Los personajes de Love Live no me pertenecen.

– 5 –

Martes

Mientras caminaba por el pasillo se dio cuenta de dos extrañas situaciones: 1. El aroma que inundaba la sala no era el de siempre cuando estaba sola, 2. Recorrer aquel pasillo le empezaba a ser habitual. Sin duda era una gran diferencia andar descalza por una casa con pisos de manera, a una como aquella. Era, extrañamente, más cálida del suelo, pero se sentía fría en otro tipo de ambiente, como cuando estaba en el cuarto. En otras palabras, quizá no se sentía el frío, pero la soledad calaba y traspasaba como la humedad.

Pasó por la sala antes de entrar a la cocina, vio de soslayo a la chica que se encontraba plácidamente dormida sobre el sillón. Una bolsa de plástico en la mesa de centro sobresalía, se le quedó mirando por unos instantes con curiosidad hasta que leyó la inscripción de una de las librerías cercanas. Al parecer había cumplido una de las condiciones: comprar el libro. Sonrió para sí.

Fue a la cocina y empezó a preparar su respectivo desayuno. Seguramente si la rubia se despertaba, pediría también de comer, así que decidió hacerle algo a ella. La tendría que despertar, con la pena. Se acercó sigilosamente a donde estaba la chica. Desde arriba, se le quedó mirando por unos instantes: era un paisaje, sin duda, excéntrico. Eli vestía una polera holgada color azul, de la parte de los hombros tenía un tono un poco más oscuro, estaba acostada, abrazada a uno de los cojines del sillón, tapada parcialmente con la cobija y una de sus piernas se asomaba sin decoro.

– Eli –la llamó suavemente, pero la chica no reaccionó.

Se recargó en el borde del sillón, se le quedó observando intensamente como queriendo que su mirada le atravesara el cráneo, le taladrara el seso y despertara alterada. No pasó. Suspiró, empezó a picarle la mejilla, una y otra vez. Al ver que ni se inmutaba, tomó uno de los mechones de su cabello rubio –era la primera vez que lo tocaba–, lo pasó por sus mejillas, por la nariz y entonces se movió. En realidad, únicamente encogió la nariz y se dio la vuelta, dándole la espalda, presumiendo un bóxer morado. Sintió su rostro arder en cuestión de segundos.

La alarma del celular de Eli sonó, espabilando a la peliazul que seguía, sin ser consciente de ello, mirando el bóxer. Agitó la cabeza, cerró los ojos y pudo evocar a la perfección los contornos negros de la prenda y el contraste que hacía con la pálida piel. Cuando abrió los ojos, vio a la rusa sentada en el sillón, con la modorra aún en su cuerpo. Se llevó una mano a la boca para no gritar. Sin embargo, la rubia parecía estar viéndola y no al mismo tiempo, se talló ambos ojos y sonrió con una naturalidad que aumentó el sonrojo de la otra.

– Preparé el desayuno –aventó las palabras, alejándose considerablemente.

Eli bostezó y se estiró para recuperar un poco de consciencia. Cuando hubo vuelto a su postura normal, se le quedó mirando a la peliazul, que vestía su uniforme escolar, con un moño color rojo con líneas azules.

– ¿Te vas tan temprano?

– Sí –contestó rascándose la mejilla– soy del consejo, ¿lo olvidas?

– ¡Cierto! –se levantó y se encaminó al baño.

La arquera la siguió con la mirada, un acto atrevido, considerando que la rubia no vestía otra cosa en la parte inferior más que su ropa interior. Vio a Eli meterse al baño, para después asomar la cabeza, mostrando ligeramente uno de sus hombros desnudos, sonreírle y gritarle desde ahí:

– ¡Gracias por el desayuno!

Umi salió de aquella casa un tanto aturdida. Era una mañana fresca, tranquila y libre de nubes. Sería un bonito día, claro que lo sería. Fue sonriendo por todo el camino hasta llegar a la escuela. Sin siquiera percatarse de ello, sus pies la encaminaron al salón de música, donde al abrir la puerta, se halló sola. Se sintió un poco torpe por ir a aquel lugar a tan temprana hora, aun siendo que la semana anterior tuvo la fortuna de encontrarse con Maki, pero en aquella ocasión no fue así. Recorrió el espacio con la mirada, sinceramente era chocante ver aula sin la presencia tanto visual como sonora de la pelirroja. Suspiró por lo bajo. Resignada, se dio media vuelta para retirarse, había pendientes que terminar en el consejo.

La chica con ojos que asemejaban la miel, miraba divertida la escena: una de sus amigas escrutaba a la otra de pies a cabeza, incluso estando sentada, encogida, casi escondida en el brazo al que se abrazaba como flotador en el inmenso mar. Un mar que lo interrogaba sin cesar sobre la aparición de aquella chica y su sorpresiva salida. La peligris únicamente sonreía, a sabiendas de todo lo que pasaba, tanto de un lado, como del otro.

– Ya te dije, Umi-chan, Tsubasa-san es mi amiga –dijo en voz baja, casi inaudible.

– Una amiga que te pone apodos por demás cariñosos –le dedicó una mirada asesina.

– Si hubieras estado con la disposición de estar con nosotras, en vez de estar sumida en tu extraño…

– ¿Cómo la conociste? ¿Cuándo fue? ¿Dónde? ¿En qué escuela estudia? ¿Es un vago? ¿Trabaja? –a cada pregunta que hacía, se acercaba más y más a la pelinaranja, hasta quedar con el cuerpo inclinado, sobre el otro que estaba encogido.

Kotori sonreía con los ojos cerrados, una fresca brisa movía su flequillo. Cuando abrió los ojos se encontró con otra escena aún más peculiar.

– ¡Oh, mira! –Cantó la peligris mientras señalaba a la jardinera contraria a la que estaban sentadas– ¡Ahí va Nishikino-san!

