Los personajes de Love Live no me pertenecen.

4 –

Aquella mañana fresca, había decidido ir caminando a la escuela. El sueño que le embotaba los sentidos, era tan abrumador que parecía un zombi con paso lento y medio tambaleante. Y había decidido andar porque necesitaba despertarse, cosa que el baño no había logrado. Bostezó pesadamente en la entrada de la escuela, fue un bostezo fuerte, enérgico, que le hizo lagrimear ligeramente cuando cerró los ojos por inercia. Y fue en ese pequeño instante de ceguera en el que no fue consciente de que alguien más la observaba con curiosidad, en aquella llegada torpe, en una dirección contraria a la que solía ir de su casa.

Fue directamente al salón sin mayor demora, no quería ir al consejo estudiantil. No así. Se sentó en su respectiva silla, se acomodó con la mochila sobre el pupitre y escondió su cabeza entre sus brazos. No pasó mucho tiempo para que se quedara dormida.

Cuando abrió los ojos lo primero que vio fue el techo color blanco. Todo estaba en silencio, así que se tardó en reconocer que estaba acostada en una de las camillas de la enfermería. Se quedó por un instante quieta, esperando el momento en que la iluminación le llegara a la memoria. ¿Se había desmayado? ¿Le había atacado la fiebre?

– ¡Honoka-chan, ya despertó! –escuchó aquella voz que le era familiar.

De repente, la vista del impoluto techo fue obstruida por la cara de su amiga pelinaranja. Una mirada de preocupación y después una sonrisa reconfortante, así como siempre había sido ella. Le tocó la frente, le pasó la mano por las mejillas y asintió mientras se erguía y se cruzaba de brazos. La observó desde arriba, con mucha determinación.

– ¿Qué diablos pasa, Umi-chan? –preguntó con seriedad.

La peliazul volvió la vista a su otra amiga que se encontraba sentada a su lado en una silla. Al parecer las clases habían terminado porque sus cosas se encontraban en las manos de Kotori y Honoka traía las propias. Ambas chicas la observaban, pero en la mirada de la peligris encontraba una sensación hasta cierto punto reconfortante, ella había tenido la habilidad de leer su estado de ánimo por lo perceptiva y observadora que solía ser. Le sonrió. Umi desvió la mirada.

– Umi-chan necesita descansar, será mejor que nos adelantemos al consejo estudiantil, Honoka-chan –comentó la peligris.

La otra sólo la miró con cierto escepticismo, era normal que Kotori fuera sensata, pero esto era demasiado incluso para ella. Se encogió de hombros, tomó sus cosas y salió de la habitación.

– Recupérate, Umi-chan, no me gusta verte así –carraspeó por lo bajo.

Kotori se acercó a la cama, miró a su amiga peliazul que seguía viendo hacia el exterior de la habitación. En sus ojos había cierta desesperanza, como la de un ave que observa con insistencia la ventana a sabiendas de su encierro. Acercó su mano y suavemente interrumpió la advertencia de una lágrima que estaba por escapar de aquellos ojos que simulaban soles. Una estrella que perdía calor.

– Te dejó tus pertenencias aquí, si gustas ir al consejo después, te estaremos esperando, si no, lo entendemos –inclinó el torso para darle un beso en la frente a su amiga.

El rostro de Umi se encendió suavemente, pero se apagó cuando escuchó que la puerta corrediza era cerrada. Siguió con la vista puesta en la ventana. Era un día hermoso.

Aquellas delicadas manos –pálidas y cuidadas–, sostenían unas cuantas hojas que eran arrugadas, maltratadas por los nervios y el coraje. Su vista no se apartaba de aquellas letras perfectamente legibles y maldijo mentalmente aquella linda caligrafía, maldijo la charla de su maestra, maldijo el discurso aburrido del potencial y la mejora de los trabajos, maldijo al tiempo que no pasa más rápido para salir de ahí. Volvió a leer: "Repetir todo. Pedí análisis, no resumen. Leer el libro". Y una vez más, maldijo.

Todo sería más sencillo si realmente tuviera alguien a quien poderle pedir ayuda, pero ha pasado gran parte de su vida ahuyentando a las personas que intentan acercarse a ella. Todos sus esfuerzos de socialización han estado dirigidos a una restricción de lo que le es personal, por ello, en el poco tiempo que llevaba desde que inició la Universidad, muy poca gente del salón le hablaba. Y a ello ayudaba el hecho de que a veces no iba a la escuela y que cuando se presentaba, no hablaba, permanecía seria, con el mal humor adornándole el rostro.

– Ayase-san, si usted gusta yo podría…

Volvió la vista al valiente que había osado acercarse a ella, era un chico. Un chico. Por demás cobarde. Lo escuchó tragar saliva, lo vio hacer una reverencia y regresar sobre sus pasos. Oía los murmullos, el ligero sollozo, la interminable plática de su maestra de literatura. ¡Oh, sonido hermoso! La campana anunciaba el final de su martirio. Se levantó tomando sus cosas, estaba dispuesta a romper el trabajo y tirarlo a la basura frente a su profesora. ¿Quién diablos se creía?

– Pueden retirarse, jóvenes. Recuerden que el trabajo del parcial me lo entregan la siguiente semana, va para la evaluación, así que hagan arreglos y mejórenlo –estaba acomodando sus pertenencias, cuando vio a la rubia levantarse y dirigirse hacia la salida– Ayase, necesito hablar con usted.

¿Cuántas veces iba a maldecir ese día? No estaba segura. Suspiró resignada, se detuvo en seco y vio a sus demás compañeros salir mientras esperaba a que el salón se vaciara. Sus manos aún estrujaban las hojas, de ser posible les prendía fuego. Se acercó al escritorio donde vio sentada a aquella mujer medianamente joven. Permaneció de pie frente a ella, con una cara de fastidio. Su maestra sonrió, le hizo una señal para que se sentara, más no lo hizo.

– No te quitaré mucho tiempo –empezó–. Tu padre, o mejor dicho, un conocido de él, se acercó a hablar conmigo desde el primer trabajo que te regresé, lo cual me sorprendió mucho. No soy así ¿sabes?

