Los personajes de esta serie no son de mi propiedad.
…
– 7 –
La pelinegra se encontraba estupefacta viendo la manera en la que la pasta desaparecía del plato de su amiga con una velocidad espantosa. Se llevó el popote a la boca y sorbió ligeramente su bebida mientras cruzaba las piernas. A veces envidiaba la rápida digestión de la rubia y su organismo acostumbrado a sendas cantidades de comida que mantenían a raya su peso y las proporciones de su cuerpo. Miró por encima de sus lentes de sol que traía puestos –ridículamente– incluso siendo un día nublado.
– ¿No vienes de casa de Nozomi? –preguntó con el popote aún en su boca.
– No –levantó el rostro momentáneamente y se limpió las comisuras de los labios con una servilleta.
– Pensé que sí, es domingo –comentó y miró el cambio de postura que realizó la otra–. Eso explica porque estás comiendo como animal, Nozomi te hubiera mandado bien alimentada.
– Creo que está molesta conmigo –se encogió de hombros y dio un largo trago a su refresco.
Decidió no comentar nada al respecto, sabía lo que había pasado porque en la noche del sábado Nozomi le llamó para decirle que Eli se estaba comportando raro y que no sabía cómo decirle que necesitaba "tiempo y espacio". O siquiera, acercarse a ella para descubrir la verdad. Le sorprendía de sobremanera que su relación aún funcionara. Debe ser el sexo, eso fue lo que pensó la ojirubí, lo que aún no se extinguía en ellas. Quizá era la costumbre, cosa que sería mucho más difícil de tratar.
– Bueno, ¿para qué querías verme? –agregó en cuanto terminó con su bebida y dejó el vaso con un sonoro golpe en la mesa.
– Cierto –volvió a acomodarse–. Hablé con el señor Nishikino y casi pierdo mi trabajo por la osadía de pedirle un trabajo para alguien más. Que ni siquiera llegó a eso, sólo le pregunté por la posibilidad, una insinuación. Por suerte, nadie soporta a su hija mejor que yo, así que mi empleo está a salvo.
– Uhm –carraspeó–, no era necesario vernos para eso.
– Claro que sí, idiota –espetó–. El punto es que no te conseguí trabajo en el caserón, pero hablé con mi antiguo jefe y me dijo que podrías ayudarle en vacaciones.
– ¡Genial!
– Lo sé, soy genial –volvió a cruzarse de piernas y alzó ligeramente la cabeza con altanería–. Te pondré al tanto de la situación por mensajes, probablemente te guste tu trabajo porque es en una tienda de discos.
– ¡Doblemente genial! –le sonrió.
– Lo sé, no es necesario que lo repitas –volvió a llevarse la bebida a los labios.
– Eres una buena amiga –desvió la mirada mientras lo decía, no porque fuera mentira, sino porque le costaba mucho hablar desde sus sentimientos.
Nico se le quedó mirando con una extraña sensación en el pecho. Recordó la manera en que se conocieron: ella una extranjera, viviendo en el mismo complejo de departamentos, siendo vecinas, le ayudó a adaptarse a la ciudad. En aquel entonces era ingenua, curiosa y le tenía un rencor muy grande a su padre, estaba molesta con la vida que le había tocado y todo lo que le habían arrebatado.
Así descubrió lo afortunada que era ella por tener una familia y buenos amigos –amiga, en su caso–. Siempre le pareció graciosa su incapacidad para dar con sus sentimientos y lo terca que solía ser cuando se trataba de ellos, algo parecido le había pasado con Nozomi. Por ello nunca entendió su actual proceder, era como si la adolescencia le hubiera llegado tardía.
– Para eso estamos –le sonrió con honestidad y le acarició la mano que estaba sobre la mesa.
La rubia empezó a reírse y lagrimeó ligeramente. Y su espectadora lo entendió, comprendió a que se refería Nozomi cuando le dijo que Eli se comportaba raro. Pero… ¿Qué podía hacer?
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Un escalofrío le aterió los sentidos en el momento en que el tintineo de los hielos, la puerta abriéndose y el estornudo de su padre coincidieron en su manifestación. Observó como el líquido transparente ganaba terreno sobre el cristal. Tomó el tercer vaso y lo llenó de agua como lo había hecho con los otros dos.
– Buenas tardes, señor Sonoda –escuchó la característica voz de la rubia.
– Eli-san, un placer verte –luego el sillón y los pasos de su padre.
No pudo mentir, pero tampoco decir la verdad. Había escuchado a Eli llegar el día anterior por la noche, pero se sentía avergonzada, así que decidió esperar a que amaneciera para poder enfrentarla. Cosa que no sucedió porque, cuando despertó, la chica no estaba. Así que en cuanto su padre hizo aparición, le dijo que la rubia no se encontraba por el momento. Y no agregó nada más al respecto.
El hombre lo entendía y guardaba silencio, era más observador que conversador, por ello, en el momento en que vio a su hija regresar con los vasos de agua, dejar uno para él y otro para la chica, y sentarse con su respectiva bebida entre las manos sin siquiera dirigir una mirada a la rubia, supo de aquella mala comunicación de la que Luka le había hablado.
Se entretuvo un rato hablando con Eli sobre su vida, lo que estudiaba, sus tareas y un poco de su sentir respecto a la situación. Tenía que hacerlo, aunque su hija pudiera enojarse; así que con un poco de coraje y después de carraspear para aclarar su garganta, comentó:
– Umi, cariño, necesito que me dejes hablar un momento a solas con Eli-san.
– Está bien, padre –se levantó de su asiento y se encaminó a la habitación, pero la mano de su progenitor la detuvo.
– A solas, cariño –miró el desconcierto en los ojos de su hija–. Sólo será un momento, son cosas que competen únicamente a Eli-san.
– ¿Quiere que salga de la casa?