– ¡¿Dónde?! –en un movimiento brusco, giró la cabeza para encontrarse con la nombrada siendo abrazada por una chica de cabello similar al de su amiga pero corto.

Umi miró con atención a la pelirroja, la otra chica la abrazaba por el hombro. De repente, salió una chica corriendo con gran esfuerzo detrás de ellas, quien las alcanzó para sonreírles a ambas y adentrarse en la escuela todas juntas. El receso estaba por terminar, la historia de Honoka aún iría para largo, lo sabía, pero era la oportunidad que se le había presentado. ¿Para qué? Eso no lo pensó sino hasta que se encontró caminando en dirección al trío de primero que había sido señalado por su amiga, a la que maldijo mentalmente.

– ¡Tú! –gritó cuando se encontraba a unos pasos.

Las tres menores voltearon, de hecho, no fueron las únicas en hacerlo, pero Umi se dirigía a paso férreo en su dirección. La chica de cabello corto y anaranjado empezó ponerse nerviosa, la pelirroja se sonrojó ligeramente, y la castaña de lentes se escondió detrás de Maki. Cuando la vicepresidenta quedó frente a ellas, se sentía una extraña tensión en el ambiente.

– ¡Fui yo, yo rompí la probeta en el laboratorio de química, nya! –soltó de repente la pelinaranja, tirándose al suelo.

– ¡Rin-chan! –la castaña fue en su auxilio.

– Ah…

– Dudo mucho que ella esté aquí para eso –comentó Maki mientras tomaba uno de sus rulos del cabello y jugueteaba con él–, ¿no es así, Sonoda?

– ¡Pues entonces no pasó nada en el laboratorio, nya! –volvió a ponerse de pie en un instante, mientras se alejaba disimuladamente con la castaña tomada del brazo.

¿Sonoda? Sí, había escuchado bien, le había llamado por su apellido nuevamente. Se le quedó por un momento mirando a los ojos, hasta que sintió la presión en la nuca, era consciente que tenían muchas miradas puestas encima. No siempre se ve a la vicepresidenta, Sonoda Umi, gritar a mitad del pasillo y llamarle con un "tú" a alguien.

– Necesito hablar contigo.

– ¿Sobre qué?

Diantres, fue lo que pensó. Empezaba a sentirse nerviosa y ridícula por estar frente a una persona con la cual se suponía no tenía pendiente alguno. De repente, una idea atrevida cruzó su cabeza. La tomó del brazo, así como ella lo había hecho el día anterior, y la llevó por el pasillo hasta dar con un salón vacío. Se adentró con ella y cerró la puerta tras de sí.

– ¿Estás consciente de que eso es incluso más sospechoso? –cuestionó la pelirroja cruzándose de brazos.

– Sí, es sólo que… –desvió ligeramente la mirada– quería hablar contigo.

Maki la miró de soslayo, deshizo las barreras, se volteó y le sonrió con presteza.

– ¿Quién diría que puedes ser una cabeza dura, eh?

– ¡Oye!

– Muy bien, te escucho –comentó mientras se sentaba en una de las sillas–, recuerda que tengo clases. Y tú también.

– Bueno –comenzó, se sentía considerablemente nerviosa, por alguna razón que desconocía–. Es sobre lo de ayer.

– ¿Qué hay con lo de ayer? –Levantó una ceja a modo de cuestionamiento.

– Ya que te hice trabajar en vano –carraspeó–, creo que lo justo sería que tú me pidieras algo a cambio.

Maki abrió los ojos de la sorpresa, nunca llegó a pensar que Umi pudiera ser condescendiente hasta esos niveles. Volvió a cruzarse de brazos, dubitativa sobre las verdaderas intenciones de la peliazul, tratando de analizar el trasfondo de aquella extraña situación en la que se encontraban. Cruzó las piernas, mientras se recargaba en la butaca, poniendo uno de sus codos sobre la mesa y su barbilla sobre el puño cerrado de una de sus manos.

– Creo que la única que trabajo en vano fuiste tú –espetó en un tono cálido–. Al final, no conseguiste nada, más que verme tocar el piano, cosa que ya habías hecho sin mi permiso.

La peliazul levantó el rostro que hasta ese momento había mantenido cabizbajo debido a una extraña impotencia que había sentido de la nada. La miró a los ojos, trató de decir algo, pero ni siquiera pudo formular algo en su mente. Maki sonrió como para sí, aunque en realidad lo hacía para ambas. Se levantó de su asiento y acercándose a Umi, continuó.

– Y por ello aceptaré tu propuesta.

La campana del reinicio de clases hizo su aparición. Ambas miraron al techo, como buscando a aquella intrusa que quería entrometerse en su pequeño momento de intimidad. Volvieron a verse a los ojos. La pelirroja se sonrojó tan imperceptiblemente que únicamente ella fue consciente de ello, había sido como si una suave y cálida brisa le pegara en el rostro. Sin embargo, su corazón latía con fuerza. Salió del salón sin dar tiempo a la peliazul de reaccionar, cuestionar u objetar algo.

Estaba ligeramente alterada, ya pasaban de las tres y ella apenas había llegado a la casa. En su mente se instaló la imagen de la peliazul, esperándola en la entrada de la puerta, con los brazos cruzados y el ceño fruncido; pero el lugar parecía estar deshabitado. Cuando entró al recinto, escuchó ruido proveniente de una de las habitaciones. Mientras iba caminando por la sala de estar, pensaba en una excusa plausible para su evidente impuntualidad, pero ¿cómo podría saber a qué hora salía Umi de la escuela, si ni siquiera sabía su horario? Sí, ahí estaba la respuesta.

