–No puede ser –exclamó Lynn al ver al mismísimo Santa Claus de los cuentos en persona, pese a su desgastada apariencia–. Es...
–Literalmente –acabó de decir Lori–, es Santa Claus
–Si –asintió el viejo Noel con voz cansada–. ¿Y ustedes?
–Mi nombre es Lola Loud –respondió la niña de abrigo rosa cargando su escopeta y apuntándole a la cabeza los dos cañones–, y vengo a matarte.
–Ay, gracias a Dios –fue lo que dijo con alivio el viejo Noel para desconcierto de los once hermanos.
–¿Qué?
–Hazlo, por favor –rogó Santa poniéndose de rodillas ante Lola–. Termina con mi sufrimiento.
–¿Tu, quieres que te mate? –preguntó esta sumamente confundida, y ya no tan segura de seguir adelante con su plan.
–¡Hazlo! –insistió el anciano, que procedió a ponerse el mismo los dos cañones de la escopeta en su boca–, ¡¿Qué egtag egpegando?!
–Bueno... –dijo Lola, que en cambió retiró el arma–. Es que eso no es exactamente deportivo. Y además tu no eres el Santa que estaba buscando. Digo, mírate.
Agotado, el pobre y desecho viejo Noel tosió repetidamente ante los once niños y se desplomó en el suelo.
–Ay, por Dios –dijo Leni quien se apuró a ayudarlo a ponerse en pie junto con Luan–. ¿Se encuentra bien?
–Estoy bien, estoy bien... –jadeó–. Tengo que recobrar el aliento.
–No entiendo –habló Luan–. Creí que tu debías ser alegre y vivaracho.
–Antes lo era –respondió–. Pero hace mucho. Fabrico juguetes para niños y niñas. Amo mi trabajo, y ellos a mi. Pero se salió de control. La población del mundo no deja de crecer y crecer. Los niños piden más juguetes. Juguetes sofisticados. Hacíamos trenes de madera y muñecas de trapo. ¿Han intentado hacer un Iphone? ¡Me piden millones de ellos!
–Ah, por cierto –dijo Lori–, yo te quería pedir el nuevo modelo Xs Max.
–Miren los desechos tóxicos que producimos... –continuó Santa, señalando inmediatamente a un río de inmundicia química proveniente de la fabrica–. Y creo que las toxinas hacen más daño que el incesto.
–¿Incesto? –repitió Lincoln extrañado.
–Pasen a ver.
Al ingresar al taller, los niños Loud se encontraron con que en la planta de manufactura los que trabajaban no eran tiernos duendecillos como los que se veían en las tarjetas o las películas animadas, sino una infinidad de horribles engendros con mutaciones que no tenían nada que envidiarle a lo que se veía en el programa de cirugías plásticas feas. La mayoría tenían protuberancias que les deformaban el rostro, siameses muertos adheridos a alguna parte del cuerpo, extremidades adicionales, etcétera, etcétera, etcétera...
Tan horrible era el escenario, que hasta Lana se tuvo que cubrir la boca para evitar volver el estomago del asco.
–Empecé con una familia de duendes mágicos –siguió explicando Santa–. Pero cada año necesitaba más para darme abasto. Ahora son una raza enfermiza de desastres genéticos mutantes. Al menos la mitad nacen ciegos.
–¡WWAAAAHHH...! –oyeron gritar de dolor a uno de los pobres duendes deformes, cuya mano se le cosió horriblemente a un oso de peluche que había estado terminando de remendar en una maquina.
–El trabajo los destruye –contó Santa con pesar a los once hermanos–. Pero es que no conocen otra vida. Llegaron hasta el punto en que su instinto los domina, y al final soló caminan hasta la nieve y se mueren.
Como ejemplo de esto, los niños observaron a otro de los duendes mutantes desplomarse muerto ante una de las puertas abiertas del taller; soló para que inmediatamente fuera despedazado y devorado hasta los huesos por lo que parecía ser una jauría de fieros lobos hambrientos pero con cornamentas en sus cabezas, morros en lugar de hocicos y pesuñas en vez de garras que emergieron de las sombras.
–Y los renos se los comen –terminó de explicar Santa en referencia a lo que estaban observando, al tiempo que Leni se apresuraba a taparle los ojitos a Lily para que no fuese testigo de semejante carnicería–. Lo que convirtió a los renos en criaturas salvajes con una lujuria sangrienta por carne de duende... Ya ni siquiera rezo por ellos. No le veo el sentido. ¿Qué dios permitiría esto?
