Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.
…
– 9 –
El primer síntoma de una noche turbia se posó en la severa expresión que la ojirubí dedicaba a Eli, mientras que la rubia evitaba la mirada de Nico viendo a su prometida; por otro lado, Maki observaba extrañada a la pelinegra y Umi escrutaba en silencio a la pelirroja. Unas miraban a las otras, sin ninguna dar con ojos ajenos.
La incómoda introducción se vio interrumpida por los tres boletos que extendió la menor de todas en el centro de las miradas.
– Mi padre me dio 3 boletos únicamente –habló la pelirroja viendo a la rusa–, no sabía que vendrías.
– Por mí no te preocupes –le sonrió.
– No lo hago. De todos modos el palco preferencial sólo cuenta con 3 asientos –exclamó, se acercó a la peliazul y sintió un extraño cosquilleo al observar la mirada que ésta le dedicaba a la rubia–. Pero si quieres puedo conseguirte un boleto.
– No, gracias –dio un paso atrás, vio a su amiga pelinegra tensarse–. En realidad sólo vengo de chofer, ¿cierto, Umi? –le guiñó un ojo.
La peliazul se estremeció ante el tono juguetón que usó Eli para llamarla. Le jaló de un brazo para alejarla momentáneamente de las otras dos, cosa que logró extrañarlas.
– Entra –le susurró acercándose lo suficiente para que sólo ella lograra escucharla.
– ¿No quieres estar a solas con ella?
– No estaré a solas –le reprochó con voz queda–. Sabes que no me gusta mentirle a mi padre.
– No es completamente mentira. Aquí estoy, aquí me quedaré y me regresaré contigo –agachó tantito la cabeza para acercarse más y miró intencionalmente a la pelirroja–. Te lo debo.
Y lo logró, con una tímida sonrisa y una leve caricia en la mano. Estaba segura que ella no era la causa, sino los pensamientos que afloraban en la mente de la peliazul, los que lograban hacerle sonrojar. Umi se giró para volver con las otras dos chicas, en un andar algo mecanizado. Aquella imagen le arrebató una sonrisa y un peculiar brillo en sus celestes.
– Eli me esperará –fue lo único que dijo al regresar.
– ¿Tú, Nico? –Maki la miró con seriedad.
– Me quedaré con Eli –respondió con toda la convicción del mundo, para sorpresa de las otras 3.
– Oye, no creo que quieras perderte tal evento –exclamó nerviosamente la rubia.
– Me quedaré contigo.
– Digo, no todos los días tienes entradas preferenciales –la alentó.
– Ya te lo dije, Eli.
– Nico, creo que deberías reconsiderarlo –era turno de Maki para razonar con ella.
– Ya tomé la decisión. Ustedes dos diviértanse –miró a las menores.
Maki y Umi se miraron entre sí, la primera se encogió de hombros y la segunda permaneció estática ante la idea de quedarse a solas con la pelirroja.
– Debemos entrar ya, Umi –habló la menor mientras le sonreía a su compañera quien sólo asintió. Se acercó a la pelinegra y le dio el boleto en una mano, envolviéndola entre las suyas–. Por si en el último momento decides entrar –le sonrió–, te esperaremos.
– Sí…
Eli miró son una sonrisa socarrona como su amiga se sonrojaba ante el tacto de la pelirroja. Para suerte de Nico, eso sucedió cuando Maki se había dado la vuelta con la intención de regresar con Umi, quien le dedicó una última mirada a la rubia antes de girarse y entrar al auditorio.
De nuevo aquel extraño ritual que, desde que se supieron vecinas, llevarían a cabo en cada encuentro: un escrutinio de sus ropas y cuerpos. Eli parecía haber descuidado su vestimenta, quizá a sabiendas de que no entraría al evento que pide cierta formalidad, vestía pantalones cortos y una blusa negra con holanes blancos; además, se veía un poco más delgada. Mientras que Nico había elegido cuidadosamente sus ropas: una falda roja y una blusa blanca que dejaba al descubierto sus hombros.
– Pues me voy al carro –giró sobre sus talones con la intención de irse, pero una mano la detuvo.
Lo sabía, no podría escapar de nuevo. Y quizá era lo mejor.
– Eli –le miró a los ojos–, vayamos a tomar un café, tienes explicaciones que darme.
…
…
– Entonces… –el rubio le sonrió a pesar del dolor que recorría todo su cuerpo–, ¿puedo pasar?
– Ah, lo siento, señor Ayase –se hizo a un lado, para dejarlo entrar–. Pase y póngase cómodo.
El hombre se adentró en aquel apartamento que había visitado contadas veces con un único objetivo. Se sentó en el sillón doble, con la intención de darle espacio a la pelimorada para que se sentara a su lado, aunque nunca lo había hecho y sabía que esa no sería la excepción.
– ¿Puedo ofrecerle algo? –Agregó Nozomi después de cerrar la puerta– ¿Agua, refresco, jugo, café, té?
– ¿No tienes algo más fuerte?
– Tengo whisky –comentó con naturalidad–, ¿gusta?
– Nozomi, querida –empezó el mayor, mirándola con divertida curiosidad–, tú no tomas, ¿por qué tendrías una botella en casa?
– Mis padres me la dieron por mi cumpleaños –se encogió de hombros y se retiró a la cocina para buscar la botella.
