ante las miradas inquisidoras de todos en la fila; pero igualmente, furioso como nunca con todos ellos, el señor Quejón les gruñó entre dientes diciéndoles:

–Largo de aquí, Louds, largo de aquí.

–Deberíamos dedicarnos a la política –bromeó Luan cuando iban regresando por donde vinieron–. I ji ji ji ji ji ji... ¿Entienden? Pero ya en serio, ahora tendremos que ir al final de la fila.

–¿Qué pasa? –exigió saber Lola–, ¿por qué no avanza?

–No sé –refunfuñó Luna–, siempre es lo mismo. Algún idiota sentado en las piernas de Santa todo el día.


–Ja ja ja ja ja... –reía eufórica la idiota esa a la que se refería Luna, que no era otra más que Leni quien había llegado mucho antes–. Y quiero una maquina de coser; y quiero una cartera como la de Marinette de Miraculous Ladybug; y un nuevo juego Uno porque perdí, sabes, la tarjeta Toma Dos; y quiero una mascota que sea mitad chinchilla y mitad gato, y así sería muy suave y la llamaría chin-gato y no sería grosería...


–¿No van a cerrar ya el centro comercial? –señaló Lori tras varias horas de espera en la fila–. Literalmente, llevamos siglos aquí.

–Relájate, hermana –la tranquilizó Luna–. Ya llegamos. Seguimos nosotros.

–Hola, Santa –se aproximó primeramente Lola a hablar con el hombre disfrazado que esperaba en una silla colocada en medio de la escenografía decorada–. Mira, tenemos un pequeño problema porque he sido un tanto traviesa. Pero eres un hombre de negocios y yo también.

La niña entonces abrió la cremallera de la espalda de un peluche que llevaba bajo el brazo y sacó un billete de a dólar de ahí adentro.

–Creo que podemos –sugirió extendiéndoselo al empleado disfrazado de Papá Noel–, llegar a un acuerdo.

Sin embargo, indiferente a que los niños Loud eran los únicos que faltaban, el sujeto vestido de Santa Claus miró su reloj y acabó colocando un letrero de Cerré para Alimentar a los Renos para luego retirarse sin mas.

–Oye, ¿que haces? –lo llamó Lucy.

–Santa –igual hizo Lana.

–No puedes irte –reclamó Lola.

–Hey, espera, amigo –insistió Lincoln frunciendo el ceño–. Estuvimos formados como cuatro horas.

–Lo siento, ya cerré –respondió el empleado de un modo muy mezquino–. Si quieren que las niñas se sienten en mis piernas, nos vemos en la barra del restaurante.

–Que imbécil –dijo Lynn entrecerrando sus ojos.

–Lo siento, pequeñas –quiso consolar Luna a las menores.

–Hola, chicos –saludó Leni a todos en ese momento que llegó cargada con varias bolsas de compras–. ¿Pudieron ver a Santa?

–Gordo desgraciado –gruñó Lola muy enojada–. ¿Vieron cómo nos dio la espalda? Como la realidad le dio la espalda al don nadie que escribe estos fanfics tan mediocres sobre nosotros.


Al otro día –a una hora que convenientemente llevaban puestas sus ropas de invierno–, casi todos los hermanos Loud ayudaban a colgar las luces afuera de la casa, salvó por Lola quien en ese momento salió por la puerta principal –en sus ropas de invierno también– con su oso de peluche y una mochila colgada al hombro.

Preocupados por su cara de enfado, Lincoln y las demás chicas dejaron de lado lo que estaban haciendo y la siguieron hasta donde tenía estacionado su auto de juguete al que subió a bordo para ver en que andaba.

–Enciende, enciende, pedazo de basura... –refunfuñaba al tratar de poner en marcha al pequeño jeep de color rosa–. ¡Rayos! Seguro se volvió a ahogar. Lana, échame una mano con esto, ¿quieres? No, mejor llévame tu, Lori. Anda, vámonos.

–¿Qué estás diciendo? –preguntó la más mayor–. ¿Llevarte, a dónde?

–Al polo norte para ver a Santa Claus –respondió Lola aun molesta por lo ocurrido en el centro comercial el día anterior–. Si esa bola inflada de gusanos podridos cree que puede ignorarme así, está muy equivocado.

–Lols –dijo Lori hincándose en una rodilla para estar a su altura–. Sé que estás decepcionada porque no hablaste con Santa, pero no voy a llevarte al polo norte. Ven, vamos adentro.

–Oye, bájame.

Su hermana mayor la levantó de las axilas y volvió a entrar con ella a la sala; cuando en esas oyeron la conversación que era sostenida por sus padres en la cocina.

–¿Quién era, querida? –escucharon que preguntaba el señor Loud a su esposa.

–Era el señor Quejón, cariño –respondió una muy angustiada Rita quien acababa de colgar su teléfono móvil–. Su nieta está en cuidados intensivos. Creo que deberíamos ir a darle apoyo.

–Oh, santo Dios.

–Si, al parecer algo pasó en el centro comercial y se puso muy grave. No saben cuánto tiempo le queda de vida. El señor Quejón llamó y estaba muy alterado. Por alguna razón sonó a que no quiere que vayamos pero igual creo que deberíamos ir.

Ni bien escuchó esto, Lori salió disparada de la casa Loud con Lola bajo su brazo y subió con ella a Vanzilla.

–¡Rápido, vámonos, vámonos! –apuró al resto de sus hermanos a que abordaran el vehículo también.

–¿A dónde? –preguntó Lisa.