– Sí… –pudo sentir como la mirada de su hija se volvía pesada.
Sus dorados ojos vieron como la rubia se levantaba del asiento y se acercaba a ellos, en especial a ella. Con una sonrisa en su rostro, sin la burla implantada, le tendió las llaves de su auto.
– Por si quieres escuchar música, basta con que lo enciendas sin accionar el motor –le tomó de las manos y le dejó las llaves entre ellas–. También en la guantera hay un libro.
La peliazul sujetó las llaves y salió de la casa sin objeción alguna. Abrió las puertas del carro, se metió y se dispuso a escuchar música. Sacó su celular de la bolsa de su suéter, buscó un número y lo marcó. Esperó pacientemente, con la bocina en su oreja, a que una cálida voz le respondiera.
– Umi –escuchó que contestaron del otro lado.
– Hola, Maki –en su rostro se dibujó una tenue sonrisa– ¿Estás ocupada?
– En realidad, no –una risa–. No es que tuviera planeado llamarte, pero eres muy oportuna. Estaba pensando en ti…
Ensanchó su sonrisa y se acomodó en el asiento, sería una plática interesante.
– Es bueno saberlo.
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El hombre rumiaba cada una de las palabras que estaba por decir, reorganizaba sus ideas y trataba de darle una direccionalidad a todo su discurso, lo que menos quería, según la experiencia de Luka, era que Eli se sintiera ofendida o molesta y decidiera no contestar sus preguntas. O peor aún, se negara a cooperar en algo que quería pedirle.
– Umi me había dicho desde el lunes que quería hablar conmigo –empezó la rubia al ver que su futuro suegro no se animaba.
– ¿En serio? –Preguntó con sorpresa–. Luka me había dicho que tenían problemas para comunicarse.
– A mi padre le gusta exagerar todo –hizo un movimiento con su mano, indicando que su progenitor sólo habla por hablar–. Tenemos nuestras diferencias, pero es comprensible.
– Creo que eres más razonable que tu padre –ambos empezaron a reírse.
Eli tenía un plan en mente. Después de su ataqué de irá y calor, se sintió mal por haber descargado sus tensiones con Nozomi, se quedó todo aquel día con ella y regresó a casa hasta entrada la noche. Luego en la mañana había salido a fumar un rato y a encontrarse con Nico mientras intentaba organizar sus pensamientos y, entre todo lo que sabía y desconocía, había dado con 3 preguntas que quería hacerle a Jun, con la esperanza de que él tuviera las respuestas.
– ¿Entonces, Señor Sonoda? –quería que primero el hombre hablara para ver como ella iba a proceder, era algo que había aprendido de su padre.
– Pues… –volvió a acomodarse en el asiento–, Luka me ha platicado algunas cosas sobre de ti, pero quisiera oírlas de tus labios y saber lo que piensas y sientes al respecto.
– Muy bien.
– Él me dijo que ya tenías conocimiento sobre sus planes, ¿cierto?
– Bueno, siempre me había dicho que me casaría con alguien… – que sería como un príncipe, completó en su mente, recordando su niñez–. Pero pensé que era otro de sus juegos o ideas locas que nunca llevaba a cabo.
– Ya veo –meditó un poco–. Realmente a mí me sorprendió cuando lo volví a ver. ¿Sabes la verdadera naturaleza de este matrimonio?
– No –ante eso, se concentró lo más que pudo en lo que seguiría.
– Bueno, tienes derecho a saberlo –se encogió de hombros y suspiró–, de mi parte esto tiene que ver con mi esposa, quien fue en contra de los deseos de su padre y se casó conmigo. La alianza en realidad tuvo que haber sido con Luka. Pero lo que corresponde a tu padre, eso no puedo decírtelo yo. Lo siento, Eli-san.
La rusa se encogió de hombros, estaba acostumbrada a todo lo que rondara alrededor de su padre estuviera cubierto por un velo de que le impidiera ver con claridad lo que se ocultaba detrás.
– ¿Algo más, señor Sonoda?
– Sí –se pasó la mano nerviosamente por su cabello–. Luka me puso al tanto de la existencia de la señorita Toujou.
Sus ojos azules mutaron el sentimiento que expresaban, su cuerpo se tensó y cambió de postura deliberadamente. Cruzó las piernas, los brazos y dejó que sus cejas se juntaran un poco más, señal de que estaba poniendo una barrera que antes no había tenido necesidad de mostrar.
– Ese hombre no puede guardarse nada –escupió las palabras.
– Se preocupa por Umi, cosa que le agradezco.
Se quedaron con los ojos puestos en los ajenos, parecía que en determinados temas, los que correspondían a su hija, aquel hombre tenía el valor y la fuerza de voluntad que no mostraba en otros. Eli lo sabía, era el momento preciso en que tenía que llevar a cabo su táctica. ¿Un poco forzada? Quizá, pero sería efectiva.
– Quiere entrar en terreno minado, señor Sonoda –comentó con una voz fría.
– Tengo que hacerlo –desvió ligeramente la mirada y juntó sus manos–. Por mi hija.
– Le contestaré todo lo que quiera saber de Nozomi –hizo énfasis en el nombre–, sólo si a cambio usted me responde 3 preguntas que quiero hacerle, independientemente de si sabe o no la respuesta.
Luka no le había mentido al decirle que si hablaba con su hija, ella intentaría voltear la situación en un momento de debilidad. Le había dicho que era un astuto zorro que comía gallinas asustadizas como él.
– Está bien.
– Empiece usted, por favor –sonrió socarronamente, cosa que incomodó al hombre que tenía enfrente.
– Tengo entendido que es tu novia –un asentimiento por parte de la rubia–. ¿Desde hace cuánto?
– Dos años.
– ¿Umi sabe de ella?
– Lo intuye –recordó la noche del viernes y sintió una punzada de dolor en el pecho.
