Los personajes de esta serie no son de mi propiedad.

– 8 –

La entrada, el sendero, las bancas, el pasillo al aire techado, el pequeño corral con alpacas, al fondo a la izquierda, y ahí estaba el famoso club de arquería. Se acercó a la entrada y pudo comprobar que, en efecto, no le habían mentido ni por maldad. La vio alzando los brazos a la par con el arco que traía entre manos, una profunda inhalación hizo que su pecho se levantara y, con un grácil movimiento, soltó la flecha. Muy cerca del centro.

– He perdido práctica.

Pudo escuchar, aunque fue casi un susurro por la distancia. Se limpió el sudor que le perlaba la frente y se dispuso a agarrar otra flecha, la acomodó entre sus dedos y el arco. Mantuvo su equipo cerca del suelo. Sin girar el cuerpo, ni perder la postura, la vio de soslayo.

– ¿Piensas quedarte afuera? –le preguntó regresando su vista al blanco.

Soltó una risa nerviosa mientras se adentraba al lugar. Se recargó en una de las paredes cercanas y continuó siendo espectadora de la práctica. De nuevo los mismos movimientos y, una vez más, casi en el centro.

–Parece que siempre estás alerta.

O recelosa, pensó.

– Es por el kendo –dejó el arco y se acercó a ella– ¿Por qué no me avisaste que venías?

– Lo hice –sacó su celular y le mostró los mensajes–. Te estabas tardando, así que decidí buscarte. Por suerte me encontré una conocida y me dijo que estabas aquí.

– ¿Una conocida?

– Sí, es una larga historia –se llevó una mano al cabello y se acarició la cabeza con nerviosismo–. Tu padre me ha pedido que te lleve a casa. Ya sabes, vacaciones.

– Sí –le sonrió. Se encaminó a una banca que estaba cerca de la pared en la que estaba recargada la rubia y dejó su agotado cuerpo encima–. Gracias, en un momento te alcanzo.

Le dio un último vistazo antes de salir, estaba con la cabeza recargada en la pared y aquella posición dejaba al descubierto su cuello y parte de sus clavículas. Giró su cuerpo y regresó por el mismo camino por el que había llegado.

Mientras iba por el sendero que daba a la salida, sintió una mirada pesada sobre ella. Era tan fuerte que le obligó a dar media vuelta y buscar rápidamente a la persona que le era tan hostil. La halló, en un salón del segundo piso. Sonrió socarronamente y saludó a la pelirroja que la miraba con tanto ahínco. La otra se sobresaltó y jaló la cortina para interrumpir la vista. Eli siguió su camino y llegó a reírse en el interior de su auto. Le encantaba acedar.

Por otro lado, Maki salió del salón de música intentando disimular su urgencia con pasos rígidos y firmes. No era momento de perder el control, era su último día en aquel trimestre y tenía el plan en su mente. Su destino era el consejo estudiantil.

Al andar por los pasillos y subir por las escaleras, notó la ausencia de alumnos, se apreciaba que las vacaciones habían iniciado. Al llegar a la puerta, tocó con la confianza ganada por todas las veces que había estado ahí. Se escuchó una voz desde el interior que la invitaba a pasar y así lo hizo. Vio aquel par de ojos que se asemejaban tanto a los que buscaba.

– Umi-chan no está aquí –le sonrió.

– ¿Qué te hace pensar que vine buscando a Sonoda?

– Siempre vienes por ella –se encogió de hombros.

Calló de inmediato intentando controlar la sangre que circulaba por sus venas con la intención de subir a su rostro. La peligris le sonrió y la invitó a sentarse a su lado.

– ¿Y Kousaka? –dio unos cuantos pasos.

– Eso mismo pregunto yo –la castaña recién llegada se acercó a ellas con aquella sonrisa divina que tenía y, guiñando un ojo, saludó–. Hola señoritas.

– Pensé que iría por ti –le contestó Kotori mientras observaba como la pelirroja se sentaba a su lado.

– ¿Por mí? A mí sólo me dijo que dejaría a su amiga en el club de arquería y regresaría aquí.

– Y regresó –continuó la peligris–, pero salió de nuevo. Me dijo que iría por el amor de su vida.

Una tímida risa salió de la garganta de Tsubasa. Las menores se miraron una a la otra.

– Seguramente fue por pan, iré a buscarla –se despidió con una mano y desapareció por la puerta.

Kotori y Maki se quedaron en silencio. A veces la peligris no entendía como trabajaba románticamente la cabeza de su amiga de la infancia. La otra, pensaba en una manera para salir de ahí e ir al club de arquería.

– ¿Sigues molesta con Umi-chan?

– ¿Qué? –Volteó a verla con la duda marcada en el rostro– ¡Claro que no! Nunca lo he estado…

– Ella está muy preocupada por ello –Kotori la miraba, intentando descifrar el sentimiento que ocultaba su fruncimiento de cejas–. ¿Se ha disculpado?

– Claro, aunque no tiene porqué –se encogió de hombros.

Se levantó dispuesta a irse sin más. Sintió una mano sobre la suya y al voltear vio la mirada que siempre le dedicaba aquella extraña chica en conjunto con aquella sonrisa que le causaba desconcierto.

– Deberías decirle –de nuevo la insistencia–. Deberías decirle lo que estaba escrito en la carta.