Se extrañó de sobremanera cuando se dio cuenta que el ruido no venía de la habitación en sí, sino de uno de los cuartos que estaban atiborrados de libros y papeles, seguramente estaba buscando algún libro que le sirviera para leer. Vio que la puerta de la última pieza estaba ligeramente entreabierta, mientras más se acercaba, el ruido se hacía más audible. Parecía que estaban moviendo cosas de considerable peso. Al entrar, no dio directamente con la peliazul, como se hubiera esperado, pero empezó a hablar.

– Umi, disculpa que llegue a esta hora pero…

La melena rubia de su padre se asomó detrás de uno de los libreros, tenía ambas cejas levantadas y una expresión divertida en el rostro. A diferencia de otras veces, vio a su progenitor desaliñado: no llevaba saco y tenía la camisa ligeramente desabrochada y doblada de las mangas hasta la mitad de sus brazos, un poco antes de llegar a los codos. Le sonrió con coquetería, cosa que le obligó a juntar las cejas a modo de desagrado.

– No pensé que Umi te tuviera tan controlada –empezó a reírse mientras acercaba una caja junto a otro montón que ya tenía acomodadas en uno de los rincones.

– No es lo que tú piensas.

– Sí, sí –volvió a adentrarse entre los estantes.

Eli lo siguió en cuanto lo vio desaparecer, su padre estaba buscando con ojos reconcentrados en uno de los libreros, cuando hallaba algo, su mirada se iluminaba momentáneamente y volvía al exhaustivo escaneo.

– ¿Qué haces aquí? –preguntó de manera hosca.

– Bueno, es mi casa, ¿no? –No volteó a verla, tomó 3 carpetas que acomodó en otra caja vacía que tenía en el suelo y giró su cuerpo para buscar en el otro estante–. Pensé que Umi te lo diría.

– ¿Decirme qué?

– Qué mala comunicación, eh –volvió a repetir sus acciones–. Le dije a Umi que vendría unos cuantos días a limpiarles las habitaciones. Créeme que no quieren nada de esto aquí.

– Si tú lo dices…

– ¡Oh, por cierto! –Continuó su padre, mientras cargaba la caja que acababa de llenar con papeles–. Espero no estés pensando en gastar mi dinero el jueves, ya sabes a que me refiero, ¿no?

– No pensaba hacerlo –susurró.

– ¿Sabes? Deberías considerar la posibilidad de hablar con Umi sobre Nozomi. Estoy seguro que será comprensiva contigo –comentó su padre, simulando un consejo lanzado al aire. Se alejó de la rubia, quien se quedó estática en su lugar–. Tarde o temprano tendrá que acabar aquello.

En realidad nunca lo había pensado, veía tan lejano el suceso, casi irreal el hecho de que estaba comprometida, que estar con Nozomi le parecía lo adecuado, lo normal, lo que realmente tenía. Sintió un extraño dolor en el pecho. Dos años, ¿qué son dos años?

– ¡Elichika, ven aquí! –le llamó su padre desde el lugar donde tenía acomodadas las cajas– Ayúdale a tu padre a meter esto en el carro.

– ¿Por qué no vi tu carro en la entrada? –haciendo recuento de su llegada, en realidad hubiera dado con un carro tan llamativo como el de su padre.

– Porque acaba de llegar –le volvió a sonreír.

Ambos rusos se pusieron a trabajar, mientras el mayor se encargaba de llevar unas 3 cajas o más sobre sus manos, Eli le ayudaba con una o a ponerle más peso a lo que ya cargaba su progenitor. En la entrada se encontraba el automóvil y uno de los trabajadores de su padre, que en cuanto lo vio salir, se apresuró a tomar las cosas y meterlas en la cajuela. Saludó a la menor con una reverencia y sin demora, seguía con su trabajo de acomodar cada nuevo paquete que le fueran llevando.

– ¿Qué hay en todos esos documentos? –preguntó la rubia mientras caminaban por los pasillos, de regreso a la entrada del recinto.

– Contabilidad, cariño –le contestó su padre–. ¿Ves que tu abuelo era un imbécil? Pues también lo fue en la contabilidad. Ahora hay que revisar todos sus antiguos movimientos, porque al parecer hay anomalías y eso nos generará un problema grande.

– ¿Qué tan grande? –se quedó quieta en la entrada de la casa, mientras observaba como aquel hombre cerraba la cajuela y se adentraba al carro a la espera de su padre.

El rubio únicamente se acercó, le dedicó una dulce mirada, le sonrió, tomó su rostro con ambas manos y le besó la nuca.

– No te preocupes, mientras estés con Umi, no te pasará nada.

Se quedó observando como el vehículo partía con su padre dentro de él. Se sintió pequeña, ese gesto solía hacerlo cuando era una niña, cuando su hermana le hacía sentir mal por recibir los cariños de su madre, o inclusive, en aquel entonces, los de él. Siempre se agachaba, le abrazaba, le tomaba del rostro y le besaba la nuca, diciéndole: "papá te adora más que a cualquier otra mujer, pero no se lo digas a ellas". Un escalofrío le recorrió la espalda, al adentrarse a la casa, la loción de su padre seguía presente en los pasillos.

Decidió ignorar todo lo que sentía y sabía. Su progenitor siempre había tenido ese efecto en ella, quizá porque en el fondo aún le tenía ese cariño infantil que fue destruido con la aplastante verdad. ¿Dónde se encontraban aquellas mujeres que presumían de ser su vida?

Se sentó en el sillón donde había dormido por dos noches, tomó la bolsa de plástico donde estaba el libro y se dispuso a leerlo. Inspeccionó un poco la portada, viendo la imagen del cerdo y la lanza, después el nombre, El señor de las moscas. ¿Qué clase de escritor le pone a un libro así? Pensó y se sintió ligeramente aturdida, como siempre pasaba cuando tenía que leer algo. Y el tiempo se deslizó tan imperceptible, que sin darse cuenta, ya llevaba más de 50 páginas leídas y Umi seguía sin aparecer. Sin embargo, el hambre si lo hizo. Estaba por terminar uno de los capítulos, así que se decidió a terminarlo para después buscar algo en la cocina.