– Déjame adivinar –el ruso alzó la voz para ser escuchado desde donde la pelimorada estaba–. Te la mandaron por correo, de donde quiera que estén, sin la menor idea de que no tomas.
Se escuchó el fuerte golpe de las puertas de la alacena al cerrar y después los pasos calmos de la chica. El rubio la vio aparecer a sus espaldas por un costado, para ponerle en la mesa de centro que había en la sala, un estuche de madera. Luka vio con una mezcla de sorpresa y satisfacción la caja que guardaba un whisky The Macallan con 25 años de edad. Lo inspeccionó con sus ojos y observó que seguía intacto.
– Nozomi, más allá de felicitar a tus padres por su buen gusto, aunque prefiero el Glenfiddich –rió ante su comentario y la expresión de confusión de la menor–, me sabría amargo abrir un regalo que es tuyo.
– No repare en ello, la mayoría de sus regalos no los abro –sonrió de manera irregular, quizá consumida por una irremediable nostalgia–. ¿Refresco?
– Me ofendes –negó con la cabeza–. Un vaso con hielo basta.
De nueva cuenta, la chica desaparecía en los rincones de una cocina que era desconocida para él. Sus iris celestes se movieron por los alrededores, escrutando la habitación en la que se encontraba: no halló fotos ni nada material que le vinculara con sus padres, amigos o alguna persona. Es como Elichika, fue lo que cruzó por su mente y sonrió ante ese pensamiento.
Nozomi regresó con un vaso corto con hielos, se sentó en el sillón que estaba contrario al que ocupaba Luka. Tomó el estuche de madera, lo palpó y lo abrió, de su interior sacó la botella con whisky de color ámbar brillante. El alcohol le recordaba a Eli, así como el hombre que le hacía compañía. Era su forma de ser y todo su físico, inclusive la vestimenta. Tanta era la semejanza que le costaba mirarlo a los ojos sin sonrojarse. Se sentía ridícula. Sirvió en el vaso el licor que momentáneamente hizo humear los hielos y, con un suave tintineo, se lo extendió al rubio.
– A tu salud –rozando los dedos de la pelimorada, tomó el vaso, lo levantó y se lo llevó a los labios con elegancia, mirando intensamente a la chica que tenía enfrente.
– Esta vez, ¿qué lo trae por aquí? –habló, el ambiente empezaba a viciarse y necesitaba estar tranquila.
– Quiero que charlemos, quizá llegar a un acuerdo –además de sus voces, el irregular tintineo de los hielos era lo único que se oía.
– Si viene a ofrecerme dinero nuevamente, no lo quiero –espetó, encarándolo, evitando titubear.
Sin embargo, lo único que recibió de respuesta fue una risa queda de su suegro. Lo vio negar suavemente con la cabeza y dejar el vaso en la mesa. Tomó la botella y pidió permiso con la mirada para servirse nuevamente, sonrió ante el desvió de aquellos ojos verdes.
– Si una infidelidad no te hizo dejarla, dudo mucho que el dinero lo haga –aquellos esmeraldas le miraron sorprendidos. Él agachó la cabeza para ver como el whisky cubría parcialmente los hielos de su vaso–. Puede que mi hija te haya contado pestes de mí, pero no soy un mal padre. Estoy al tanto de sus movimientos, no de la mejor manera, pero la procuro.
– Permítame dudar de ello.
– Hazlo, no me afecta –volvió a llevarse su bebida a la boca, dio un sorbo, sintió el ardor en su garganta y la calidez en su estómago–. Pero dime, Nozomi, ¿por qué sigues con mi hija? Digo, la quiero y todo, pero no creo que te merezca.
La observó, esperando ver el quiebre, alguna señal de duda en sus facciones, pero sólo vio su intrínseca serenidad.
– Dime, ¿qué es? –Posó sus codos en las piernas y llevó su barbilla a sus manos–, si no es dinero ni su lealtad, ¿qué es? Dudo que sea el sexo, no pareces de ese estilo.
– Es más complicado de lo que parece –se encogió de hombros, en un intento de restarle importancia al asunto.
– Te creo –recargó su espalda en el sillón y elevó su rostro para ver al techo directamente, suspiró y en esa posición siguió hablando con la chica–. Esta vez vengo a proponerte lo que quieras, absolutamente todo lo que quieras para que la dejes –volvió a acomodarse–. Créeme que lo hago buscando lo mejor para las dos.
La menor permaneció en silencio, esperando que el hombre continuara con su alegato.
– Nozomi, querida –dejó el vaso en la mesita y se puso de pie, fue caminando a la ventana mientras hablaba–. Mi hija nunca entenderá mi proceder y pensará que siempre hago las cosas para hacerle la vida imposible. Pero yo lo sé todo, aunque ella trate de impedirlo, siempre lo sabré –miró momentáneamente hacia el exterior–. Sé incluso de las veces que te llevaba a casa con la timidez y premura de los recién enamorados, sé de todo lo que compraba a tu causa y lo mucho que se esmeraba en ti. Soy consciente de cuando traspasaste sus barreras, porque es notorio, un paso como ese siempre lo es –volteó hacia la pelimorada–. Hasta que ella llegó.