– Fue un error, sólo olvídalo –Maki le dedicó una mirada triste–. No tenía idea que ese no era su casillero.

– Su historia sería demasiado romántica –la chica le sonrió con calidez–. Y pensar que por ella estás aquí y no en una mejor escuela.

– Algo como nuestra historia no existe –la cortó y se soltó de su agarre.

– ¿Me odias, Maki-chan?

Un momento de silencio. La suave brisa de verano, el aviso de una lluvia venidera.

– Claro que no.

– Es bueno saberlo.

Salió para ir en busca de la peliazul. Desde aquella salida fallida, se habían visto muy pocas veces. Esas contadas ocasiones habían sido para pedirle disculpas por la repentina cancelación. En realidad, poco importaba, le bastaba verla bien. Por el trabajo de su padre, supo de muchas personas que morían por enfermedades que parecían insignificantes. Lo que realmente le molestaba era la rubia, Eli, aquella chica por la que, según Nico, no tenía que preocuparse. Era obvio que no estaba ni a discusión.

Bajó las escaleras con prisa, pasó por todos los casilleros, lugar de aquel secreto vergonzoso que compartía con la peligris. Un maldito descuido de quien no planea bien las cosas. O quizá de quien las planea demasiado bien. Siguió el mismo camino por el que vio pasar a la rubia. Sí, seguramente había ido a buscarla. Llegó y vio la misma escena con la que Eli se había quedado. ¿Estaba dormida? No, lo supo porque abrió los ojos y la miró.

Escalofriante, fue lo que pasó por la mente de la peliazul al recordar que hacía poco Eli se había marchado de ahí. Si el destino le hubiera querido jugar una mala pasada, seguramente se las hubiera ingeniado. Le sonrió, lo que activó inconscientemente la sonrisa y la tranquilidad de la otra.

La pelirroja se acercó a la mayor en silencio, se sentó a su lado y su nariz se inundó con el aroma ligeramente fuerte de Umi. Claro, había estado entrenando y quizá sudando. Se sentía distinto en sus entrañas. Sonrió resignada.

– Te perdiste mi entrenamiento en solitario.

– Te perdiste mi concierto sin audiencia.

Ambas rieron. Maki se acercó disimuladamente otro poco, recargó su cabeza en el hombro de Umi, tuvo que acomodarse para poder lograrlo debido a la ligera diferencia de estaturas.

– He de oler mal –carraspeó la peliazul–. Acabo de entrenar.

– Guarda silencio –le espetó, llevándose una mano al cabello para empezar a hacer rulos con sus dedos.

– Vale –rió suavemente.

– Me debes una salida, Sonoda.

– Lo sé. Y ya me disculpe por eso.

– Dije una salida no otra disculpa –se irguió y la escrutó. Umi le contuvo la mirada, nerviosa la desvió para poder continuar–. Va a venir la Orquesta Filarmónica de Viena, ¿sabes?

– Está bien.

– ¡Claro que está bien! –Se levantó y caminó un pequeño tramo hacia la salida. Dándole la espalda siguió con su alegato–. Es una agrupación maravillosa.

– Yo me refería a que sí, que vayamos.

– ¿Mhn? –ladeó la cabeza y la vio–. Si no hay de otra.

– Yo también quiero ir contigo –le comentó mientras la veía salir. Empezó a reírse cuando la vio estremecerse.

– Nunca dije tal cosa –se giró cuando ya estaba en la puerta. La señaló, le sacó la lengua y antes de irse, le endilgó–. ¡Me lo debes!

Umi fue al exterior del recinto para encontrarse con la rubia fumando recargada en su carro. Había decidido regresar a la casa que compartía con ella para recoger unas cuantas cosas que necesitaría para pasar las vacaciones con su padre, tendría que recordarle al hombre que necesitaba comprar algunos utensilios para evitar que aquello volviera a suceder.

– ¿Nerviosa? –le preguntó en cuanto vio que apagaba su cigarro con la suela de su zapato y le sonreía.

– Quizá –depositó la colilla en un bote de basura público–. Debo ir a ver lo de un trabajo temporal y a… Nozomi.

Se rascó la cabeza nerviosamente y rió. Ayudó a la menor a subir sus cosas en la cajuela y abriéndole la puerta del copiloto, fue a su respectivo lugar. En cuanto encendió el auto, sonó música a bajo volumen. En todo el trayecto fueron en silencio, como era costumbre a veces en ellas. Eli en cada semáforo, con las palmas de su mano en el volante, daba pequeños golpes al compás de la canción que se estaba reproduciendo.

– Deberías considerar no fumar tanto –escuchó de repente a la peliazul.

– ¿Me has visto fumar otras veces?

– No, pero hueles.

La rubia se llevó una mano a la barbilla y sonrió con malicia.

– ¿Con que te la pasas oliéndome?

– ¡Cla-claro que no! –se sonrojó

– De cualquier manera, eso suena muy mal –empezó a reírse y, encontrando un semáforo en rojo, aprovechó para verla y agarrarla del hombro–. Pero es normal, son las hormonas de la adolescencia y el juego de las feromonas. Más si son las mías –le guiñó un ojo antes de continuar manejando.

– Eli, detente, por favor… –le dedicó una mirada asesina que obligó a la otra a callar.