La peliazul llegó antes de que ella terminara el capítulo, se acercó a la sala, puso su mochila en el sillón donde vio a la rubia leyendo con mucha concentración. Se retiró de allí sin decir palabra, se acercó a la cocina y empezó con su respectivo ritual de siempre, así como cuando llegaba al dojo y tenía que preparar comida para su padre.

– Hola –escuchó de repente.

– Buenas tardes –contestó la peliazul, sin mirarla, alzando una mano a modo de saludo.

– ¿Quieres te ayude en algo? –se acercó un poco a ella, observando como iba y venía del refrigerador a la estufa, y como se estiraba para alcanzar algo de los estantes. Ella decidió ir en su auxilio y pasarle lo que fuera que buscara–. Toma.

– Gr-gracias –se sonrojó tomando el aceite que le habían pasado y volvió a sus tareas.

Por alguna razón, que ninguna de las dos sabían, Eli seguía de pie, en medio de la cocina, siendo espectadora de todo lo que realizaba la otra, actitud que incomodaba de sobremanera a la peliazul.

– ¿No tienes algo que hacer? –preguntó con evidente molestia.

– ¿Sigues enojada? Tú me pediste que estuviera aquí –se encogió de hombros.

– Sí, pero no detrás de mí –le dijo mientras empezaba a picar una cebolla.

– Vale, vale. Estaré leyendo allá –señaló la sala y se retiró.

¿Qué si venía molesta? Claro que lo hacía. Una de sus mejores amigas le había ocultado el hecho de que probablemente le gustaran las mujeres o como ella decía: No todas las mujeres, sino Tsubasa-san. Y estaba Kotori, que aún a sabiendas, prefirió no decirle nada sobre ello y, en cambio, encararle su verdadera situación con respecto a sus recientes cambios de humor. Pero, ahora que lo pensaba, y que veía aquella cabellera rubia, se sentía más molesta por estar en la misma posición, sin embargo eran situaciones completamente diferentes. Una se trataba de un romance normal de adolescentes mientras que su caso era un matrimonio concertado. Y luego estaba Nishikino, a quien no tuvo la oportunidad de ver después de su acto de valentía absurda, ¿qué cabía pensar de ello?

Se permitió relajarse mientras preparaba la comida y, una vez que estuvo lista, la sirvió en dos platos, puso los vasos, una jarra de agua y llamó a Eli para que comiera con ella. La rubia, se sentó frente a ella y en todo momento no le quitaba los ojos de encima, como vigilándola, analizándola. Y así, mientras se llevaba un bocado a los labios, veía la expresión solemne de la peliazul, que incluso para comer tenía refinados modales.

No hubo plática de por medio, como de costumbre, sino un silencio extraño. Y Eli lo sabía, le costaría un gran esfuerzo dar, siquiera, un paso en su dirección.

Miércoles

– Nozomi –cantó en el micrófono del teléfono, por la bocina escuchó el bostezo–. Oh, no me digas que te desperté.

Es miércoles… –volvió a bostezar–, Elicchi.

– Cierto, que no tienes clases los miércoles –se acomodó en el sillón.

De todos modos ya tenía que despertarme –escuchó la tímida risa–. Y qué bonita manera de hacerlo.

– Harasho –empezó a reírse–. ¿Adivina quién acaba de despertarse?

¿No se suponía tenías clases? –preguntó del otro lado.

– Eso se suponía, pero me quedé hasta tarde leyendo –el silencio del otro lado le advirtió de la consternación–. Recuerdas que tengo una clase de literatura, ¿cierto? Pues me regresó el trabajo pasado y bueno… pedí ayuda.

Ya era hora.

– ¡Oye! –Se pasó una mano por el cabello–. ¿Qué haremos mañana?

¿Qué hay con mañana?

– ¿Sabes que es tu cumpleaños, verdad? –Escuchó el murmullo de asentimiento del otro lado– Pues eso.

Pensé que vendrías como es tu costumbre –se escuchó un suspiro–, y que me darías… mi acostumbrado regalo.

– Lo haces sonar como si fuera lo único que te diera –se rascó la mejilla un tanto nerviosa.

Tengo una novia por demás ardiente –y soltó la risa–. Aún recuerdo cuando me llamaste desde Rusia y me pediste que…

– ¡Wow! No sé por qué tiendes a recordar ese tipo de cosas –la interrumpió antes de que continuara, estaba completamente roja–. El problema es que quizá no pueda verte mañana.

¿Entonces por qué la pregunta? –su tono se volvió ligeramente serio.

– Bueno, pensé que nos podríamos ver temprano.

Estoy segura que mañana tienes clase con tu maestra de literatura, no dejaré que faltes –espetó–. ¿No tienes la tarde libre?

– No –se aclaró la garganta–. A quién le pedí ayuda me ha puesto como condición que esté con ella mientras trabajamos. De no ser así no me ayudará.

¿Qué clase de condición es esa? –susurró–. ¿A quién le pediste ayuda?

– Resulta que la niña con la que salí la otra vez al cine, es hija de uno de los mejores amigos de mi padre y es una especie de cerebrito en cuanto a literatura –explicó y volvió a aclararse la garganta–. Pero creo que no le caigo muy bien y por eso se puso medio intensa conmigo cuando le pedí ayuda.

¿Sigues sin saber tratar a la gente, Elicchi? –Volvió cálida su voz–. Es una de las cosas que adoro de ti…

– Intentaré llegar a un acuerdo con ella, ¿sí? –dijo tímidamente–. Te marco en la noche o mañana por la mañana.

