Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.

– 10 –

De nuevo, un par de ojos azules le saludaron tras la puerta. La diferencia: éstos parecían estar extinguiéndose. La primera vez que fue capaz de ver ambos pares de celestes en un mismo día, había sido aquella en la que el amor empezaba a florecer entre las brasas de un cuerpo ansioso por experimentar.

Aquello parecía una mala broma.

– Elicchi –aquel nombre se le antojaba maldito.

– ¿Puedo pasar?

Se apartó de la puerta dándole total permiso de acceder a su hogar. Aquel movimiento había sido intencionado, pues estaba dispuesta a exponerla.

La vio entrar a paso lento, sentarse cansada en el sillón y voltear ligeramente para sonreírle.

– ¿Ya comiste?

– Sí.

– ¿Quieres algo de tomar?

Hubo un momento de silencio. No la esperaba, así que después de que su querido suegro saliera, no se sintió con ánimo de limpiar. Probablemente Eli miraba el vaso que había ocupado su padre, quizá incluso era capaz de oler su loción.

– Agua, por favor –desde atrás la vio levantar el vaso con pequeños hielos nadado en el agua que se había derretido–. ¿Bebiste?

– No, tuve un invitado –se dirigió a la cocina y sirvió el vaso de agua que la rubia le había pedido. Se lo llevó al lugar donde estaba sentada y la vio inspeccionando el vaso–. ¿Sucede algo?

– No, sólo me es raro ver cualquier indicio de alcohol en tu casa –le sonrió suavemente, mientras dejaba aquel vaso y agarraba el que la pelimorada le extendía–. ¿Quién te visitó?

– Un fantasma –contestó, sentándose a su lado–. Hoy fue tu día de descanso, ¿cierto?

– Sí –tomó un sorbo de su bebida–. Vi a Nico y estuve hablando con ella un rato.

– ¿Nicocchi?

– Sí.

– Eli –su nombre a secas–. Si estuviera pasando algo muy grave en tu vida, ¿me lo dirías?

La rubia la miró en silencio. En algo debió haber fallado. En algo había errado y por fin lo había vislumbrado. Aquel par de esmeraldas lo habían verbalizado.

¿Realmente hubiera hecho un esfuerzo para cambiar la situación?

No.

Esa era su respuesta tajante. Sin consideraciones de algún tipo.

– Sí.

¿Hace cuánto tiempo que se había rendido?

Fue un evento imperceptible incluso para ella. Quizá había madurado. Probablemente había aceptado que no había otro camino posible. A esas alturas, poco importaba.

– ¿Qué sucede, Eli? –se acercó a ella, intentando abrazarla, pero se halló estática ante su propia incapacidad de reaccionar.

Se miraron a los ojos y por primera vez en mucho tiempo Nozomi se halló con la verdad que Eli tanto recelaba y le negaba.

– Estoy comprometida con alguien más.

Por favor, cuando salgas cierra la puerta y no regreses.

Sus ojos se abrieron de golpe para dar con la penumbra de un cuarto vacío.

Estaba en casa. Sola. Pero en casa.

¿Quién te piensas que soy?

Lo recordaba. Se había quedado inmóvil por unos segundos que quizá se convirtieron en minutos y luego horas. Probablemente le habrían crecido raíces de los pies y se hubiera afianzado al lugar sino no hubiera optado por salir tal y como Nozomi le había pedido. Había cerrado la puerta con la seguridad de que no volvería sino mucho tiempo después para recuperar sus cosas y regresarle todo lo que le había quitado.

¿Creíste que simplemente lo iba a aceptar?

Había permanecido de pie, estática, viendo a la pelimorada salir de su propio departamento. Esperaba una reacción más violenta, era necesaria porque así lo requería la falta de confianza y el desconocimiento. Ella venía preparada para eso, para la cachetada, las acusaciones a voz alzada y los reproches a todos y cada uno de sus errores.

Sin embargo, lo que recibió escapaba de los confines de su buen proceder.

¿Qué te hizo pensar que yo podría siquiera considerar las posibilidades?

Al salir del departamento había logrado centrar su atención en el mero acto de manejar y llegar a casa. Tanto le había cansado emocionalmente que al entrar a su hogar, se tiró sobre la cama y se quedó dormida casi al instante.

No quiero ser el plan de respaldo si no sirve tu matrimonio.

