La mañana siguiente, Lynn Sénior se levantó muy emocionado a primera hora y corrió a la sala. Mas su dicha se esfumó en un periquete cuando vio que Santa Claus no les había traído nada en absoluto.

–¡Rita! –llamó el hombre a su esposa–. ¡No hay obsequios bajo el árbol!

–¿Qué? –exclamó ella igual de estupefacta al salir de su habitación y confirmar que lo que decía su marido era cierto–. No puede ser.

–¡Señor Quejón! –llamó Lynn padre a su vecino al asomarse por la ventana–. ¡¿Recibió obsequios de navidad?!

–¡No! –respondió este.

–¡Yo tampoco! –avisó su otro vecino, el señor Yates, desde su casa.

–¡Yo recibí ocho cosas inútiles! –avisó Benny, el novio judío de su hija Luan.


Buenos días, Royal Woods –reportó Katherine Mulligan un par de horas después–. Nuestra historia principal: Santa Claus faltó a la navidad. Ciudadanos esperanzados del mundo despertaron y sólo encontraron decepción esta mañana al no haber regalos de Santa debajo del árbol. Los oficiales siguen la teoría de que todos nos portamos mal este año. La investigación de este misterio continúa con...

¡Esperen! –interrumpió en ese momento un joven peliblanco que irrumpió en el estudio de grabación y se puso frente a la cámara–. Yo sé que le pasó a la navidad.

–¡Lincoln! –exclamaron al tiempo el señor y la señora Loud al verlo salir tan repentinamente en las noticias matutinas.

Seguidamente, el chico le indicó con un gesto al camarógrafo que enfocara a sus diez hermanas que ingresaron después de el al estudio con el genuino y demacrado Santa Claus que habían conocido en el polo norte, a quien Lori llevaba empujando en una silla de ruedas con Lily sentada en su regazo. A su derecha Luan iba llevando el suero que tenía conectado por vía intravenosa y a su izquierda Lynn cargaba con el tanque de oxigeno que tenía conectado a su nariz mediante unas manguerillas.

¡Santa Claus! –exclamó Katherine, perpleja de verlo en semejante estado tan deplorable.

Así es –habló de nuevo Lincoln a la cámara–. Es Santa Claus. Y tienen que escucharnos. La razón de que no hubiera navidad este año es que este hombre está enfermo, muy enfermo, y debemos ayudarlo. Lo han marchitado años de avaricia y consumismo. El trabajo de cumplir nuestras listas lo tiene abrumado, y al paso que va tal vez no sobreviva otro año.

Mientras el albino daba su discurso por televisión, sus padres, sus amigos, sus conocidos, sus maestros, sus compañeros de escuela y todos en Royal Woods escuchaban atentamente lo que tenía que decir desde sus casas.

Pero, tenemos una manera de ayudarlo –continuó–: si todos, en todo el mundo, reducimos nuestras exigencias y sólo pedimos un obsequio de navidad por año, aun puede haber esperanza. Sé que no es nuestra naturaleza sacrificarnos, ni en momentos difíciles. Pero...

De nuevo señaló a Santa para que el camarógrafo lo enfocara y todos pudieran apreciar bien su aspecto moribundo y desgastado.

Si no lo hacemos –acabó de decir Lincoln–, tendremos que sacrificar la navidad por completo.

Bueno, amigos –siguió reportando Katherine a quien volvieron a enfocar con la cámara–, lo escucharon primero en las noticias del canal cinco. Tenemos que escoger. Un regalo de navidad por año para cada uno. ¿Podemos vivir con eso?

–Yo puedo –dijo sin mas Lynn Sénior.

–Yo también –secundó Rita.

–Nosotros podemos –dijeron los señores McBride en su casa.

–También yo –asintió Clyde.

–Puedo vivir con eso –igual hizo el señor Quejón en la suya.

–Cuenten conmigo –dijo Liam ante su tele en la cocina de su granja.

–Uno es suficiente –afirmó Rusty, a lo que su padre y su hermano asintieron con la cabeza.

–Si –dijo Zach.

–Yo puedo –declaró Stella.

–Un regalo me basta –dijo la maestra Johnson.

–Puedo sacrificarme –asintió Sam Sharp.

–Está bien, sólo uno –dijo Ronnie Anne que miraba las noticias de ese mismo canal en compañía de los Casagrande en su apartamento de Great Lake City–. Pero si no recibo la cancelación de este Spin Off mierdero que me arruinó como personaje, voy a tener que ir a partirles la madre a los del staff.


Un año después...

La siguiente navidad ocurrió un maravilloso milagro, y todo gracias a que el mensaje de Lincoln les llegó a todos en todo el mundo con ayuda de la magia de las redes sociales.