Y ahí estaba la primera muestra de quiebre, los puños cerrados, temblando. Cabizbaja, temerosa de levantar el rostro y encarar la verdad.
–Podría decirte, de lo bien que conozco a mi hija, qué fue lo que la motivó a hacerlo –se acercó paulatinamente a la pelimorada–. Y te reirías de ello porque es ridículamente comprensible.
– Ella… –se quedó en silencio, sintiendo sus labios temblar, al mismo tiempo que su convicción.
– Hasta sé lo que hiciste para que Erena se alejara –pasó la mano por los bordes del sillón en el que estaba sentada Nozomi–. Y no, si estás pensando que yo tuve algo que ver en todo eso, no es así –la tomó por los hombros y se acercó a su oído para susurrarle–. Necesito que estés de mi lado, aunque eso signifique contarte la verdad que Elichika se ha negado a compartir contigo. O… ¿acaso te ha dicho algo?
– N-no… no quiero saberlo, no de usted.
– Nozomi, estoy dispuesto a darte lo más valioso en este mundo –extendió las manos, señalando a sus alrededores–. ¡La verdad! Lo que se oculta tras el apellido Ayase y el porqué del comportamiento de Elichika. Porque estoy seguro que no sabes dónde está ahora –inclinó su cuerpo para acercar su rostro al de ella–. Yo sí y me alegro de saber dónde está y qué es lo que hace.
– Sí he de enterarme de algo, quiero que sea de los labios de Elicchi –murmuró.
– Esperas mucho de ella –suspiró resignado–. Pero insisto, no me gusta abrir regalos que no son míos. Cuando sepas la verdad, sabrás que lo decía en serio. Mi hija está en buenas manos, sabrá sanarse. Sin embargo, tú…
– ¡Deténgase! –le gritó–. ¿Usted qué pretende saber de Eli y de mí?
– Más de lo que estarías cómoda a escuchar.
– Tengo que pedirle que se vaya –agregó, inmóvil.
El hombre se alejó de la chica, se encaminó a la puerta y la miró de soslayo. Aún recordaba aquella primera vez que la vio una mañana en su casa, con las ropas de su hija como pijama, tomando un vaso de agua para empezar el día. Al verlo se había sonrojado y se había tapado la boca para no gritar. Buenos días, señorita Toujou, le había saludado él, para retirarse de la casa con unos papeles en sus brazos. Después de ello, ni mujeres, ni alcohol, ni cigarros. Su hija se veía radiante a sus ojos, como la chiquilla que revoloteaba en las faldas de su madre, celosa del amor que le daban a su hermana.
¿Por qué se había esmerado tanto en romper con aquello?
Porque no metería a nadie más en peligro.
– Si mi hija, por algún milagro, se sincera contigo y no quedas satisfecha con sus exiguas explicaciones –retrocedió sobre sus pasos y posó sobre el cristal de la mesa un papelito con un número–. Pregunta por mí. Necesitarás consuelo y no hay mejor alivio que la verdad.
Se retiró, cerrando suavemente la puerta, para no hacer temblar a un corazón que estaba a un movimiento en falso de hacerse trizas.
…
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Umi iba unos pasos atrás de la pelirroja que andaba por los pasillos del lugar como si se tratara de su casa. De vez en cuando se encontraba con su mirada amatista soslayada, oculta entre algunos de sus mechones rojos y sus tupidas pestañas. Podía advertir la sonrisa que se dibujaba en su rostro por la ligera elevación de sus mejillas. Se avergonzó de saber hasta qué punto había guardado detalle de sus facciones.
Su cabeza se dividía entre la necesidad de escanear a su compañera y observar con detenimiento el recinto. Por un lado Maki estaba ataviada con un vestido color crema con un cinturón marrón que le acentuaba la cintura, encima llevaba un saco color begonia con los interiores más oscuros. Se veía elegante, al igual que el pequeño bolso que llevaba en uno de sus hombros y las pulseras perladas que impedían la desnudez de sus delicadas muñecas.
Sin embargo, el lugar era igual de arrobador. Se encontraban en el centro de una plaza ovalada rodeada de columnas forradas de vinilo caoba oscuro, el azulejo que pisaba era gris mate, las paredes contrastaban con un blanco impoluto y había una iluminación tímida, casi romántica. Desde donde se encontraba, con sólo levantar la cabeza, podía ver los pisos superiores y la lámpara de araña que colgaba del techo.
– Vamos, Umi –escuchó que le llamaban.
La guio por un pasillo más estrecho, que no por eso dejaba de lucir elegante. Al final, a lado de unas escaleras se hallaba un hombre totalmente erguido vestido con un traje negro. Al ver a la pelirroja, se llevó una mano al pecho y la otra a la espalda, hizo una reverencia, revisó lo boletos de la pelirroja, quitó el lazo rojo que impedía el paso y señaló el camino.
– Subiendo las escaleras, en el segundo piso, pasando las 3 salas subsecuentes, se encuentran sus lugares. Bienvenidas y que disfruten del evento.
– Gracias –dijeron al unísono y se rieron.