Siguieron en el camino, Umi deleitándose con una música que nunca había escuchado en su vida y Eli sonriendo divertida.

– ¿Quién es?

– Te faltó el toc, toc –le sonrió inocentemente.

– Me refiero a la música.

– Björk –contestó.

La menor se quedó con cara de no entender.

– ¿Me dijiste algo en ruso?

– ¡No! –Empezó a reírse–, te dije el nombre de la cantante, Björk.

– ¿Biork? –se quedó pensando.

– No se escribe como tal –se estacionó frente al dojo–, pero si gustas, en la semana te traigo unos discos que tengo de ella. Presiento te gustará.

– Está bien –le sonrió y se apresuró a bajar.

Jun ya se encontraba en la puerta esperando –hecho un manojo de nervios, como era costumbre– a su pequeña. Ayudó a su hija a bajar su equipaje y en cuanto vio salir a Eli, se le acercó, le dio las gracias y la invitó a pasar.

– Esta vez no puedo, señor Sonoda, tengo unos pendientes.

– ¿No quieres comer, siquiera?

– No puedo.

– Vale, sabes que puedes venir cualquier día –vio a la peliazul tomar su equipaje y adentrarse a la casa–. ¿Cómo vas con el dinero?

– Bien. No hemos tenido gastos más allá de los necesarios.

El hombre tomó a la rubia del hombro y se acercó a su oído.

– Te pondré al pendiente de cualquier movimiento, ya sabes…

– No se preocupe –le sonrió para mantenerlo tranquilo.

Ambos vieron a Umi regresar, Jun se despidió de la rubia y le dijo a la peliazul que la esperaría dentro de casa.

Sus ojos ámbar escrutaron la melancólica expresión que la rusa intentaba ocultar, últimamente había sido así. Después de la noche en que la cuidó, al día siguiente su padre le pidió que le agradeciera, y como todo lo que su progenitor le ordenaba, lo hizo. Desde entonces no se había tocado el tema, ni siquiera la salida que había perdido con Maki; de hecho, no se hablaba de ella. Eli fue, extrañamente, quien se había abierto un poco con ella, quizá a modo de disculpa por lo sucedido. Le platicó de su necesidad para encontrar trabajo, de su relación y fricciones con Nico, así como de algunas situaciones que había vivido con Nozomi. La verdad era que tenía una extraña sensación sobre todo ello, como si le hicieran falta piezas al rompecabezas de Ayase Eli.

– Éxito en todo lo que tengas que hacer hoy.

– Gracias –la tomó por los hombros y le depositó un beso en la mejilla–, cuídate. Vendré luego.

Y con ello se fue, dejando a la peliazul confundida por tan repentina muestra de afecto.

Dentro del carro, vio el último mensaje que le había dejado Nico, era una dirección, la buscó en el mapa de su celular y se puso en marcha. Mientras iba manejando, decidió hacer una rápida llamada desde la interfaz del auto. Últimamente, todo se había reducido a cortas llamadas. Presentía el total rompimiento de su resquebrajada relación.

¿Sí?

– Hola, pequeño tanuki –empezó a reírse. Escuchó un bufido proveniente del otro lado.

Ya te dije que no me llamarás así, Elicchi.

– Ya, ya, lo siento –siguió riéndose, era una broma que tenían entre ellas cuando aún no eran pareja.

Tú sólo me hablas para molestarme, te voy a colgar, Elichika.

– ¡No! –un semáforo, estaba cerca de llegar–. ¿Harás algo hoy?

No lo sé, ¿por qué? –escuchó su tono coqueto.

– Para vernos. Sólo haría unos pendientes e iría a verte–carraspeó–. Claro, si gustas.

Lo hago, Elicchi, claro que gusto.

– ¿Quieres quedarte un rato para que veas como funciona todo?

– Está bien –se encogió de hombros y asintió a la mujer de cabello castaño.

– Mi esposo llegará más tarde, es el que se encarga de la mercancía, pero te enseñaré todo –la mujer le pidió con un movimiento de mano que la siguiera.

Fueron caminando, mostrándole a grandes rasgos el acomodo de los discos que estaban en las repisas y vitrinas hasta pasar por el mostrador, donde también había una computadora. A un costado, estaba una puerta que la mujer abrió. Cuando pasó, vio todo el almacén; miles de discos inundaron su vista, CD's, casetes, y discos de vinilo. Había varios posters adornando el lugar, así como una lista enorme donde se encontraba el nombre del producto, su posición en los estantes y su costo.

– No es gran cosa como te darás cuenta, todo está organizado aquí –señaló la lista–. Pero así como está en la lista, deberá terminar todo al final del día. Aunque también los datos están en la computadora. Mi hija se encarga de la contabilidad. Cada fin de semana se hace un conteo de todo, para ver que las cantidades en la computadora con las del almacén coincidan –le sonrió–. Nico era una buena trabajadora, esperamos lo mismo de ti.

Eli se llevó una mano al cuello en señal de nerviosismo, cosa que no pasó desapercibida por la mujer. Se escuchó la campanilla de la entrada, ambas se asomaron y un hombre de cabello canoso y ojos verdes hizo aparición con varias cajas encima.

– ¡Es la nueva! –le comentó al hombre, quien dio un rápido vistazo a la rubia que era señalada–. Ve a ayudarle, es tu jefe.

