–Y resultó que la pequeña Lola estaba decidida a matar a Santa Claus –siguió narrando Flip desde el mostrador de su tienda–. ¿Tendría éxito? Vamos a verlo.


Al salir del parque, los hermanos Loud se encaminaron a punta de escopeta hacia donde tenían estacionada la van con Lola yendo atrás de ellos.

–Espera, ¿por qué quieres matar a Santa? –preguntó Lincoln manteniendo aun las manos en alto.

–Porque ese maldito gordo me ignoró en el centro comercial –contestó Lola sin dejar de apuntarles con el arma–, y eso no quedará sin castigo. Vámonos, ya lo tengo todo planeado: veré su taller, acariciaré a los renos, me tomaré unas fotos con Santa, y luego le volaré la cabeza y espero que su esposa esté mirando.

–Eso es literalmente ridículo –dijo Lori–. No iremos al polo norte.

–Creenos, es una perdida de tiempo –aclaró Luna.

–No encontrarás a Santa –añadió Lynn Jr.

–¿Por qué no?

–¡Porque Santa no exis...! –estuvo a punto de contestar Lori, antes de que Luan la chistara y señalara de reojo a Leni y al resto de las pequeñas.

–Por que... –improvisó Lincoln una respuesta más acertada con tal de no dañar la ilusión de Leni y sus hermanas menores–. Cuando llegues... Verás que tal vez no era lo que esperabas y... No queremos verte decepcionada.

–¿Es todo? –repuso Lola–. ¿Esa es su razón? ¿Sabes porque nada te sale bien, Lincoln? Porque tienes una actitud negativa, como Igor de Winnie de Pus, el burro que tiene un clavo en el ano.

Lincoln y las otras mayores intercambiaron miradas.

–Eso no es justo –dijo en su defensa–. No tengo una actitud negativa. Sólo que no creo que sea una buena idea embarcarnos en un viaje probablemente peligroso y... ¿Lola?

–¿Lola?

–¿Lola?

Cuando el grupo de los mayores volvieron a enfocar su atención en la pequeña, notaron que esta había desaparecido de sus vistas con la misma rapidez con la que Lucy se les aparecía súbitamente a otros sin avisar.

–¡Allá! –señaló Lana a un camión que estaba poniendose en marcha haciendo sonar el claxon, y por cuya ventana del copiloto se estaba asomando Lola.

–¡Díganle si a la vida, chicos! –gritó despidiéndose descaradamente con un ademán–. ¡Volveré a casa para navidad!

–¡Rayos! –exclamó Lincoln.

–Maldita tramposa –bramó Lynn.

–Rápido –ordenó Lori–, todos a la camioneta.


Y con esto dio inicio a una larga persecución por carretera, en la que Vanzilla trataba de seguirle el rastro al camión que pasó mucho más allá de la frontera de Canada.

Para empeorar todo, cuando estuvieron allí, Lola encontró algo que parecía un revolver de cañón ancho en la guantera del camión.

–¿Qué es esto? –preguntó al camionero al agarrarlo en su mano–. Que arma tan extraña.

–Si, mejor no la toques –pidió el hombre que había accedido a darle un aventón.

–Ah, es una pistola de vengalas.

–Por favor, déjala donde estaba.

–No pasa nada. ¿Este es el gatill...?

¡BANG!

Por desgracia, sin querer Lola hizo que se disparara el arma cuando el camión pasó por encima de un bache, provocando que así el vehículo se prendiera en llamas y se produjera un accidente de transito en cadena, en medio del cual la niña salió disparada por el parabrisas y fue a aterrizar en un montón de nieve.

De igual forma, Vanzilla también se vio implicada en el accidente y acabó patinando por la carretera, para luego acabar deteniéndose con las justas al chocar contra un poste.

¡CRASH!

Por suerte para Lincoln y las chicas, ninguno salió herido gracias a que tenían puesto el cinturón de seguridad y las bolsas de aire si quisieron funcionar correctamente en ese momento. Mas la camioneta quedó completamente destrozada.

–Bueno... –habló el muchachito de pelo blanco una vez se les pasó el susto del choque–. ¿Soy el único que se prendió fuego aquí?... ¿Si?... Que bueno... ¡WAAAAAHH...!

Dicho esto, primero Lincoln saltó por una de las ventanillas de la van a revolcarse en el manto de nieve más cercano para apagar las llamas que lo envolvían, y luego Lori se bajó a buscar a su hermana faltante por entre las hileras de autos estrellados.