– Bien por usted –la escuchó reírse, cosa que le molestó.

– Eli, si me lo permites –esperó alguna objeción, pero no llegó–. Realmente me interesa que aprendas, sé que quizá piensas que las artes visuales no tienen mucho que ver con la literatura, pero te equivocas. Además, he visto otros trabajos que entregas y son excelentes. Por ejemplo, los de cine y pintura, tienes una capacidad increíble de análisis. Sabes de psicología y semiótica, y necesito que apliques esos conocimientos en la materia.

– Es diferente –la diferencia radicaba en que Nozomi solía ayudarle en sus tareas de cine y pintura porque tenía una sensibilidad que ella a veces no poseía.

– Te entiendo –se levantó ya para retirarse–. Mira, confío en tu potencial. Tienes esta semana para realmente trabajar en ello, si no me entregas algo bueno, tendrás que repetir la materia. No importa lo que tu padre me mande a decir.

La vio irse no sin antes dedicarle una sonrisa maternal. Volvió a suspirar. Tendría que encontrar a alguien que pudiera ayudarle en esa tarea, no era buena en la lectura, y para males, Nozomi tampoco. Pensó en aquellas pocas personas que conocía, quizá alguna de ellas podría ser su salvación.

Salió de su salón con desgana, pasó por los pasillos evitando chocar con la gente que se amontonaba en ellos, evadiendo a los grupitos y los desagradables ruidos que eran sus estridentes risas. Llegó a su carro y se metió en este. Revisó su celular y tenía un mensaje de una de sus amigas. Lo leyó: No llegues tarde, cabeza hueca. Debo llegar temprano a mi trabajo. Trabajo, era también algo que necesitaba conseguir, las amenazas de su padre no eran cosa de juego, mejor no arriesgarse. Encendió el vehículo, el radio se prendió automáticamente y a sus oídos llegó el sonido melancólico, errático y colérico de una canción de piano.

A Umi le gusta leer. Seguramente es buena en literatura.

– Pensé que te habías arrepentido, Sonoda –se giró para encarar a la chica que vislumbró por el reflejo de la ventana en el momento en que entró.

– No, soy una persona de palabra –se acercó a la mesa que estaba a un lado de los casilleros, dejó sus cosas y volvió su vista a la pelirroja, le sonrió.

Cuando se hubo repuesto de aquel extraño estado de ánimo, había decidido que era momento de salir e ir al salón del club de música, para poder enfrentar artísticamente a la pelirroja. Y ahí estaba, como de costumbre, salvo que esta vez la encontró frente a la ventana y no tocando el piano. En el momento en que vio a ese par de ojos lilas y le sonrió, observó divertida la contracción y el sonrojo involuntario de la otra. Después el ceño fruncido que mal lograba ocultar su verdadero sentir.

– ¿Y bien, Maki? –la familiaridad había sido ganada con el paso de los días, muy pocos, de las miradas y diálogos compartidos, incluso siendo banales.

– Pues yo vengo preparada, sólo falta encontrar nuestro jurado –se acercó al piano, sin sentarse, tocó unas cuantas notas.

– ¿Alguien de la escuela?

– No, tratándose de ti como vicepresidenta, sería injusto para mí, ¿sabes? –Desvió ligeramente la mirada y volvió la vista a la ventana–. Debe ser alguien totalmente ajeno.

– ¿Dónde encontraremos a alguien totalmente ajeno a la escuela? –soltó una suave risa. No era de burla, sino de diversión, una diversión malinterpretada. No se imaginaba saliendo a la calle solamente para encontrar a alguien a quién pedirle de "favor" que escuche los intentos artísticos de dos chicas que no conoce.

Sin embargo, esa risa, a los oídos de Maki, fue la mofa que le hizo sonrojar hasta pintar su rostro casi al mismo tono que su cabello. Volvió a sentir el estremecimiento de algo que florecía en las profundidades de su mente y, una vez más, trató de impedirlo con la fuerza de sus cejas al encontrarse. Se acercó a la mayor, la tomó sorpresivamente por el brazo y se la llevó fuera del salón donde se encontraban.

– Iremos a buscar a alguien afuera –su voz sonaba entre molesta y nerviosa–. Seguramente estarán pasando alumnos de otras escuelas.

– Debes estar bromeando… –Umi no opuso resistencia y se dejó llevar mansamente por la otra.

– No –ladeó la cara para verla, seguía con el firme agarre y sus pasos no se detenían–. Te lo vuelvo a repetir, Sonoda, esto no es un juego.

La peliazul no pudo decir nada. De repente perdió la capacidad del habla, se había atragantado con sus propias palabras que buscaban salida, todas al mismo tiempo, atropellándose unas contra otras. Escrutó a la chica que tenía enfrente, llevándola por los pasillos de la escuela, por el sendero hacia la salida. Nunca había prestado atención realmente a la apariencia de alguien, no a su vestimenta, como lo hacía con Eli, sino a la complexión, las dimensiones de su cuerpo, la postura, la manera de caminar, la forma en que se agitaba el cabello al mismo compás. Apenas lo había notado, Maki era unos centímetros más alta que ella.

No fue consciente del momento en que el agarre del que era presa su brazo pasó con disimulada osadía a su mano, sino hasta el momento en que el calor le abandonó. Se quedó un rato de pie, ahí donde la pelirroja le había soltado, y observó su mano.

– ¡Tú!

– ¿Eh?

– ¡Sí, tú!

Maki se había alejado de Umi en el momento en que llegaron al exterior. Sobre todo porque sintió cierto cosquilleo en la nuca y de repente fue consciente de que estaba acariciándole la mano a la peliazul. Entonces, sí, la soltó y salió corriendo ante la primera persona que se topó en su camino. Frente a ella cruzó una chica de cabello corto, castaño claro y ojos verdes. Por su uniforme se podía adivinar que venía de una escuela para adinerados.

– ¿S-si? –vaciló un poco, pero recuperó la confianza y le sonrió a la chica pelirroja que se acercaba a ella a pasos presurosos.

– ¡Tienes que venir con nosotras!