Vale.

– Oye –una pausa, Nozomi guardaba silencio del otro lado–. Te amo.

Cierta pelirroja se encontraba a las afueras del consejo estudiantil, con una mano levantada, cerrada en un puño, lista para tocar la puerta. Las clases habían terminado hacia un rato, los alumnos se habían retirado a sus respectivas casas o habían ido a hacer sus actividades del club. Por alguna razón había encontrado el valor de subir las escaleras, de no refugiarse en el club de música detrás del piano. Y por eso estaba estática, a la espera de que en un impulso pudiera tocar la puerta. Soltó un suspiro resignada a ya no hacerlo y bajó de golpe el brazo, que en el camino dio con la puerta sin querer.

La puerta se abrió, dejando ver el rostro de la peligris, quien al verla ahí de pie, considerablemente sonrojada y nerviosa, le sonrió con malicia. Recordó la plática que tuvieron el día en que habían intentado convencerla de participar en el recital. Sintió un escalofrió cuando la tomó por el hombro y la invitó a pasar con su característica amabilidad.

– Por favor, Nishikino-san, pasa, pasa, no te quedes afuera –dijo con la suficiente intensidad para que sus otras dos compañeras dejaran de hacer lo que sea que estuvieran haciendo.

Umi estaba sentada en una de las sillas, rellenando unos formularios. Honoka se encontraba de pie acomodando algunas carpetas en uno de los estantes. Casi a sincronía, ambas giraron el rostro para encarar a la pelirroja que se tensó en cuanto sintió ambas miradas sobre ella.

– ¿En qué podemos ayudarte? –preguntó la pelinaranja con alegre voz. Dejó la carpeta en el lugar que le correspondía y se acercó a la pelirroja, quien dio un par de pasos atrás, hasta que Kotori la detuvo con sus manos en los hombros.

– Puedes decirnos cualquier preocupación que tengas con respecto a la escuela –comentó la peligris, con una hermosa sonrisa en el rostro–. O de algún estudiante.

– Yo…

– Dejen de hostigarla –habló Umi ligeramente molesta–. Parece que la estuvieran acosando.

Ambas chicas se alejaron de la pelirroja y se acercaron a la arquera. Ahora las tres tenían los ojos puestos en ella. ¿En qué momento se le había ocurrido que ir al consejo estudiantil era una buena opción? Bueno, no siempre salen las cosas como uno espera. Cerró los ojos y relajó los hombros.

– Vengo a hablar con Sonoda –declaró.

– Te escucho.

Fue una sorpresa para las 3, Honoka y Kotori se miraron entre sí, para después ver a su amiga peliazul y por último a la chica de primero que estaba frente a ellas.

– ¡¿Hablas en serio?! –Preguntó Maki un tanto consternada. Al ver asentir a Umi, se encogió de hombros y continuó– Como sea. Vengo a hablar sobre lo que ayer me propu…

– ¡Joh! Pero qué tarde es, será mejor que nos vayamos todas –interrumpió Umi, levantándose de golpe y dejando los papeles en la mesa, para después salir de la habitación tomando a Maki del brazo.

– ¿Las seguimos? –preguntó Honoka mientras veía como se alejaban.

– No lo creo –agregó la chica de cabello cenizo–. Será mejor ordenar esto para retirarnos pronto.

Umi seguía caminando con paso firme por los pasillos, bajó las escaleras de la mano de Maki que en todo el recorrido la siguió en silencio. Se detuvieron cuando llegaron al final de las escaleras. Estaban frente al corredor que daba a la salida del edificio, podían ver los casilleros y un par de alumnos aún se veían del otro lado, dirigiéndose a la salida. La peliazul volteó a ver a la pelirroja que seguía impertérrita, hasta que le sonrió con soltura y calidez, adornando sus mejillas con un tenue tono carmín.

– Disculpa pero ellas… –se quedó un rato en silencio–, ellas no saben de nuestro pequeño reto.

– Kousaka sí.

– Bueno –se sonrojó considerablemente–, no sabe sobre las condiciones del reto. Así que… quería ahorrarme el interrogatorio.

– Pues creo que con tus acciones no haces más que ganártelo –desvió ligeramente la mirada.

– Sí, no he sido muy lista últimamente –se pasó una mano por el cuello y empezó a reírse.

Maki se le quedó mirando por un instante, observando como su sonrisa remarcaba sus mejillas y el pequeño hoyuelo que le formaba en una de ellas. Su cabello se movía ligeramente al compás de su respiración alterada por la risa, acción que no hacía otra cosa que acentuar el contraste entre la oscuridad de su cabello y su pálida piel. Cuando volvió a abrir los ojos, percibió en ellos un brillo que no veía con regularidad en ninguna otra mirada. Aquello la sobresaltó, haciendo latir su corazón con violencia y su gesto siempre a la defensiva la traicionó para convertirse en una sonrisa involuntaria.

– Sal conmigo –proclamó con naturalidad. Cuando vio que la peliazul se ponía seria para después abrir los ojos y empezar a sonrojarse con violencia, ella comprendió su error–. ¡Espera, no es lo que estás pensando! –se cruzó de brazos, soltó un bufido, giró su rostro para no encararla y continuó explicando–. Lo que quiero es que salgamos algún día.

Mientras Maki seguía explicando, aclarando su principal idea, por las escaleras venían bajando Honoka y Kotori, quienes se les unieron después de unos minutos en los que Umi se hubo relajado, para continuar con la conversación sobre cosas banales, como las clases, los compañeros, los maestros, etc. Kotori le entregó sus cosas a la peliazul y ya listas las 4, empezaron a encaminarse a la entrada de la escuela.