–¡Dios mío, Lola! –se aproximó en su búsqueda al verla arrastrarse de vuelta al costado de la carretera; por suerte en una sola pieza gracias a que la nieve había amortiguado su caída–. ¿Estás bien? ¿Qué diablos pasó?

Después de Lori se acercaron Lincoln y las demás.

–Nha, nada más fue una estupidez insignificante –contestó Lola sacudiéndose la nieve de su abrigo.

–¡Pudiste haber muerto! –le gritó Lori–. ¡Cualquiera de nosotros pudo haber muerto! ¡Mira la camioneta!

–¿Ya ves? Si me hubieras llevado al polo norte de verdad a ver a Santa, esto no habría pasado.

–¿Qué rayos es lo que quieres? –le reclamó Lincoln que apareció ante ella con los cabellos erizados y el rostro carbonizado.

–¿Qué haces? –le preguntó enojada Lynn cuando la vio pararse al costado de la carretera.

–Pido que me lleven –explicó Lola extendiendo el dedo para pedir aventón–. Seguiré yendo al norte hasta encontrar a Santa.

Molesta, Lori la agarró del brazo y la trajo hacia ella.

–Lola, no lo vas a encontrar.

–Has lo que quieras –protestó la niña zafándose de su agarre–. Yo iré al polo norte y mataré a ese bastardo.

–Lola –la mayor de sus hermanas la tomó firmemente de los hombros y la miró a la cara–, me pones en una posición muy incomoda, pero no tengo opción. No vas a matar a Santa Claus porque el no existe.

Al oírla decir eso, la mitad de los hermanos que se asomaron por detrás de Lori soltaron una exclamación.

–¿Santa Claus no existe? –preguntó Leni con ojos de cachorro melancólico.

–No, Leni –respondió para su pesar Luna quien ya estaba fastidiada de todo–, Santa Claus no existe.

–No puede ser verdad –jadeó Lucy, a quien se le vio escurrírsele una lagrima por debajo del fleco.

–Temo que así es –afirmó Luan dandole una palmada de consolación en el hombro.

–¿Pero quien reparte los juguetes? –preguntó la pequeña Lana.

–Pues papá y mamá –contestó Lynn.

–¿No Santa? –balbuceó Lily quien ya empezaba a lagrimear en los brazos de Leni.

–¡Impozible! –declaró Lisa que se apuró a sacar de su billetera la fotografía tomada la navidad pasada–. Yo tengo pruebaz feazzientez de...

–Ese era el señor Quejón que entró a la casa a regalarme su trineo –aclaró Lincoln antes de que siguiera.

–Lo siento, niñas –se excusó Lori con sus hermanas–, pero temo que Santa Claus no es real. ¿Ya ves lo que nos hiciste hacer, Lola?

–Ah, que interesante –se echó a reír en cambio la gemela de abrigo rosa–. ¿Quién más no es real? ¿Acaso Elmo no es real?

–Si, es cierto –la apoyó Lana.

–¿Quién más no es real? –indagó Lucy molesta–. ¿Edwin no es real?

–¿Bob Esponja no es real? –se les unió Leni–. ¿Acaso Bob Esponja no está en el fondo del mar haciendo rabiar a Calamardo?

–¡Shi! –asintió Lily igual de enojada–. Y Joge e Cuioso.

–¡Cierto! –clamó Lana–. ¿Tampoco Jorge el Curioso existe? ¿Eh? ¿Jorge el Curioso no anda por ahí haciendo barcos de papel con los periódicos que debería repartir?

–Ay, no ayuden –protestó Lynn.

–A ver si se educan, ignorantes –acabó de decir Lola que volvió a pararse en el costado de la carretera para pedir aventón.

–Mira, Lola –se acercó a hablarle Lori–. Si tan sólo escucharas un segundo...

–Escúchenme ustedes –propuso ella a los demás–, hagamos esto. Ayúdenme a llegar al polo norte y a cambio yo haré algo por ustedes.

–¿Qué? –preguntó Luna.

–Cuando lleguemos allí –juró con una mano en el corazón y la otra en alto–, hayamos o no encontrado a Santa Claus, yo prometo solemnemente no delatar a la que espía a Lincoln mientras se masturba por las noches.

–¡¿Qué que?! –se escandalizó su hermano peliblanco de oír eso.

–Bueno, vamos al polo norte –accedieron todas las hermanas de inmediato.

–Suban todos... –ordenó Lori que volvió a sentarse tras el volante de Vanzilla.