– ¡Ah, sí!

La rusa se acercó al hombre, se quedaron mirando uno al otro. El mayor le sonrió y le señaló una camioneta que estaba en el exterior con las puertas abiertas. Se dirigió a ésta y, cuando estaba a punto de subir, de repente vio salir a una chica, una que ella conocía. Ahora le encontraba sentido al nombre de la tienda, MusiKira. La castaña se le quedó mirando, en una expresión de sorpresa sus cejas se alzaron, le sonrió de manera misteriosa y le dijo:

– Toma una caja y espera a que mi padre o yo salgamos –borró la sonrisa y le miró severamente–. Uno nunca sabe quién guste de tomar lo ajeno. Hay gente mala en este mundo, Eli, gente muy mala.

La vio desaparecer y en su cabeza resonó el énfasis en ese "muy mala". Sí, Nico había sido la conexión entre ellas y de ellas su relación con Erena. Tomó la primera caja que encontró, esperó fuera unos segundos hasta que volvió a ver al hombre. Se sintió aliviada al no encontrarse de nuevo con la castaña.

Terminaron vaciando todo entre ellos dos, puesto que la chica había desaparecido junto con su madre. Se quedaron en el almacén organizando la mercancía. Ahí fue donde se dio cuenta que no era una tienda de música cualquiera, puesto que tenía discos de ediciones especiales, únicos, algunos firmados y otros en demasía caros. Incluso tenían posters originales con las firmas de los integrantes que, por supuesto, estaban a la venta.

– Parece que mi hija y tú se conocen –el hombre rompió el hielo.

– Podría decirse.

– Es bueno saberlo –rió bajo–. ¿Sabes que es lo que más les gusta a los trabajadores de aquí?

– ¿La música?

– Eso es obvio –volvió a reírse–. Lo que más les gusta es que pueden escuchar lo que quieran mientras trabajan. Lo mismo va para ti.

– Gracias.

– Tendrás un día a la semana para descansar, el cual podrás elegir, así como la posibilidad de escoger el horario que más te acomode. No es un trabajo exhaustivo. Tengo entendido, lo quieres sólo por esta temporada, ¿no?

– Así es.

A veces Eli no podía creerse la buena suerte con la que contaba. Pero esas pequeñas situaciones le reafirmaban que tenía más de lo que realmente merecía.

Escucharon el tintineo de la campanilla de la puerta, un silencio y después unos pasos firmes. Su jefe se puso alerta y empezó a buscar algo de entre las cosas que habían recién acomodado. Salió apresurado, ella aún sin entender muy bien que sucedía. Dentro del almacén, pudo oír el inicio de la conversación.

– Bienvenido, señor Nishikino. Ya le tengo su pedido.

– Siempre puedo contar contigo, Kira.

Eli salió ante el morbo de ver al hombre que se suponía era el enemigo jurado de su padre. A pesar de ser más alta que la media de mujeres, tuvo que alzar el rostro y mirar a aquel imponente personaje. Tenía el cabello negro con incipientes canas en las patillas, ojos amatistas y una expresión de severidad inigualable. Vestía de manera impecable con ropa que a simple vista presumía de ser costosa.

– Ella es mi nueva trabajadora –el castaño tomó a Eli por el hombro y la presentó.

Desde arriba le dedicó una rápida mirada, sus ojos se encontraron y volvió el rostro al otro hombre.

– Gracias, Kira –le extendió un fajo de billetes que el hombre ni se molestó en contar. Sus manos, fuertes y con varios anillos adornándolas tomaron el disco de Chopin: Piano Sonata no.2 interpretada por Stanislav Bunin; en ese momento, su saco se alzó ligeramente dejando ver las mancuernillas de oro con una M en el centro. Le dedicó una mirada penetrante a la rubia–. Es bueno que encontraras un ayudante, tu hija parece no apoyarte mucho.

– Ella es quien ha conseguido el disco –espetó con nerviosismo.

– Dale las gracias por mí –volvió su vista al hombre, luego entrecerrando los ojos miró de nuevo a la rubia–. Un placer, señorita. Con permiso.

Se quedó muy quieta, casi había dejado de respirar. Era un hombre que causaba miedo. Giró su cuerpo para encarar a su nuevo jefe, éste le sonreía.

– Él es mi mayor cliente –regresó al almacén, con la rubia detrás de él–. En realidad ese disco no es para él, sino para su hija. Ya sabes, ante su incapacidad de demostrarle afecto, le compra lo que quiere.

Ahora que lo pensaba, tenía sentido porque experimentaba cierta animadversión hacia Maki, vivían una situación parecida. Salvo que ella era parcialmente ciega y la otra era totalmente ignorante de lo que competía a su padre.

– Dime, Eli, ¿vives cerca de aquí?

– Creo que sí – ante el pensamiento de regresar a su hogar, se dio cuenta que la tienda le quedaba como punto medio en el triángulo que se formaba entre su casa, la casa de Nozomi y la de los Sonoda–. ¿Por?

– Es que los fines de semana necesitamos que sí te quedes en la tienda –hizo énfasis en el –. Como es el día de conteo, solemos quedarnos hasta tarde. Antes no era necesario, me bastaba con Tsubasa, pero desde que tiene… pareja, anda algo dispersa –rió nerviosamente–. Bueno, continuemos con esto.