–Al polo norte –contestó–. ¡De prisa, antes de que mamá y papá nos vean!


–Y así–siguió Flip con la narración de esta historia–,Los niños Loud se encaminaron por el norte hacia el polo... Oigan, ¿quieren oír un gas de verdad en lugar de uno de esos falsos de caricatura?

...

–Gente del staff, necesitamos otros pantalones y un trapeador.


Tras un recorrido por carretera de varias horas, Lori aparcó la van en el estacionamiento de un parque con temática de aldea navideña un poco más allá de las afueras de Great Lake City.

–Niñas, despierten –les avisó una sonriente Luan a las pequeñas que dormitaban plácidamente en los asientos de atrás–. Ya llegamos, es el polo norte.

–¿Qué?... –se desperezó primeramente Lana–. ¿Eh?... ¿El polo norte?

–El polo norte –exclamó extasiada Lola al despertarse igualmente y mirar por la ventanilla–. ¡El polo norte, ahí está! Hay, por Dios, ¿tan profundamente nos dormimos?

–Miren, el polo norte –clamó Leni con un chillido de euforia–. No puedo creer lo rápido que llegamos.

Lincoln y Lynn rodaron los ojos, se miraron mutuamente y rieron negando con la cabeza.

De ahí, las gemelas y Leni fueron las primeras en bajarse a correr muy emocionadas a la entrada del parque en la que había un gran letrero de Bienvenidos a la Villa de Santa,y luego el resto de sus hermanos les siguieron el paso. Lily igualmente aplaudía con sus manitas y reía de la emoción en los brazos de Luna, a la vez que Lincoln y las otras cuatro mayores intercambiaban miradas de complicidad. Lucy y Lisa también sabían que se trataba de sólo un parque temático, pero ambas tuvieron el acierto de no echarles a perder la ilusión a sus hermanas.

–Miren esto, chicos –dijo Lola una vez entraron al parque y se toparon con un poste de señalamientos con el rotulo de Polo Norte en la punta–: la cima de la tierra. Bueno, vamos a ver a Santa.

–Está bien –dijo Lori–, vamos .

–Vaya, esto es bastante festivo, ¿no? –comentó Leni mientras echaban a andar por el lugar.

–Y pequeño –agregó Lana con cara dudosa.

Lola en cambio enarcó ambas cejas al notar que en un corral, donde se suponía que debían estar los renos, tan soló habían un par de cabras desnutridas con astas falsas atadas a sus cuernos.

–Ah, tiene que ser pequeño por todos los duendecillos –se le ocurrió decir a Lynn.

–Ah si, claro, buena observación... –asintió Lola–. Duendes.

–Llevenlas, llevenlas –anunció Bobby, a quien avistaron en un quiosco cercano en el que vendía unas camisetas rojas y verdes con estampados de temática navideña en el frente y el logo del mercado Casagrande en el reverso–. Lleven sus camisetas de novedad de la temporada.

–Lori –Lola detuvo su paso y preguntó con seriedad–, ¿por qué tu novio está en el polo norte?

–Porque... –respondió sonriendo nerviosa–. Porque se mudó aquí y ahora a él le van a dar su propio Spin Off.

–Ah, claro, eso lo explica –dijo Lola procediendo a volver a abrir la cremallera de su peluche y buscar algo ahí adentro–. Bueno, sólo tengo otra pregunta... ¡¿Quién creen que soy, Leni?!

El resto de los Loud ahogaron un exclamación y retrocedieron con las manos en alto cuando la niña arrojó su oso a un lado al sacar de su interior una escopeta de dos cañones con la que pegó un tiro al aire haciendo que la gente saliera huyendo del lugar.

¡BANG!

–¡¿Eh?! ¡Respondan! –exigió saber apuntándoles con el arma.

–¡¿De dónde sacaste eso?! –preguntó una muy aterrorizada Lucy.

–¡Estamos en Estados Unidos! –contestó furiosa–. ¡Esto se puede conseguir hasta en una caja de cereal!

–Mira, Lola –trató de calmarla Lincoln–, el viaje al polo norte es largo y...

Mas en vez de oírlo, la pequeña de abrigo rosa lo derribó al asestarle un golpe con el mango de la escopeta y lo sometió clavándole un pie sobre el esternón y el otro encima de su estomago.

–¡No pueden engañarme cuando se trata de Santa Claus! –rugió cargando el arma y apuntando los dos cañones al rostro de su asustado hermano.

–¿Significa que no estamos en el polo norte? –se atrevió a preguntar Leni pese al terror que la invadía.

–¡Claro que no! –respondió Lola a gritos–. ¡Hay una rueda de la fortuna y un tipo limpiando vomito! ¡Nadie vomita en el polo norte! ¡Sólo la esposa de Santa porque tiene un desorden alimenticio!

–¿Qué?

–¡Si, porque el puede dormir con quien quiera y ella lo sabe!

–Lola –trató de insistir Lori–, tienes que controlarte por fav...

–¡No quiero! –gritó apuntándole ahora a ella con el arma–. ¡Regresemos a nuestra camioneta de Hippie y vayamos al polo norte, ahora!

–Escucha, hermana –habló Luna–, sé que estás enojada, ¿pero por qué no te sientas, escribes tu lista de navidad y te prometo que se la enviaremos a Santa Claus?

–¡Ya es tarde para eso! –respondió–. Esto no es por los obsequios de navidad.

–¿Ah? ¿Y para que quieres ir hasta el polo norte? –preguntó Luan.

–Porque –Lola esbozo una siniestra sonrisa de oreja a oreja–: voy a matar a Santa Claus.