–Y los niños Loud encontraron a Santa Claus –prosiguió Flip con la narración de la historia–. Pero no era lo que esperaban. Resultó que la creciente demanda cada navidad había destruido al pobre hombre... Ah, miren esto, me obsequiaron un pequeño helicóptero a control remoto.
Antes de continuar, el viejo quiso hacer una demostración poniendo a volar su juguete nuevo por la tienda.
–Fantastico, ¿no?... Oh, se rompió.
–No zé, hermanoz –dijo Lisa poco después de que los once Louds se ocuparan de auxiliar a Santa Claus y ella procediera a hacerle un chequeo medico–. Eztá delicado.
El avejentado y acabado viejo Noel yacía acostado en su cama conectado a una maquina de respiración y con un suero que se le estaba suministrando por vía intravenosa. A su lado estaba sentada su esposa, que desde luego también se mostraba muy preocupada por verlo en ese estado.
–Pero Lisa, tienes que hacer algo por el –insistió Lana–. Es navidad.
–¿Qué no ven que la navidad ez el problema? –aclaró la pequeña genio–. Ya no puede mantener eze ritmo. Zi zale ezta noche, morirá.
–¿Pero quién repartirá todos los obsequios? –preguntó Leni.
–Nosotros –respondió Lincoln con determinación.
–¿Qué? –exclamaron sorprendidas sus diez hermanas y la señora Claus.
–Niñas –habló el peliblanco a las pequeñas–, miren, tenían razón. Santa es real. Y necesita nuestra ayuda.
–Tiene razón –asintió Lori–. Tenemos que hacerlo.
–Si –secundó Lynn Jr. igual de decidida.
–Tranquilo, Santa –dijo Luna tomando al anciano de la mano con suavidad–. Veremos que haya navidad este año.
–Gracias, chicos –les sonrió el viejo–. Eso me da paz en este momento. Muy pronto estaré con Alá.
–¡¿Qué?! –se escandalizó Lori de oírlo decir eso ultimo.
–No le hagan caso –se apuró en excusarlo la señora Claus–, está delirando.
–Debemos darnos prisa –dijo Lola.
–Hay que preparar el trineo –igual hizo Lana.
–¿Nadie más se asustó por lo que dijo de Alá? –preguntó Luan a sus hermanos.
–No importa –contestó Lincoln–, tenemos que irnos.
Tan rápido como pudieron, los once hermanos se vistieron con uniformes rojos iguales a los del viejo barbón y alistaron el trineo para poder salir lo antes posible.
–¿Listos, chicos? –preguntó la más mayor una vez todos ellos estuvieron montados en el trineo con los renos atados a sus riendas y los obsequios cargados en el costal–. Despeguemos... ¡HIA!
Con un efusivo movimiento, Lori sacudió las riendas... Mas los renos no se inmutaron.
–Corran –ordenó volviendo a repetir la misma acción, pero sin conseguir nada –. ¡Arre!
–¡Vámonos, renos tontos! –les gritó Lynn a los animales que seguían sin moverse de donde estaban.
–No funciona –dijo Luna.
–Creo que hay que sobornarlos –sugirió Lola.
–Santa dijo que comen carne de duende –recordó Luan.
–Mien –avisó la pequeña Lily quien señaló con su manita, precisamente a un duende mutante que permanecía de pie en la nieve completamente inmóvil y con la mirada desorientada.
–Eh, disculpe... –lo llamó Lucy–. Señor...
Pero este no reaccionó.
–Señor duende –insistió en llamarlo Leni–. Oiga... ¿Hola?
–Joven... –igual hizo Lori.
–Creo que ni siquiera sabe donde está –comentó Lincoln.
–Eh, Lana –Lynn se inclinó a ver a la gemela de coletas–. ¿Quieres ir y...?
–Si –contestó esta bajando del trineo–, digo... Creo que puedo intentarlo.
Lana caminó hacia el duende y primero le pasó una mano frente a sus ojos a ver si con eso reaccionaba.