– ¿Ah? –la chica buscó a la otra persona con la que se suponía tenía que ir. Vio a la peliazul a una distancia prudencial, quien aún seguía anonadada viéndose la mano. De repente, se le iluminó la mirada. Seguramente era ella, su amiga–. Oh, claro. A decir verdad, pensé que me habían dejado plantada.

– ¿De qué diablos hablas? –se le quedó mirando confundida.

– ¡Oh! –Se rió y le guiñó un ojo coquetamente a la pelirroja–. Me gustan los juegos.

– Tampoco es que me importe –carraspeó, sonrojándose ligeramente–. Acompáñanos, sólo será un instante.

– Claro, claro –y con una sonrisa instalada en su rostro, siguió a la pelirroja.

– Sonoda, tenemos que regresar –se acercó a su compañera, la tomó por el hombro y la sacudió ligeramente.

– Ah… –sus ojos dieron con los lilas para después encontrarse con los verdes a los que no reconoció–. Oh, sí, regresemos

¿En qué momento había llegado esa chica? ¿Por qué hablaba con Maki con toda naturalidad? ¿Era cosa de personalidad? Las seguía despacio, yendo atrás de ellas, viéndolas platicar de quién sabe qué cosas, mientras la pelirroja se sonrojaba ligeramente, evitando a toda costa entrar en contacto visual con ella. La otra chica, de la cual no supo su nombre en aquel instante –y seguiría sin saberlo por algún tiempo–, presumía una sonrisa confidente y se expresaba con tal elegancia, que era inevitable no verla.

– Entonces, Sonoda –señaló a la chica que caminaba atrás de ellas– y yo, llegamos a ese acuerdo.

– Interesante –observaba todo a su paso, los pasillos, la estructura de los edificios, el interior de los salones, las escaleras, el piso, las paredes. Hasta que llegaron a una puerta en especial, dentro de aquella habitación se encontraba el piano del que le había hablado la pelirroja. Su celular vibró, lo sacó, leyó el mensaje y se sonrojó ligeramente. No demoró en contestarlo.

– Bien, siéntate aquí –le dijo mientras le acercaba una silla–, y ve cómo le pateo el trasero a Sonoda.

– ¡Wow, cuánta confianza! –tomó asiento divertida y se cruzó de piernas mientras esperaba el espectáculo.

– Sigo aquí, ¿sabes?

La peliazul vio a la pelirroja tomar asiento frente al piano, destapó las teclas y acomodó unas cuantas hojas encima del atril. Movió los dedos de sus manos, como para hacerlos entrar en calor, respiró profundamente, modificó su postura, miró detenidamente las hojas y, con una finura que casi nunca le caracterizaba, empezó a tocar. La canción era lenta, con acordes sencillos, con un sentimiento digerible.

Tanto la castaña como la peliazul observaban con detalle, como su cuerpo se movía al compás de la canción, la manera en la que cerraba los ojos, en la que su expresión iba cambiando conforme lo hacía el ritmo de la melodía.

– Creo que deberías hacer algo –le susurró la castaña por lo bajo a Umi.

La arquera se despertó de aquel hechizo. Mientras la canción avivaba las armonías, aún con el ritmo lento de base, ella se acercó a su mochila para buscar aquel cuaderno donde había apuntado su trabajo final que tenía por nombre: "La noria". Tragó saliva mientras se preparaba para uno de los sucesos más vergonzosos de su vida, apenas había sido consciente de lo estaba por hacer. Inhaló profundamente, como intentando robarle la valentía al espacio vacío y, aclarándose la garganta, empezó su relato.

Aquella espectadora era la única persona consciente de lo que pasaba ahí, mientras la voz de la peliazul se mezclaba con la nostálgica melodía del piano, algo dentro de ella empezaba a vibrar, como si de repente pudiera entender el sentimiento cómplice, a base de contemplación y complemento, de ambas. Eso con sólo escuchar el llanto de la pelirroja pasado al instrumento y la desesperación de la otra en metáforas.

A mitad de la canción, Maki sintió ansiedad y comenzó a potenciar el sonido del piano, lo hacía con una violencia disimulada. ¿Se sentía opacada por la voz de Umi, por el sentimiento que transmitía? No, estaba abrumada. Y sí, quería acallarla, pero para detener su sufrimiento. Sin embargo, Umi lo interpretó de una manera diferente y, por encima de toda la vergüenza, alzó la voz. Una voz melodiosa que sorprendió tanto a la pelirroja como a su espectadora.

La primera en guardar silencio fue la peliazul. Y mientras la melodía del piano iba apagándose, Maki iba abriendo los ojos y condicionando sus oídos para el exterior. Fue testigo de cómo la castaña se ponía de pie y aplaudía. Inesperadamente, a su cabeza llegó el recuerdo de cuando era pequeña y tocaba en pequeños eventos de su familia, solía ser aquello que sus padres querían presumir. Y lo sabía, no podía regresar a aquello.

– ¡Excelente! Ha sido de las mejores presentaciones que he presenciado –seguía aplaudiendo, hasta que se detuvo en seco–. Claro, hablando en términos de sus niveles. Siendo ustedes de preparatoria, es sorprendente.

– Que disimulada crítica –comentó la peliazul tranquilamente cerrando su cuaderno.

– Oh, no lo tomes a mal. Está claro que ninguna de ustedes es un artista todavía, pero tienen potencial.

– ¿Quién ganó? –se apresuró a decir la pelirroja, aún sin levantarse del asiento.

– Bueno, chicas, cómo explicarlo… –meditó por un momentos sus siguientes palabras–. Ninguna.

– ¿Qué? –Maki parecía molesta.

– ¿Es un empate? –preguntó Umi.

– No –empezó a reírse con ganas. Cuando se hubo calmado, prosiguió–. En realidad, ninguna puede ganar o perder, los términos en los que decidieron realizar esto, desde un principio, estaban mal. Simplemente no puedes poner a competir una composición musical con algo escrito, porque los procesos en ambos casos son distintos.

– ¡No tiene sentido!

– Tranquila, Maki –la arquera volteó a verla con preocupación. La pianista únicamente bufó, se cruzó de brazos y desvió la mirada.