– Como usted guste.

Eli terminó quedándose hasta tarde a petición de su nuevo jefe, quien uso como excusa la ausencia de su hija, asegurándole que fue a comer con su madre, pues estaba prohibido comer en la tienda desde que un día mancharon uno de los discos el cual tuvieron que vender a mitad de precio. Acordaron parte de los horarios y el sueldo del que sería merecedora. Obviamente, tenía que presentarse a trabajar al siguiente día y sus descansos serían dados con dos días de aviso previo por parte de ella.

Sin darse cuenta, cuando salió de la tienda, la media noche empezaba a saludarle. Había lloviznado en gran parte del día, pero la oscuridad siempre era grata con ella. La calidez del verano le saludaba en el rostro. Sacó su cajetilla de cigarros y posó uno de ellos entre sus labios, buscando el encendedor encontró su celular con varios mensajes de Nozomi en su bandeja, el último decía que la esperaría hasta la una viendo una película.

Inconscientemente lo había buscado, el tener excusas para no presentarse.

– ¿Sigues fumando? –escuchó la cálida voz de Tsubasa.

– ¿Gustas? –le extendió la cajetilla.

– No fumo.

La rubia se encogió de hombros y prendió su cigarro.

– Es una situación bastante irrisoria, un Ayase trabajando para un Kira.

La otra se limitó a contestarle con una mirada pesada. Tsubasa alzó las manos y le sonrió.

– Espero que sepas que entre tú y yo no hay fricciones ni malos entendidos –dijo al aire, sin mirarla–. De hecho, Erena tampoco está enojada contigo, quizá un poco decepcionada. Pero es algo totalmente distinto.

– Sí.

– Ahora está saliendo con Anju.

– Lo sé, me lo dijo Nico –una profunda calada.

– ¿Sabes? Puedo asegurarte que ni siquiera Nico está molesta contigo –le dio unas palmaditas en la espalda–. Es sólo su amor no correspondido hablando por ella, porque te entiende. Es comprensible, el miedo nos obliga a hacer cosas que simplemente no.

– ¿El miedo?

– Créeme, Eli, hay gente mala en este mundo –le lanzó una mirada significativa, cuando notó que la rubia captó el mensaje, continuó–. Tú no eres una de ellas.

El silencio se instaló entre ambas, el canto de las cigarras impedía que escucharan sus respiraciones.

– ¿Sigues con Nozomi?

– Sí.

– Yo me enamoré hace poco y ahora lo comprendo más, porque duele. Sin embargo, es un dolor que puedo soportar –volvió su rostro al cielo–. Cuando no estás preparado para la felicidad, dan ganas de llorar.

– Felicidad, ¿eh?

– Y el amor –suspiró–. El amor se convierte en la difícil tarea de notar la existencia de otro, más allá de la propia –volteó a verla y acercándose a su oído le susurró–. No tienes oportunidad con ella.

– ¿Con ella?... ¿Con Nozomi?

Tsubasa se llevó las manos a la espalda y sonriéndole negó con la cabeza.

– Cuando uno decide voltear al lado equivocado, es lo más doloroso.

Vio desaparecer a la castaña dentro de la tienda. No sabía de donde había aparecido, pero poco le importaba. Apagó su cigarro a medio consumir con una pisada llena de coraje y confusión, se adentró en el automóvil y con la música a todo volumen, condujo. Dejó que su corazón la llevara a donde quisiera estar. Para tranquilidad suya, se encontró en el complejo de departamentos en el que vivía Nozomi. Aparcó, subió las escaleras y tocó la puerta sin insistir demasiado. Se abrió.

No tuvo que pensarlo.

– ¿Elicchi? –La pelimorada sólo sintió el fuerte abrazo con el que fue recibida, se quedó quieta unos segundos por si la rubia lo rompía; sin embargo, permaneció así–. ¿Todo bien?

– Abrázame –le pidió con una lánguida voz.

Poco le importaba hallarse en pantuflas, con el pijama puesto, la persona más importante para ella la necesitaba justo en ese momento. La abrazó con fuerza y acarició su espalda. La suave respiración de Eli le daba en el cabello que cubría su cuello. La hizo pasar con cautela, la dejó sentada en el sillón y, dándole un beso en la mejilla, fue a calentar agua para preparar un té.

– Pensé que ya no vendrías –le dijo desde la cocina–. Digo, una ocasión no te vi como por 3 meses, pero este mes y medio se me hizo muy largo.

– Lo siento –le contestó la rubia desde la sala–, he tenido que buscar trabajo y arreglar algunos asuntos.

– Nicocchi me dijo sobre el trabajo –rió suavemente–, pensó que le estabas mintiendo.

– Eso hubiera querido.

– Sinceramente no te imagino trabajando –volvió a reírse–, eres un poco torpe.

– ¡Oye, Elichika es una mujer lista y bella!

– Claro. Y yo tengo un cuerpo perfecto –le dijo con ironía.

– Casi, eh, casi.

Vio a su novia aparecer por la cocina con una bandeja, dos tazas, una tetera y un plato de galletas. Dejó todo en la mesa y sirvió el té.

– ¿Y tu padre, se recuperó?

– Claro. Ahora anda desaparecido, me dejó dinero con una persona.