Ahora que despertaba, era consciente de que Umi no estaba en casa. Y no sólo eso, sino que había estado ocupando la cama en su ausencia.

Aún faltaba una semana de vacaciones, una semana en la que tendría que seguir trabajando, llegar a casa, su actual hogar, hacer de comer para sí misma –mejor comprar comida ya hecha–, mantener en orden sus pertenencias y –¿por qué no?– sus sentimientos.

Sonaba sencillo, parecía optimista, como si la mitad de las bases de su vida no le hubiera cerrado la puerta tan de repente. Ella lo sabía. No debía, no podía durar toda la vida. No era sano. Ya no lo era.

Esto nunca tuvo solución.

Observó la hora en su celular. Faltaban pocas horas para que la tienda de música donde trabajaba abriera sus puertas. Quizá podría llegar desde temprano, sin lucro alguno, para ser de ayuda a sus benevolentes jefes. Tal vez podría doblar turno y quedarse hasta que su cuerpo se lo permitiera, hasta que su mente se encontrara con la fuerza necesaria para sólo llegar a casa y descansar.

Sí. Eso haría toda la semana hasta que el sol dejara de esconderse.

Si tenía suerte, quizá la luna levantaría la marea y con tal de verla tranquila, ella comenzaría a alzarse, petulante y soberbia, para calentar la arena y entibiar el agua.

La luz prendida de su hogar no le extrañó tanto como abrir la puerta y ser recibida con una tenue melodía. La calidez de un lugar habitado siempre es distinta.

La peliazul se encontraba sentada en el sillón, ataviada con un vestido azul con holanes blancos, presumía un libro entre las manos. Aquella escena le era común –en su mente, en el imaginario, en el recuerdo que tenía de ella–, así que sonreírle no le costó ni un poco.

Sí, era el último día de vacaciones y Umi se encontraba de regreso. Se notaba un poco ansiosa, insegura de volver a estar compartiendo el techo con una persona a la que poco conoce. Sin embargo, la sonrisa que Eli le dedicó desde la puerta, le ablandó la coraza. Dejó el libro sobre el cojín del sillón y se levantó para recibirla.

Habían pasado ya algunas horas desde que había llegado. Primero se había quedado sentada, un poco triste, hasta desilusionada por tener que alejarse de su padre y de sus amigas. Luego había rondado por la casa, con la certeza de que Eli no se encontraba en ella. Así había dado con la grata sorpresa de que el lugar estaba en orden y limpio. Pudo intuir que en todo ese tiempo Eli no había ocupado la cocina pues el refrigerador estaba casi vacío. Lo único que le quedaba por hacer era esperar el regreso de la rubia, si es que lo hacía. Y lo hizo. Tarde, pero ahí estaba de pie en la entrada, cerrando la puerta tras de sí.

Cuando la mayor giró completamente su cuerpo, Umi notó que la ropa que portaba distaba mucho de lo que solía ver puesto en ella. Vestía una simple playera negra con una nota musical blanca bordada en la parte superior izquierda, un pantalón de mezclilla del mismo color y unas converse azul cielo. La siguió con la mirada, hasta que desapareció en el pasillo de la cocina. De espalda, la camisa tenía bordada la leyenda MusiKira.

– ¿Tiene mucho que llegaste? –Eli fue la primera en romper el silencio.

– Una horas –la peliazul se movió ligeramente, para quedar a unos pasos de la entrada de la cocina, muy cerca de la mesa.

– Me hubieras llamado e iba por ti –con un vaso de agua en las manos, la rubia se encontró con la menor.

– Me trajo el señor Ayase.

– ¿Qué leías? –Eli pasó a su lado, de largo, dirigiéndose a los sillones para sentarse.

– Un libro que me regaló el señor Ayase de su viaje a Rusia, está en inglés y eso me complica un poco la lectura –giró su cuerpo y la siguió.

Se escuchó el suave golpe del vidrió sobre la mesa de centro, Eli tomó el libro que Umi había dejado en el sillón. Lo observó y leyó el nombre del autor, Nikolái Gógol. Sí, su padre era un ferviente creyente de la cultura de su país. Recordaba las noches en que él leía esos cuentos llenos de humor, entre lo imposible, lo absurdo y lo horrible de la realidad social de los hombres que ella ni su hermana entendían, pero que por las expresiones de su padre, les arrebataba risas.