La puerta se abrió disimuladamente, de hecho, por lo visto, ya estaba abierta, pero quien estaba detrás de ella no se había atrevido a entrar. Las tres voltearon a ver a la persona que se había aventurado a escuchar descaradamente todo el espectáculo. Entró una chica con cabellos naranjas, la conocida presidenta del consejo estudiantil, sonrió nerviosamente a las tres chicas, las cuales la reconocieron. La menor entre ellas frunció el ceño, la peliazul palideció y la castaña sonrió con presteza.

– ¡Hey! –Sonrió tímidamente, saludó con la mano y se rascó la cabeza nerviosamente mientras se acercaba a la castaña, evitando a toda costa dar con la mirada asesina de su amiga– Tsubasa-san, te estuve buscando en la entrada…

– ¡Honoka! –Se sonrojó y de sus ojos surgió un inusitado brillo– Estas dos señoritas me secuestraron.

– ¡Oye, bien pudiste negarte! –fue el reclamó de la pelirroja.

– ¿Ante tanta belleza? –le miró con coquetería, lo que hizo callar y sonrojar violentamente a la menor.

– Da igual, la cuestión aquí no se ha solucionado –comentó la peliazul intentando sobreponerse de la sorpresa.

– Cierto –Tsubasa se acercó a Honoka y le tomó la mano–. Bueno, por mi trabajo sé lo difícil que es componer una canción –dijo mirando a Maki–, pero, por otro lado, escribir las letras también es muy complicado. No hay veredicto válido aquí.

– ¿Tu trabajo?

– Sí, Tsubasa-san es músico –contestó Honoka sin poderse contener.

– Como lo ha dicho mi dulcecito de naranja –ante eso, la chica se sonrojó violentamente y le dio un codazo disimulado–, hago música. Compongo canciones, escribo las letras y a veces realizo las coreografías para los videos. Que por cierto, si gustan, podrían un día trabajar conmigo.

– Ni en tus sueños –Maki de nuevo mostrando resistencia.

– Oh bueno… pueden hacer un dueto. ¡Harían una excelente pareja!

– ¡NO! –gritaron ambas al unísono, viéndose en el acto.

– Sólo digo lo que veo –se encogió de hombros y empezó a encaminarse a la puerta, aún de la mano de Honoka–. Lo siento chicas, pero tengo que hacer feliz a esta mujer.

– Tsubasa-san… –le reprendió la pelinaranja por lo bajo, apretando la mano que la sostenía.

– ¿Honoka? –esa fue la voz desconcertada de Umi.

– Kotori-chan se fue a casa –le dijo una vez en la puerta y, antes de cerrar, le dedicó una sonrisa incómoda– Mañana hablamos… ¿sí?

Y la puerta se cerró, dejando solas, como otras ocasiones habían estado, a Maki y a Umi. Se miraron, se reconocieron y ambas suspiraron con una extraña sensación en el estómago. ¿Había sido tanto esfuerzo para nada? La arquera se acercó a la pianista con el cuaderno aún en sus manos. Le dio unos pequeños golpecitos en el hombro para que se recorriera y pudiera sentarse a su lado. Cuando lo hizo, le sonrió cálidamente.

– ¿Puedo ver la partitura? –preguntó.

– Claro –contestó tomando con sus manos las hojas y prestándoselas a la peliazul. Después vio el cuaderno y señalándolo, agregó–. ¿Puedo?

– Cla-claro –abrió el cuaderno en la página exacta donde se encontraba su escrito y se lo extendió.

Umi pasó lentamente sus ojos por las hojas, lo primero que leyó fue el título: "Arrebol sobre el mar". Sonrió ante la reciente aceptación de la tempestad. Miró con detenimiento cada nota mal dibujada, cada borrón, los tachones, las anotaciones y pequeñas marcas. Después hizo remembranza de lo que acababa de escuchar, viajando por las notas, trayendo el sonido, los sentimientos, en todo aquel camino que dibujaban. Algunos de los símbolos empleados escapaban de su conocimiento, pero lo que estaba segura que distinguía en aquella partitura, era el reflejo de su creador: desastre, resistencia, evasión.

Y mientras la mente de la peliazul se llenaba de melodías de un pasado nostálgico y dulce, Maki leía en silencio lo que había escrito la otra, imaginándola en algún lugar, sentada en soledad, con su cuaderno en las manos, temblando de frío quizá. De repente había dejado de sentirse tan sola, incomprendida. A su lado, había un alma. Un alma.

La noria

Sumergida parcialmente en el inmaculado manto celeste, me muevo con la intención de no ahogarme. Me cuesta respirar en este mar inmóvil, me sofoca el ruido que genera la soledad, una soledad disfrazada de tranquilidad, una dulce felicidad. Simples apariencias.

¿Me he dejado estropear el sentimiento? No.

Es la engañosa inercia del dolor en la ausencia. Tu ausencia. Empezaré con ello, me abrazaré a lo que me permitas tomar de ti, incluso si es cercano a la nada. Porque entre tantas luces que atraviesan mi translúcido cuerpo, lo que se ve con más claridad no es algo mío, sino completamente tuyo.

¿Tratas de engañarme? ¿Qué es lo que te mueve a invitarme a aquello que no entiendo?

Con tus ojos azules en la cima del juego, incapaces de ver las vueltas que he dado, los trozos que has recogido para hacerlo funcionar, me he quedado varada en lo más alto de la rueda. Y las luces de esta ciudad, que es la tuya, me dan la espalda.

Claro, aquello hacía alusión a dos cosas intrínsecas de la autora, el mar calmo que solía ser y el tímido bullicio de las luces que esclarecen la noche. Pero algo no cuadraba ahí, algo que le incomodaba no saber. Le regresó su cuaderno y a cambio recibió su partitura. Umi se levantó de golpe, se encaminó al lugar donde estaba su mochila y guardó su cuaderno.

– Bueno, supongo que no tiene remedio –le dijo todavía dándole la espalda–. De todos modos, las fechas para entrar al recital ya pasaron. Sólo quería… conocerte.