–Hola... –lo saludó sacudiéndolo del hombro–. Oye, amigo...
Como seguía sin responder o hacer algo, Lana se regresó a ver a sus hermanos y se encogió de hombros, luego sacó una navaja del ejercito suizo del bolsillo de su overol y con esta procedió a rebanarle una mano al duende que ni siquiera luchó para impedirlo.
–Bueno... –se acabó despidiendo de el sacudiendo la mano cercenada–. Adiós.
Después de esto, Lana volvió a subir al trineo y Lynn sacó una caña de pescar del costal con la que enganchó la mano del duende al anzuelo y luego usó para llamar la atención de los renos, que esta vez si levantaron el vuelo atraídos por el delicioso manjar que les pusieron adelante.
–¿Vieron eso? –comentó Lana en cuanto consiguieron despegar–. Ese reno hizo popó en la cara del otro reno, y el otro reno se la comió toda. ¿No es mágica la navidad?
–Bueno –indicó Luna ya bien avanzada su trayectoria–, según el mapa llegamos a la costa noreste de los Estados Unidos. Hay que aterrizar.
Entonces Lori hizo descender el trineo hasta que quedaron volando por arriba del primer vecindario según la ruta establecida.
–Muy bien, chicos, llegamos –dijo la mayor–, nuestra primera ciudad. Iré a esa azotea.
Dicho y echo, Lori maniobró las riendas para que los renos fueran a aterrizar en el primer tejado; pero al ir llegando la velocidad incrementó y el trineo se inclinó de lado.
–¡¿Por qué nos volteamos?! –preguntó Lincoln sujetándose de su asiento para no caerse.
–¡Es que nunca había aterrizado una de estas cosas!, ¡¿si?! –respondió la más mayor haciendo lo posible por hacer que los animales frenaran.
–¡Vamos muy rápido! –gritó Luan.
–¡Cuidado! –gritó Lola, momentos antes de que el trineo atravesara un pino de gran tamaño del cual los renos se enredaron a las ramas por sus amarres y luego fuera a aterrizar forzosamente encima de uno de los tejados.
¡POW! ¡CRASH! ¡KAPOOW!
–Está bien... –habló Lincoln con calma una vez pasado el impacto y de que se repusieran del susto al creer que morirían en un accidente aéreo–. De nuevo, ¿soy el único envuelto en llamas?... ¿Si?... Que bueno... ¡WAAAAAAHH...!
–Perfecto –dijo Luan en tanto su hermano prendido fuego saltaba del trineo para revolcarse frenéticamente en la nieve del tejado–, entramos a esta casa y luego a la que sigue.
–¿Pero y los renos? –preguntó Lana mirando a los animales que quedaron atrás y ahora colgaban del árbol con el que chocaron.
–Nha, luego los bajamos –dijo Lola–. Entremos por la chimenea.
Así, Lynn fue la primera en deslizarse por la chimenea de la primera casa, seguida por Lincoln tras haber conseguido apagar las llamas de su traje y después Lori.
Mas cuando esta ultima iba descendiendo, dio un paso en falso y acabó por resbalar y caer sentada encima de su hermano cuando este terminó de aterrizar.
–¡Ay! –se aquejó.
–Ups –se disculpó Lori quitándosele de encima–. Lo siento, Linc.
–Ten más cuidado.
–Bueno –dijo Lola al acabar de bajar por una cuerda después de Lori–, pongan los obsequios bajo el árbol.
–¿Los bajaste? –preguntó Lynn.
–¿No los bajaron ustedes? –preguntó en cambio Lola.
–Ay, por el amor de Dios –protestó Lori–. ¿Siguen en el trineo?
–Demonios –refunfuñó Lynn–. ¿En el techo?
–Ay, rayos.
Lincoln volvió a asomarse a la chimenea para pedirle a sus hermanas que aun estaban arriba que dieran arrojando los regalos, cuando oyó que algo se deslizaba por el tejado y caía a estrellarse en el jardín de en frente.
–¡Cuidado abajo! –se escuchó gritar a Lisa.
