Los personajes de Love Live no me pertenecen.
…
– 3 –
Lo pies sobre la cama, el suave movimiento de ellos ante el aburrimiento que no se sentía satisfecho con lo que veían sus ojos. Una vez más el brazo estirado y el control remoto en su mano, a veces le sorprendía lo interminable que parecía la televisión de paga, pero siempre terminaba aburriéndole. Quizá podría pedir una película, sólo quizá, porque volvía a plantearse la idea de regresar. Pero estaba bien, se encontraba bien entre tantas comodidades. Lo que le incomodaba era siempre estar saliendo en las mañanas, pero si dejaba de ir a la escuela, su padre seguramente la buscaría, justo como la última vez.
Volvió a tomar una cucharita de aquel sofisticado postre que tenía sobre sus piernas, no le importaba ensuciar las colchas, de todos modos eran cambiadas cada día. El sabor ligeramente amargo, la consistencia cremosa y suave, el pan perfecto con un pequeño toque de alcohol. El chocolate era suizo y el licor ruso, aquel pastel era caro, pero era de sus favoritos. Únicamente le faltaba el café irlandés flameado que había pedido.
Tocaron la puerta, dejó el plato con la mitad de la rebanada de pastel sobre la cama y de un salto bajó de ésta. Caminó hasta dar con la puerta y al abrirla, por instinto, la cerró de golpe. No era el bartender con el carrito para todo el espectáculo que era preparar su dichoso café, sino su padre. Volvió a escuchar un par de golpes, suspiró profundamente y volvió a abrir. No había hecho nada malo, ¿o sí?
El hombre entró a la habitación hasta quedar cerca de la cama, iba y venía por todo el espacio que había. Eli cerró la puerta tras de sí, no sin antes poner un letrerito de "no molestar" sobre el picaporte. Se acercó a lo que estaba segura, sería el peor castigo de su corta vida. Sentada sobre la cama, esperaba el discurso de su padre. Lo vio detenerse, abrir ligeramente la boca, para cerrarla y volver a andar. Se acercó a la televisión, la apagó y se quedó un momento así, dándole la espalda.
– ¿En qué carajos estabas pensando, Eli? –su voz sonaba tranquila, pero el que le diera la espalda para empezar a hablar, no significaba nada bueno.
– Yo…
– No te he dicho que puedes hablar –le espetó fríamente y cerró los puños con fuerza–. Te he mantenido al margen de todas mis porquerías y siempre haces lo mismo…
Ambos guardaron silencio. El hombre suspiró profundamente, relajando los hombros y estirando sus manos, dio la vuelta para encararla. La menor abrió los ojos por la sorpresa mezclada con confusión, no podía distinguir el sentimiento que se adueñaba de su padre, aquella expresión era nueva.
– Te he dicho, te lo he dicho hasta el cansancio, que debes decirme dónde diablos estás –volvió a respirar–. Vaya que eres tonta escondiéndote, porque de no usar la tarjeta podría no haber dado contigo. ¿Y sabes qué pude haber pensado? ¿Sabes toda la mierda que pasaría por mi cabeza? ¡No, claro que no, porque eres una egoísta!
La rubia seguía en silencio, viendo el constante cambio en las expresiones de su progenitor, no estaba enojado, ahora lo sabía.
– Y eres tan descarada que incluso te das la buena vida –estiró ambos brazos para señalar los alrededores–. Yo no pienso pagar nada de esto. Ve buscando trabajo porque ya no te daré dinero que no sea para tu vida diaria con Umi.
– No necesito tu dinero, bien pude irme a otro lado –susurró.
– A mí nunca me vas a ver la cara de estúpido –frunció ligeramente el ceño–. ¿A cuál de tus noviecitas fuiste a ver?
– No tengo noviecitas –desvió ligeramente la mirada.
Empezó a reírse amargamente, se acercó a ella y poniéndose de cuclillas, recargándose en las piernas de su hija, la miró a los ojos.
– Siento pena por Umi que se casará contigo. Y pensar que intentó protegerte… –el dolor escapó con aquellas palabras–. Sé que sigues enamorada, que la ves a veces y que no lo dejarás de hacer. Pero Umi no es un adorno que viene con todo y la casa, no es juego de tontos, ni una persona cualquiera.
Se levantó y empezó a dirigirse a la puerta. Eli lo acompañó, más por consternación que por otra cosa, y antes de verlo salir, le escuchó decir:
– Más te vale no dejarla sola otra vez –y azotó la puerta.
Eli permaneció estática por un momento. Había visto a su padre enrojecer de coraje, llorar de rabia, alegría, tristeza y miedo, había sido testigo de la confusión, del malestar, de los agrios sinsabores que le hacía pasar, pero nunca lo había visto desilusionado. Ella, que siempre pensó que su padre no esperaba nada de ella, que no tenía expectativas sobre lo que sería su vida porque en realidad nunca había mostrado el interés, ahora venía y se atrevía a exhibir su indignación. No, él no era alguien que pudiera decirle qué merecía y qué no, ni tampoco quién para juzgarla en su actuar. No cuando de él aprendió a huir.
Con la ira carcomiéndole las entrañas, salió de la habitación, no importándole el pedazo de pastel que había dejado, ni el bartender que venía en su dirección y aún menos lo tarde que era. Pasó por el lobby, fue directamente a la recepción, pagó todo lo que debía y al ver la exuberante suma recordó que tenía que encontrar la manera de pagárselo a su padre. Permaneció en la calle, a la espera de que algún botones le regresara el carro. Y con la radio encendida, escuchando un poco de rock que le apaciguara el fuego, regresó a casa.
Encontró el lugar a oscuras, lo pensó demasiado tarde, es más, ni siquiera lo había pensado. Se quedó un momento en la seguridad de las luces internas del vehículo, afuera todo era consumido por la negra noche. Respiró hondo y, armándose de valor, recorrió lo más rápido que pudo la corta distancia que quedaba de su carro a la puerta de la casa. Como si la oscuridad fuera una enfermedad, se adentró dando un golpe con la puerta.