La pelirroja la siguió con la mirada. Cuando la peliazul volteó, ella se puso de pie y se acercó a ella. Umi estaba sonriéndole, pero ella se sentía intranquila.

– Umi –fue la primera vez que la llamó por su nombre, cosa que sorprendió a la otra–. ¿Te gusta… te gusta Kousaka?

– ¿Eh? ¿Honoka? –No había comprendido del todo, de repente, la sangre se le subió al rostro– ¡Claro que no! E-e-es mi amiga.

– Ya veo –se quedó pensando un momento–. Es que mencionas algo sobre una persona de ojos azules y pensé que podría ser… que te gustara alguien de ojos azules… entonces, Kousaka… y, pues…

– ¡Vale, vale, ya entendí! –Agitó las manos a modo de negativa– Y te equivocas. Sólo fue una referencia al cielo.

– Entiendo –se le iluminó el rostro, se sonrojó y volvió a su constante negativa–. Tampoco es como que me importe.

– Bueno, será mejor retirarnos –recuperada, la peliazul continuó.

Acomodaron las cosas, taparon el piano, cerraron el club y salieron. Iban caminando una a un lado de la otra, en ese silencio cómplice de aquellos que se saben secretos que no han compartido. Maki tendría que despedirse de ella en la puerta, porque necesitaba esperar a que pasaran por ella, cosa que le extrañaba aún no sucediera. Umi estaba por irse, cuando algo la impulso a detener su paso.

– Umi –la pelirroja la detuvo por la manga de camisa–. Sé que no es de mi incumbencia, pero… si tú escribiste eso por alguien –la miró a los ojos, con una intensidad que no le era propia– detenlo y… evita hacerte daño tú sola.

La peliazul se quedó un instante estática, viéndola llena de sorpresa. Súbitamente, halló e implantó la sonrisa de quien sabe dónde y sin decir palabra, se giró para caminar de regreso a casa.

Aspiró una larga bocanada, aquella sensación rasposa en la garganta del humo por demás nocivo lograba que su cuerpo se relajara ante la reacción nicótica. Lo mantuvo unos segundos en la laringe, sin pasarlo a los pulmones, gozándolo, saboreándolo, no porque realmente tuviera un sabor específico, sino porque la tranquilidad casi siempre le era esquiva. Miró la calle donde estaba estacionado su vehículo, había fallado en su misión de adentrarse en aquella ridícula universidad. ¿Una escuela que te enseña a hacer de comer? ¿En serio? Y aunque su amiga le había explicado de qué trataban las artes culinarias, ella no concebía la idea de llamar arte a la gastronomía. Poco importaba, estaba afuera de las instalaciones, esperándola mientras fumaba un cigarro en soledad, con la música a bajo volumen como única testigo.

De todo aquello que había sido, eso era lo único malo que quedaba en ella. Aquel vicio del que no podía aún deshacerse, al que regresaba cuando tenía que meditar las cosas para dejar de sentirlas, aquello que le mitigaba la sobrecarga de pensamientos basura, porque todo lo dejaba salir con una simple exhalación. Y ese era su ritual, lo que de vez en cuando le permitía aquella persona que siempre estuvo a su lado, Nozomi, porque hasta cierto punto, el olor a tabaco se había vuelto cotidiano en su relación, era la advertencia de su dulce aroma.

Escuchó la puerta del copiloto ser abierta con brusquedad, sintió el movimiento del carro ante el nuevo peso que se integraba. Sin siquiera voltear a ver, apagó su cigarro en un compartimiento del carro y dejó la colilla ahí.

– ¡Ugh!, sigues siendo repugnante, Eli.

– Sí, yo también me alegro de verte, Nico –no giró el rostro, pero sus ojos hicieron el recorrido hasta dar con los carmesí de su amiga. Se sonrieron.

Ambas se escanearon, una por costumbre y la otra porque le causaba gracia la complexión del cuerpo ajeno. Aquella chica pelinegra, que después de la preparatoria había abandonado su mal gusto por las coletas ridículas, decidió dejarse el cabello suelto, lo que le daba un aire de madurez bastante atractivo. Sin embargo, el cuerpo seguía siendo el mismo, aquel que aparentaba la edad de un adolecente a medio desarrollarse. Por otro lado, a los ojos carmesí, la rubia seguía siendo la misma mujer altanera que un día conoció por accidente, lo único que había cambiado en ella, era que sus atributos parecían más firmes, cosa que atribuía –y estaba segura– a las manos de Nozomi.

– Al parecer esa pervertida ha hecho de las suyas –comentó, ganándose un sonrojo de la rubia.

– No sé de qué hablas –desvió la mirada.

– ¿Cuál es la razón por la que querías ver a la gran Nico? –preguntó con su característico tono de autosuficiencia.

– No puedo creer que sigas con eso –se rió suavemente y sonrió con ternura cuando vio a su pequeña amiga ponerse seria–. A decir verdad, necesito… empleo.

– Pues estás de suerte porque la gran –estaba por hacer un ademán marcado, pero se detuvo. Volvió a verla, incrédula, alzó una ceja– ¿Qué dijiste?

– Aahhmm –se pasó la mano por el cuello, tratando de canalizar el nerviosismo–. Digamos que me metí en problemas y ahora debo saldar unas cuentas.

– ¿Y tu padre no te puede ayudar?

– Con él son mis deudas.

– ¿Qué hiciste? –en ese momento, la pelinegra puso una mirada reconcentrada, aquella que siempre le había incomodado a la rubia.

– Nada, en realidad –se encogió de hombros, era la verdad–. Andamos con problemas, como de costumbre. Me enojé y me gasté una considerable cantidad de dinero en un hotel.

– ¿Andas de promiscua de nuevo? –en su tono de voz se dejaba entrever cierto coraje.

– No –se le quedó mirando y le dedicó una sonrisa que mostraba aquello que la pelinegra siempre disfrutaba: el remordimiento.