– ¿Ella sabe de Umi? –La chica se le quedó mirando de forma penetrante y después de unos segundos de silencio, negó con la cabeza– ¿Piensas hablar con mi hija sobre ella algún día?
– Por supuesto.
– Quiero que lo hagas pronto – ordenó con voz firme y mirándola sin titubear.
La chica se sintió incomoda ante ese mandato, pero también su padre ya se lo había pedido y por ignorar su consejo, había terminado en una especie de crisis. Su conclusión más próxima: mantener la relación con Umi lo más cordial posible para evitar hacer idioteces.
– Si usted es otro de sus intentos de mi padre para que deje a Nozomi, puede decirle que ha fallado –espetó y desvió la mirada–. No pienso hacerlo, no por ahora.
– No te estoy pidiendo eso –el hombre dulcificó su voz–. Estoy seguro que tampoco mi hija te lo pediría.
Ella también estaba segura, por alguna razón. Miró la hora, no habían pasado ni 15 minutos y ya se le había hecho una eternidad, pero debía resistir. Hubiera querido tomar un cigarrillo y fumar ahí, sin embargo, no sabía que reacción tendría el padre de su prometida.
– Bien, hablaré con Umi.
– Gracias.
– ¿Algo más? –bajó la guardia y cambió su postura.
– Sí… –empezó a sonrojarse–. Tu padre… bueno, él me dijo… –tosió–. Te lo diré como me lo dijo.
– Lo escucho.
– Luka me comentó que la señorita Toujou te ha… –carraspeó mientras su rostro se teñía de rojo–, que te ha dado las estrenadas de tu vida.
La chica soltó una carcajada, ahora veía de donde Umi había sacado tanta modestia en determinados temas, pero lo que más gracia le causaba era oír las expresiones grotescas de su padre en los labios de ese hombre enjuto y extenuado por la depresión.
– Bueno, señor Sonoda, sí he tenido relaciones con ella, pero ¿eso qué tiene que ver con su hija? –Cambió su pierna derecha para cruzar la izquierda y recargó su barbilla en una de sus manos, lo observó tomar su vaso de agua y precipitarse todo el líquido a su boca–. Oh… no he tocado a su hija de ninguna manera, si es lo que quiere saber. ¡Acaba de ser testigo de que no me deja ni verla!
– Es que tu padre… –intentó excusarse pero volvió a escuchar la sonora risotada de la rusa.
– ¡No le haga caso a ese viejo! –se llevó una mano al cabello y se lo acomodó–. Nunca, señor Sonoda, nunca le haría nada a su hija.
– ¡Es un alivio escucharlo! –exclamó relajándose.
– Nada que ella no quiera –sonrió burlonamente al ver como el hombre volvía a tensarse.
– ¡Bueno, bueno! Volviendo al tema, hablarás con mi hija de la señorita Toujou, NO la tocarás y ahora… –hizo una pausa para pensar en su siguiente movimiento– una pregunta distinta, ¿conoces a las amigas de mi hija?
– Algunas.
– ¿A quiénes?
El hombre lo preguntó con tanta seriedad, que Eli empezó a sospechar de qué se trataría de un tema más serio de lo que aparentaba.
– Si no mal recuerdo, Honoka, Kotori y Nishikino –cuando mencionó el apellido, observó la reacción del hombre. Seguramente le había sido raro que de todas dijera el nombre menos de la pelirroja.
– ¿Maki Nishikino?
– Sí.
Un extraño silencio, tenso e incómodo, se instaló entre ellos. Jun se pasó una mano nerviosamente por el cabello. Eli lo escrutaba en silencio, estaba acostumbrada a observar los comportamientos de la gente. Estaba segura que eso tenía algo que ver con lo que Nico le había comentado en una ocasión sobre la demanda de los Sonoda a los Nishikino.
– Eli, debo pedirte un favor muy importante… –el tono de su voz cambió, cosa que sorprendió a la nombrada.
– Espere –corrigió su postura al sentarse y se acercó a la mesa para quedar exactamente frente al hombre–, primero responda mis preguntas.
– Fue un trato.
– ¿Por qué mi padre me dijo que con ustedes estaría segura?
– Los enemigos más grandes de tu padre tienen una deuda moral con los Sonoda, nunca te harían nada si estás casada con mi hija –lo soltó, era consciente de que Luka lo mataría por haberle dicho aquello a Eli.
– Nunca creí que estuviéramos tan mal –bajó ligeramente la mirada y posó su vista en el suelo, empezó a alarmarse y a sentir pánico–. Mi madre y mi hermana, ¿sabe usted algo de ellas?
– En que gran lío me estoy metiendo –suspiró y empezó a reírse–, espero tu padre no me mate. Ellas están bien, no sé dónde, pero bien.
Sintió una alegría inmensa tras escuchar esas palabras, pero al mismo tiempo un enojo caótico por la incapacidad de su padre de decirle aquel simple hecho que ahuyentara a uno de sus más grandes miedos. Ahora tenía más preguntas en su cabeza, como por qué el señor Sonoda sabía de ellas.
– Tu última pregunta, Eli –sonrió victorioso al recordar que la chica había dicho 3 preguntas.
– Diantres –rió ante la derrota.
Tendría que pensar qué era lo que más le convenía saber. Podría preguntar sobre su madre, sobre los verdaderos enemigos de su padre, alguna que otra situación misteriosa o incluso la necedad de su progenitor por separarla de Nozomi, pero decidió arriesgarse y hacer la pregunta que estaba carcomiéndole el morbo.
– ¿Por qué le oculta a Umi todo lo que gira entorno a su madre y los Nishikino?
La sonrisa de Jun se borró de su rostro, ¿cómo había dado con ello? No lo sabía y quizá no le convenía saber, lo importante era mantener a su hija al margen de aquella familia.