– Pensé que ya no llegarías –el mar, llevándola a la orilla, sana y salva.

– Me quedé en el trabajo hasta tarde.

– ¿Realmente necesitas trabajar?

– Parece que sí –dejó el libro en su lugar y se llevó la mano a la nuca.

– ¿Continuarás trabajando?

– Sí.

Umi miró a la rubia. Sí, era ella, pero había algo que faltaba o quizá una pieza que sobraba o que estaba mal puesta en ese rompecabezas que era Eli Ayase. Tal vez las palabras que el señor Ayase había dicho mientras manejaba para traerla a su nuevo hogar habían hecho mella en ella. Pero qué otra cosa podría esperar de un: "te encargo a mi hija, que suele hacerse daño cuando pasa malos momentos". Para empezar, ¿a qué se refería con malos momentos? Y luego, ¿a qué tipo de daño? No lo entendía.

– ¿Por qué lo preguntas? –Eli alzó el rostro y la encaró.

Y la peliazul puedo ver en su celeste mirar la tristeza que un tiempo vio en su padre cuando su madre murió. ¿Acaso alguien había muerto? Desvió la mirada y caminó para poder tomar su libro.

– Para tener en cuenta tus horarios y los míos, las comidas, la limpieza –fue disminuyendo su voz paulatinamente–, el espacio, todo…

– Está bien, señorita meticulosa –una tenue risa–. Mis horarios de clases serán los mismos, trabajaré en las tardes y tendré un día de descanso entre semana, ese día puedo ayudarte en lo que necesites.

¡Cuán sutil era la tranquilidad que disfrazaba su verdadero estado de ánimo! Le hacía falta el comentario mordaz, burlón y pícaro.

– Está bien, entonces iré a dormir –se alejó del lugar, dejando a la rubia sentada en el sillón, y se metió al cuarto.

De nuevo su nariz fue inundada por un aroma que no era el suyo, era la evidencia de que Eli había estado durmiendo en la cama en su ausencia. No había nada de incorrecto en ello, lo sabía, y aun así frunció ligeramente el ceño.

Se dirigió a la puerta para poder cerrarla y así ataviarse un pijama y dormir. Se detuvo un momento en la entrada, con el picaporte en su mano izquierda. La rubia seguía sentada, apenas y se notaba el lento subir y bajar de su pecho, miraba fijamente a la pantalla de la televisión apagada, con las manos en las rodillas. Con un extraño sabor de boca, la peliazul procedió a cerrar la puerta.

No podía permitir que lo que hiciera o dejara de hacer Eli le alterara los nervios. El día siguiente prometía ser agotador. No sólo era la escuela, sino sus amigas y, claro, Maki Nishikino.

Al recordarlo, sintió la punzada en el pecho.

Alguien tocaba a su puerta y advertía la intrusión. Esa era la rutina a la que estaba acostumbrada. Esa persona intrusa se encargaba de poner en orden lo que rodeaba su lecho, todo con la intención de ser una sutil alarma de que el día iniciaba y de no ser una molestia. La persona comenzaba abriendo las cortinas para dejar pasar la luz natural dentro de la habitación, con una suave voz anunciaba que era hora de alistarse para ir a la escuela y después, en total silencio, realizaba sus demás tareas.

Así era como despertaba, se levantaba y se dirigía al baño. Se acercaba a la tina y abría la llave del agua caliente. Mientras se llenaba la bañera, ella, sin mirarse al espejo, procedía a buscar todos los materiales que usaría para preparar su ritual de limpieza. Jabones, geles, aceites, cepillos, esponjas, toallas y una bata.

Cerraba la válvula de agua caliente y abría la otra para templar el líquido. Mientras, ella echaba jabón y alguna solución aromática en la tina, después se desvestía. Una vez que el agua estaba en su punto, entraba con delicadeza y se sumergía.

Su piel la frotaba con suavidad, se secaba con igual mesura y llegaba frente al espejo para contemplarse ya sin la desfachatez mañanera. Observaba con sus ojos amatistas su tersa piel, sus delineadas cejas y sus rosados labios.

Después le seguía la protección de su piel con una crema para hidratarse y humectarse, su pelirrojo cabello también necesitaba de un proceso similar antes de ser sometido al calor de una secadora. Así era como obtenía, muy a su pesar, los pequeños rulos que se le formaban en las puntas.