– Más te vale que no vuelvas a hacerle daño –se acercó a ella y la tomó por el cuello de la camisa, con fuerza y furia–. No sabes lo molesta que es…

Eli tragó saliva, su amiga pelinegra no era conocida por ser una perita en dulce, sino todo lo contrario. Ya la había hecho enojar una vez, y con esa ocasión le bastó para andarse con cuidado en todo aquello que involucrara a la chica. Al final de cuentas, era una experta en poner en su lugar a niños mimados, así como ella. Le tomó la mano que apretaba su ropa, temblaba del coraje, pero logró quitársela de encima.

– Estoy enmendando mis errores –carraspeó con suavidad, la seguridad se le escapaba por cada poro de la piel–. ¿No te ha dicho nada?

Nico respiró profundamente, cerró los ojos mientras intentaba calmarse. Tenía un mal temperamento, era incapaz de controlar ciertas emociones, pero cuando todas se juntaban en su interior era demasiado problemático. Quería a Eli, sí, por qué había sido una persona importante para ella en los últimos 4 años. Sin embargo, Nozomi era su amiga de la infancia y le dolió profundamente en el alma verla tirada en lo más bajo, cuando ella siempre había brillado ante sus ojos. Así que no, ella tampoco podía perdonar.

– Aunque te parezca increíble, no hablamos de ti –rió sardónicamente–. Salvo aquella vez que me dijo que te acostabas con Erena.

–Yo…

–Pero no lo entiendo ¿sabes? Era casi como ver a otra Nozomi, físicamente hablando –miró hacia la ventana.

– Eso no es…

– ¡Carajo, hasta en el puto apellido se parecían! –Gritó, interrumpiendo cualquier alegato de la rubia–. ¿Qué necesidad de hacerlo con alguien que se le pareciera, teniendo a esa estúpida bustuna a tus pies?

– Detente… –la rubia se encontraba con ambas manos en el volante, lo apretaba con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

– No –volteó a verla– No, Eli. Debes dejar de victimizarte.

Desde que la había conocido era así, una de esas personas que se ponen trabas ante toda buena señal en su vida. Era cosa de complejos y un pasado que le fue tortuoso, no por cuestiones de dolor físico, sino por las pérdidas. La vida le parecía un mal juego del escondite, donde toda aquella persona que quisiera, de repente desaparecía, tal como su madre y su hermana lo habían hecho después de haber pasado un fin de semana maravilloso. Lo que su padre le dijo en aquel entonces fue: seremos sólo tú y yo por un rato. Sin embargo, ese rato se volvió años, tiempo en el que no tuvo respuesta alguna, sino un trato peculiar por parte de su progenitor. Entonces, era ese latente miedo a que un día desapareciera, pero ella lo sabía, las personas nunca están aseguradas. Ni siquiera Nozomi.

– En fin –tosió disimuladamente la pelinegra, quería recuperar el buen ambiente, pero era necesario que alguien le advirtiera a Eli de sus errados pasos–. Sobre lo del trabajo, hablaré con mi jefe, quizá pueda hacerte un espacio.

– Por favor –habló por lo bajo la usa, seguía intentando recobrar la compostura–. ¿En qué me dijiste que trabajabas?

– No te lo dije –de repente su mirada cambió a una misteriosa, le hizo una señal con la mano para que se acercara y pudiera escuchar lo que diría a continuación, como queriendo evitar que terceros se enteraran, siendo que estaban únicamente ellas en el carro–. Trabajo para los Nishikino.

La rusa se le quedó mirando por un momento sin entender a qué se refería, ni tampoco el porqué de tanto misterio.

– ¿Y?

– ¿No sabes quiénes son? –Ante eso se dio una pequeña palmada en la frente y negó con la cabeza–. No te preocupes, la gran Nico te sacará de la ignorancia.

– Dale –le sonrió.

– Primero enciende el auto, que no quiero llegar tarde a mi trabajo –se cruzó de brazos.

– Está bien, usted ordena –obedeció, prendió el carro y antes de empezar a andar, vio como Nico sacaba del bolso que traía un celular que nunca creyó en su vida que podría costearse, abrió Google Maps y con ello le dio a Eli la dirección del lugar a donde tenía que ir: Preparatoria Otonokizaka. Se le quedó mirando con la duda implantada en su expresión.

– Avanza, mientras te explicó.

La rubia empezó el camino sin cuestionar. Prendió el estéreo para poder poner música que fuera acorde a la ocasión misteriosa e intrigante. Desde afuera era un extraño espectáculo ver pasar el vehículo ámbar con la rubia como conductora y la pelinegra con el codo puesto en la ventana que estaba totalmente abierta. El viento jugaba con el cabello de ambas. Nico le bajó un poco el volumen al radio.

– Que nada salga de este carro, Ayase –espetó con el tono más serio que pudo emplear. El silencio de la otra era la señal para que continuara–. Los Nishikino son unos importantísimos doctores aquí en Japón, incluso tienen su propia red de hospitales y una industria farmacéutica. Son peces gordos, si sabes a lo que me refiero, pero creo que les queda mejor ser llamados tiburones.

– ¿Y qué diablos haces ahí? ¿No te basta con ver mi situación?

– Tranquila, no ando metida entre sus asuntos turbios –se sonrojó ligeramente–. Cuido a "la pequeña" de los Nishikino.

Estaban detenidas en un semáforo, con las ventanas abiertas, lo que permitió a los autos vecinos escuchar la estruendosa risa de la rubia.

– ¿De nuevo de niñera?

– No, aquí viene lo escabroso –el auto volvió a ponerse en marcha–. Tiene 15 años y está totalmente ajena a los movimientos de su padre. Pero no es como tu caso, sino que literalmente, no formula entre los planes de sus padres.

– ¿Cómo es que te enteras de todo eso? –algo de todo aquello no le sonaba nada bien.

– Por los demás empleados, me la paso casi toda la tarde en la residencia de los Nishikino –comentó con fastidio.

– ¿Y cuál es el verdadero meollo del asunto? –faltaban pocos minutos para que llegaran, así lo indicaba el celular.

– Hace algunos años los Nishikino fueron demandados, se llevaron a cabo todos los procesos legales por debajo del agua de tal manera que su reputación siguiera intacta –hizo una pausa–. Y lo sigue.