– Bueno, eso va muy acorde con lo que te quiero pedir –se levantó de su asiento–, ¿qué tanto sabes?
– Sólo de la demanda, de la idea de que su esposa era la última de los Sonoda y de los extraños movimientos de los Nishikino.
– Está bien –suspiró y se encaminó a la puerta, vio como la rusa lo seguía de cerca–. La deuda moral de la que te hablé, la tienen los Nishikino con nosotros… simplemente no quiero que sepa lo mucho que sufrió su madre por un descaro –agachó la cabeza–. Fue… horrible.
Lo vio abrir la puerta y observar el vehículo donde parecía estar Umi dormida.
– Entonces, Eli –la tomó por el hombro y por primera vez vio en él un sentimiento fuerte, cómplice y veraz–, no quiero que mi pequeña se involucre con la hija de unos asesinos. No lo permitas, por favor.
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Aquello se develó en ella de una manera imperceptible e incurable. Fue casi una contemplación mórbida que nació de esa maldita plática, aquel estúpido discurso que le turbó los oídos pero que al mismo tiempo le fascinó. ¿Cuánta nobleza y raciocinio cabía en aquella mente que aún le era desconocida y que empezaba a mostrarse ante ella como uno de los misterios más incompatibles con sus modos de vida?
Cada día regresó a casa, no porque realmente quisiera estar ahí, sino porque las opciones se le fueron agotando. Cuando llegaba al departamento de Nozomi, nadie atendía su llamado. Había negado, muchas veces, la copia de la llave que su novia le había ofrecido para entrar cuando y cuantas veces quisiera. Marcaba a su celular y si tenía suerte le contestaba con un: "Elicchi, estoy en el templo, te marco luego". Ese luego se volvía días, y la llamada un cuestionario estandarizado. La única vez que se armó de valor para ir al templo a buscarla, su jefe, un anciano amable, le dijo que "por ahora, Nozomi-chan" estaba indispuesta. Decidió no insistir, darle su tiempo y espacio; cuando quisiera verla de nuevo, ella reaparecería.
Por eso empezó a regresar a casa sin dilación, por eso y porque sentía cierto compromiso de responsabilidad. Si el señor Sonoda le había dado la tranquilidad que por mucho tiempo su padre le había negado, lo que menos podía hacer era regresársela cumpliendo su promesa de cuidar a Umi.
Los primeros días se hallaba con la casa vacía, ahí fue cuando se dio cuenta que la peliazul permanecía más tiempo en la escuela de lo que ella estaba en la universidad. Tomó la iniciativa de pasar por su prometida a la escuela, con un consentimiento previo al que Umi había accedido con la condición de que le avisara por medio de mensajes cuando fuera a pasar por ella. Así la veía salir sola, sin Maki, Honoka o Kotori. Todo para llegar a casa con ella.
Al principio creyó que todo lo hacía para fastidiarla, para matar el tiempo y divertirse; sin embargo, se descubrió meditando su existencia. A veces la seguía hasta la cocina, Umi ingenua, con el consuelo de saber que era un territorio en el que Eli muy rara vez entraba; otras gustaba de invadir la habitación, mirando en silencio como hacía sus deberes o leía. Y se quedaba ahí de pie, cada nueva ocasión a una distancia menor, para observarla con detenimiento. Le agradaba ver como sus tranquilas facciones eran modificadas por su presencia a unas tensas, la manera en que sus cejas se juntaban casi sin aviso y la sonrisa. Aquella sonrisa, débil y resignada.
La primera sentencia fue para ella, por bajar la guardia y quedarse quieta escrutando cada fotograma en las expresiones faciales de la peliazul. Sobre todo, los de aquella tarde en que se le había ocurrido comentarle sobre la existencia de Nozomi, porque de repente había notado que su presencia dejaba de tener impacto; pero, contrario a todo lo que pudo haber esperado, Umi ni se inmutó y siguió sentada en la cama leyendo el libro que traía entre las manos. Ni siquiera cuando le comentó de sus dos años de relación hubo una reacción o algún sobresalto.
Regresó al lugar donde pasaba el tiempo que no le seguía, se recostó en el sillón, con parte de su cuerpo en los asientos y sus piernas volando sobre el posa brazos. Se acomodó unos cojines detrás de su cabeza y cerró los ojos mientras dejaba que una canción al azar se apoderara de su mente. Permaneció así, susurrando la canción en la oscuridad de sus parpados, con la respiración acompasada, hasta que sintió un leve cosquilleo en la mejilla y abrió los ojos.
Umi la miraba desde arriba, recargada en el respaldo del sillón, con una sonrisa tierna. Parte de su cabello caía inflexible directo al rostro de la rubia. A Eli no le molestaba, de hecho, sentía cierto placer al verla ahí en lo alto, inalcanzable a sus manos perezosas y reacias a alzarse. No correspondió la sonrisa, pero mantuvo firme su mirada.
– Eres muy impaciente, Eli.
La nombrada alzó una ceja, la canción se desvaneció de su mente. Quiso levantarse, pero no pudo, se quedó acostada, esperando más palabras, una explicación quizá.
– Ya decía yo que por algo me empezabas a hablar de estas cosas –continuó–. Está bien, Eli. Antes de toda esta locura, tenías tu vida. Yo lo comprendo.
Parpadeó, fue un movimiento lento y pastoso. Endulzó su sonrisa y el tono de su voz. Ella era tan dulce como la miel de sus ojos.
¿Era el efecto de la soledad?
– Lo único que te pediré, más como un favor personal que otra cosa, es que le digas del compromiso –se encogió de hombros–. Dudo mucho le hayas comentado algo, y no creo que le agrade la idea de enterarse por otros medios o a última hora. Si llegan a un acuerdo, no te detendré.
– ¿Estás bien con esto? –su voz se le antojó temerosa.
– ¡Claro! ¿Por qué no lo estaría? –Se rió suavemente–, aún no eres mi esposa.