Honoka y Kotori iban unos pasos delante de Maki y Umi que iban al mismo ritmo, atentas a la conversación que encabezaba la pelinaranja sobre la manera tan peculiar en la que se conocieron Tsubasa y ella. Y mientras la historia transcurría en momentos divertidos y vergonzosos, a lo lejos, aquellos dulces ojos amatistas trataban de enfocarse en reconocer a la persona que venía acercándose a ellas.

– ¡Oh, Kamisama ha oído mis plegarias! –exclamó Honoka interrumpiendo su historia, mientras tomaba fuertemente de uno de los brazos a Kotori y bailoteaba en su lugar.

– ¿Honoka-chan?

– Ya era mi turno de brillar ante los ojos de otra persona –tomó a Kotori por los hombros y la agitó suavemente–. Pedí un par de admiradoras, porque Umi-chan se las lleva todas.

– Pero tienes una linda novia, ¿no? –cuestionó la peligris, aún sin entender a qué se refería.

– Ya lo sé –se rió nerviosamente–, pero quería unas cuantas admiradoras. Y me ha llegado el momento en que una hermosa mujer viene a buscarme.

La chica de cabello cenizo volteó a ver a las otras dos chicas que se habían quedado en silencio durante todo aquel discurso sin sentido. Umi parecía estar pálida, mientras Maki tenía el ceño fruncido. Y cuando volteó el rostro para ver la razón de tan extrañas reacciones, se encontró con la figura de una chica rubia, quien se dirigía a ellas, con una sonrisa presuntuosa en el rostro. Y en efecto, parecía que iba por Honoka.

La rubia se detuvo frente a ellas, observó a cada una con detenimiento y cuando dio con la mirada de la peliazul, sonrió con presteza. Volvió su vista a la pelirroja, aquella chica que se suponía era una Nishikino, la niña que cuidaba su amiga Nico, quien la miraba con un gesto fuerte de desconfianza, lo que la hizo alzar las cejas suavemente.

– Buenas tardes chicas –saludó, mirando a Honoka, a quien le guiñó un ojo y le sonrió con picardía–. Temo que les robaré a Umi.

Ante aquella declaración, Maki, Honoka y Kotori, voltearon a ver a Umi, quien estaba notablemente afligida. Suspiró pesadamente, parecía que estaba a punto de decir algo, pero sólo se mantuvo firme en su lugar.

– Tengo que irme… –declaró, disculpándose con la mirada.

Las otras tres chicas se quedaron quietas mientras veían a Umi partir con la rubia, con quien no compartió ni siquiera un saludo en el trayecto. La peliazul sentía que la sangre le hervía, no por vergüenza, sino por el coraje. ¿Qué diablos hacía Eli en su escuela? ¿Cómo demonios supo que era su escuela? Se adentró en el coche, sentándose en el asiento de copiloto. Eli parecía estar tranquila con su inesperada aparición. Si todas las anteriores ocasiones se había salvado de cualquier tipo de pregunta exhaustiva, ahora estaba segura que les tendría que explicar a sus amigas, hasta que ellas se sintieran satisfechas con sus respuestas. Pero, eso era lo que menos le importaba. Lo que le intrigaba, era la mirada que le dedicó Maki a Eli.

Miró desde la ventana como Kotori y Honoka se alejaban, observándola con curiosidad, despidiéndose de ella con un movimiento de mano. Les sonrió con desgana. En la entrada de la escuela, aún seguía la pelirroja, atenta de ella. Decidió desviar la mirada y concentrarse en un punto ciego de la guantera del auto. Pudo escuchar como Eli se reía suavemente.

– Tenía miedo de no encontrarte –comentó–. Lo siento, supongo que me impacienté de estar sola en casa.

Y así había sido. Después de su llamada con Nozomi, se dio cuenta de que en realidad no necesitaba ir a la universidad, pues aquella clase que había perdido, era la única que tenía ese día. Así que estuvo leyendo gran parte de la mañana, hasta que decidió que sería buena idea dar una vuelta y esperar ver salir a Umi de la escuela. Pero como no sucedió, salió del carro con la intención de buscarla. Y tal fue su buena suerte, que dio con ella en su primer intento. Por ello sonreía, y porque le había agradado ver la expresión de sus amigas, que no era lejana a cualquier otra que no haya visto antes. La única persona que tuvo una diferente reacción a su presencia, había sido la peliazul. Y en aquella ocasión, como excepción a la norma, la pelirroja Nishikino.

– Pudiste haberme avisado por el celular, ¿sabes? –comentó con fastidio.

– Quería conocer a tus amigas –se encogió de hombros.

Dirigió su vista a la pelirroja, que seguía con la mirada fija en ella. Pudo ver a una pelinegra que se acercaba a Nishikino y ante la insistencia de sus ojos, aquella pequeña mujer volteó a ver en su dirección. Mierda… fue lo que pensó en cuanto vio a su amiga Nico dirigirse en su dirección.

– Umi, tú calladita –le pidió, guiñándole un ojo y poniendo uno de sus dedos sobre su boca.

La peliazul miró hacia la ventana y vio a una persona acercarse a ellas con pasos furibundos. Maki parecía estar un poco consternada por la repentina aparición de aquella mujer, sin embargo, le siguió hasta quedar cerca de ellas. Aquella desconocida asomó su cabeza por la ventana donde Umi se encontraba, sorprendiéndola. Se le quedó mirando mientras entrecerraba los ojos, después miraba a Eli con una extraña expresión en el rostro y volviéndose a Maki, empezó a hablar.

– Métete en el carro.

– Pero…

– Hazlo –le dedicó una pesada mirada.

La pelirroja la obedeció, entrando por la puerta de los asientos de la parte trasera, pidiendo disculpas por la intromisión. Eli únicamente le sonrió con la disculpa instalada en su sonrisa.

– ¡Tú, a los asientos de atrás! –ordenó mirando a Umi.