El hombre permaneció imperturbable, rígido en su lugar a la espera de otras personas se dirigieran a los palcos. Subieron las escaleras con sumo cuidado y lo bastante lento para observar la increíble arquitectura del lugar. Revestidas con un azulejo oscuro y los bordes claros, un pasamanos dorado, cada descanso ostentaba una obra de arte en su pared. Al llegar al segundo piso, pudieron ver a 3 mujeres en silencio, a la espera de atender al público. Volvieron a mostrar los boletos.
– Acompáñenme –dijo una de ellas, llevándose las entradas en las manos.
Las llevaron por el pasillo que daba a las enormes salas por las que tenían que pasar para llegar al palco. Umi estaba asombrada con todo lo que presumían las estancias: pinturas en las paredes cubiertas con un tapiz que iba a juego con la alfombra del suelo, todo iluminado por pequeñas lámparas de araña. Cada espacio tenía sillones individuales acompañados con un adorno de cerámica sobre un mueble de madera.
La primera sala era la más modesta de todas, la segunda fue un poco más ostentosa y la tercera fue un verdadero deleite para sus ojos acostumbrados a las simplezas tradicionales del dojo. Sin embargo, la sala que correspondía a sus lugares, le dejó aún más maravillada. Con el tapiz rojo, los asientos aterciopelados color granate, la lámpara de araña de cristal con ornamentos dorados, todo tipo de adornos acomodados inteligentemente, obras de arte en las paredes y las cortinas que daban paso al palco, fue demasiado para sus ojos.
Escuchó la puerta cerrarse y supo que se encontraba a solas con Maki en aquel enorme y elegante lugar. La pelirroja, a comparación, parecía acostumbrada a esa clase de espacios.
– ¿Y bien? –Le preguntó la menor, girando sobre sus talones, haciendo bailotear su cabello ante su compañera que estaba en el centro del salón–. Es un maravilloso lugar, ¿no?
– Tenía entendido que el dinero da muchas cosas, pero esto… –miró a sus alrededores–, esto es demasiado.
– Hay diferentes tipos de riqueza, supongo –se encogió de hombros, le extendió la mano–. Ven, querrás ver esto.
La peliazul le brindó su mano para que la llevara afuera, pasando las cortinas, del otro lado estaba el palco con 3 sillas de lo más elegantes. Sus ojos amarillos descubrieron el recinto y a las distintas personas que iban llegando para sentarse en sus respectivos lugares. Todo eso, en conjunto, era un palacio con un teatro en sus interiores. Su padre se hubiera alarmado ante la inmensidad del espacio y el derroche de riqueza. Inconscientemente acarició el dorso de la mano que sostenía la suya.
– Gracias –susurró.
– Pero qué me agradeces, si el evento ni ha empezado –la pelirroja levantó una ceja.
– Es más que eso –se llevó su mano libre a los labios, para reírse suavemente.
Le soltó la mano y regresó al salón. Esa ocasión fue el turno de Maki de observar, quizá extrañada, pero al mismo tiempo encantada, a aquella chica que sin saberlo formaba parte de su vida desde hacía tiempo. Su vestido azul con líneas blancas verticales, el saco blanco con bordes y cuello azul, su cabello, sus ojos y la inalterable sonrisa que siempre le mostraba. Una dulce melodía de piano le llegó a la mente, augurio de su padre que le advirtió que el enamoramiento era como escuchar música sin necesidad de ella. Lo supo y resignada se dejó llevar por la tormenta.
…
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Levantó la cuchara con un pequeño pedazo de pastel y se lo llevó a la boca, era lo último que quedaba en su plato, además de un sorbo del chocolate que había pedido. Mientras, sus dedos golpeaban la mesa con ritmo y sólo podía verla, de nuevo ella, con su lenta y angustiosa forma de comer, una mordida, dos mordidas, tres mordidas, su mandíbula en un pasmoso subir y bajar. Casi podía asegurar que sentiría el trozo de pastel bajar por la faringe hasta el esófago si pudiera estrangularla en ese instante. Y aún más segura estaba de ser capaz de oír su comida caer para hacer reacción con el ácido clorhídrico de su estómago.
Cesó el choque de sus dedos contra la madera y llevándose ambas manos a la cabeza, se revolvió el cabello en sinónimo de exasperación.
– Por dios, Eli –tomó con su cuchará un gran pedazo del pastel que tenía la rubia en su plato y se lo llevó a la boca.
– Mi pastel… –dijo con una triste mirada sobre su plato y su casi inexistente postre.
– Habla –masculló aún con el bocado.
– De todos modos ni estaba tan bueno –se encogió de hombros y se recargó en la silla.
Nico, desesperada ya de las evasivas de la rubia, se levantó de su asiento, recargó parte de su cuerpo en la mesa y jalando a Eli por el cuello, farfulló.
– Ya escogimos un lugar apartado y bastante tranquilo, te dejé comer y tomar tranquilamente tu café y no has hecho más que evitar el momento de escupir la verdad para salir corriendo e irte por esa niña –la soltó y volvió a sentarse. Suspiró, seguramente había llamado la atención de los otros comensales–. Únicamente quiero saber lo que pasa, ¿de verdad es tan complicado?
– Bueno, ahora que lo mencionas… –tragó saliva cuando vio esos ojos rojos arder con el fuego del mismísimo infierno–. Vale, vale. Ataca.