Lo que Eli ignoraba de todo eso, era el hecho de que cada movimiento de la menor era meditado e intencionado. Había accedido a que pasara por ella a la escuela porque su padre le había pedido que de alguna manera mejorara su relación con su prometida; y le había puesto como condición a la rubia el que le mandara mensajes para así poder excusarse con sus amigas sin la necesidad de poner alguna razón incómoda de por medio. Lo mismo hacía con Maki, con quien había acordado tener una amistad que no traspasara las paredes del salón de música, para beneficio de ambas.
Todo aquello le suponía un gran esfuerzo –más el de acostumbrarse a que Eli estuviera rondando por sus alrededores–, que terminaría destruyéndose ante la naturalidad del acontecer. Con el paso de los días notó que si se mantenía al margen, evitando las fricciones y las confrontaciones, ella era una agradable compañía: sabía hacerle plática de cualquier tema y era divertida, aunque a veces podía llegar a ser pesada.
Su permanencia en casa se volvía constante, lo que también la mantenía alerta de los horarios de la rubia, pues lo que menos quería era tener un encuentro en el baño mientras se duchaba. Por ello procuraba bañarse mientras la rubia estuviera dormida o ausente. Quizá su presencia había dejado de ser sinónimo de interferencia entre su vida y la tranquilidad, pero la intimidad era otro punto en el que aún no estaba dispuesta a ceder.
Aquel día en que supo de Nozomi, aunque tuviera el presentimiento de aquello, no se sobresaltó ni se sintió mal, en cambio, experimentó cierto alivio que se traducía a un nombre: Maki Nishikino. Y aquel nombre, fue la sentencia que le correspondía.
…
…
– Invita a Eli-san.
– ¿Perdón?
– Que invites a Eli-san.
– Puede que ya tenga planes.
– Hazlo, me prometiste que intentarías llevarte mejor con ella.
– Pero…
– Además, no conozco a esta persona con la que vas a salir –empezó a decir el hombre mientras veía el evidente enojo de su hija.
– ¿Cuál es la diferencia? También es mi amiga –la peliazul miró a su padre, el hombre parecía renuente a encontrar otra solución. Suspiró– Bien. Entonces, iré por ella.
– No piensas salir a estas horas de la noche –el hombre se paró de su asiento y siguió a su hija por los pisos de madera del lugar–, ¿Verdad, Umi?
– Mañana es el evento, debo ir por ella, padre –siguió a paso recio.
– Umi, llámale.
– No, debo invitarla.
– Umi, cariño…
Y siguieron recorriendo el recinto con aquel tipo de discusión que muy rara vez la chica aplicaba con su progenitor. Llegando a la puerta, al abrirla, se encontró de frente con otro cuerpo con el que chocó y rebotó ligeramente. Sus ojos estaban tan cerca de los azules, que se sonrojó en el instante en que dio cuenta de la cercanía de sus cuerpos. Retrocedió y dio con las manos de su padre que la detuvieron en sus pasos.
– Eli-san, qué bueno tenerte por aquí –la sorpresa se asomó por parte de los dos Sonoda–, Umi estaba por hacerte una invitación, ¿no es así, hija?
La chica se tensó al recordar cómo había acabado aquella ocasión en la que le comentó sobre el evento de literatura, Eli sabría que su padre le estaba obligando a hacerlo, pero era también la promesa que le había hecho al hombre de tratar de llevarse mejor con la rubia. Asintió en el momento en que se sintió observada por la mayor. Todos sonrieron, ellos con incomodidad y la rusa con curiosidad.
Pasaron de nuevo al lugar, se sentaron en los tatamis sobre el piso de madera, mientras el hombre se ausentaba por un instante porque debido a él, Eli se encontraba en la casa. Si bien, le había llamado desde temprano, la mayor parte de su día la rubia se la pasó deambulando por la casa, en soledad, escuchando música mientras pensaba en las posibles formas de hablar con Nozomi sobre su actual situación, hasta que recibió la llamada del señor Sonoda, quien le había dicho que tenía un recado de su padre.
– ¿Y… qué invitación? –miró de soslayo a la chica que estaba sentada a su lado, la vio encogerse en su lugar.
– Al evento de literatura… –susurró, pero fue perfectamente audible para la rubia–. Pero si ya tienes planes con ella, no te preocupes.
Eli la observó por unos instantes, sonrió y regresó su vista al frente, vio que venía su futuro suegro con un sobre blanco entre sus manos. Se sentó frente a ellas, miró a su hija, que aún se negaba a regresarle la mirada y después a la rubia, quien le sonreía de manera sincera.
– Toma –le extendió el sobre–. No me dijo gran cosa, sólo que te lo diera.
– Gracias, señor Sonoda.
– ¿Mi hija ya te dijo sobre su salida de mañana?
– Sí.
– Perfecto –se le quedó mirando a la rubia, como intentando mandarle un mensaje con la mirada.
– Acompañaré a Umi.
Ambos fueron testigos del sobresalto de la peliazul y del sutil temblor del que era presa su cuerpo. Umi experimentó una ligera sordera debido al coraje que le ofuscaba los sentidos, apretó fuertemente la prenda que cubría sus rodillas: ya sentía la incomodidad que correspondía al siguiente día. Podía escuchar la risa de la rubia, parecía que después de aquella extraña plática que habían tenido semanas atrás, se había vuelto una persona bastante accesible para su padre. Incluso para ella, pero la situación era totalmente distinta.
Empezó a sentir pánico en el momento en que visualizó la mirada penetrante de Maki y la liviana sonrisa de Eli en una tensión casi irrisoria, con ella en medio, no pudiendo discernir sus sentimientos. O peor aún, el momento en que también su padre le pidiera que llevara a su futura esposa a cada una de sus salidas y la mirada inquisidora de sus amigas.