¡KAPOOW!
–Nop, están en el jardín –dijo Lola mirando por la ventana.
Total, que mientras las siete que quedaron arriba se las arreglaban para bajar al jardín, los otros cuatro salieron por la puerta de en frente y cargaron con los obsequios que se suponía debían repartir en esa casa.
No obstante las cosas se les siguieron complicando más, cuando al querer entrar de nuevo se encontraron con que la puerta estaba asegurada.
–No puede ser –gruñó Lori.
–¿No quitaste el seguro al salir? –le reclamó Lynn.
–Tu fuiste la ultima en salir –aclaró Lincoln.
–¿Y ahora cómo volveremos a entrar? –preguntó Lori.
–Nha, traigan una roca –sugirió Luna.
¡CRASH!
Después de romper una ventana e ingresar a esa casa de nuevo, esta vez los once entraron a colocar los obsequios como era debido... O eso creían.
–Oye, oye, oye... –reprendió Lana a Lucy por el modo en que los dispersaba bajo el árbol–. ¿Qué haces?
–Pongo los obsequios –respondió la gótica.
–Pero no de esa manera –la corrigió la otra gemela–. Grandes atrás y chicos al frente.
–Si, y ten cuidado, por Dios –añadió Luan que se puso a ordenarlos correctamente–. No son calzoncillos y calcetines donados por bomberos a un refugio para mujeres golpeadas. Son regalos de Santa. Tu tienes que...
–Oye, Lynn –le reclamó Lola a la castaña, a quien en el acto sorprendió acabarse toda la galleta que los niños de la casa habían dejado en un plato sobre el marco de la chimenea junto con una nota y un vaso de leche para acompañar–. ¿Te comiste toda la galleta?
–¿Qué? –se encogió de hombros Lynn en tanto se alzaba el vaso de leche–. Las dejaron para Santa. Somos Santa.
–Pero no te tenías que comer toda la galleta –explicó Lana con enfado–. Le das una mordida y un trago de leche. Así los niños saben que Santa estuvo aquí.
–No me griten –se defendió Lynn.
–No te estamos gritando –replicó Lola–, sólo te decimos como se hace. Necesitan una clase de señal de que Santa estuvo aquí.
–Ah, ¿qué les parece esta? –dijo Lynn regando lo que quedaba de la leche en la alfombra de la sala–. Miren, ahora sabrán que estuvo aquí.
–¡No hagaz ezo! –chilló Lisa.
–¡Basta! –las reprendió Lori a todas ellas.
–Oigan, estamos repartiendo obsequios gratis, ¿si? –dijo Lynn–. Me comeré las malditas galletas si quiero. Es más, hasta me haré un sandwich.
–Espera –la llamó Lincoln al ver que se retiraba de la sala–, ¿a dónde vas?
–Voy a la cocina –respondió la muchacha mostrándoles a todos el dedo medio–. Me haré un sandwich o buscaré patatas o algo.
–Lynn, no hagas eso –se aproximó su hermano a reclamarle cuando se puso a esculcar en la alacena de la cocina y sacó una bolsa de frituras de ahí.
–Ay, demonios –bramó Lynn cuando al querer abrirla, lo hizo con tanta fuerza que las patatas se regaron por todo el piso de la cocina.
–Tarada –la insultó Luna al asomarse por el umbral.
–¿Quienes son ustedes?
Como si pareciera que las cosas no podían empeorar aun más, en ese momento el dueño de la casa entró a la cocina y encendió la luz.
–Ah... Hola –lo saludó Lynn nerviosa.
–¿Qué hacen en mi casa? –inquirió el hombre a todos los hermanos que acabaron de reunirse en el mismo lugar.
–Somos Santa Clau... –trató de explicarse Lincoln–. Ses.
–Si, Santa Claus –dijo con enfado el dueño de la casa quien se dispuso a marcar al 911 en su teléfono celular–. ¿Por eso rompieron la ventana? Llamaré a la policía.
–No, no, no, no, no –pidió Leni–. Podemos explicarlo.
