Para Shadow, por Navidad, porque ojalá hubiera podido darle mejor regalo, pero va con cariño y buenos deseos. ¡Espero te guste!
Disclaimer reglamentario para decir que Digimon y sus personajes no son mios y etc.
Ave, Música y Cerezo
Miyako era una persona de ritmos, que se movía al son de su corazón y que dejaba que la percusión constante de su entorno dictara la dirección de sus pasos en la loca pista de baile que llamaba vida.
Ken era una constante, una corriente impasible, que podía moverse de lado a lado como sinuosa serpiente, si, pero continuando su marcha siempre, con una meta clara al final del camino, de la vida.
Miyako le vió ritmo un día a los pasos de Ken y él, tan acostumbrado a seguir avanzando, dejó que ella se acoplara a su velocidad, a su constancia, que aprovechara su impulso de ola abrazando la playa y juntos supieron darle sentido a esa nueva forma de navegar la vida, a ritmos de vaivén de barcaza contra la corriente.
Daisuke solía decirle a Ken que por aguantarla era un santo, que algún día tendría una estatua en su honor por lidiar con una persona tan intensa como ella y de paso haberse casado con ella voluntariamente.
Hikari solía decir que de todas sus amigas, la más lista era Miyako. No por las notas, no por el innegable genio y sus avispadas ocurrencias, sino porque de todos los chicos a su disposición se había quedado al mejor de todos los candidatos para ella sola.
Hikari y Daisuke no se ponían muy de acuerdo acerca de si Ken o Miyako eran los afortunados que se habían sacado la lotería por tenerse el uno al otro, pero debatiendo con respecto a si Ken era un pobre iluso por caer en los encantos Inoue o acaso Miyako era la suertuda que había logrado hacer caer a sus pies a Ichijouji, habían descubierto que tenían más en común de lo que esperaban y tal cómo Daisuke no entendió el cómo Ken se embobó por Miyako, Miyako no entendió como Hikari había acabado pasando sus tardes de la mano de Daisuke Motomiya.
La verdad es que de todos sus amigos, casi ninguno entendía realmente cómo funcionaban esas dos parejas. Miyako tan intensa, tan fogata de verano amenazando con ser incendio junto a Ken con la serenidad de un lago en calma en primavera, hacían sentido solo a Sora, precisamente porque su corazón actuaba como espejo y se reconocía.
Y es que Sora los entendía, porque así como los pasos de Miyako y Ken se enredaban en un eterno vals a destiempo donde se encontraban y reencontraban, juntando sus caminos entre los compases enrevesados de la vida, ella también había acomodado su vuelo al de otro loco con ritmo propio. Su Taichi.
Taichi, como Miyako, vivía con ritmo propio, un ritmo que le nacía del corazón, le llenaba las venas, a veces le nublaba la vista y siempre le tenía los pies en marcha de acá para allá. Era cabezota, decidido, encendía la mirada al menor descuido y también era intenso en su sentir, y aunque Sora, bajita pero pasión canela, le entendía, también le había costado seguirle el paso muchas veces, porque si Taichi era como Miyako, entonces ella misma era como Ken.
Sora no era impasible, pero era constante, no era sinuosa, sino más bien flexible, moldeable, como arcilla en manos de alfarero, Sora sabía darse forma y cambiar su molde para acomodar las emociones dentro sí y contenerlas sin derramarlas al mundo. En vez de ser río, era aire, era vuelo de ave en cielo de verano, sobre corrientes de viento, sobrevolando esos ritmos agitados que Taichi lograba marcar en su vida, primero como amigo, luego como su eterno enamorado.
A vuelo de golondrina, ella había sabido remontar las corrientes de aire tibio que Taichi levantaba de su propia fogata, elevándose más alto de lo que jamás habría podido sola.
Y por eso era Sora la que entendía a Miyako, que a su propio ritmo había sabido surfear la ola de voluntad y constancia férrea que era Ken, solo ella podía entender que Miyako se elevaba más alto que nadie gracias a la fuerza invisible pero muy real del que había elegido como su compañero.
Taichi por su lado no entendía a nadie.
No entendía a Miyako tan energética, tan vivaz, prendida de alguien con una cara tan estoica como la de Ken, tan analítico. No entendía a su hermana, que después de años de rechazar a Daisuke, un día en que él había decidido discutirle en vez de coquetearle, había acabado enamorándose, no entendía a Daisuke que parecía haber olvidado los años de rechazo constante y que ahora se la pasaba llevandole la contraria a Hikari con una sonrisa, pero por sobre todo no entendía a su Sora.
No entendía a Sora porque de todas las personas maravillosas en el mundo, Sora tenía que estar entre las que más, porque la veía planear sobre todos, viendo desde la altura cosas que él solía perderse, dichosamente ignorante de ser quién le daba el impulso para mantenerse a flote.
Miyako, entendía a Sora y a Taichi. A Sora, por motivos evidentemente ya discutidos, y a Taichi, porque conectaba profundamente con él sintiéndose brasa dormida entre las cenizas y despertando con furia entre nueva leña, si, pero también con el Taichi que no entendía a Sora. Ella no entendía a Ken.