– Umi –su padre le tomó el hombro, espabilando a la chica, sacándola de su ensimismamiento–. Eli se quedará a dormir, prepara un futón para ella.
Al mirar a diestra y siniestra, no encontró a la rubia a sus alrededores. Se levantó y se dirigió a su habitación para preparar ambos futones. Sería la primera noche que pasaría con alguien más y, por alguna razón, le aterraba la idea.
Mientras tanto, Eli permanecía en el exterior, con la luz de la lámpara del porche alumbrando la carta que había hallado dentro del sobre. La volvió a leer:
"Úsalo bien, no podré hacer movimientos bancarios por un tiempo. Si no sabes de mí en dos meses, vuelve a hablar con Jun. Cuídate, te amo.
Papi Luka"
Sintió desasosiego, y cada que lo releía aumentaba. Guardó la carta en el sobre que contenía un fajo de billetes, se le quedó mirando por unos instantes. Le recordó mucho a cuando la obligó a vivir en Japón y, con un hombre que nunca en su vida volvió a ver, le mandó una cantidad exuberante de dinero. Seguramente regresará, como siempre, y volverá a intentar separarla de Nozomi, le hará bromas sosas y de mal gusto para hacerla enojar y después intentar abrazarla. Sí, tenía que volver.
Regresó al recinto, ahí la saludó Jun preguntando si todo estaba en orden, ella asintió. La encaminó por los pasillos hasta llegar a la habitación de su hija. Umi ya se encontraba en el futón, tapada hasta las orejas con una manta, dándole la espalda. El hombre se despidió de ellas, ofreciéndole un pijama a la rubia para que durmiera mejor. Eli dio un rápido vistazo a la habitación, le divirtió el hecho de ver que los futones estaban considerablemente separados, casi podía asegurar que de haber sido posible, la peliazul los hubiera puesto de esquina a esquina. Se cambió en el baño, al salir apagó las luces y corriendo se acostó en su respectivo lugar.
– Buenas noches, Umi.
Sin embargo, para Umi la noche fue turbulenta e intranquila. Primero se manifestó en un sueño terrible en el que se veía encerrada en un cuarto sin puertas ni ventanas, donde de la nada, Eli traspasaba una pared y empezaba a reírse de ella, después su padre hacía lo mismo, sus amigas y al final Maki aparecía mirándola con desaprobación. Se despertó constantemente, aún sin ser consciente de ello, debido al calor que empezaba a aumentar dentro de su cuerpo; para terminar resollando y viendo figuras incoherentes en la oscuridad de su habitación.
Debido al movimiento, la temperatura y la respiración irregular de la peliazul, Eli se despertó sin abrir los ojos, intentando evitar uno de sus miedos que más le avergonzaba, la oscuridad. Pero aquello era demasiado para su débil mente, por lo que hizo acopio de todo su valor y accionó el interruptor para alumbrar la habitación. Así fue como dio con el cuerpo febril de su prometida, sus ojos celestes la miraban, doliente, agotada y enferma. Podía escucharla balbucear algo, se acercó a ella, se sentó en el suelo y alcanzó a entender que llamaba a su madre. Sus pupilas estaban dilatadas y tenía la mirada perdida. Le tocó la frente y comprobó que estaba ardiendo.
Trató de pensar en una solución, rememorar la última vez en que le había atacado la fiebre, más no recordaba nada concreto, salvo la ocasión en que Nozomi cuidó de ella cuando se enfermó de gripe con temperatura. Le dio un vuelco al corazón cuando sintió que la peliazul se sujetaba de la manga de su pijama. Intercambiaron un destello por mirada, el cual se rompió en segundos cuando Umi ladeó la cabeza.
Eli se levantó y buscó entre sus pertenencias su celular, llamó a su novia. La primera llamada fue un intento fallido, la segunda colgó en el momento en que le habían contestado y en la tercera escuchó la voz adormilada de la pelimorada.
– ¿Elicchi?
– ¡Nozomi!
– Elicchi, qué diantres… –un boztezo–, ¿estás tomada?
– ¡Claro que no! –Susurraba, pero en su voz se adivinaba la urgencia– ¿Qué se hace cuando alguien tiene fiebre?
Un silencio.
– ¿Tienes fiebre?
– No… ehm…
– ¡Ah! Entiendo –una tenue risa–. Es tu padre, es comprensible que te preocupes por él.
– Sí…
– ¿Ya checaste su temperatura?
– No.
– Si tienes con que tomarla, hazlo. Sino, verifica que esté consciente, si tiene delirios tienes que calmarle y tratar de regular la temperatura de su cuerpo con paños en el cuello y la frente, o un baño tibio. Dale agua e intenta mantener seco su cuerpo, si suda mucho, cámbiale la ropa –otra pausa–. ¿Quieres que vaya?
– ¡No! –un suspiro–, mi padre duerme desnudo.
– Está bien…
– Muchas gracias, Nozomi –bajó la voz.
– De nada, Elicchi –antes de que colgara, agregó–. Por cierto, en cuanto se recupere tu padre, ¿podrías venir?
– Claro –le sonrió a su celular.
– Bien. Cualquier cosa, márcame.
– Sí, buenas noches.
Colgó y guardó su celular. Hizo recuento de todo lo que le había dicho la chica, no podía hacer nada sin ayuda de alguien. Se acercó y se agachó para tocar la frente de la peliazul, le sonrió y le dijo.
– Vas a estar bien, iré por tu padre.
En efecto, todo fue más fácil cuando el hombre se despertó sin dificultad en el instante en que le fue anunciado que su hija estaba enfermando. Jun preparó los paños mientras dejaba a Eli al cuidado de la mente de la peliazul. Le pidió que ayudara a descubrir parte de su cuerpo, a sacar los brazos de entre la manta, mientras él se encargaba de limpiarle el sudor que le perlaba el rostro. Se quedaron ahí junto a ella. La rubia escuchaba los discursos delirantes de su prometida, quien llamaba a su madre, mientras era observada por su futuro suegro.