–Ninguno de los poemas o sonetos dice nada de esto –dijo Lucy. Incluso ella estaba igual de aterrada como todos de enterarse de como eran realmente las cosas en el taller de Santa.
–Literalmente esto es una historia de miedo –exclamó Lori.
–¿Cómo pudiste permitirlo? –preguntó Lincoln a Santa Claus.
–¿Yo? –repuso este–. Yo no hice esto. Fue la navidad.
Habiendo declarado esto ultimo, los duendes mutantes empezaron a darse de cabezazos contra las mesas y arrojar frustrados los juguetes, a romper a pisotones los aviones a escala y los robots a control remoto, a patear las casas de muñecas y arrancarles las cabezas a los ositos de peluche; para luego correr a rodear a Santa y a los hermanos Loud y ponerse a danzar al son de una tétrica tonada que empezó a sonar súbitamente.
–Muchas campanas podías escuchar y la navidad siempre estaba aquí
–canturreó el demacrado Santa Claus al ritmo de la lugubre tonada–.
Ahora ya ven, todo es al revés,
pues la navidad nos verá morir.
–Cientos de cartas nos enfurecían
–corearon al tiempo unos duendes que apilaban miles y miles de costales de correspondencia, tan grandes y pesados que algunos cedían y caían a aplastarlos como cucarachas de manera irremediable–.
Recibirlas, hoy en día,
no me hace feliz.
–Toma tu carta y rómpela así
–siguió cantando Santa quien cogió una carta y empezó a hacerla confeti de la rabia que sentía–.
Pues la navidad...
–¡Nos verá morir!
–corearon al unísono los duendes junto con el.
–¿Pues que no ves...
–empezó a cantar con voz melodiosa Luna, quien quiso convencerlo de que no desistiera–.
Que has vuelto sueños en realidad?...
¿Que no ves que una sonrisa vale algo más?
–¡Vete al diablo!
–contestó Santa arrojando con rabia más juguetes al piso y rompiéndolos a pisotones–.
¡Se acabó!
¡Yo renuncio hoy!
Esos sueños,
son malos,
y en los duendes se ve.
Los horribles duendes entonces agarraron a los once niños Loud y los subieron a una banda transportadora que pusieron en marcha, para que así pudieran recorrer el taller y ver las miserables condiciones en que trabajaban sin parar.
–Antes un duende guardaba juguetes y se divertía en navidad
–canturreó de nuevo Santa cuando se toparon con el al final de la banda transportadora–.
Fumaron crack y ahora esto es como Iraq.
Pues la navidad nos verá morir.
–Con cada tren hay dolor
–volvieron a corear los duendes mientras ensamblaban trenes a escala hasta el cansancio–.
Cada tren es trabajo que siempre hay que acabar.
–Dedos sangrando y un duende orinando
–canturreó Santa mostrando el horrendo panorama a su alrededor–.
La navidad nos verá morir.
–Pero no escuchas...
–canturreó suavemente Luna, mientras ella y sus hermanos guiaban a Santa a un vestidor y lo ayudaban a arreglarse comedidamente–.
Nuestra opinión,
confiamos en ti.
¿Que no ves que la navidad,
nos puede animar?
–En mi equipo
–canturreó Santa negando con la cabeza decepcionado–,
hay depresión,
y esa es la razón.
Tal vez creen,
que me veo bien,
¡pero soló tengo veintiocho!
Al final, unas gigantescas garras mecánicas descendieron de lo alto y tomaron de uno en uno a los niños Loud para llevarlos de vuelta al centro de la fabrica, en donde Santa y los duendes los rodearon para finalizar su numero musical.
–Cada campana
–cantaron todos ellos en coro–,
es un requiem atemporal,
que ni en el infierno,
¡y ahí hay trabajo también!
–Miren bien
–acabó de cantar el desdichado anciano, mientras otra garra mecánica descendía de lo alto y lo llevaba hacia la cima de la fábrica–.
Soy un hombre que no es feliz...
–Pues la navidad nos verá morir
–corearon al unísono los duendes que cargaron entre todos a los niños Loud y los llevaron hasta donde estaba Santa–.
¡Nos verá morir!
La navidad nos verá morir.
El numero terminó con cientos de duendes colgándose sin mas de los andamios y el pobre Santa Claus colapsando del cansancio delante de los niños Loud, quienes vieron con horror como se quedaba inconsciente y de su boca empezaba a escurrir sangre.