A tientas prendió las luces de la casa, únicamente las de la sala. El lugar se iluminó de golpe y la saludó un impecable vestíbulo. Fue a la cocina con un poco más de confianza al saber que el lugar estaba parcialmente alumbrado, buscó en el refrigerador algo que le atontara el sentimiento y lo encontró: un par de cervezas que había comprado en su primera visita. Con el encendedor que siempre cargaba en los bolsillos las destapó y fue a sentarse al sillón más grande de la sala. Suerte que la noche era fresca y no necesitaría pasar a la habitación, no quería molestar tampoco. Se tomó ambas botellas con una velocidad atroz, como si estuviera realmente sedienta, con el dulzor del pastel todavía en su estómago empezó a sentir los estragos del alcohol y se quedó profundamente dormida en cuestión de minutos.
Atribuyó su despertar a los olores que inundaron su nariz, uno era comida y otro se trataba de lavanda combinado con algo un poco más dulzón que le picaba en el tabique. Encogió la nariz repetidas veces y al abrir los ojos vio la cobija que le tapaba todo el cuerpo y parte del rostro. No la reconoció, debía ser de la peliazul. Se levantó suavemente, un ligero dolor de cabeza le dio los buenos días, junto con una chica en la cocina que se encontraba de espalda. Volvió a recostarse, sobándose las sienes. Hacía tiempo que había dejado de tomar…
– ¿Gusta desayunar, Ayase-san? –se escuchó desde la cocina.
– Te lo vuelvo a repetir, dime Eli –estiró su brazo para que sobresaliera del sillón y así poder saludarla–. Y sí, por favor.
Sus oídos fueron testigos del ir y venir de los pasos lentos de la chica, del cómo acomodaba los platos, vasos y cubiertos en la mesa, para terminar llamándola por su apellido, nuevamente. Suspiró con resignación. Se levantó despacio para evitar que la cabeza le doliera de golpe y así poder sentarse a desayunar sin el mal humor que le causaría una jaqueca.
Se sentó de frente a Umi, quien comía en silencio. Dio el primer bocado y atinó con el recuerdo de la comida casera de su madre, no era lo mismo que comer en un restaurante muy elegante, donde lo que te sirven no llena ni la cuarta parte, porque una mitad era alimento y la otra cariño. Y mientras degustaba la comida, escrutó a su compañera. Las únicas dos veces que la había visto, cuando las presentaron y al día siguiente, la vio vestida con ropas neutras y nada llamativas, muy anticuadas, una indumentaria totalmente diferente a las mujeres que ella acostumbraba ver por todas las veces que su padre, entre bromas y para joderle la existencia, le había llevado alguna "señorita" a su cuarto. Sin embargo, ese día llevaba un lindo vestido azul índigo con holanes adornado de flores, que le ceñía ligeramente el torso y dejaba al descubierto sus pálidas piernas y el par de zapatillas bajas que llevaba.
– ¿A dónde vas? –le preguntó con la comida aún en la boca.
– Con mi padre –pestañeó varias veces antes de contestar, le había parecido algo agresiva la pregunta.
– ¿No viene mañana?
– Sí…
– Salgamos a algún lado –le dijo con una encantadora sonrisa, ganándose un ligero sonrojo de la otra.
– Mi padre no me perdonaría si lo dejo plantado –carraspeó.
– Llámale.
– No.
– Por favor –puso su rostro sobre una de sus manos, mirándola fijamente a los ojos, sin vacilar.
Ensanchó su sonrisa cuando vio batallar a Umi internamente sobre sus convicciones, principios y educación. Era demasiado amable, cosa que no siempre es buena. Después de fruncir el ceño y dedicarle una mirada desaprobatoria, bufó resignada y tomó su celular.
– Habla Umi, padre –unos segundos de silencio, volvió a ver a aquel par de celestes que seguían risueños–. Verá, Ayase-san me ha pedido que salgamos, pero le he dicho que no puedo porque… –su rostro palideció aún más–. Pero… No, está bien, padre.
Cortó la llamada, agachó la cabeza por el extraño sentimiento de saber que no vería a su padre. Volvió a enojarse cuando escuchó la risa de la rubia, levantó el rostro para ver aquella cara reluciente.
– Me bañaré para que salgamos –se puso de pie para encaminarse al sanitario. En el pasillo le gritó–. ¡Escoge el lugar al que quieras ir!
La peliazul se quedó sentada, un tanto acongojada por la situación. ¿Hace cuánto no salía? Además de ir a casa de Honoka, de salir con sus amigas muy rara vez a plazas o algún lugar para comer, no había ido a algún otro lado. Se levantó para recoger la mesa y lavar los trastes. Ahora recordaba algo en suma importante, necesitaba escribir algo sino sería derrotada por su pereza. Eso era, aprovecharía la situación para despejar un poco su mente y poder dejar fluir su lado creativo, pero… ¿con ella? No. Tendrían que ir a un lugar donde no hubiera cupo para la charla. Descartó en segundos espacios al aire libre y restaurantes. ¡El cine! Aunque era algo muy íntimo. Empero, serían pareja. Sacudió la cabeza, eso era demasiado vergonzoso.
Terminó con la limpieza de los trastes y decidió sentarse en el sillón a la espera de que la rusa saliera. Su mente desfiló por recuerdos, aquellos en los que su madre la llevaba al cine o cuando su padre le ponía películas de culto y artísticas para ampliar sus conocimientos. Sin duda, prefería los libros, como sus abuelos. Sería mejor ver una película cualquiera, porque ir a ver una de arte sería entrar en debate con la rubia. ¿Acaso sería lo suficientemente astuta?