– ¿A qué te refieres? –No, no le gustaba por donde iba el asunto y estaba por saber qué era lo que menos le agradaría.

– Seguramente no los conoces, porque tu mundo se reduce a tu padre, los pechos de Nozomi y tú. Pero una importante y antigua familia en Japón tenía ciertos tratos con los Nishikino, según sus finanzas –se detuvieron a las afueras de una escuela que tenía una barda de ladrillos rojos. La ojirubí tomó su celular–. Hace poco se murió la que se pensaba era la última representante. La cosa es que el esposo de Sonoda ganó la demanda. Y ahora las cosas se pusieron turbulentas para los Nishikino, tanto que de alguna manera su hija ha quedado fuera de todos sus futuros proyectos. De hecho, están en números rojos.

Eli divisó a lo lejos una figura, era una chica de cabellos rojos que estaba de pie en las afueras de la institución. Se le veía un poco afligida, molesta quizá. Su postura era la de una persona que recibe una estricta educación en casa. La pelirroja volteó para donde ellas se encontraban y, al parecer, por la reacción que tuvo, reconoció a su amiga.

– ¡Oh, diablos, ya me vio! Tengo que irme –estaba por salir cuando dijo–. Te irás a la tumba con lo que escuchaste.

Desde su asiento lo vio todo, como su enana amiga llegaba a lado de la pelirroja, le ayudaba a cargar sus pertenencias y la acompañaba caminando. Se quedó un momento pensando en decirles que las llevaba a donde tuvieran que ir, pero seguramente no era buena idea, sobre todo por la pesada mirada que le dedicó la otra.

Volvió a encender el auto, tenía que regresar a casa y pedirle a Umi que le ayude con su trabajo de literatura. Era mejor pensar en eso que en la idea de que el señor Sonoda esté involucrado en quien sabe qué movimientos a expensas de la peliazul. Su peliazul. Puso la radio a todo volumen, no importaba que música estuviera sonando, servía para acallar todas aquellas voces que empezaban a aturdirle. Lo bueno era que su casa no estaba lejos de ese lugar. Su casa.

Entró a su respectivo hogar con la llave que su padre había mandado hacer a pares iguales –acto de cursilería y a modo de fastidio– pero en diferentes colores para Umi y ella. La suya era de un azul cielo, mientras la de la peliazul de un color más oscuro. Cielo y mar. Al abrir la puerta, el olor de la comida le inundó la nariz y fue consciente del hambre que tenía, pues no había comido nada desde que había desayunado junto con Nozomi. Cerró la puerta e inconscientemente fue a buscar a la chica que sabía se encontraba ahí. La halló en la cocina, se recargó en el quicio de la puerta, esperando que su presencia fuera notada.

La peliazul estaba tan ensimismada en sus pensamientos y en su deber de limpiar la cocina, que siguió sin notar que tenía compañía y que estaba siendo observada. De repente sintió una mano en el hombro, dio un respingo y gritó.

– ¡Harasho! –se rió–. Tienes una potente voz.

– ¿Qué haces aquí? –cuestionó fríamente.

– Esta también es mi casa, ¿sabes? –Hizo un mohín para reflejar indignación– Qué cruel.

– Lo sé, sólo que no te esperaba aquí –no estaba de humor para que se burlaran de ella, menos aquella rubia engreída. Le dio la vuelta, salió de la cocina y se fue a la habitación.

Oh, vaya, fue lo que pensó Eli cuando la vio pasar a su lado. Ahora que prestaba un poco de atención a la peliazul, se dio cuenta que seguía vistiendo el uniforme de la escuela y que era idéntico al de aquella chica pelirroja que se quedó con Nico. Le siguió los pasos, acto reflejo. La vio sentarse en la cama, había tomado un libro y se disponía a leerlo. La rubia se quedó de pie en la puerta, esperando algo. Quizá un sonrojo.

– ¿Umi?

– ¿Qué quieres, Eli?

– Me llamaste Eli –volvió a acortar la distancia unos cuantos pasos– De hecho, ya no me hablas con tanta formalidad.

– No lo mereces –cerró el libro disgustada y se pasó del otro lado de la cama, dispuesta a aplicar la evasión otra vez. No había tenido que lidiar nunca con Eli, porque simplemente nunca estaba.

– Qué grosera –retrocedió unos pasos, preparada para tapar la única salida–. Deberías respetar a tus mayores.

– Contigo puedo hacer la excepción –endilgó. Empezaba a sentirse encerrada.

– ¿Estás molesta conmigo?

– No –se acercó a la puerta y por lo tanto a la rubia. Estaba lista para pasar a un lado de ella, no dejaría que la acorralaran de esa manera.

– Mientes –adivinó sus intenciones y antes de que Umi pudiera salir de la habitación, la tomó fuertemente por el brazo, el brazo que también Maki había sostenido– ¿Por qué? ¿Por qué no he estado?

– Suéltame –intentaba zafarse, pero la fuerza de Eli era más grande de lo que pensó. Aparte, no quería ser grosera.

– ¿Fue por lo de ayer? –acercó su rostro al de ella.

Umi no contestó, sólo miraba aquel par de ojos celestes que la observaban y se entrecerraban. Había dejado de pelear por su libertad, fue consciente de la altura de Eli, era similar a la de Maki, el recuerdo de la pelirroja le aceleró el pulso y le subió la sangre al rostro de manera violenta.

– ¡Oh, cariño! – La rubia lo malinterpretó y sonrió victoriosa. La soltó–. No pensé que una salida al cine te alzara tanto las esperanzas. No era mi intención dejarte sola.

– Eres una idiota –quizá era la primera vez que insultaba alguien, pero era tanto el coraje que sentía, que su cara aún seguía encendida.

Umi se dio la vuelta y salió de la casa para sorpresa de Eli. La rubia permaneció unos instantes en el pasillo, esperando ver la puerta abrirse y ver entrar a la peliazul, pero después de un rato que eso no sucedió, decidió hacer las cosas que tenía que preparar. Fue a la cocina para calentarse la comida. Sin embargo, le costó entender cómo se prendía la estufa y estuvo a punto de quemarse la ropa.