– ¿Qué tan malo es eso?

– No lo sé –tomó la taza que le extendió Nozomi–. Lo que me intriga es que esa persona sabe de mi madre y mi hermana.

– ¿Te dijo algo?

– Que están bien.

La pelimorada se sentó a su lado, la examinó detenidamente, se notaba cansada e incluso un poco triste. Le tomó una de sus manos, se la llevó a los labios y después al rostro, pudo sentir su fría palma en su mejilla. La había extrañado. Cerró los ojos mientras esperaba a que aquella mano se templara con su calor.

– Nozomi.

– ¿Si?

Abrió los ojos y vio la alarma en el celeste de su iris.

– ¿Por qué estás conmigo?

Le sonrió delicadamente, porque ella sí la amaba. Persiguió la otra mano, intentando compartirle el calor que ella irradiaba. La tomó y la posó en su mejilla libre. Siguió con la sonrisa, intacta, incorruptible. Soltó sus manos, con la esperanza de que se quedaran donde las había posicionado, pero no fue así. Cayeron a los costados de su frío cuerpo, exánimes.

Nozomi se paró. Eli la siguió con la mirada hasta sentir un pequeño ardor en su frente que le colmó los sentidos hasta el llanto, ante todos los colores de los que nunca se permitió pintar. Un simple beso.

– Porque te amo –le susurró muy cerca de su frente, sin soltar su rostro.

Y la dejó llorar en sus brazos.

– ¡Honoka, toma bien el shinai!

– ¿Así?

– No –le volvió a posicionar las manos– ¡Así!

– Mou, Umi-chan es muy mandona –se quejó la pelinaranja.

– Es que no puedo creer que lo hayas olvidado.

– Umi-chan, tranquilízate –le pidió su amiga peligris.

– ¡Estoy tranquila!

– No fuera Maki-chan, que seguro sería una perita en dulce.

– ¡Honoka, eso es mentira! –le espetó con el rostro enrojecido, no sabía si del coraje o la vergüenza.

– Eso no es lo que dice tu rostro, Umi-chan –las otras dos chicas soltaron una risa.

– ¡Kotori, ¿tú también?!

– Umi-chan, no puedes negar que te gust-AAAAHH –un pellizcó por parte de su amiga peligris.

– ¿Las interrumpo, chicas? –El hombre se asomó por la puerta y se acercó a las tres– Escuché mucho escándalo.

– Es Honoka que se olvidó de todos nuestros años de entrenamiento en el kendo, padre –empezó una muy indignada peliazul.

– ¿Ah sí? –se acercó a la amiga de su hija.

– Claro que no, señor Sonoda, es sólo que he perdido práctica –se rió nerviosamente, recordando lo pesadas que eran sus clases cuando iba en la secundaria y entrenaba después de clases con Umi.

– Eso tiene solución, una clase conmi…

– ¡No! –Soltó la pelinaranja– Es que a Kotori-chan le duelen las rodillas.

– Honoka-chan, eso es ment-KYYAA –le regresaron el pellizco.

– Lo ve, se para tantito y se muere de dolor. Ya, Kotori-chan –acarició a su amiga en la espalda muy enérgicamente.

– Pero el entrenamiento sería para ti, no para ella –se rascó la barbilla Jun.

– No se preocupe, padre –salió Umi a salvar a sus amigas– De todos modos ya no tienen tiempo.

– ¡Que mal!

– Exacto, tiempo –tronó los dedos Honoka y le sonrió al hombre.

Jun únicamente se encogió de hombros y salió del lugar. Las tres chicas se miraron entre sí y empezaron a reírse. Umi había estado saliendo constantemente con sus amigas, recuperando un poco del tiempo perdido y la confianza. Honoka les platicó su historia con Tsubasa, Kotori les comentó de su viaje a Francia que estaba por hacer con su madre y la peliazul únicamente les dijo que iba a salir con Maki, sin especificar a donde. Ese día habían optado por ir al dojo, a veces así lo hacían, ver a Umi entrenar y practicar con ella era algo que todas disfrutaban.

Se fueron más temprano de lo normal, porque Kotori necesitaba preparar su equipaje para su viaje de una semana. En ese mismo lapso, Honoka se vería con Tsubasa. Y el jueves de esa semana, Umi saldría con Maki a ver a la Orquesta Filarmónica de Viena. Había estado hablando con la pelirroja desde que se despidieron en la escuela, todo para acordar un día que les fuera bien a ambas y para poner al tanto a sus padres de su salida. Sin embargo, no pudieron hacer nada respecto a sus acompañantes.

Además, tuvo la fortuna de que los días que Eli estuvo presentándose en su casa, ella no se encontraba o, mejor aún, no tenía compañía. Sin embargo, se quedaba a dormir y para tranquilidad suya, se iba al día siguiente dependiendo los pendientes que tuviera.

La vio platicar con su padre muy amenamente sobre su trabajo en la tienda de discos y veía a su progenitor reírse y desenvolverse con la rusa, así como ni con ella siendo su hija lo hacía. A veces se sentaban en la mesa a cenar o comer y tener una charla entre ellos dos. Empero, cuando Eli entraba a su cuarto, con la intención de dormir, la veía apagada y demasiado exhausta como para molestarla con la picardía con que siempre lo hacía.