Desperdició largo rato pensando en los pros y los contras de ir al cine con aquella chica de la cual apenas sabía su nombre y que por cierto, se negaba a decir. Cosa de orgullo, disfrazado de respeto, claro. Y su ensimismamiento llegó a tales profundidades que no se percató de que aquella chica estaba sentada a su lado, con un pie sobre su rodilla, los brazos cruzados y una sonrisa ladeada.
– Umi –canturreó, lo que hizo que la otra diera un respingo–. ¿Lista?
La nombrada asintió y se atavió un suéter color crema que tenía preparado. Salieron de la casa y de nuevo la muestra de caballerosidad, le abrió la puerta del auto, le ayudó a sentarse, cerró la puerta y dio la vuelta para acompañarla. La radio permaneció en silencio, así como ellas. Eli aún no arrancaba, sólo mantenía las manos en el volante. Su agarre se reforzaba y debilitaba intermitentemente, en segundos estaba jugando con sus dedos y de repente se detuvo.
– Lo siento.
– ¿Su padre le pidió hacer esto?
– No –volteó a verla–. Soy mala afrontando cambios, pero esto tiene remedio.
– Vamos al cine, por favor.
– No lo hagas parecer como si realmente me costara –suspiró y empezó a andar– ¿Quieres cine del bueno o del comercial?
– No creo que el cine comercial sea del todo malo –comentó mientras miraba aburrida por la ventana.
Escuchó la risa de la rubia, parecía ser una persona de risa fácil. De nuevo, hizo a sus ojos viajar rápidamente por la figura de la otra, llevaba un suéter de cuello de tortuga color verde, un pantalón de gamuza color hueso y unas botas marrones. Bufó. Esa mujer se veía bien con todo, estaba segura que si le ponía cualquier harapo maltrecho, ella lo luciría como si se tratara de lo último en la moda.
– Vale, vale, quizá mi comentario no fue del todo inteligente –siguió con la vista sobre el camino–, es lo que pasa cuando estudias Artes Visuales y se te sube a la cabeza.
Un nuevo dato. Eli Ayase, la rusa que estudia Artes Visuales. Nota mental de Umi.
– Venga, que esto lo hago para que dejes de verme como si fuera el mal encarnado –volvió a reír, una risa suave, melodiosa– y para quitar ese ceño fruncido que tienes instalado cada que estoy a tu lado.
– Como si realmente lo estuviera… –susurró.
– ¿Umi?
– ¿Si?
– Algún día te enamorarás de mí.
…
…
Dos barras de chocolate, un refresco grande, un bote de palomitas grande, unos nachos con extra queso, gomitas. Ahora dudaba de la buena alimentación de Eli. Estaban sentadas en unos pequeños sillones que se encontraban rayanos a la entrada de las salas. Su función todavía no empezaba, muy a pesar de la peliazul. Ambas reacias a ver el filme de terror que era el que estaba inmediato a su llegada, decidieron checar otras. La de romance fue descartada por Umi, la de acción por la rubia. Y ahora esperaban a que su película infantil, producción de Disney, se acercara.
Sí, Umi sentía un gusto culposo por las películas de animación, en su fuero interno bailoteaba, mientras que por fuera se mantenía impasible. A excepción de la mueca incrédula al ver el bote de palomitas a la mitad después de alrededor de 5 minutos que habían estado sentadas sin dirigirse palabra alguna. Era el interminable ir y venir de su mano a la boca, mientras ella daba pequeños sorbos a su agua de sabor natural, porque el refresco no le entraba ni a regañadientes. Faltaba aproximadamente una hora para que la función empezara.
– Si querías un vaso con muñeco, debiste pedirlo –rompió el silencio la mayor–. Vi como mirabas al niño que tenía el vaso de Olaf.
– N-no, no sé de qué habla –su sonrojo la delataba, como siempre.
– Sí que eres inocente.
– ¿En serio se comerá todo eso? –primer intento para evadir el tema de las películas infantiles.
– Mmmnn –se quedó un momento en silencio, observando cómo, principalmente los chicos, se les quedaban viendo. Si supieran–. Lo compré por si querías algo. De todos modos me acostumbré a comer otro tipo de cosas en el cine y tendré que mitigar el ansia con comida.
– ¿Qué otro tipo de cosas se puede comer en el cine? –Se le quedó mirando con seriedad– No te permiten entrar con alimentos que no sean de la franquicia.
– Oh… –la rubia la miró de reojo, volvió a sonreír juguetonamente y cruzó sus piernas. En uno de los soportes del sillón posó su brazo y sobre la mano recargó su rostro–. ¿Has tenido novio? ¿Quizá novia?
– No tengo tiempo para esas cosas –espetó ligeramente nerviosa.
– Ooohh –intentó dar con aquella mirada que le era esquiva– Entonces nunca has tenido relaciones sex…
– ¡Por dios, eres una sinvergüenza! –Le reprendió completamente roja– Descarada… aparte, sólo tengo 16 años.
– Bueno… –se rascó la mejilla suavemente. El recuerdo de su precoz inicio a la vida sexual le hizo sonrojarse suavemente–. Tampoco es como que sea muy relevante. Lo importante aquí es que por fin me tuteaste.
– Lo siento, Ayase-san –agachó un poco la cabeza.
– No des el paso atrás, en serio no me molestaré si me dices Eli.
– Lo pensaré –le dijo y le dedicó una sonrisa disuelta en su vergüenza.
Ese pequeño instante se la pasaron hablando de cosas sin importancia, siempre se inicia así, por nimiedades. Ninguna quiso profundizar en el tema de los gustos, quizá porque realmente ninguna estaba dispuesta a conocer a la otra, o tal vez a dejarse conocer. La película estaba cercana a iniciar cuando se levantaron para ir a la sala, la rubia llevaba todo en una pequeña charola de plástico negra, la menor llevaba su refresco en una mano y en la otra los boletos. Se sentaron en sus respectivos asientos, por suerte era temprano y aún la gente no atiborraba el lugar. Se escuchaba a lo lejos la risa de algunos niños, junto con los característicos ruidos molestos que siempre emiten cuando están emocionados.