En un rato, ya estaba sentada frente al sillón, con su plato de comida en la mano y con la televisión prendida. Ahora que lo recordaba, el cumpleaños de su novia estaba demasiado cerca: el jueves de aquella semana. Tenía que planear algo maravilloso, quizá comprarle algo, llevarla a algún lado. Complacerla como ella quisiera. ¿Realmente puedo tomar dinero sin que mi padre se dé cuenta que lo gasté en otras cosas? Lo dudaba. Su progenitor llevaba una cuenta de sus finanzas muy rigurosas y entre ellas se encontraba el control del dinero que le daba. Genial, ahora tendré que hacer algo inolvidable para Nozomi sin ningun centavo de por medio, pensó.

Pero también tenía que trabajar en su proyecto para literatura, temía que si no hacía las cosas y reprobaba, en el mejor de los casos, la maestra sería despedida de manera misteriosa. En el peor, no se volvería a saber de ella. Esa era la solución para todos los obstáculos que se presentaban en la vida de su familia, desaparecerlos… Tradición antigua en los Ayase, no superar los problemas, sino acabar con ellos. Y apenas lo sabía, pues de chica era muy ingenua, había diferentes formas de acabar con los problemas. Por ejemplo, obligarlos a casarse. Sonrió con sorna.

Terminó de comer, lavó su plato y los cubiertos lo mejor que pudo, se sirvió un vaso de agua que vació en segundos y regresó al sillón. Seguramente pasaría la noche ahí. Escuchó la puerta abrirse, no despegó sus ojos de la televisión, aunque en realidad nunca le prestó atención. Alguien se sentó a su lado, el aroma de la peliazul, que ya lo distinguía, hizo danzas por sus extremidades, bailoteando por su cuerpo, entrando por su ropa y calando en los poros de su piel, hasta llegar internamente por su nariz. Aquel aroma ya había hecho mella en sus sentidos.

– Lo siento – ¿estaba acostumbrada a decir aquellas palabras? Quizá, pero no podía simplemente aceptar que era débil, que la carcomía el miedo y un dolor instalado en lo profundo de su persona.

– No.

Eli volteó verla, estaba un tanto sorprendida, pero en sus ojos no se veía atisbo de impresión. Sólo cansancio y algo que era difícil de definir. ¿Necesidad?

– ¿Eres buena en literatura, Umi? –habló despacio, tentando terreno.

– Sí.

– Yo no –se rascó la cabeza–. Estoy temerosa de meter a alguien en problemas. No debo reprobar si no quiero afectar la vida de aquella persona.

– ¿Qué tienes que hacer?

– Un análisis de El señor de las moscas.

Umi soltó una risa sofocada, se tapó la boca con sus manos para impedir que saliera completamente.

– No es gracioso.

– Es que es un libro relativamente fácil de analizar –le sonrió con cierta superioridad–. El quiebre de una sociedad, el miedo de los imaginarios, el pánico colectivo.

– Ya. No lo he leído –bufó.

– ¿Sólo es el análisis?

– Sí. Es para el siguiente lunes –carraspeó, luego la miró de forma suplicante–. ¿Me ayudarás?

– Claro –se rió suavemente, disfrutando el momento–. Pero con condiciones. Primera, debes comprar el libro hoy. Segunda, tienes hasta el miércoles para terminarlo.

– Está bien –se lo pensó unos instantes antes de contestar– ¿Hay una tercera? ¿Cuarta?

– Sí. La tercera es que debes estar aquí todos los días de esta semana –de repente recordó algo–. Por cierto, mi padre quiere hablar contigo el domingo.

– No he hecho nada –comentó de manera nerviosa– ¿O sí?

– No. No sé en realidad de qué quiere hablar contigo –la miró a los ojos–. Siguiendo con lo de antes, debes estar aquí todos los días. Si yo llego y no estás, ese día se acaba el trato.

– No debes hablar en serio.

– Lo hago –contestó sin vacilar.

– No hay manera de que…

– No –la interrumpió. Se levantó para irse al cuarto ya preparada para dormir– O todo o nada. Buenas noches.

Eli se quedó sentada en el sillón viendo desaparecer a la peliazul tras la puerta del cuarto. Cerró la habitación, la cual se abrió unos segundos después, sólo para que una cobija fuera lanzada en su dirección. Fue tan repentino aquel evento, que le dio directamente a la cara. Escuchó la risa de la peliazul a lo lejos y después el ruido de la puerta de la recamara al cerrarse. Volvió a quedarse sola en la sala, con aquella risa retumbándole en los oídos y una extraña sensación en la boca del estómago, que empeoraba por el fuerte aroma que desprendía la cobija ajena.

N/A: ¡Hola, de nuevo!

Aquí la actualización. No saben lo mucho que disfruto escribir este fic :V

Vale, dije que aparecería una nueva persona, pero fueron dos jajajaja Nico y Tsubasa, no tendrán mucha relevancia, más que la necesaria. A decir verdad, Tsubasa se me hace un personaje muy lindo en muchos sentidos xD no sé por qué, pero me encanta.

Con respecto al capítulo, poco a poco se va viendo qué con el padre de Eli, con Maki y sí, también con el señor Sonoda jajajaja ¡nadie es inocente aquí! Ok ya ._. No sé cuánto drama es saludable para un fic xD

También se sabe un poco que pasa por la mente de Eli, si me lo permiten, diré que ese tipo de personas, llámese autodestructivas o saboteadoras, son muy complejas y delicadas… Espero esto calme un poco su desagrado por Eli, todo tiene solución :D Amen a Eli. Eli es amor, Eli es vida ~

La parte de Umi y Maki me gustó 7u7 en esa no hay mucho que agregar. Me costó mucho escribir lo que "escribiría" Umi T-T. Para quienes quieran saber más o menos qué estaba tocando Maki, busquen la canción de Yann Tiersen que se llama Porz Goret.

Y quien no haya leído El señor de las moscas, debe hacerlo :3 es un excelente libro.

Y bueno… sin más que agregar, muchísimas gracias por todo el apoyo ;u; por leer y comentar. Y pues ya saben, se recibe todo tipo de comentario :3

¡Saludos!