Cuando Umi se hubo calmado, el hombre suspiró aliviado. Salió de la habitación, pidiéndole a Eli que le acompañara. Fueron a la sala de estar, donde Jun sirvió dos tazas de té que, según le había dicho, serviría para calmar los nervios y conciliar el sueño con rapidez. Se sentaron alrededor de una pequeña mesa de madera, fue en ese lapso de tiempo en el que se dieron cuenta que estaban por ser las 4 de la madrugada. El mayor dio un trago a su bebida y después suspiró. La rusa lo miraba con curiosidad.
– Mi esposa solía decir que las enfermedades son emocionales –la miró, le sonrió con pesar–. Estoy enfermando a mi hija, ¿eh?
– No sea tan duro con usted, señor Sonoda. Es por el bien de su hija –al escuchar esas palabras salir de su boca, comprendió parte de los discursos de su padre.
– Fue un alivio tenerte aquí, probablemente hubiera encontrado a mi hija en peor estado en cuanto despertara –la rubia le sonrió a modo de respuesta–. Mientras esperamos unos minutos, puedo enseñarte un par de cosas que encontré una vez que removía algunas de mis pertenencias.
El hombre se paró y se acercó a uno de los muebles de donde extrajo de un cajón unas cuantas fotografías que le compartió a la rubia. En ellas podía ver a un joven rubio, que obviamente era su padre, con la misma edad que ahora ella tendría, abrazado de una mujer peliazul de ojos grises. En otra, de nuevo estaba su progenitor a lado de una mujer castaña de ojos azules. Y en otras podía ver a un Jun más joven. Todas las fotografías eran de ellos.
– Mi padre no ha cambiado, al parecer.
– No –empezó a reírse. Tomando una foto, señaló a la peliazul–. Ella es Shizuko, mi esposa.
– ¿Quién es la otra mujer?
– Kousaka, una vieja amiga y madre de una de las amigas de Umi –sonrió–. En la foto donde sale únicamente con tu padre, él le dijo: un recuerdo de la única vez que estuviste a lado de un hombre atractivo.
– ¡Ay, qué engreído!
– Lo sé –se sobó las sienes y empezó a reírse en compañía de la rubia–. Tu padre era amigo de Shizuko, y antes de conocer a tu madre, era de quien estaba enamorado. Ella me eligió.
El hombre se sonrojó ligeramente. Sí, Umi era muy parecida a su padre, pero físicamente era casi idéntica a su madre. Siguió viendo las fotos, concentrándose en algunos detalles mientras escuchaba el discurso de su acompañante.
– Yo estaba enamorado de Shizuko. Desde el primer instante en que Kousaka me la presentó, me causó una fuerte impresión. Y, a pesar de tener un compromiso concertado con Luka, ella decidió pelear por estar conmigo. En realidad, aún me preguntó qué fue lo que le fascinó de mí.
Ella también se hacía esa pregunta, no hacía él, sino de ella para con Nozomi. Le sonrió con comprensión y bajó la mirada.
Era abismal la diferencia de una expresión a la otra, mientras su padre se mostraba altivo, Jun se veía pequeño y tímido a lado de Shizuko. Sin embargo, la verdadera diferencia radicaba en ella: en unas se veía libre y sincera, mientras no estuviera con su progenitor, con quien se tornaba un poco resignada pero divertida.
– Así que es esto… –comentó por lo bajo mientras acariciaba la foto en donde estaba su padre con la mujer.
– Esa foto fue un poco antes de que lucháramos por lo nuestro –lo dijo de manera victoriosa.
Claro, su padre se veía aún confiado y ella agotada.
– Señor Sonoda, ¿puedo preguntar algo?
– Claro.
– ¿Alguna vez su esposa se alejó de usted?
– Constantemente –agregó de manera pensativa–, sobre todo cuanto tenía cosas que solucionar. Pero siempre regresaba a mí, con su amor incluso más grande y sincero. Era su hogar, su punto de retorno.
Su mirada se mantuvo firme, pudo ver algún extraño sentimiento en los ojos que tanto se asemejaban los de su antiguo amigo. Se distinguía la confusión y la preocupación en ellos.
– ¿Te preocupa algo, Eli-san?
– Supongo… –era tan extraña la sensación de tener un padre que se preocupara, no era nueva, pero le causaba sopor–. Tengo miedo de lo que pase con Nozomi.
– Yo también –le dijo, para sorpresa de la chica–. Quisiera pensar que no estamos destruyendo algo invaluable, sin igual y maravilloso.
– Eso ya lo hice yo…
Algo dentro de ella estalló, porque roto ya se encontraba, sólo le quedaba desplomarse. Sintió la calidez de un abrazo que le hacía arder desde adentro. Era uno de esos gestos que siempre son necesarios, aunque no se sepa de su necesidad a consciencia. Y sí, lloró porque tenía miedo, porque estaba confundida y se sentía atrapada.
…
…
La chica pasó por los pasillos de su caserón con ese caminar tan refinado, rayano a la soberbia de los ilustres. Sus ropas no hacían más que evidenciar su prosapia y aquella sonrisa su para nada disimulada alegría. Un mayordomo abrió la puerta que daba entrada al estudio de su padre, con una ligera reverencia, esperó a que la chica pasara y lo dejara atrás para volver a elevarse.
La pelirroja llegó frente al escritorio de madera fina, la silla estaba volteada en dirección a la ventana, lo que le impedía ver a quien la ocupaba. El tufo del tabaco, el olor de un aromatizante y el de los libros viejos apilados hacía tiempo inundaba la habitación. Giró la silla sin sonido alguno de por medio. Y observó a su venerado padre, sentado, solemne y severo. Tenía el cabello tan negro, salvo sus patillas que estaban siendo platinadas por unas incipientes canas, sus cejas presumían una marca de tanto fruncimiento y sus sonrisas eran ocultas por la tupida barba que cuidadosamente se arreglaba. Pero como siempre, al ver a su pequeña, su rostro se modificaba con fruición.