No tardó mucho en hacerse la oscuridad y que la luz llegara hasta la pantalla. ¿Una película infantil, eh? Pensó Eli, mientras miraba con curiosidad como la otra chica centraba toda su atención al frente. Abrió una de las barras de chocolate y dándole una mordida, a su memoria llegó el vivido recuerdo de su última vez en el cine. No es que fuera realmente impúdica, pero sus últimas experiencias en el cine se resumían a una película de romance, mañosamente elegida, para terminar con la chica sobre ella besándola con avidez, incluso más. Agradecía que el lugar estuviera ligeramente a oscuras y que la peliazul no estuviera prestándole atención.
Se removió incómoda en su lugar por el reciente subidón de temperatura que experimentó su cuerpo. Era casi un mes desde que no la había visto. Sacó su celular y empezó a escribir un mensaje, deteniéndose a pensar en las palabras concretas que utilizaría para lograr el acometido, quizá en un rato o a la mañana siguiente. Cuando estaba por poner aquel final picaresco, demasiado sugerente, el móvil le fue arrancado de las manos. Miró consternada a su ladrona.
– No debes usar el celular dentro de la sala, puedes molestar a los otros–a sus ojos llegó un pequeño vistazo del mensaje.
¿Recuerdas lo que terminamos comiendo aquella vez que fuimos al cine? El postre siempre es lo mejor, sobre todo cuando tiene sabor a…
– Tsk, sí abuela –se cruzó de brazos y puso cara de fastidio.
No supo en qué punto de la película, el calor propio y el emitido por el cuerpo que se encontraba a su lado, la adormeció. Era la mezcla entre la calidez y el dulce aroma de la parsimonia. Las constantes risas que escuchaba ante aquello que a ella sólo le hacía bostezar o aquel melifluo sonido de la respiración acompasada. Sencillamente le era embriagadora la sensación totalmente alejada del erotismo al que estaba acostumbrada.
El delicado tacto de un pulgar sobre la comisura de sus labios, el suave llamado de un cariño que aún no le pertenecía. Despertó de golpe, dando un pequeño brinco en su asiento. Aún sentía el choque eléctrico por su espalda. La peliazul la miraba consternada, posó una de sus manos sobre sus labios y empezó a reírse. Eli abrió los ojos, sorpresa pura.
…
…
– ¿Estás segura que no hay problema? –Vio asentir a la peliazul–. De todos modos ya te di mi número por cualquier cosa, no dudes en llamar.
– ¿Regresará mañana, Eli-san? –preguntó con un toque de melancolía.
– Espero que sí –sonrió nerviosamente.
– Gracias por lo de hoy –carraspeó para salir huyendo en los interiores del dojo de su padre.
Eso contaba como un avance, ¿no? Sonrió divertida mientras permanecía frente a la puerta cerrada del dojo. Volvió a adentrarse en su carro que ahora estaba inundado por una fragancia que le era ajena, pero que no le aquejaba. Condujo hacia el sur, con un poco de música a bajo volumen. Se sentía bien recibir una sonrisa sincera. Después de ver la película y de la queja por quedarse dormida, parecía que Umi había sufrido un retroceso en su madurez emocional y se encontró con aquella niña que le sonreía y le hablaba amenamente sobre cosas superfluas. Supo de la existencia de sus amigas y parte de su rutina en la escuela.
Miraba al exterior, eran lares conocidos para ella después de 3 años de conocerlos y de casi dos de frecuentarlos, era de esperarse que la sonrisa bobalicona se apoderada de su rostro. Había olvidado lo que era conocer a otra persona desde cero, Tan habituada estaba a lo que tenía actualmente, que nunca creyó que fuera necesario volver a iniciar con todos aquellos rituales que siempre realizaba mecánicamente en compañía de su padre por cuestiones de trabajo.
Se adentró en el estacionamiento de un edificio de departamentos habitacionales, buscó el lugar que le correspondía. Se estacionó, bajó del coche y pasando por la recepción, en donde ya era reconocida, fue directamente a su destino. Subió las escaleras porque sintió una inusitada energía, el tercer piso, el departamento 302. Se quedó un rato de pie sin mover ningún musculo, respiró profundamente y tocó la puerta. Escuchó los pasos, la cerradura, la puerta se abrió y lo primero que vieron sus ojos fue el par de iris esmeralda que en segundos la reconocieron.
– Elicchi –aquella sonrisa que era una bienvenida–, no te esperaba aquí.
– Lo sé, espero no estés ocupada, Nozomi –se adentró al lugar y cerró la puerta dejando atrás un pasillo vacío, triste y solitario. En ese lugar no había cupo para otra persona.
– Tienes suerte de que no me llamaran del templo –se acercó a la rubia, abrazándola por unos segundos. Cuando su nariz dio con la esencia de la otra, suspiró y empezó a reírse suavemente–. Hueles a palomitas y chocolate, ¿fuiste al cine sin mí?
– Tuve que –contestó, separándose lentamente de ella. Se encaminó al sillón más próximo, con la pelimorada siguiéndole los pasos–. Esta vez no tiene remedio.
– ¿Cuántas veces tu padre intentara separarte de mí? –se sentó a su lado, ladeando un poco su cuerpo para quedar de frente. Le dedicó una mirada llena de cariño cuando la vio encogerse de hombros.
– Fui a ver una película para niños –empezó a reírse– y me quedé dormida.
– ¿Acaso Elicchi hace de niñera ahora?
– ¡No! Esta vez salí con una chica dos años menor que yo, al parecer gusta de esas películas, es una niña muy rara –comentó haciendo énfasis en la palabra niña.