–Si –afirmó Luna–. Es que bajamos por la chimenea, pero se nos olvidaron los obsequios.
–Si –rió con nerviosismo Luan–, de hecho es una historia gracio...
¡KAPOOW!
Pero antes de que pudieran continuar con su explicación, Lola sorprendió por detrás al dueño de la casa asestándole con un Bate de baseball en el craneo.
–¡¿Qué demonios haces?! –gritó un muy escandalizado Lincoln.
–¡Iba a llamar a la policía! –gritó Lola–. No puede denunciar a Santa Claus. Ayúdenme a mover su cuerpo.
Al final, a Lincoln y Lynn no les quedó de otra que arrastrar al pobre sujeto cuya cabeza sangraba hasta un armario y Luna y Luan les ayudaron a meterlo ahí adentro.
–Ay, sigue vivo –exclamó Lola al advertir que volvía a abrir los ojos, por lo que terminó de deshacerle el craneo con el bate–. Aténlo. Hay que hacer que esto parezca un robo.
–Buena idea –secundó Luan que cogió una mesa y la volcó.
–Oigan, mejor vámonos –sugirió Lori mientras ella y los demás terminaban de atar y amordazar al pobre incauto.
–Si, vámonos –asintió Lucy recibiéndole el bate a Lola, en el que leyó la tarjeta que venía atada al mango–. Sólo volveré a envolver este bate para... Johnny. Hay que quitarle toda la sangre y cabello de su padre.
–Papi –oyeron a la vocecita de alguien más que venía bajando por las escaleras–, quiero un vaso de agua.
–¡#*t %!Y&! –balbuceó Lily en el acto.
–Hola –se aproximó Lincoln a saludar disimuladamente a la chiquilla en pijama que acababa de bajar a la sala–. ¿Cómo te va?
–¿Quién eres tu? –preguntó la nena inocentemente.
–Soy Santa –respondió el albino.
–¿Tu eres Santa?
–Si, sólo que me puse a dieta y me afeite la barba este año.
–¡¿Quiénes son ustedes?! –preguntó seguidamente la aterrada madre de la niña que acabó por bajar también–. ¿Dónde está Josh?
Al volverse, la mujer llegó a observar la cabeza sangrante de su marido asomando por la puerta entreabierta del armario, por lo que rápidamente agarró a su hija y echó a correr hacia la puerta.
–¡Maldición! –exclamó Lana quien junto con Lola se arrojó contra la mujer para retenerla ahí–. ¡Rápido, Lynn, trae el bate!
–¡Auxilio...! –gritaba la madre de la niña mientras forcejeaba por soltarse del agarre de las gemelas–. ¡Auxilio...!
Entonces, Lynn no tuvo otra opción que noquear de un batazo a la señora con tal de evitar que fuera a denunciarlos.
–¡Mami! –chilló la niña al presenciar tan violenta escena–. ¡Mami!
–¡Tranquila, tranquila! –trató de calmarla Leni.
–¡Chicos, busquen cinta adhesiva! –indicó en tanto Luan.
–¡No puede ser, no puede ser, no puede ser...! –balbuceaba Luna mientras que ella, Lori, Lucy, Lincoln y Lisa revolvían los cajones, hasta encontrar la cinta con la que amordazaron a la hija del matrimonio que acababan de asesinar.
–¡Vamos a limpiar esta casa! –ordenó Lori.
–Lana, Lisa –las llamó Lincoln–, ustedes vayan a encargarse del trineo y los renos. Luna, Luan, Lynn, vayan y ayúdenlas.
–Si –asintieron las cinco.
Poco más de una hora después, Lori, Lincoln, Lucy y Lola terminaron de atar a la familia de esa casa a unas sillas y de limpiar toda la sangre y posible rastro de sus huellas que pudieran incriminarlos.
–Listo –dijo Lola en cuanto acabaron–. Esa fue toda la sangre.
–Lincoln, busca al otro niño –ordenó Lori.
–¿Cuál otro niño? –preguntó el albino.