Según había escuchado, sin querer realmente, que la rubia iba a verla en sus días libres de trabajo. Iba a verla. Y que se quedaba a dormir los demás días, alternando la estancia entre la casa y la de Nozomi.

Nunca hicieron nada fuera de lo normal. Algunas veces veía a Eli rondar por los territorios del dojo, en soledad, observando las clases, tratando de comprenderlas y apreciando ciertos lugares a los que en un principio les fue indiferente. La invitó al cine, a tomar un café, a dar una vuelta, pero a todas ellas se había negado. Sin embargo, la acompañaba en algunos de sus recorridos o le permitía entrar a su cuarto para que descansara. Y ahí, ella sentada en el tatami, miraba a la rubia acostada en la fría madera, viendo el subir y bajar de su pecho al compás de su respiración.

La rusa había cumplido la promesa de llevarle música, pero ella se limitaba a escucharla cuando ella no estaba presente. Eso, con la intención de poder sentarse y escribir en soledad.

El jueves llegó irremediablemente, se aseguró de dormir bien, de no hacer corajes para evitar enfermarse y de tener todo preparado para aquel día. Su prometida se encontraba ya en la casa, platicando sobre unos asuntos con su padre, mientras ella esperaba, en el porche que daba a una fuente de bambú rodeada de piedras, a que la hora de partir la alcanzara. Cerró los ojos y se concentró para escuchar todo lo que estaba alrededor. Empezó a dormitar recargada en el fusuma que daba a su cuarto.

Mientras tanto, Eli había acordado un pacto de confidencialidad con Jun respecto a lo que pasara en la salida, pues una plática que había escuchado en días pasados entre su hija y sus amigas, le había puesto alerta. A ella le pesaba, de verdad le pesaba tener que mantener a raya todo eso, pero buscaría un método para que fuera llevadero.

Volvió a entrar al cuarto de la peliazul, al no encontrarla, decidió dar un rápido vistazo a la habitación. No había grandes ostentos, pero tenía un librero que hacía casi de pared. Pensó que, lo más seguro, era que Umi ya los hubiera leído todos. Se acercó a su escritorio y ahí halló un cuaderno que tenía una etiqueta con su nombre, el de la secundaría a la que había asistido y su salón. Lo miró con curiosidad y le dio una rápida hojeada. Se detenía en algunas páginas en las que encontraba dibujitos, muchos eran de ella con su amiga Honoka, quien al parecer había hecho los garabatos. En algunos, encontraba borrones en los márgenes. Sonrió para sí.

En algún punto, la libreta parecía vacía y cuando estuvo apunto de soltarla, vio que tenía cosas escritas al último. Se detuvo a leer algunos párrafos.

Hace dos semanas que murió mi madre. No sé qué escribir. No sé siquiera si seré capaz de hacerlo.

Siguió unas cuantas hojas adelante.

Hoy no he visto a mi padre llorar. Creo que eso es bueno.

Tomó el cuaderno entre sus manos y decidió buscar las primeras líneas que hubiera empezado a escribir de aquella manera. Y cuando las halló, leyó con avidez ante el miedo de ser descubierta.

Estoy escribiendo esto porque sé que lo olvidaré si no lo hago.

Ha sido la primera vez que voy a ver a mi madre al hospital. No fue tan aterrador como lo había pensado, incluso me divertí. Conocí a una niña que me aseguró que su padre trabajaba ahí, y le tuve que creer porque nadie le decía nada de cómo se andaba paseando de un lado a otro. Me mostró una habitación donde había un piano y…

Lo cerró de golpe. Sentía que estaba leyendo algo que no debía y por alguna razón no le gustaba. Volvió a tomar el cuaderno y lo hojeó hasta las últimas líneas que hubiera escrito.

Hoy escuché un disco que trajo Eli, es de Björk. Me gusta.

Fue unas cuantas hojas atrás, eso sonaba demasiado metódico, como las listas que tenía que llenar en su trabajo. Se detuvo ante una hoja donde vio un escrito con demasiados tachones, que sin tomarlos en cuenta, se leía así:

La noria

Sumergida parcialmente en el inmaculado manto celeste, me muevo con la intención de no ahogarme. Me cuesta respirar en este mar inmóvil, me sofoca el ruido que genera la soledad, una soledad disfrazada de tranquilidad, una dulce felicidad. Simples apariencias.

¿Me he dejado estropear el sentimiento? No.

Es la engañosa inercia del dolor en la ausencia. Tu ausencia. Empezaré con ello, me abrazaré a lo que me permitas tomar de ti, incluso si es cercano a la nada. Porque entre tantas luces que atraviesan mi translúcido cuerpo, lo que se ve con más claridad no es algo mío, sino completamente tuyo.

¿Tratas de engañarme? ¿Qué es lo que te mueve a invitarme a aquello que no entiendo?

Con tus ojos azules en la cima del juego, incapaces de ver las vueltas que he dado, los trozos que has recogido para hacerlo funcionar, me he quedado varada en lo más alto de la rueda. Y las luces de esta ciudad, que es la tuya, me dan la espalda.

Se quedó contemplando el escrito, volvió una hoja atrás y sólo leyó dos líneas: 1. Me casaré con alguien a quien no conozco. 2. Maki Nishikino, recital, escrito. Regresó de nuevo a leer La noria.