– Tu padre cambió la estrategia a jovencitas –sonrió con malicia y alzó sugerentemente las cejas.
– No, con ella no me utiliza como su objeto fetichizable –se quedó meditando unos instantes–. Sinceramente no sé qué se trae detrás de esta movida.
Ella también lo vivenció, la manera en la que su padre solía utilizarla como objeto distractor para sus negocios, una chica linda que no pasa desapercibida y mucho menos con el gesto molesto, indignado, furioso, que te incitaba a seguir mirando en su dirección hasta sentir la palpitación de algo parecido al deseo momentáneo. Sin embargo en ella no fue efímero, sino un síntoma de aquel cariño demencial que sentía por ella. Se puso de pie y fue directamente a la cocina sin decir palabra alguna, sabía que la rubia la seguiría, tal y como ella lo hacía siempre que estaban cerca, a unos cuantos metros. Una compulsión de cercanía.
Se acercó a uno de los mesones de cocina, necesitaba preparar la comida, quizá sería la merienda por la hora. Bajó una pequeña tabla de uno de los gabinetes, y buscó un cuchillo en uno de los cajones. Estaba por voltear para buscar algo en el refrigerador, pero la aprisionaron unos brazos en su cintura, Eli la estaba abrazando desde la espalda y puso la cabeza sobre su hombro izquierdo.
– ¿Quieres de comer, Elicchi? –le preguntó mirándola de soslayo.
– Sí –hundió su rostro entre la melena morada e inhaló profundamente.
– Pero hazme un favor mientras preparo la comida.
– ¿Qué? –Volvió su rostro para poder mirarla– ¿Quieres que vaya por algo al súper? ¿Hace falta algo? ¿Chocolate derretido, quizá?
– No –negó con la cabeza–. Sé una buena novia y lava la ropa, también hay ropa sucia tuya.
Eli la soltó y la miró. Ella solía hacer lo que Nozomi le pidiera, sin embargo en cuestiones del hogar, no era nada buena. Por ello era la que traía las compras, la que la acercaba a algún lado cuando tenía que salir y la que la complacía en pequeños detalles. Su rostro cambió, frunció ligeramente el ceño e hizo un suave mohín.
– Vamos, Elicchi, no es la gran cosa, sólo la tienes que poner en la lavadora en automático –se giró para encarar sus cuerpos–. Sabes que conmigo no puedes ser caprichosa.
– Nozomi –se cruzó de brazos y bufó. Sintió como la otra chica la tomaba del rostro y le depositaba un suave beso en los labios.
– Extraño a la Elichika que se esforzaba en ser romántica y caritativa para conquistarme –le guiñó un ojo y con ello se ganó un sonrojo de parte de la rubia.
– E-está bien –suspiró resignada.
Estaba por salir de la cocina, cuando una mano la detuvo. Ladeó la cabeza para dar con unos ojos verdes que suplicaban cariño. Tragó saliva.
– Bésame.
La rusa se acercó a ella, la tomó por la cadera y le dio un tierno beso en los labios. Cuando volvió a verla, se sorprendió al ver el tremendo sonrojo que portaba.
– No… bésame bien –se removió incómoda, acercó sus manos peligrosamente a su cuello.
Sintió una inusitada sed al ver a la pelimorada de esa manera, no le era raro, pero siempre le era satisfactorio ver a una persona ceder ante sus brazos. Pasó rápidamente su vista al mesón, quitó con una de sus manos la tabla y a su vez alejó el cuchillo. Se agachó ligeramente para tomar a la chica por las caderas y obligarla a sentarse encima del mueble. En el instante en que sus piernas cedieron, cortó la distancia volviéndola casi nula, sus manos se posicionaron en su cintura de una manera posesiva y pegó sus labios a los otros.
Nozomi pasó sus brazos por los hombros de la rubia. Eran intermitentes los delicados besos que le depositaba en los labios, como tentando el terreno, sin poderlo evitar su sonrisa hizo aparición paulatinamente, dándole la señal a la otra de que podía continuar. Empezó a profundizar el beso, despacio, sin afán, lo hacía de una manera tan lenta que la otra comenzó a impacientarse hasta tomarla por el rostro y tomar el control del beso. De repente su mente se oscureció, sus labios temblaron sobre los otros, separándolos.
Eli suspiró de frustración, fue una respiración pesada y caliente que expulsó sobre los labios de la mayor. Sus manos se encontraban aferradas cual tenazas a las caderas ajenas, mientras que el agarre de Nozomi iba debilitándose.
– Te-tengo que hacer la comida –comentó sin siquiera mirarla a los ojos.
Alejó el cuerpo de la rubia del suyo, se bajó del mesón y empezó a buscar cosas en el refrigerador. El frío le dio de golpe en el rostro y se sintió estremecer cuando vio salir a Eli de la cocina. No quería mostrar debilidad, no ahora, pero no podía dejar de sentir aquella punzada de dolor que le era conocida. Porque su Elicchi traía impregnado, no sólo el olor de las palomitas, el chocolate y el cigarro, sino el de alguien más.
Más de un año en el que se había autoconvencido de que todo estaba bien, porque realmente las cosas marchaban de maravilla. Incluso hubo un momento donde parecía que todo había sido perdonado, quizá olvidado. Ya no había experimentado la contracción del cuerpo ajeno que le advertía que era tocado por otras manos. Empero, se dio cuenta de que todo ese tiempo únicamente evitó el tema, escondiéndolo debajo de todo el amor que sentía por ella.
Empezó a preparar las cosas mientras a lo lejos escuchaba el chorro de agua que debía estar llenando la lavadora. Un ruido estrepitoso le llegó a los oídos y en seguida un gritó de exasperación de aquella que intentaba poner a trabajar la máquina. Ladeó el rostro al reconocer aquella sensación de ser observada por el par de ojos azul cielo. Eli asomaba tímidamente parte de su cara por la entrada. Con una mano, le pidió a la pelimorada que se acercara.