– ¿Qué diablos te traes con esa niña? ¿Por qué estabas en su casa hace algunos días? ¿Qué hacías cuidándola? ¿Y Nozomi? –ambas lo sabían, todo se trataba más de lo último que de todo lo primero.
Eli suspiró y miró hacia la ventana más cercana.
– Me voy a casar con ella –por primera vez lo había dicho, sonaba raro y se sentía aún más, pero no era desagradable.
Lo que no concebía era la cara de su amiga, esperaba que se hubiera levantado, que hubiera gritado, que le hubiera tomado del cuello de su ropa para zangolotearla cual muñeca de trapo o incluso hubiera esperado el golpe, pero se halló con una cara de estupefacción, entre el terror, el llanto y la risa. Para su fortuna, lo último fue lo que produjo su laringe.
– Venga, no bromes, Eli –claro, no podía esperar que la risa fuera de entendimiento.
– ¿Qué ganaría bromeando con algo así?
– No debes hablar en serio –negó impetuosamente con su cabeza–. De verdad, esperaba algo un poco más picoso, como que tu padre fue un depravado que se metió con muchas mujeres y ella era tu media hermana. O que de verdad estabas haciendo de niñera. Incluso que fuera tu próxima víctima sexual.
– Nico, baja la voz –carraspeó.
– ¿Pero tu prometida? ¡No! –Se llevó ambas manos a la cabeza–. Es más, ¿Cuántos años tiene? ¿Si quiera está en edad de merecer? ¿Qué hace jugándole al tonto con Maki?
– Nico…
– ¿Y Nozomi, ella sabe algo? ¡Tiene que saberlo!
– Tranquilízate, enana –Eli le tomó ambas manos y se las apartó de su cabello, tenía miedo de verla arrancarse los mechones que sostenía con fuerza–. No me voy a casar ahorita, Umi tiene 16 años. Y mientras ella no tenga los 18 años, ni ella ni yo podemos interferir en la vida de la otra, hasta el punto que nuestros padres nos lo permitan.
– ¡¿Y Nozomi, Eli, qué hay con ella?! ¿Qué piensas hacer con ella? –apartó sus manos de las de la rubia.
– Decirle, no tengo alternativa.
– ¿Por qué? –la pelinegra serenó su semblante, hasta quedar impasible.
– Pues es lo menos que puedo hacer, ¿no? –agregó Eli extrañada.
– ¡No! ¿Por qué únicamente te vas a rendir? –frunció el ceño.
– Porque no es algo en lo que pueda decidir.
– Por dios, Ayase, eres un adulto, demuéstralo y hazte cargo de tu vida.
– Es que…
– ¡Es que nada! –Dio un manotazo a la mesa, empezaban a tener encima varios ojos ajenos– ¿Qué caso tiene casarse con una chiquilla que está coqueteando con otra en este momento? ¿Qué propósito hay con juntarse con alguien a quién no amas? Con alguien que no te gusta… ¿cierto? –sus ojos penetraron en los celestes y para su sorpresa descubrió una nueva barrera que no había visto nunca en ellos.
– No –comentó con voz monótona–, no siento nada por Umi. Pero no puedo hacer nada para cambiar mi destino, a comparación tuya.
– ¿Qué? –preguntó desencajada.
– Siempre has tenido la libertad de escribir tu propia historia –sonrió ante la palabra escribir e inconscientemente pensó en la peliazul.
– ¿Crees que esto es lo que quiero? ¿Crees que me agrada trabajar para gente estirada que cada día me recuerda lo miserable que soy? –Se llevó una mano al pecho para mostrar indignación– ¿Crees que yo hubiera elegido que la persona de la que estaba enamorada se fuera con otra? ¿O que en este momento, la que me gusta esté por declararse a alguien más? –tapó inmediatamente sus labios con ambas manos, abrió los ojos ante la sorpresa y se sonrojó.
– Siempre has sido demasiado obvia, Nico –le sonrió con ternura, llevó su espalda al respaldo de la silla y se cruzó de brazos–. Sabía que no podía ser sólo eso, lo que te molesta es Umi y tu situación.
– ¡Ella y tú son demasiado molestas! –Soltó, aún con la sangre en el rostro pero debido al coraje–. Son como un grano en el trasero.
– Bueno yo nunca he tenido granos en el trasero así que… –sonrió victoriosa.
– ¡Ugh! Sigo sin saber qué vio Nozomi en ti –rodó los ojos–. A decir verdad, me alegra que esta vez tengas un verdadero motivo para dejarla.
– ¿Dejarla? Eso suena tan lejano –se llevó una mano a la cabeza.
– Pero regresando a Umi, espero rechace a Maki –murmuró en un hilo de voz.
– ¿En realidad va en serio? –preguntó movida por una extraña picazón en el estómago.
– Eso me dijo o me dio a entender esta mañana –bufó–. Me habló algo de su vieja historia en el hospital, que su admiración, que esto y el otro, y algo más de su padre.
Eli no tardó en atar cabos, era obvio que si la madre de Umi estuvo internada en el hospital de los Nishikino, muy probablemente la niña que conoció en aquel entonces era Maki. ¿Por qué había decidido erradicar aquel recuerdo? Era algo que escapaba de su conocimiento, aunque podría tratarse de un letargo, una especie de lapso oscuro debido a la muerte de su madre. Y si la peliazul lograba recordar, no tardaría en sacar conclusiones y buscar la manera de encontrar respuestas. Eso sólo podía significar un irremediable acercamiento a todo lo que, por promesa, debía mantenerla alejada.