Al terminar salía del baño y regresaba a su cuarto. Ya no había intruso y el orden había sido restablecido. El uniforme estaba colgado en un gancho cerca de un espejo de cuerpo completo, perfectamente planchado e impoluto. Se vestía, pieza por pieza, cuidando la pulcritud de sus ropas; y lo último que se ponía era el moño azul con líneas de un tono azul más oscuro.

Así bajaba a la mesa, para encontrarse con su madre con un plato propio de comida y otro a su lado que le correspondía a ella. Se sentaba en silencio y comía en igual estado, hasta terminar su desayuno y así poder irse a la escuela.

Esa era su rutina diaria.

Siempre, sin excepciones.

Sin embargo, desde hacia algunos días todo indicaba a que algo dentro de la teatralización de su vida se vería interrumpido. Y, aunque le hubiera gustado muy en el fondo, no podía culpar a Umi de aquella ruptura. Todo era culpa de Yazawa Nico.

– ¿Y mi padre?–preguntó.

– Salió más temprano de lo normal a trabajar –comentó su madre, dejando los cubiertos sobre la servilleta en la mesa–. Sabes que le gusta trabajar cuando está estresado o enojado.

– ¿Quién me llevará a la escuela? –volvió a inquirir.

– Pues tu padre volvió a poner al jardinero como tu chofer –agregó la mujer y volteó a ver a su hija–. Cariño, sé lo mucho que te costó acostumbrarte a Nico-chan y, peor tantito, lo mucho que te esforzaste para quitar parte de la estricta vigilancia de tu padre, pero…

– Lo sé, mama, lo sé –suspiró.

Claro que lo sabía, hasta su cuarto habían llegado los gritos de su padre. No supo que excusas, motivos o razones le había dado la pelinegra a su progenitor, pero debieron haber sido plausibles para que siquiera la dejara irse. Nadie traiciona a los Nishikino. Pero si Nico no cedió ante las amenazas del hombre, debían tratarse de algo aún más grande.

– Hoy podré llevarte, pero desde mañana lo hará Takeda-san.

– Sólo pido como condición que me deje mucho antes de que lleguen los demás y que vengan por mí después, no quiero… –carraspeo– ser llamativa.

Su madre soltó una sincera risa, sutil y ligera, abrazó a su pequeña y le depositó un beso en la nuca.

– Eso es imposible, cariño. Eres una Nishikino.

Hubiera querido agregar algo al respecto, pero ante el apellido nada valía como argumento. Suspiró y prefirió concentrarse en su desayuno. Comió, tomó sus cosas y se dirigió al exterior en compañía de su madre. La mujer iba platicando de las posibles vacaciones que tomaría su padre y del prometido viaje que le debían por haber cumplido 15 años el pasado abril. La escuchó sin mucho empeño, estaba acostumbrada a que su padre les quedara mal, no en cumplir las cosas, sino en asistir a ellas.

Lo único de lo que realmente estaba expectante no era siquiera el hecho de regresar a clases para poder estar en el salón de música en compañía del piano, sino de tener la posibilidad de encontrarse con la peliazul. Revivir aquel día había sido el motivo de las muchas preguntas que recibía por parte de su madre en cuanto a su aletargamiento y el regaño de su padre ante muchos olvidos suyos. No importaba, valía la pena.

Llegar a la escuela, tomar clases, pasar el receso con sus amigas y verlas partir para ella dirigirse al salón de música, había sido, en resumidas cuentas, el regreso a clases. Una constante había en su mente, no era que la buscara, sino que la llamaba con la mente, casi invocándola para poder saludarla y quizá, si la privacidad se los permitía, hablar de una situación que había quedado pendiente ante la interrupción.

Sin embargo, a veces le parecía que su escuela era lo demasiado grande o intrincada como para que el destino o alguna clase de entidad omnipotente le impidiera la realización de su encuentro.

Subió las escaleras con desgana, quizá sentarse frente a su elegante amigo le serviría para que su mente no se le ofuscara. Así fue como, a mitad de camino, en el descanso que precedía al piso en el que estaba el salón de música, se encontró de frente con los ojos ambarinos de Kotori. Ambas se miraron y Maki no pudo reprimir la mueca de desilusión y molestia ante la sonrisa que la peligris le dedicaba.

– Maki-chan, que coincidencia verte por aquí, deberías acompañarme, necesito unos archivos y un par de manos extras.