–Johnny –aclaró Lola mostrándole la tarjeta del bate ensangrentado–. El que pidió el bate.
–Ah, si.
Como tal, el chico se apuró en ir a revisar cada alcoba en busca del ultimo testigo, entretanto Leni –traumada con aquella experiencia para el resto de su vida– hacía lo posible por mantener entretenida a Lily jugando tortillitas de manteca con ella y cosas así para que se involucrara lo menos posible en aquel horrible incidente.
–¡Chicas! –avisó Lincoln–. Aquí sólo hay una habitación.
–¿Qué? –exclamó Lori.
–¿Tienes un hermano? –se regresó a preguntar Lola a la niña a la que habían atado a una silla, quien en respuesta negó asustada con la cabeza–. ¿Y quién diablos es Joh...? Ay, no puede ser. Es la casa equivocada.
Y si pensaban que la situación no podía empeorar más, en ese momento se oyeron a unas sirenas policiacas aproximarse del otro lado de la calle.
–Activamos la alarma –volvió a avisar Lincoln al regresar–. Ya viene la policía, vámonos.
–¿Qué, nos iremos así nada más? –preguntó Lucy–. Creí que no querías arruinar la navidad.
–¡Ya está arruinada! –declaró su hermano a gritos–. ¡Esta fue sólo una casa y llevamos aquí hora y media! ¡Una hora y me...! En primera, ya no somos Santa. Esto fue un robo a casa habitación. ¡Una hora y media, chicas! Va a amanecer en seis horas, y tenemos que repartir al resto del mundo. ¡Sólo en esta manzana hay doce edificios de apartamentos!
–Como que tienes razón –secundó una muy angustiada Leni–. Digo, ¿en que estábamos pensando?
–¡Aja! –asintió Lily a quien sostenía en sus brazos.
–Con razón Santa se volvió loco –terció Lucy–. Esto es ridiculo, no podemos hacerlo.
–¡Nadie puede! –declaró Lori–. ¡Literalmente es inhumano!
–Ya vámonos de aquí –dijo Lola.
Así, la mitad de los hermanos salieron de la casa y fueron a subirse al trineo que la otra mitad se había encargado de arreglar para poner en marcha, a sabiendas también de que la policía llegaría pronto.
–Esperen –habló Lori al advertir que nada tiraba del trineo–. ¿Qué pasó con los renos?
–Al diablo con los renos –dijo Lana señalando al árbol del que todavía colgaba la manada de sus amarres, o al menos lo que quedaba de ella–. Miren, se están comiendo entre ellos.
–Ademáz, no hazen falta –aclaró Lisa–. Hize unaz modificacionez. Zujetense.
Habiendo explicado esto ultimo, la niña genio oprimió los botones de un mando a distancia y unos alerones con cohetes propulsores integrados salieron desplegados de los costados del trineo que a los pocos segundos despegó con los once hermanos a bordo; justo a tiempo, antes de que tres patrullas aparcaran afuera de la casa en que sin querer habían cometido vandalismo y asesinato cuando su única intención allí era ir a repartir obsequios de navidad.
–Literalmente –suspiró Lori con voz cansada mientras se alejaban volando y Luna a su vez se limitaba a arrojar el costal del trineo para aligerar la carga–, eso fue un desastre.
–No puedo creerlo –exclamó Luan–. Ibamos a salvar la navidad y echamos todo a perder.
–Le fallamos a Santa –dijo Leni igual de entristecida que todos.
–No –negó Lori con la cabeza–, no le fallamos a Santa. Literalmente, el mundo le falló a Santa. El da, y da, y da y todos lo dimos por sentado. Es más, la mitad de nosotros ni siquiera creía que existía hasta anoche.
–¿Y ahora que vamos a hacer? –preguntó Lana.
–Es el fin de la navidad –dijo Lola cabizbaja.
–Tal vez... –comentó Lincoln rascándose la barbilla pensativo, pues ya estaba pensando en un plan–. Pero creo que se me ocurre algo que podemos hacer... Escuchen, les diré lo que haremos...