– ¿Cuánto tiempo ha pasado del evento? –preguntó un poco alarmada
– Una hora y cuarto, aproximadamente –levantó una ceja ante el repentino cambio de tema–. ¿Por qué?
– Debemos detenerla, Umi no puede saber sobre ello –se levantó y tiró en la mesa un par de billetes que superaban el valor de la cuenta.
– ¿De qué estás hablando? –La siguió, mirando con disculpa al mesero que se había acercado a su mesa–. ¡Pensé que no te gustaba!
– No es eso –carraspeó, no segura de si debía dar una mejor explicación.
La rubia se metió al carro y Nico no demoró en estar dentro con ella. La pelinegra miró por el espejo retrovisor si alguien del café salía a buscarlas, al comprobar que no era así, observó a Eli. El vehículo arrancó.
– ¿Por qué tienes tanta prisa? –le preguntó la ojirubí al momento de ver como la rusa se mordía el labio inferior.
– Es que… –agravó la mirada–, lo prometí a alguien más, que nadie le haría daño a Umi.
– ¡Pero de qué estás hablando, loca!
– Ella es un Sonoda, Nico. Es Umi Sonoda…
– … –haciendo remembranza de todo lo que llegó a enterarse, una mueca entre el asombro y el temor asomó de su pálido rostro. Mirando el camino, susurró–. El señor Nishikino no estará muy contento si se entera.
…
…
El evento estaba pasado sin por menores, era más la ebullición de sus pensamientos que alguna desarmonía en los integrantes de la orquesta o los extravagantes movimientos del director. De hecho, era tal y como lo recordaba a palabras de su padre, la Orquesta Filarmónica de Viena era de las mejores en su rama.
De vez en cuando daba vistazos a su compañera, que parecía embelesada por la música en conjunto con el anterior paseo por el recinto; Umi portaba una sonrisa de oreja a oreja con el semblante más infantil que le hubiera visto. La pilló contadas veces observando con curiosidad hacia el escenario mientras se inclinaba para que sus manos quedaran en el pretil del palco y pudiera captar cada minúscula escena con sus ingenuos ojos. Era una imagen casi irreal, ver a aquella chica de porte y convicción recios, comportándose de manera pueril. Empero, le gustaba la idea de saberse especial por ver esa faceta.
Y de esa manera volvía su rostro al frente para ver todo aquello a lo que estaba acostumbrada desde pequeña, los instrumentos, la música, los espacios, el lujo. Sin embargo, todo había cambiado poco antes de que ingresara a la secundaria y hacia casi medio año que se habían visto con la posibilidad de seguir sus vidas como solían hacerlo, pero sin tanto derroche.
Suspiró pensando en aquellos viejos tiempos que compartía con su padre y el acercamiento que tuvo con la música clásica gracias a él. Esos días en los que en su casa había un gran piano blanco de cola en el que se dedicaba a practicar más horas de las que le daban de clases privadas. O los extraños momentos que pasaba en la oficina de su progenitor, viéndolo revisar pilas enormes de documentos mientras ella mataba el tiempo dibujando, leyendo o haciendo tareas, esperando a que llegara su madre por ella. Muchas veces fue tanto su fastidio, que pedía permiso para recorrer caminando todo el hospital, hasta que logró conocer cada resquicio, cada escondite.
A sus oídos llegó la viva melodía de Johann Strauss II, Ägyptischer Marsch, Op. 335, y un recuerdo surgió de lo recóndito de su mente. Podía ver a su padre sentado en una silla de cuero negro, moviendo un pie al compás de la siniestra canción, con sus inquietos ojos amatistas pasando por toda la superficie de la hoja que tenía en las manos. El teléfono había sonado y una sonrisa se dibujó en los fríos labios de su progenitor.
– Cariño –le había dicho– necesito que salgas y vayas al área de pediatría o con alguna enfermera. Papá tiene asuntos pendientes.
Acostumbrada a acatar órdenes, sin una palabra de por medio, salió. Fuera de la oficina de su padre había un pequeño espacio de espera para aquellos que quisieran ver al director general del hospital. Sentado exactamente enfrente de la puerta se hallaba un hombre que vestía un traje costoso, lentes oscuros y un sombrero de ala corta. Lo vio bajar los anteojos por su nariz y relucieron momentáneamente unos ojos azules, muy parecidos al cielo despejado. Le sonrió y le saludó amistosamente con la mano.
Ella echó a correr ante la advertencia de sus progenitores de no hablar con gente ajena al hospital, y dando la vuelta había chocado con ella. Levantó la vista, porque había caído de bruces ante el impacto. En aquel entonces ella era más alta, pero descubrió la misma mirada curiosa que siempre le dedicaba, junto con la mano que le extendía en un camino directo a su sonrisa sincera.
Es acaso posible…
– Disculpa –escuchó mientras le ayudaba a ponerse de pie–, andaba buscando el sanitario y creo que me perdí.