– Creo que se descompuso tu lavadora… –carraspeó cuando la tuvo lo suficientemente cerca.
Nozomi la miró incrédula, no podía creer que realmente su novia fuera inútil en el hogar. Suspiró largamente, para después soltar una pequeña risa por lo que iba a hacer.
– Cuida que la comida no se queme –y desapareció antes de que la rubia pudiera objetar.
Vio la estufa con la sartén puesto en la lumbre. Se acercó lentamente a ver aquella rica carne que la chica estaba preparando. Sí, adoraba la sazón de la ojiverde. Tomó el utensilio por el mango de plástico recubierto con goma, agarró la cuchara y se dispuso a cuidar que su deliciosa carne no se quemara. Fue más fácil de lo que pensó, sonrió para sí con orgullo.
– ¡Qué linda vista! –suspiró imitando a una adolescente enamorada. Caminó entre pequeños brincos, le depositó un beso en la mejilla y le quitó la sartén de las manos–. Eres un amor, algo tonto, pero amor.
– Nozomi…
Comieron mientras platicaban de su día. La pelimorada le contó de todos los arreglos que se tenía pensado hacer en el templo para las festividades y que hacía poco encontró su viejo juego de cartas de tarot. Eli no le comentó mucho más de lo básico. Un poco de la escuela y de sus compañeros, porque así era ella y Nozomi lo sabía. Casi nunca hablaba de lo que le aquejaba, sólo cuando le era insoportable en la medida de lo que es compartible entre pareja.
Se pasaron al cuarto para acostarse y ver una película cualquiera bajo el resguardo de las cobijas. Nozomi abrazaba el brazo de la rubia para terminar entrelazando sus dedos con los de ella. De nuevo era aquel molesto aroma. Quizá cambió de perfume, se dijo a sí misma a modo de consuelo, sin lograr quitar la molestia. De repente le dieron ganas de arrancarle la ropa y restregar su cuerpo sobre el de ella para dejarla con su esencia y borrar la otra.
El timbre de un celular. Eli se soltó del agarre para buscar dentro de los bolsillos de su pantalón. Al sacar el móvil, leyó en la pantalla el nombre del contacto que le llamaba: "Problemas". Así le había puesto al número de su padre. Se levantó de la cama, debía contestar si no quería meterse en un buen lio. Decidió salir al patio.
– ¿Qué quieres? –contestó.
– ¿Estás en casa?
– No
– ¿Ahora dónde diablos estás? –Eli guardó silencio ante la pregunta– Oh… Tú sabes lo que haces, Elichika. ¿Umi está sola?
– No. Está con su padre.
– Estarás mañana con ella, ¿cierto?
– No. Hoy salí con ella, le quité el día con su padre, por lo que le dije que mañana no la molestaría –del otro lado de la línea su padre permaneció en silencio– ¿Por?
– Nada. Sólo quería saber si estabas comportándote.
Eli soltó una risa ácida.
– De ser así no estaría aquí… –bajó la voz.
– Lo sé. ¿Sabes? Deberías hablar con ella.
– ¿Con Nozomi? Ella no va a enten… –fue interrumpida abruptamente.
– Me refiero a Umi. A Nozomi no le debes ninguna explicación.
– ¿Por qué debería hablar con Umi?
– Sería la primera vez que harías lo correcto en una de tus relaciones.
La rubia abrió los ojos y cerró los puños del coraje. Estuvo a casi nada de aventar su celular al suelo para verlo quebrarse. Sin embargo, sólo lo sujetó con fuerza y con una voz cargada de ira y rencor, volvió a hablar.
– Púdrete –colgó.
Se quedó un rato afuera bajo la pálida luz del foco. Dejó que el frío le calmara los nervios y el calor que empezaba a emanar su cuerpo del coraje. Una vez se sintió más tranquila, regresó a la habitación. Nozomi seguía en la cama, con una mirada que le cuestionaba sobre su llamada y su rápida salida.
– Era mi padre –contestó sin necesidad de que se formulara la pregunta–. Anda un poco paranoico últimamente, siempre quiere saber dónde ando.
– Supongo que debe tener sus razones –se encogió de hombros, dio pequeñas palmaditas al espacio que había dejado libre–, ya ves que tu padre se maneja con gente de dudosa calaña.
– Siempre salgo embarrada en toda su porquería… –se acercó y se volvió a sentar.
– Todo sería más fácil si ya estuvieras viviendo conmigo –no era la primera vez que tocaban el tema, de hecho, parte de las pertenencias de la rubia, estaban en aquel lugar.
– No puedo –susurró.
– Tú nunca puedes.
– De verdad, Nozomi –por alguna razón, le había irritado el comentario.
– Ya somos de esas parejas, ¿no? –su voz sonaba extraña.
– ¿A qué te refieres?
– Sí, siempre que discutimos, lo solucionamos teniendo sexo –ese argumento tenía parte de verdad. Sin embargo, era su inusitada inseguridad la que hablaba por ella.
– Si no quieres acostarte conmigo no lo hagas –su padre le había jodido–. No es necesario que sea contigo…
– Ah… –disfrutó el agrio sabor del veneno, tanto que los ojos le empezaron a arder. Y con un poco de fuerza que encontró en el amor propio, se levantó de la cama para irse a encerrar al baño.
Después de permanecer un rato con los ojos cerrados, intentando controlar su respiración, se lavó el rostro que estaba hinchado y salífero. Fue bastante tiempo el que tardó en volver a probar la salinidad de sus lágrimas. ¿Cuánto más soportaría? ¿Por qué Eli estaba comportándose así? ¿Por qué carajos había llegado oliendo a alguien más? Se limpió la tristeza, se secó el llanto y salió del sanitario para encontrarse con Eli fuera de éste.