Era natural que una persona como ella se enamorara locamente, sin remedio de una persona que tenía todo lo que ella jamás iba a tener, porque Ken si quería tenía el poder de apagar incendios tan solo con su voluntad, o de dejarlos arder por siempre si su misericordia no alcanzaba, pero ella solo tenía la opción de avivar el fuego. Ella, a ritmo de pasodoble, desbocada, no sabía frenar antes del barranco y saltaba muchas veces antes de pensar en las consecuencias, y él, océano infinito de reflexiones de madrugada, había elegido atajar su caída innumerables veces, sin juzgarla pero sin aplaudirle tampoco esos saltos mal calculados que le hacían serpentear su camino y desviarse para llevarla consigo. Miyako jamás iba a tener la calma fría y la paciencia tranquila de Ken y no entendía qué le había visto aunque sabía exactamente lo que ella había visto en él.
Hikari, de lejos, los entendía a todos a pesar de que ninguno, ni siquiera Daisuke la entendiera a ella.
Hikari comprendía la cualidad acuosa, intimidante pero al mismo tiempo reconfortante de Ken, y entendía que Miyako, al borde de quemarse en su propia llama, lo quisiera como lo quería. Entendía, que Ken, constante, imperturbable, se alineara a contratiempo con el jazz inconstante y único que rodeaba cada aspecto de Miyako, buscando un sonido diferente con el que sazonar sus días.
Hikari entendía que Sora, ave de Verano, con ojos de estrella adormecida, no podía elevarse sola si no tenía a su hermano, a Taichi. Y entendía que Taichi no entendiera a nadie porque Taichi tenía a medio camino el entenderse a sí mismo todavía y jamás se iba a acabar de creer que Sora, tan maravillosa, le quisiera en todo su caos de la manera en que lo hacía, y entendía que además, jamás lo iba a cuestionar, solo a agradecer.
Además de todo eso, Hikari entendía por qué un día le había empezado a gustar Daisuke. Sabía la hora, el lugar, el momento exacto. Lo recordaba con la misma precisión que podía evocar su propia fecha de cumpleaños, color favorito y la letra de la canción que escuchaba todas las mañanas al preparar el desayuno. Había sido tras la primera discusión que habían tenido donde ella no había sido el tema y donde no habían estado de acuerdo, cuando Daisuke había dicho que Ken era un tonto por aguantar a Miyako y ella había dicho que Ken era en realidad muy afortunado por tener a Miyako en su vida. No se habían entendido para nada, Daisuke incluso se había enfurruñado como crío y ella, terca como solo un Yagami podía serlo, se había encontrado disfrutando de la discusión y llevarle la contraria a Motomiya tanto, que luego había tenido que meterse con él solo por el gusto de verlo enojarse y llevarle la contraria como si no importara que ella fuese el eterno amor de su vida. En el momento que Daisuke había entendido que hace rato ya no discutían por Miyako y Ken, había empezado a disfrutar el meterse con ella de la misma forma que Hikari. Ayudaba bastante que se llevaran la contraria de la mano por el parque, camino al cine y comiendo helado también.
Y no es que a Hikari le gustara solo meterse con Daisuke para discutirle porque si, no, es que además había descubierto que tras las coquetería mal disimulada y la torpeza disfrazada de niñería, Daisuke era apasionado, terco como ella, pero visceral como Taichi, como Miyako. Y ay de Hikari, porque cómo quería a ambos. Había sido cosa de tiempo para descubrir en Daisuke un poquito de eso que Sora veía en Taichi y que Ken veía en Miyako y algo que solo Hikari veía en Daisuke. Porque Hikari se sentía como mariposa de papel peleando contra un tifón cuando de llevarse la contraria se trataba y tan rápido como se sentía en un torbellino, se encontraba venerada con la reverencia en que el último amanecer de invierno recibe la flor del primer cerezo. Daisuke era oportunidades, nuevos amaneceres, inicios continuos e interminables día tras día, segundo tras segundo y ella, siempre en contra del tiempo, se encontraba en un rincón del calendario donde podía ser eterna, si él se lo permitía. En el ojo del huracán.
Miyako eso sí, le hizo saber a Daisuke, que era un bobo pero sería un bobo máximo si alguna vez le rompía el corazón a Hikari. Ella sabía que él jamás sería capaz de hacerlo, o al menos no adrede, y sin embargo, frente a la perspectiva de ver a su mejor amiga junto a esa fuerza de la naturaleza, comprendió un poco más por qué asustaba tanto ver a alguien como ella junto a alguien como Ken. Después de todo Hikari no era delicada pero su fortaleza era como seda de araña, resistente contra toda fortaleza y mortal en contra de sus (escasos) enemigos, pero fácil de romper por manos torpes y descuidadas. Hikari era luz al final del túnel y luciérnaga en noche de campo, a veces encerrada en frascos de vidrio, por almas descuidadas y egoístas.
Por eso mismo, aunque no quería admitirlo, Miyako tuvo que ver con buenos ojos a Daisuke, que liberó a Hikari de una trampa de cristal para soltarla en un campo salvaje y crepuscular.
Taichi siguió sin entenderlo cuando Sora se lo quiso explicar. Ken, por otro lado, estuvo de acuerdo con Miyako cuando ella le confesó entre tresillas que por mucho que se la pasara peleando con Daisuke, le alegraba de corazón verle con Hikari, dejándola ser ella misma, impasible entre su tormenta.
El ave volaba sobre un incendio, la música remontaba la ola y ella, Hikari, era cerezo de primavera en el ojo del huracán.
Espero guste y no sea demasiado enredoso de leer, me volé un poquito iwi