Estuvo tentada a reírse, pero la sonrisa apenada que le regaló se lo impidió. En una muestra orgullosa de su conocimiento del lugar la llevó a los sanitarios e inconscientemente la esperó en el exterior. Y poco tiempo después se vio pidiéndole permiso a su afligido y débil padre para poder jugar con ella, no porque estuviera aburrida o lo necesitara, sino porque las enfermeras y todo lo que su progenitor le había acondicionado en el área de pediatría era demasiado infantil para su mente en transición.
Ese día supo que aquella niña estaba visitando a su madre quien estaba internada en el hospital. Tras escucharlo, su sangre Nishikino le obligó a admitir que su padre trabajaba ahí, sin confesarle que en realidad era el dueño, pues se lo tenían prohibido. Y se lo demostró llevándola por diferentes lugares.
Bien podría pensarse que un hospital no es un lugar propio para los niños; sin embargo, a sus mentes infantiles, espacios enormes como aquellos se volvían puro alimento para su imaginación. Quizá ninguna de las dos era propiamente una niña, pero tenían razones de sobra para dejarse llevar por sus mentes aunque sea un instante.
Así fue como Maki se vio perdiéndose por los lares que ella presumía de conocer y los reencontró con nuevos tintes. De esa manera ella forjó su primera amistad, en cuestión de un par de semanas, para únicamente recordar el color de su cabello, el de sus ojos, la forma de su sonrisa, la calidez de su mano y su dulce nombre. Y perderla por un par de años, hasta verla nuevamente en una competencia, siendo representante de la preparatoria Otonokizaka. Capricho el de ella, que nació de lo más profundo de su corazón y le avivó la esperanza, que le dio el coraje de ir en contra de los deseos de su padre. Decepción la que sintió su corazón ante su error y el saberse olvidada.
Impensable…
Su pecho dolió en el momento en que la orquesta tocó Adagio In G Minor de Remo Giazotto, era la última del programa. Sus ojos se aguaron y humedecieron la reverencia del director y toda la agrupación al público. Los espectadores se levantaron y rompieron en aplausos, la ovación se hizo una con su silencioso llanto. Escuchó los enérgicos movimientos de su compañera y sus palmas chocar de pletórica adulación.
Quería ser reconocida con la misma vehemencia.
A Umi le extrañó que la pelirroja siguiera sentada mientras ella aplaudía, quizá para Maki no era de encomiarse el trabajo de la orquesta. Sin embargo, tuvo que quitar parte de su alborozo para aclarar la mente y ver que la chica lloraba en su asiento, mirando de frente, con una sonrisa amarga.
– Maki –le susurró entre el bullicio de aplausos y alabanzas–, ¿todo en orden?
¡NO!
– ¿Te duele algo?
Sí, el amor propio.
– ¿Te sientes mal?
No, sólo estoy estúpidamente enamorada.
Alzó la vista y se encontró con una dulce mirada llena de preocupación, sintió su cálida mano posarse sobre la suya aferrada al posa brazos. Estuvieron por un rato en silencio, siendo testigos de cómo moría la ovación, al mismo tiempo que el llanto de Maki. Las luces se encendieron y la gente empezó a retirarse.
– ¿Lo olvidaste, Umi? –preguntó con voz serena.
– Olvidar, ¿qué?
– El hospital, tú y yo, cómo nos escondíamos de los que ahí trabajaban, el cómo entramos a todos aquellos cuartos que tenía prohibidos, la insipidez de la comida, nuestra compañía en esos días grises… –parecía que el llanto iba a brotar de nuevo, con más fuerza incluso, pues le dolió todavía más ver la cara de asombro que puso la peliazul y sentir cómo su mano se alejaba.
Se puso de pie, dispuesta a irse y dejar que Umi encontrara sola su camino de regreso, bien podría perderse en las inmensidades del recinto y morir abrumada por el ostento. Ya no le importaba, estaba cansada de caminar a oscuras.
Sin embargo, no logró ni salir de la sala cuando una mano la asió con fuerza y la obligó a voltear. La calidez se volvió insoportable al sentirse abrazada, las fuerzas se le evaporaron en aquel calor. No cedería, no le correspondería sin una explicación, quizá una respuesta definitiva que le iluminara los posibles caminos a seguir.
– Mi madre murió –le dijo suavemente, abrazándola con más ímpetu–, y decidí eliminar mucho de aquello –acarició su cabeza–. Pero uno nunca olvida, aunque no sea capaz de recordar.
Con ambas manos en las mejillas, le limpió con sus pulgares el rastro que habían dejado las lágrimas, volvió a sonreírle con un brillo totalmente diferente al de siempre. Un nuevo sentimiento emanaba de ellos.
– Por algo te buscaba–se paró de puntillas y pegó su frente a la de la pelirroja–. Y sentía que ya te quería.
Umi acortó la distancia y la besó. Maki abrió los ojos ante la sorpresa, pero terminó cediendo y dio el salto que le faltaba para arder en su hoguera interna. Fue un gesto delicado, torpe y sincero, que le hizo cerrar los ojos porque, estaba segura, había cosas de las que era mejor no ser espectador. Y sus sentimientos convertidos en música, era una de ellas.
…
…
Estacionó el automóvil con dificultad debido al poco transito que permitían los demás carros detenidos. Salió apresurada, con una pelinegra detrás suyo, gritándole que se detuviera, que estaba siendo irracional, que no podía entrometerse. Empero, no estaba dispuesta a romper otra promesa.