La tomó de la mano para regresar a la habitación, la sentó sobre la cama y la dejó ahí mientras buscaba un pijama para cambiarse ambas. Ella se cambió rápidamente, frente a ella, y le pasó el suyo a la rubia. Eli estaba por quitarse el suéter, pero Nozomi la detuvo. La desnudó y le ayudó a cambiarse. Todo en silencio, únicamente el ruido de la televisión de fondo.
– Lo siento –le dijo una vez que estuvo cambiada. Vio a la pelimorada pasarse de su lado de la cama, acostarse y taparse con las cobijas–. Nozomi, de verdad lo siento.
– Da igual –se volteó para verla y le pidió que se acostara.
Eli obedeció sin rechistar. Bajo las cobijas, sintió como Nozomi recargaba su cabeza sobre su pecho y la abrazó firmemente por la cintura. La mayor restregó el rostro en aquel suave lugar, sobretodo porque sintió demasiada alegría al notar que aquel aroma estaba impregnado en su ropa y no en su cuerpo. No como antes, cuando después de dejarse hacer tenía que meterse a bañar para quitar el aroma de la otra chica que también se le pegaba al cuerpo cual liquido viscoso. Levantó el rostro para encontrarse con el de la otra y depositarle un beso en los labios.
– Te amo –sentenció. Y vio aquella reacción que tanto le gustaba, el sonrojo violento de la rusa.
– Ha-harasho… –iba a decir otra cosa, pero no tuvo la oportunidad de hacerlo.
Aquella chica siguió besándola. Eli le acarició el rostro con una mano y fue como un interruptor para la otra, aquel botón que solía tener cuando apenas empezaban a salir. No había necesidad de mucho más que un par de besos, una caricia y una sonrisa para que su fuerza de voluntad terminara flaqueando. Detestaba que su debilidad tuviera nombre y apellido. A veces maldecía el momento en que la conoció, aquel día en que su amiga Nico le llevó a aquella rubia ante sus ojos que estaban acostumbrados a la futilidad de las personas. Sintió la presión, aquella incomodidad en su vientre bajo, ese cosquilleo que le alertaba que debía detenerse, mas no lo hizo.
La pelimorada empezó a morderse el labio inferior cada que tenía oportunidad, cada que liberaba su boca y aspiraba sin ritmo. Sentía también el movimiento de sus piernas, lo que indicaba una sola cosa. Y la rubia sabía lo que tenía que hacer: pasó suavemente una de sus manos por debajo de la camisa del pijama hasta dar con su espalda. Acarició la piel blanquecina de la otra, el aumento de la temperatura fue palpable. Sólo había dos posibilidades, que se calmara, como solía pasar, o que terminara por ceder. La chica sonrió victoriosa, Nozomi sujetaba con fuerza su pijama y seguía respirando con dificultad.
¿Por qué ahora? Pensó Nozomi al permitir que Eli ganara terreno sobre su cuerpo. La abrazó con fuerza en el momento en que la sintió sobre su cuerpo, enredó sus dedos entre su cabellera cuando hundió su cabeza en su cuello y lo recorrió con tímidos besos. Siempre había sido así, delicada en sus caricias y besos, abriéndose paso paulatinamente hasta conseguir su acometido. Era astuta y sigilosa como un zorro, pero una vez que la tenía entre sus dientes, devoraba a su presa sin piedad. Y aquella noche, no fue la excepción.
Cuando Eli abrió los ojos al siguiente día, se encontró sola en la cama, parcialmente desnuda pero feliz. Estiró los brazos y piernas para desperezarse y se levantó, terminó de vestirse para poder salir de la habitación. Encontró a Nozomi en la mesa desayunando cereal, era una escena algo peculiar porque la chica seguía portando un ligero sonrojo y parecía estar encogida en la silla. La rubia se acercó discretamente por la espalda, la abrazó por el cuello y le depositó un beso en la nuca.
– Deja eso y vamos a desayunar a otro lado –le dijo aún aprisionándola.
– Elicchi… –ladeó ligeramente la cabeza para poder mirarla–. Vamos al teatro.
– Si eso quieres –la soltó y se sentó en una silla que estaba a un lado de la pelimorada–. Hagamos todo lo que tú quieras hoy.
– ¿Incluso me ayudarás en el templo? –preguntó curiosa.
– Claro –acercó una de sus manos para tomar la de Nozomi y se la llevó a los labios–. Te mereces el sol, la luna, las estrellas –posó sus ojos sobre los esmeraldas– y una mejor novia.
– Yo quiero estar con Elicchi.
– Lo sé –entrelazó sus dedos con los de ella–. Gracias por eso.
…
…
Seguía sorprendido, incluso después de más de dos horas de haberle hecho compañía a su hija, de ayudarle a hacer de comer, de platicar con ella sobre aquella semana, todavía permanecía con esa expresión de incredulidad. El lugar era más grande de lo que pensaba, con muebles de mal gusto pero de buena calidad, con una televisión enorme que seguramente su marcito no vería, con un baño increíble y demasiadas habitaciones para que sólo una fuera un dormitorio. Aquella recamara, que según había dicho su retoño, también era de Ayase Eli. ¿Qué tal si aquella rubia había heredado los malos hábitos de su padre y su pequeña había sido mancillada en su ausencia? De pensarlo, palideció.
– O-oye, Umi –se frotó ambas manos–. Entonces, ¿Eli-san duerme contigo?
– No, padre –le dijo ligeramente sonrojada–. Ha dormido en el sillón.
Sólo un día, pero no podía decirle a su padre que su prometida estuvo ausente casi toda la semana.
– Ya veo –se pasó la mano por el cabello. Se sentía raro en aquellas prendas casuales que solía usar cuando salía con su esposa, sin embargo, desde su muerte, el dojo había consumido casi todo su tiempo–. Eli-san parece una persona agradable, ¿te llevas bien con ella?