En un nuevo y acogedor taller hermosamente decorado, uno que ya no tenía nada que ver con la fabrica industrial que los niños Loud habían visto que contaminaba el aire y producía desechos tóxicos, y que además por fuera aparecía rodeado de una simpática aldea de duendecillos conformada por pequeñas casitas de pan de jengibre; ahí un alegre y revitalizado Santa Claus observaba como se trabajaba en un ambiente ameno y festivo como solía ser antes.

Ding, don. Ding, don. Ding, don. Ding, don...

–canturreaban mientras trabajaban los alegres duendecillos, que ya no eran esos horripilantes engendros mutantes–.

Para todos, juguetes habrá...


Así, esa misma noche el viejo y nuevamente alegre barrigón salió a repartir los regalos en todo el mundo a bordo de un trineo que esta vez era tirado por un grupo de renos completamente normales.


La mañana de navidad entonces, cada quien recibió un sólo obsequio, si, pero con eso les bastó a todos, pues sabían el cariño que Santa Claus depositó en todos estos con tal de alegrar a cada persona en el mundo.

En la residencia McBride, por ejemplo, Howard recibió un jarrón de la dinastía Ming, Harold un chaleco nuevo y Clyde un plato conmemorativo del programa de postres de edición limitada que podría sumar a su colección.

De este mismo modo, Liam recibió una nueva azada para su huerta, Zach unos lentes de visión infrarroja con los que podría espiar a cualquier vecino que creyera era un extraterrestre disfrazado, Rusty un calendario de Hooters y Stella un dron ultimo modelo que añadió a su equipo tecnológico.

En su casa, el señor Quejón desenvolvió con alegría un rotulo nuevecito que rezaba:

¡Aléjese!
¡Mi Patio!
¡Mi Propiedad!

De igual forma, los Yates recibieron blanqueadores de dientes para cada uno y la maestra Johnson un nuevo tapete de Yoga.

Y en la gran ciudad, los Casagrande también recibieron su respectivo regalo que los alegró la mañana de navidad.

La señora Rosa obtuvo un nuevo cucharón de madera, el abuelo Hector un peine para bigote, el tío Carlos una enciclopedia de ultima edición, la tía Frida una caja de acuarelas para sus pinturas, María Santiago un fonendoscopio, Carlota unas flamantes botas de temporada, Carlos Jr. un sombrero de pirata, Carl una figura de El Falcon de Fuego, Carlitos una sonaja muy colorida, Lalo un hueso muy grande para morder, Sergio una bazuca de malvaviscos, Bobby un delantal tejido a mano personalmente por la señora Claus que usaría en el mercado y Ronnie Anne...

Ella fue a abrir su regalo en su habitación a escondidas de los demás, ya que adentro venía un peluche igualito a Lincoln, el cual abrazó amorosamente contra su pecho al sacarlo de la caja, sin saber que su amiga Sid la espiaba por la ventana esbozando una picara sonrisa.

Y en la casa Loud, bueno, Lynn padre recibió una flamante espátula, Rita una novela sobre caballos salvajes, Lori un nuevo cargador para su teléfono, Leni un nuevo vestido de invierno, Luna una guitarra, Luan un monociclo, Lynn un balón de football americano, Lucy una capa negra, Lana un nuevo cinturón con herramientas y Lola una tiara, Lisa unas barras de uranio en su respectivo contenedor, Lily un osito de peluche y Lincoln...

El, para extrañeza de los demás, fue el que se mostró más contento al recibir unas esposas. Nadie en su familia tenía la más remota idea de porque lo contentaba tanto que le regalaran eso, pero al final no le prestaron mayor importancia si es que eso lo hacía feliz.


Y al anochecer, Flip salió a saludar a los Loud quienes se juntaron a cantar villancicos afuera de su gasolinera.

De tus problemas vas a salir

–cantaban en coro la gran familia, junto con Flip que también se les sumó–,

si con menos puedes vivir.
Y el amor de Santa te hará feliz...
Todo lo que pido...
Para esta navidad es...
Lo que quiero yo...
Tener...

–Miren –exclamó de pronto Leni que señaló a Santa Claus, a quien avistaron pasar volando por el cielo estrellado a bordo de su trineo.

–¡Adiós, Santa Claus, adiós...! –lo despidieron los Loud sacudiendo sus manos en lo alto.

–¡Ho, ho, ho...! –lo oyeron clamar mientras se alejaba volando–. ¡Feliz navidad...!

–Y otra vez –habló Flip regresándose a ver al lector para dar por finalizada esta historia–, gracias a los hermanos Loud, como cada año, ahí va de regreso a su taller, contento por haber cumplido su misión de hacer felices a los niños buenos.


Bienaventurados los que creen, porque ellos verán a Dios.
Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Feliz navidad les desea su buen amigo: StarcoFantasma.

FIN