La peliazul miró aquel par de ojos carmesí, volvió su vista a los celestes de su compañera, recibió una sonrisa por respuesta. Salió del carro, sin meditarlo mucho, y se sentó a un lado de Maki. Ambas se miraron, preguntándose mil y un cosa telepáticamente.

– Eli.

– Hola, Nico –saludó levantando una de sus manos y moviendo sus dedos.

– Sal –su mirada se volvió aún más pesada–. Ahora.

La rusa la obedeció, salió despacio, sin gana alguna, del auto, dejando a ambas chicas solas en el asiento trasero. Vio a su amiga caminar unos pasos lejos del vehículo, la siguió y una vez que la hubo alcanzado, esperaba el regaño, muy pacientemente. No le convenía mentir, si llegaba a ser el caso, no con ella.

– Por favor, dime que no te volviste loca y que no estás acosando a chicas de preparatoria –Nico la tomó suavemente por los brazos, su mirada se había suavizado a tal grado que incluso ella misma se sorprendió de ello.

– ¿Qué? –Eli abrió los ojos de la sorpresa y empezó a reírse a todo pulmón– ¡Claro que no!

– Entonces, ¿quién es ella? –esta vez, agudizó la vista, en busca de cualquier atisbo de mentira.

– Bueno, es hija de uno de los amigos de mi padre.

– ¿Tu padre tiene amigos? –la soltó por la sorpresa de aquella declaración.

– Claro que sí, ¿qué te piensas de mi padre? –bufó–. Es una persona normal, ¿sabes?

– Ya, ya –agitó suavemente la cabeza–. ¿Pero qué tiene que ver eso con que ella esté en tu carro?

– Pues… –se pasó ambas manos por el cuello, dejándolas ahí, empezó a mover una de sus piernas–, me está ayudando con una tarea.

– ¿No Nozomi hacía eso?

– Es de literatura.

– ¡Oh! –Se cruzó de brazos, observó a su amiga de pies a cabeza y después soltó una suave risa burlona– ¿En serio? ¿Una de preparatoria te ayuda?

– Te puedo asegurar que ella sabe más de literatura que mi maestra –se quejó.

– Vale, vale –agitó una de sus manos, como ahuyentando el tema de la plática–. Mañana es cumpleaños de Nozomi, ¿lo recuerdas?

– Sí –la miró con seriedad–. No soy un asco de persona.

– Sólo a veces.

Mientras tanto, dentro del vehículo, el silencio se había instalado entre aquellas dos chicas que empezaban a ser conscientes de su situación. Ambas voltearon al mismo tiempo y al unísono intentaron empezar una conversación, al ver que se interrumpieron, guardaron silencio. Empezaron a reírse.

– ¿A dónde te gustaría salir, Nishikino? –empezó Umi.

– Aquí no hay problema en que me digas Maki –le dijo con total seriedad. Volvieron a reírse.

– Tu amiga da miedo.

– No es mi amiga, es una trabajadora de mi papá –carraspeó, mirando por el espejo retrovisor a ambas chicas que parecían estar discutiendo sobre algo–. ¿Quién es ella?

– Eli, le ayudo a estudiar literatura –comentó, sonrojándose ligeramente–. Pero no me cambies el tema, ¿A dónde quieres ir?

– Estaba pensando en ir a un concierto de la orquesta sinfónica –desvió la mirada, acercó una de sus manos a su cabello y empezó a enrollarse un mechón en uno de sus dedos–. A mis otras amigas no les gusta la música clásica.

– Vamos –le sonrió.

– ¡¿En serio?! –le tomó una de las manos y la soltó en cuestión de segundos, sonrojándose y girando el cuerpo para no encararla–. Digo, no es tan importante, pero en eso quedamos.

– Así es, Maki.

Eli iba manejando despacio en dirección a la residencia Nishikino, o al menos, algo cercano a ella. Por la plática que había tenido con Nico, ella se había retrasado en su regreso habitual a casa y llegar al recinto en un carro levantaría sospechas de su jefe, así que habían decidido que lo más seguro era que las dejara unas dos cuadras antes de llegar a dicho lugar. Y en ello se encontraban, mientras en la radio se podía escuchar una suave melodía de The smiths, con la rubia y la pelinegra en silencio, observando constantemente por el espejo retrovisor, los constantes acercamientos de Umi y Maki, las risas y sus charlas que no entendían.

Por alguna extraña razón, como para joderles el momento, Eli decidió subir el volumen de la radio. Y sonrió victoriosa cuando Maki le dedicó una mirada asesina por el espejo retrovisor. Nico estaba pendiente de los movimientos de su amiga, que parecía estar jugando sucio. Sin embargo, para sorpresa de todas, Umi se acercó al oído de la pelirroja, para seguir con la plática, no importando lo ruidosa que pudiera ser la música.

La rubia rodó los ojos y volvió a concentrarse en el camino. La pelinegra no perdió movimiento alguno de la rusa y la miró con una extraña sensación surgiéndole del estómago. Después se dedicó unos instantes a ver por el espejo la imagen de ambas menores, la cercanía que compartían. Con un codo puesto en el borde de la ventana, recargó su rostro en su mano, y prefirió ver el paisaje de las calles que recorrían.

Habían llegado a su destino, ambas chicas se despidieron de sus respectivas amigas. Maki ni siquiera volteó a ver a Eli, ni mucho menos le agradeció el viaje, cosa que Nico hizo por ella. La pelinegra le dedicó una última mirada a la peliazul, entrecerró los ojos y después se fue, apresurando su paso para alcanzar a la pelirroja.

– Pásate al frente que no haré de chofer –le pidió a Umi, girando su cuerpo para verla.