– Eso creo… –desvió ligeramente la mirada–. Ayer fuimos al cine y no fue tan malo.
– Me alegra oír eso. ¿Y dónde se encuentra ahora?
– Salió –pensó en algo qué decir, no le gustaba mentirle a su padre–. Como ayer me quitó la posibilidad de verlo, me dijo que hoy podía estar tranquila.
– Es que… también quería hablar con ella –el hombre se levantó, dispuesto a irse– Aquellos hombres que contrató Luka me han demostrado su lealtad y excelente trabajo, pero… los contrató Luka, así que debo irme antes de que se haga más tarde.
La peliazul asintió con una bella sonrisa en el rostro. Acompañó a su padre a la puerta de la casa y se despidió de él.
– Cuídate mucho, cualquier cosa que pase, me llamas –vio asentir a la chica–. Y por favor, dile a Eli-san que para la próxima la quiero aquí.
– Sí, padre –se abrazó a él y le besó en la mejilla–. Me avisa cuando esté en casa.
– Dile a Eli-san que no llegue tan tarde hoy, no quiero que estés sola.
Umi sólo asintió, lo vio alejarse caminando y cerró la puerta. Podría decirse que aún era temprano, en un horario para una persona normal que disfruta un poco de la noche, pero para la peliazul aquella hora era preocupante. ¿Eli regresaría o de nuevo estaría sola casi todos los días de la siguiente semana? El fin de semana no fue tan malo, pudo ir al cine a ver una película que normalmente no vería con sus amigas porque son muy escandalosas y sentimentales y vio a su padre que parecía estar bastante descansado, cosa que necesitaba desde hace algunos años.
Faltaban pocas horas para que el lunes hiciera aparición y aún no tenía nada en su cabeza para escribir. De hecho, la idea de sentarse a plasmar sus palabras le parecía en suma incómodo y doloroso. O se las ingeniaba en aquel instante o aceptaba la ya inminente derrota. No sabía que le provocaba más disgusto, el saber que estaba casi rindiéndose ante algo que ella propuso o el perder la oportunidad de ver a Nishikino Maki desenvolverse en algo que le apasionaba.
Recordaba las últimas palabras que le dedicó el viernes, "Te metiste con la persona equivocada, Sonoda", que acompañada de aquella sonrisa vanidosa, le dieron un toque bastante atractivo. Sin embargo, como todos aquellos días, la soledad aplastaba cada atisbo de alegría en su día a día. Como en aquel instante, en que su padre se fue y ahora se encontraba en una casa llena de nada. ¿Por qué le dolía que Eli no se encontrara a su alrededor, develando con la luz del sol las profundidades del mar? Extrañaba ver el amanecer.
Miró la pantalla de su celular y el contacto que inconscientemente había buscado "Ayase-san". Decidió no pensarlo y marcó el número. Quería saber si debía dormir de una vez o esperar a que el cielo azul se despejara.
– ¿Diga? –se escuchó el jolgorio del otro lado.
– E-Eli-san, soy Umi –habló suavemente.
– ¡Ey! –una risa– ¿Qué pasa? ¿Algún problema?
– No, sólo quería saber si va a regresar hoy –pegó un poco más a su oído la bocina del celular, pudo oír como alguien más hablaba con la rubia: "Elicchi, deja ese celular, debes ayudarme con esto".
– No lo creo, ando ayudando en el templo –de nuevo la risa y otra que no era de ella. A pesar de que Eli intentó tapar el micrófono de su celular, Umi fue capaz de escuchar cómo se excusaba con la otra persona que demandaba su atención: "Es sólo una amiga, no seas celosa".
– ¿El templo?
– Sí, luego te explico – "¡Elicchi, ven aquí con un demonio!"– Harasho… tengo que colgar, pero prometo que el lunes estoy allá.
– Vale, gracias… –antes de terminar, lo único que llegó a sus oídos fue el pitido del celular. Le habían colgado.
Guardó su celular. Se quedó mirando momentáneamente el suelo, una de sus manos se posó sobre su pecho y estrujó su camisa al volverla un puño. Aquella noche no dormiría, lo sabía. Decidió que escribiría, porque de repente lo necesitaba, porque su cuerpo estaba temblando y sus ojos le ardían. Porque aquel ocaso parecía no terminar y se había cansado de que después de la noche, el sol no le entibiara el alma.
…
…
N/A: Me declaro inocente. No tengo nada en contra de Nozomi, lo juro o.o/ pero en esta historia todo tendrá su trasfondo. Hablando del NozoEli, siempre me ha gustado pensar que en dado caso, Nozomi sería tímida con Eli, a pesar de ser una pervertida con las demás :V Detrás de toda esa perversión, se encuentra un buen corazón (¿?)
Lo siento… aamm, juro que después de este capítulo Umi se pondrá las pilas y no se dejará de Eli. Y juro que Eli es una hermosa persona, pero es muy torpe… En el siguiente saldrá otro personaje, pero no les diré quién es :3
Supongo que no tengo mucho que decir, el capítulo habla por sí solo jajajaja eso creo. Nunca había escrito algo que insinuara "esto y aquello" (cofcofsexocofcof) así que me avergüenza tantito. Quizá en un futuro cambie la clasificación a M, porque me escandalizo sola xDD Y quizá, sólo y si sólo me animo y me atrevo, puede que escriba algo subidito de tono. Aunque aún no lo tengo contemplado.
El capítulo fue más largo de lo planeado y supongo que los próximos me saldrán casi igual, así que si les molesta, me dicen y lo podemos dividir. En fin, muchas gracias por tomarse el tiempo y el esfuerzo de leer (incluso esto :V jajajaja) y a todos los que se tomaron el tiempo para comentar de verdad se los agradezco mucho ;-; ¿qué haría sin ustedes?
¡Saludos y hasta la próxima!
PD: Ya ando trabajando en la actualización de mis otros fics jajajaja por si les interesa xDx