Mas sus intentos por hacerla andar fueron en vano.

–No, olvídenlo. No quiere encender.

–Genial –refunfuñó Luan–. No hemos cruzado Canada y estamos atorados.

En eso, un camión se detuvo en la carretera y el conductor bajó a ver que ocurría.

–Hola –saludó cordialmente a los niños Loud–. ¿Tienen problemas con el auto, ah?

–Si –asintió Lori–. Queremos llegar al polo norte. ¿Supongo que no eres de la triple A, o si?

–¿De qué?

–Triple A, ¿sabes? AAA.

–Ah, AA. Yo soy de la AA.

–No AA. De la AAA.

–Si eso dije. AA, ¿ah?

–Ah, eres de triple A.

–No eso es AAA. Yo soy de la AA, ¿ah?

–¿Qué?

–Hermana –intervino Luna–, creo que es un ebrio.

–Ebrio o no, ¿nos ayudas?

–¿Quieren unirse a la AA, ah?

–Ya soy miembro de la AAA. Necesito ayuda con el auto.

–Si, ya veo. Creo que necesitan refacciones. Los remolcaré hasta un mecánico que conozco.

–Si, gracias, pero es que no tenemos dinero para reparar el auto y estamos en camino al polo norte.

–De todas formas, un auto no los llevará hasta allá –explicó el señor señalando de inmediato el snow track que llevaba remolcado en la carrocería de su camión–. Pero si quieren, pueden llevarse mi vehículo para la nieve.

–¿En serio? –preguntó Luan–. ¿Nos lo podría prestar?

–Si, claro. Por eso la hospitalidad Canadiense es famosa. Si quieren, hasta les daré mi dinero y mi pierna.

–Bueno –accedió Lola.


Horas después, los niños Loud seguían adelante a bordo del snow track en el que iban un poco apretados, por lo cual tenían un poco abierta la ventanilla de la que asomaba la pierna cercenada del canadiense que llevaban con ellos también.

–En serio –necesitó saber Lori que iba al volante–, ¿por qué tomamos su pierna?

–Porque este es su país –respondió Lola que era quien la llevaba–. Debemos respetar sus costumbres...

Pero al pasar por encima de un montículo de nieve, Lola soltó por accidente la pierna del canadiense y esta cayó afuera del vehículo.

–Ay, no.

–Bueno –bromeó Luan volviendo a cerrar la ventanilla–, al menos dejamos atrás la primera e-pata de nuestro viaje. I ji ji ji ji ji ji... ¿Entienden?

–¡Ja! –rió Lucy.

–Pues claro que ja.


–Lori, ¿cuánto tiempo llevamos viajando? –preguntó Lincoln mucho después de que oscureciera.

–No sé –contestó su hermana–. Perdí la cuenta. Además, somos dibujos animados. Nosotros no medimos bien el tiempo. Podrían ser tres horas o tres años. No tengo ni p*# idea.

–Zupongo que ya debemoz eztar muy al norte –informó Lisa señalando por el parabrisas del vehículo–. Miren ahí eztá la aurora boreal.

–Si –exclamó Leni con entusiasmo–. Y esa de ahí es la aurora Boreanaz.

Hola –los saludó una gigantesca proyección de la cara del actor David Boreanaz que se manifestó en el cielo–. Las cosas son muy bonitas aquí al norte, ¿no?

–Ay, no –dijo de repente Lori, al tiempo que el vehículo se detenía a medio camino.

–¿Qué sucede? –preguntó Lynn.

–No hay combustible.

–¿Se acabó?

–Pero Lori –habló Lincoln–, estamos en mitad de la noche. ¿Qué vamos a hacer?

–No sé, pero hay que pensar en algo.

Tal vez pueda ayudarles –les habló la aurora Boreanaz–. Hay una cabaña de cazadores abandonada, como a tres kilómetros al norte de aquí. Pueden pasar la noche ahí y retomar su viaje en la mañana.

–Gracias, David –le sonrió Lisa–. Creo que hay algunaz eztrellaz en el zielo ezta noche.

Ja ja ja... –rió con simpatía la aurora Boreanaz–. Váyanse. Dense prisa.

–Bueno, te dejamos en paz –agradeció Lincoln.


Así, como les indicó la aurora Boreanaz, los once hermanos Loud al fin llegaron a la cabaña en la que se resguardarían del frío hasta el otro día.

–Está bien –dijo Lori una vez entraron–. Esto servirá por esta noche.