Una alarma que no era la suya sonó, lo que le provocó un susto que la hizo brincar y soltar la libreta. La levantó del suelo, la puso en el escritorio y buscó el origen del sonido. Vio el fusuma que daba al exterior deslizado, salió al patio trasero para encontrarse con la menor dormida recargada en la pared. Se quedó alejada prudencialmente de ella, mientras sacaba su cajetilla de cigarros y ponía uno en su boca para prenderlo. Dio la primera inhalación y cuando sacó el humo, volvió a verla de reojo.

– La ilusión cansa, ¿eh?

Se acercó a ella, consciente de que debía despertarla porque de no hacerlo se enojaría con ella. Con uno de sus pies le dio en el brazo. La chica se removió hasta volverse a acomodar. Ella rió y volvió a tocarla con su pie.

– Venga Umi, Maki está aquí.

Maki. No le sentaba decir su nombre.

La peliazul abrió los ojos, a su nariz llegó el tufo del cigarro y lo primero que hizo, antes de despertar por completo, fue mirar con reproche a la rubia.

– Mira que tienes energías de sobra para despreciarme –empezó a reírse, tratando a su vez, de tranquilizarse.

– Apágalo, a mi padre no le gustará ver que fumas –se levantó, para encararla mejor.

– A tu padre no le gustará saber que me eres infiel –obedeció, apagó el cigarro y se encaminó a la salida de la habitación–. Vamos, Um… –la peliazul la detuvo con la mano en su muñeca.

– Eso no es cierto…

– ¿El qué?

– Yo no… –se sonrojó–, yo no podría ser infiel.

El cielo se había despejado y se tornó celeste como sus ojos. Se sonrojó, aunque lo quiso evitar, aunque luchó con todas sus fuerzas para que no pasara. Le tomó la mano para quitarla sobre su muñeca.

– Va-vámonos, ¿quieres?

Salieron del dojo, Jun se despidió efusivamente de su hija y miro a Eli, como mandándole un mensaje telepáticamente. Fueron todo el camino en silencio, ni siquiera la música fue bien recibida por ninguna. Llegaron al lugar acordado minutos antes del tiempo indicado. La rubia miró a Umi, estaba por decir algo cuando de repente la vio sonrojarse por completo.

– ¿Pasa algo?

– Ya llegaron.

Volvió la vista al frente, sólo para encontrarse con la pelirroja y su enana amiga.

– No estoy lista para esto –dijo, observando la furiosa mirada de Nico.

En cuanto vio que la pelirroja la había reconocido, Umi la secundó.

– Ni yo.

Ella se encontraba alistando su almuerzo, ponía todo en el recipiente que había comprado hacia poco por necesidad. Estaba por salir al templo y hacer varios pendientes que no había podido terminar debido a que últimamente Eli se la pasaba con ella. No era que le disgustara, pero le era algo relativamente nuevo.

Sonrió cuando estuvo satisfecha de su resultado en el acomodo de sus alimentos. Tocaron su puerta, no reconoció los golpes por lo que se preguntó si era realmente necesario abrir. Cuando volvieron a golpear la puerta, prefirió ir a atender y después terminar con su almuerzo. Seguramente se trataba de alguno de sus vecinos que necesitaba algo.

Caminó despacio, abrió la puerta con parsimonia y su vista dio directamente con una camisa impoluta. Al alzar el rostro reconoció los mismos celestes de su novia, pero en un rostro masculino.

– ¿Señor Ayase?

– Hola, Nozomi.

Intentó sonreírle, aunque parecía más una mueca de dolor debido a algunos hematomas que adornaban su rostro. Lo examinó de pies a cabeza, vio vendas que sobresalían en algunas partes del cuerpo y el dolor que emanaba su postura.

– Nozomi, querida, échale esas miradas impúdicas a mi hija.

– Señor Ayase, Elicchi no está aquí –agregó totalmente desconcertada.

– Lo sé, no vine buscándola a ella. Vine a hablar contigo.

N/A: Han pasado 84 años…

Nah xD

¡Hola a todos, de nuevo!

Tengo muchas razones que justifican mi ausencia, la más fuerte es la escuela xD tuve un examen de 12 horas, ¿quién tiene exámenes de 12 horas? ¡12 HORAS! En fin…

Más allá de la melancolía en la que me encuentro casi ahogada, quisiera decirles que… bueno, no me maten. Sé que les aventé dos bombas en uno. O quizá más…

En otras noticias…

Siempre he querido dejar una nota súper larga, porque en mi cabeza son vastas, pero no lo hago porque siempre desvarío. Pero hoy me daré permiso de hacerlo, así que están en todo su derecho de no quererlo leer.

Siempre he querido escribir algo de Madoka Magica, pero le tengo demasiado respeto a ese anime. Es perfecto. Igual quisiera escribir algo Bubbline, pero hay tan buenas historias ya, que me desanimo xD

No me odien, me han dado ganas de escribir algo bonito y que sea NozoEli jajajaja

Igual complacer a los NicoMaki, con algo en verdad cursi y no mis cosas deprimentes xDD

¿Alguien ve Steven Universe? ¿No? OwO ¿Alguien que quiera ser mi amigo para hablar de Steven? ¿No? ¿Ni por unas monedas?

Bueno :c

¡Hasta la próxima!