– Maki, cariño, tan bella como siempre –alabó con voz ronca.
– Buenos días, padre mío –hizo una reverencia.
El hombre se levantó, tomó una de las manos de su hija y se la llevó delicadamente hasta sus labios.
– Placer el mío –volvió a su asiento–. Tengo entendido que hoy tienes una salida con una de tus amigas.
– Así es, padre.
– Una amiga a la que no conozco –espetó con circunspección–. Sabes que no me agradan los desconocidos.
– Ella es una persona muy amable.
– No lo dudo. De no ser así, no tendría la capacidad de traspasar todas tus barreras.
Ante aquel comentario, la pelirroja se sonrojó. Su progenitor soltó una risa áspera y profunda.
– Te dejaré salir, porque ya tienes hecho el plan, pero la única condición es que…
En ese momento la puerta volvió a abrirse, interrumpiendo a ambos Nishikino. El intruso era aquella enana pelinegra que cuidaba a Maki, quien entró casi hiperventilado y con la preocupación escapándose de su enjuto cuerpo entre respiraciones malogradas y gotas de sudor.
– Disculpe, pero salí en cuanto me…
– ¡Yazawa! –la voz del hombre se alzó de manera imponente, acallando a todos.
– ¿S-sí, señor Nishikino?
– ¿Cuántas veces te he dicho que no irrumpas de esa manera tan imprudente?
– Disculpe, en este momento saldré y…
– ¡Yazawa, ni se te ocurra salir!
– ¡No!
– Tsk –bufó la pelirroja, entre divertida y molesta, porque sabía lo que significaba la presencia de Nico.
La pelinegra permaneció a lo lejos, en silencio y quieta; el hombre no le quitaba la mirada inquisitiva de encima. Cuando la situación se hubo calmado, el mayor volvió su vista a la pelirroja.
– Como te decía, Maki, la condición es que Yazawa debe acompañarte.
Silencio. Bien podía protestar y aplicar la técnica caprichosa, pero ello le costaría tiempo que no podía tomarse, porque estaba por salir.
– Como ordene, padre.
– Bien, me encantan los tratos fáciles –le sonrió, se levantó, la abrazó y le besó la frente–. Diviértete, cariño. Yazawa, desaparece de mi vista.
– Con su permiso –se apresuró a salir y a esperar a la pelirroja fuera de aquel lugar que tanto detestaba.
Maki salió pocos segundos después, se dedicaron una mirada pesada, se escanearon de pies a cabeza. La pelirroja volvió a bufar, se encaminó al exterior con la pelinegra siguiéndole el paso cual sombra. Salieron, atravesando cada puerta con ayuda de todos los sirvientes que estaban dispersos en la elegante mansión. Al llegar al exterior, la primera en romper el silencio fue la menor.
– ¿No se supone no trabajas en fines de semana?
– Eso creía, hasta que me amenazaron –se cruzó de brazos.
– Como sea –siguieron caminando, en la entrada estaría un carro esperando por ellas–. Primero, debo hacer una llamada para avisar este altercado.
– ¿Tu novia se pondrá celosa?
– No es mi novia.
– Claro, eso díselo a tu sonrojo.
Volvieron a mirarse con animadversión. Nico desvió la mirada y Maki se dispuso a hacer la llamada. Primera ocasión, nadie le contestó. Volvió a marcar, de nuevo la mandaron al buzón. Se extrañó de aquello, regularmente Umi le contestaba las llamadas sin dilación. No quiso voltear, pero estaba segura de que la pelinegra la estaría viendo con una sonrisa socarrona en su rostro. Marcó de nuevo y por fin atendieron su llamado.
– ¿Sí? –esa no era Umi.
– ¿Quién diablos eres? –preguntó arisca, estaba molesta.
– Ahm –una risa nerviosa–. Eli…
¿Eli? ¡Claro! Aquella rubia que a veces acompañaba a Nico y a la peliazul…
– ¿Y Umi? ¿Por qué me has contestado tú?
– Pues… Umi está enferma, pero me dio permiso de contestar y para avisarte que está indispuesta.
– ¿Enferma?
– Sí, en la noche le dio fiebre y sigue acostada.
– …
– ¡Pero en cuanto se recupere, seguro te marca!
– Lo sé… –sintió un cosquilleo molesto en la boca del estómago–. Espero se recupere pronto. Y… gracias, supongo.
– Claro, por ello la estoy cuidando –aquella risa le taladró los oídos y el sentimiento–. Adiós.
Después, lo único que escuchó fue el pitido del celular. Guardó su móvil y giró su cuerpo para encontrarse con la mirada curiosa de la pelinegra.
– ¿Y bien? ¿Cita fallida?
– Tu amiga Eli me contestó, me dijo que Umi estaba enferma y que estaba cuidándola.
– ¡¿QUÉ?! –Su pequeño cuerpo reaccionó de manera violenta.
Y así fue como la desgracia de la rusa aumentó, sin siquiera ella saberlo. Era la desventura de lo inevitable.
…
…
N/A:
¡Son las 4 am! ¡LAS 4 AM!
En fin, mi cerebro está más que derretido xD
Eli está cambiando, ¿lo notaron?
Y ustedes, perversos que eligieron a Maki... ¡En el siguiente capítulo se muere! :V no es cierto jajajajaja, pero ya verán lo que sucede êwê
Creo que no diré mucho…
Cuídense y duerman lo que yo no puedo, queridos lectores jajajaja
PD: Perdonen mis errores, son las 4 am :c