–Chicas –sugirió Lincoln–, ya que tenemos un momento, deberíamos llamar a mamá y papá y decirles donde estamos.

–Tranquilo, hermano mayor –tomó la palabra Lisa–. Ya me encargué de ezo.


De regreso en la casa Loud, Lynn Sénior y Rita cenaban tranquilamente, ya que en ningún momento llegaron a percatarse de la prolongada ausencia de sus hijos; pues a esa misma hora estaban sentados a la mesa con once replicas robóticas de estos mismos que en todo el día habían sabido actuar perfectamente igual que sus contrapartes de carne y hueso.

Oye, mamá –le habló el androide con el aspecto de Lincoln a Rita–. ¿Puedes darle permiso a Lisa de que nos extirpe un riñón y un pulmón a cada uno de nosotros en dos días?

–¿Qué? –se extrañó la madre de semejante petición–. ¿Estás hablando en serio?

Si –afirmó la Lori robot–. Soló necesitamos uno de cada uno para vivir.

Y digamos lo que digamos en dos días –continuó el robot con el aspecto de Lola–, no dejes que te convenzamos de que cambies de parecer.

Guau –habló la Lisa robot–. Zuena a que hablan muy en serio.

–¿Están seguros de esto, niños? –insistió en preguntar su padre a los androides que creía eran sus hijos reales.

Si, es en serio –afirmó la robot Luan poniendo un contrato sobre la mesa con diez firmas anexadas (todas ellas falsificadas, obviamente)–, de hecho tenemos este contrato que nos obliga legalmente a cumplirlo.


–La siguiente mañana –continuó Flip con la narración–, los hermanos Loud partieron a pie hacia el polo norte. Estaban helados y cansados. Pero Lola estaba determinada a llevar a cabo su plan de matar a Santa Claus... Oigan, ya que tengo tantos lectores atentos, ¿alguien quiere comprar un poco de hierba?


Finalmente, tras un arduo y duro recorrido en el que la nevada se intensificaba, Lincoln y sus diez hermanas llegaron ante una gran puerta con motivos navideños para regocijo de Leni y las pequeñas, y estupefacción de Lincoln y el resto de las mayores.

–Por Dios –exclamó Lana rebosante de alegría–, ya llegamos, es el polo norte y el taller de Santa.

–¡Ja! ¿Ven? –se regodeó Lola–. Ahí está. Aquí es donde vive Santa Claus. ¡Cómanse eso!

–No puedo creerlo –dijo Luna que aun no cabía en si de asombro–. Aquí esta.

–Por su puesto que aquí esta –clamó triunfante Lola, quien no se hizo esperar para empujar la puerta.

No obstante, la emoción de ver el famoso taller de los cuentos que invadía tanto a Leni y a las pequeñas, que nunca dejaron de creer, como a Lincoln y las otras grandes, que ahora ya no tenían dudas de su existencia; toda esa emoción y expectación se esfumó en un suspiro. Pues al entrar, todos se encontraron con algo muy diferente a lo que esperaban.

En vez de un taller hermosamente decorado y una aldea de duendecillos, vieron que se hallaban en un lugar tétrico y escabroso, en medio del cual se alzaba una gigantesca fabrica industrial con montones de chimeneas que viciaban el cielo con puro smog.

–No puede ser aquí –dijo Leni horrorizada de lo que veía–. Este no puede ser el taller de Santa.

–Esto más parece Venezuela bajo el mandato de Nicolas Maduro –se atrevió a decir Luan, pero sin bromear en absoluto.

–Pues sea lo que sea este truco –dijo Lola encaminándose hacia la entrada con su escopeta en mano–, no voy a claudicar. No me iré hasta que Santa Claus haya muerto por mi mano.

En la entrada, Lola llamó a la puerta y entonces un viejo barbón de traje rojo salió a recibirla. Nada más que tampoco era el Santa Claus que los Loud esperaban ver. Si era barbón y usaba el mismo traje; pero no era regordete como habían imaginado que sería. Todo lo contrarió, era un anciano muy famélico; ademas de que tenía un aspecto muy demacrado, casi cadavérico.

–No puede ser –exclamó Lynn al verlo en persona pese a su desgastada apariencia–. Es...

–Literalmente –acabó de decir Lori–, es Santa Claus.

–Si –asintió el viejo Noel con voz cansada–. ¿Y ustedes?

–Mi nombre es Lola Loud –respondió la niña cargando la escopeta y apuntándole a la cabeza los dos cañones–, y vengo a matarte.