Se adentró en el lugar, observó que la gente empezaba a salir lo que indicaba que el evento había terminado. No esperaría verlas salir. Con su mirada escrutadora y su mente audaz como la de un zorro, ubicó el espacio de donde salía la gente que daba más pinta de acaudalada. Se acercó, yendo contra corriente, esquivando a las personas, evadiendo al chico que cuidaba la entrada, mientras su cabeza seguía trabajando, resolviendo el posible lugar donde se encontraría la peliazul. Halló la entrada de los palcos, ya casi nadie transitaba por ahí.
– Señorita, el evento ha terminado –la detuvo una de las mujeres que se encargaba de posicionar a las personas con lugares en los palcos.
– ¡Suélteme! –Espeto– Soy un Ayase.
Y como si su apellido hiciera efecto, las otras dos chicas tomaron a su compañera y la alejaron, permitiéndole el paso a la rubia.
La pelinegra venía desde atrás, hiperventilando, apenas pudiendo entender cómo es que se las había ingeniado para escapar del primer guardia y ahora debía enfrentar a tres mujeres.
– Vengo con ella –comentó nerviosamente–, la tranquilizaré.
La rusa siguió a paso férreo por el pasillo, no reparó en todo lo que a Umi le había asombrado en su primer recorrido. La primera sala tenía las puertas abiertas, sin señal de alguien adentro. Lo mismo sucedía con la segunda y la tercera. Al llegar a la cuarta, la que estaba en el centro del semicírculo que formaba la construcción interior del teatro, halló las puertas cerradas. Segura de su intención, tomó ambas manijas y abrió las puertas.
Siguió caminando, guiada por los murmullos y las sutiles risas, hasta dar con las cortinas que daban la bienvenida a los palcos. Ahí estaba ellas, separadas por una corta distancia, Umi riendo nerviosa y rascándose la cabeza, mientras Maki le daba la espalda pero se notaba que iba cabizbaja.
¿La rechazo?, esa pregunta cruzó por la mente de Eli.
Los pasos rápidos de la pelinegra y su respiración irregular, advirtieron a las menores de su presencia. La única en mirar en aquella dirección fue Umi, quien miró con un extraña expresión a la rubia. Quizá remordimiento…
– Eli ha regresado –anunció en voz queda para la pelirroja–. Y Nico también.
Maki murmuró algo que no fue audible para ninguna de las recién llegadas, únicamente para el oído de la peliazul, quien abrió los ojos y después sonrió.
– Claro, nos vemos en la escuela o antes si es posible –le dio un incómodo abrazo que Maki correspondió con fuerza–. Gracias… ahora… debo irme.
La peliazul pasó a un lado de Eli, luego cerca de Nico y siguió su camino sin esperar que nadie fuera tras ella. Tenía una tormenta de sentimientos demoliendo cada columna que sostenía la base de sus ideales.
Eli volteó a ver a la pelirroja, quien giró para mostrar su rostro completamente enrojecido hasta las orejas. Miró de soslayo a su amiga y volvió a ser testigo de aquella triste y sorprendida expresión que se pintó en su rostro cuando Nozomi y ella le habían comentado de su relación. La única diferencia radicaba en que ahora miraba a Maki. Se giró y la tomó por los hombros, espabilándola de su suplicio.
– Mírame, enana –ladeó un poco el rostro para comprobar que la pelirroja seguía inmóvil–. Umi se va a casar conmigo, no hay alternativa. Lo de ellas es imposible.
– Eli… –la miró a los ojos, aún dislocada.
– Te lo juro, por todo lo que te debo, que esa estirada –movió la cabeza para hacer referencia a la menor–, se enamorará de ti, porque eres la Gran Nico. Y que Umi saldrá de su vida para entrar por completo en la mía.
Nico la miró sorprendida y sólo pudo asentir. Aquello significaba cosas diferentes para ambas, para la pelinegra era un lazo de confidencialidad con el que se sentía incómoda, y para la rusa una señal de que un alma seguía en pie.
Eli asintió, le sonrió y se marchó corriendo para alcanzar a Umi. Y Nico sólo podía verla, sintiendo muy en lo profundo que aquella dirección no era la correcta.
…
…
N/A:
Aaaayyy, este capítulo me gustó mucho. Lo hice con mucho amor y en un brote muy intenso de inspiración :3 (me gustaría que me sucediera lo mismo con mis otros fics -w-)
Y para los que escogieron a Maki, *redoble de tambores*, ¡ahí está! El primer beso de Umi es con Maki. La verdad era que tenía escena para ambas situaciones xD pero como veo que aún no les convence Eli, haré que la quieran en serio para que sufran… que diga, para que disfruten la historia :D
¡Unas preguntas! Seas sinceros :c ¿Les parece que la historia va muy lenta? ¿Les gustaría que agilizara el ritmo o así está bien?
Y bueno, ahora no tengo mucho que agregar, salvo que todo es blanco y negro y afuera llueve. Un agradecimiento a esa mujer que me apoya incondicionalmente ~
¡Hasta la próxima!
Manden amor en forma de review :V
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¿De verdad nadie quiere ser mi amigo para hablar de Steven Universe?
Les cambio la oferta de monedas a billetes.