La arquera obedeció a la mayor, se pasó al asiento del copiloto y regresaron a casa en silencio. La música era aquello que impedía que el ambiente se tensara. Seguramente Umi tendría muchas preguntas, así como Eli tenía demasiadas, sobre todo por aquello que ella sabía sobre la relación que tenían los Nishikino con los Sonoda. O al menos, aquello que le había contado Nico.

Al llegar a casa, Umi le pidió a Eli que siguiera con su lectura, mientras ella servía la comida que había sobrado del día anterior. La rubia no se opuso. Y así como todas las veces que había tomado aquel libro, volvió a sumirse en la lectura demasiado rápido. Sin duda, era un libro atrapante, bastante fluido y de buen argumento.

Cuando se sentaron en la mesa, Eli se dio cuenta del notable cambio que sufría la peliazul cuando estaba con ella, a diferencia de cuando estaba con sus amigas. En especial con la pelirroja. Parecía, o al menos así lo sentía, que ponía una barrera invisible entre ellas, disfrazada de un silencio cómodo, llevadero. Aquello empezaba a impacientarle, pues si bien, era consciente de que había cometido errores desde sus primeros encuentros, no sentía que fuera razón suficiente para su inmutable escudo.

– ¿Qué tanto sabes de los Nishikino? –preguntó de repente.

Umi, quien estaba comiendo apaciblemente, levantó el rostro, la miró a los ojos y levantó una ceja.

– Mi padre me dijo que son unos importantes doctores –contestó cuando terminó de masticar lo que tenía en la boca–. De ahí en fuera, sólo sé muy poco de Maki.

– Parece que se llevan muy bien.

– Tú no pareces llevarte muy bien con tu amiga –contratacó, sin saber por qué. Ante el silencio de la rubia, continuó comiendo.

– ¿Te gusta?

Con la comida a medio camino entre el plato y su boca, la peliazul bajó los cubiertos, dejándolos dentro del plato. Empezó a reírse nerviosamente, cerró los ojos, se recargó en el respaldo de la silla y suspiró con pesadez. Ese día, en especial, se sentía demasiado tranquila. Cuando abrió los ojos y se encontró con aquel par de ojos azules que la miraban directamente, como queriendo elucubrar los secretos de su alma, algo dentro de ella se ablandó y le permitió, por una vez, ser verdaderamente consciente de su actual situación. Se levantó de su asiento, recogió ambos platos junto con sus cubiertos, mientras Eli le ayudaba con los vasos.

– Yo soy un poco necia respecto a mis sentimientos –volvió a intentarlo Eli, queriendo de alguna manera acercarse a ella, porque de repente así lo quería–. Me cuesta mucho darme cuenta de cuando me gusta alguien.

Umi se encontraba en el fregadero, lavando con parsimonia los trastes, viendo la llave desangrarse, mientras las palabras de Eli se le escurrían de las manos y se iban por el desagüe. La rubia se rió a modo de desahogo, se alejó un poco de ella porque empezó a sentirse ridícula. Únicamente con Nozomi había tenido ese tipo de pláticas absurdas a cerca de los sentimientos y su complejidad. Sintió un extraño vació en el pecho. Fue a sentarse al sillón, dispuesta a terminar su lectura para después empezar con el exhaustivo trabajo que le supondría escribir el análisis de aquel libro.

– ¿Sabes? Poco importa si alguien me llega a gustar –terminó con su tarea y se volteó para ver directamente a los ojos de la rubia–. Al final de cuentas, me casaré contigo. Y no quiero jugar al tonto con alguien… o peor aún, conmigo.

La mayor tragó saliva, mientras veía a la peliazul salir de la cocina y acercarse a ella. Se giró, dándole la espalda. Volvía a sentirse pequeña. Advirtió como la tomaban por los hombros, o eso creyó, porque aquellas manos viajaron por sus clavículas y se cruzaron para abrazarla del cuello. De repente, un calor insoportable le invadió el cuerpo y sintió como se le erizaba la piel.

– Mañana empezaremos con lo difícil de tu trabajo –y como si le hubiera leído la mente, agregó–. Recuerda que no puedes salir, sino se acaba el trato.

La soltó y la dejó sola en un lugar que de repente le quedaba demasiado grande.

N/A:

¡Hola a todos!

Pues ahora les dejo un capítulo un poco más corto que los demás. Y tiene una explicación: pensaba poner todos los días de la semana en un solo capítulo, pero de repente me di cuenta de que no iba a ser posible :v porque iba a quedar un monstruo de capítulo jajajajaja Unos días quedaran más cortos que otros, eso sí.

Estos dos días están ligeramente largos, porque necesitaba que dieran cuenta de unos pequeños detalles. Uno de ellos es la diferencia entre la actitud de Umi para con Eli, así como para con Maki. De igual manera, en los siguientes capítulos se irán descubriendo cosas. Al igual que irán cambiando otras.

A diferencia de los capítulos pasados, este capítulo es un poco más sencillo. Incluso medio flojo, podría admitir (porque soy floja :V, ok no), pero es porque las cosas se irán dando poco a poco. Si no les agrada el ritmo, pues ni modo jajajaja no es cierto, pueden decirme y lo puedo hacer más ágil.

También si tienen alguna sugerencia, que hayan dado cuenta de un error (porque es noche y muero :c), pueden decírmelo :3 igual sus opiniones o suposiciones. Incluso pueden tirarme tomates y decirme que deje de escribir basura.

Y por último:

¡Felices Fiestas a todos! Ya saben, Navidad y Año Nuevo xD les deseo lo mejor, de lo mejor: mucha comida, ponche, amor y regalos :3

Y pues… ¡hasta la próxima!

PD: Pido disculpas a aquellos que sigan El anhelo del Kitsune, tengo que estar de un estado de humor muy específico para escribirlo, sino me salen puras cosas tristes cofcofDePuntillascofcof :v

No me odien, yo los adoro :D

¡Saludos!