– Estoy ocupada –se excusó.

– Es una lástima –hizo un mohín–, seguramente a Umi-chan le hubiera alegrado el verte.

La peligris sonrió y se rió internamente del doblamiento de la convicción de la menor, quizá no debería proceder así, pero le pareció ver a Umi un poco ausente todo el día. Contrario a lo que esperaba, Maki volvió a negarle su ayuda. Sí, la había hecho enojar.

Su pecho ardía, no sabía si de dolor, de coraje o de indignación. Siguió su camino sin siquiera voltear a ver a la peligris, quien sonreía con evidente satisfacción. Anduvo con prisa hasta llegar al salón de música, abrió la puerta y lo encontró vacío. Sintió que algo por dentro le punzaba. No quería admitirlo, pero tenía la esperanza de encontrarla, de que ella la estuviera esperando, inventando un tonto juego para escucharla tocar el piano. Sin embargo, estaba sola.

Se acercó al piano, se sentó, levantó la tapa que cubría las teclas y posó sus manos sobre ellas. Nada. Cerró los ojos, respiró profundo, bajó las manos a sus rodillas, las elevó con un elegante movimiento y las posó sobre el teclado. Nada. Al abrir los ojos y mirar las teclas se dio cuenta que estaba en blanco; o mejor dicho, que su mente ya estaba ocupada por otro pensamiento que no dejaba lugar a otros.

Quería verla.

Se levantó y se asomó por la ventana del salón que daba vista directamente al sendero de entrada de la escuela. Observó a muchos alumnos irse, a otros encaminarse a sus respectivos clubes, mientras ella estaba expectante de que una sola persona hiciera aparición.

Eso no sucedió. Su celular sonó después de unos minutos, habían llegado por ella.

– Hay que reacomodar los discos para posicionar las novedades –el hombre de ojos verdes le señaló el estante que estaba cercano a la entrada–. También hay que cambiar los pósters, es importante estar al tanto de las tendencias, diría mi pequeña.

– Aquí sigo, viejo –la castaña salió del almacén con una caja en la mano.

El hombre sonrió complacido y siguió limpiando la tienda y cerrando las cuentas del día. Tsubasa se acercó al lugar en que estaba Eli, observando los discos que pronto estarían dentro de una caja e irían a parar al almacén. La música, como todo, va cerrando ciclo, encontrando su parcial muerte hasta que es reencontrada por una mente ávida de otros conocimientos.

– Es triste, lo sé –le comentó la castaña una vez que estuvo a su lado, le sonrió con soltura–. Quita los discos, limpia el estante, acomoda los nuevos y mete los viejos en la caja. Yo me encargare de los carteles y los nombres.

– Está bien.

La rubia siguió al pie de la letra las órdenes que la chica le dio. Aquellos días en los que había decidido trabajar todo el día le habían servido para limar las asperezas en su relación laboral, había dejado de sentirse un despojo de la sociedad hasta poder afirmar que se sentía cómoda en su actual trabajo. Tsubasa le había ayudado con ello, pues no sólo encontró en la chica una maestra en el ámbito musical, sino también una posible amistad. Sin embargo, aún no se sentía lista para algo de esa magnitud.

– Ayase, qué servicial te has vuelto –le dijo en un tono de voz que sabía molestaba a la rubia–. Diría yo, que algo dentro de ti ha muerto.

El silente acomodo de los discos fue lo que recibió como respuesta. Rió suavemente mientras enrollaba uno de los pósters que acababa de quitar de la ventana.

– No sé qué sucede o qué es lo que pasa por tu cabeza pero… –acomodó el cartel en el suelo y se dirigió al que estaba en la otra ventana, más cerca de la rubia–, algo me dice que necesitas distraerte. Cuando quieras, puedes venir a una de las tocadas a las que asisto.

De nuevo estaba aquella reticencia a la que tanto recurría la rusa. Esa faceta suya no le extrañaba, las pocas veces que la vio salir con Erena, ella siempre permaneció en silencio, como queriendo esconderse. Las razones le sobraban. Sin embargo, estaba convencida que esta ocasión era totalmente distinta, pues el recelo no era hacia su persona, sino hacia la rubia misma.

– No son nada fuera de lo normal, muchas personas reunidas en un lugar, escuchando a un grupo poco conocido, bebiendo, fumando, compartiendo datos sobre otra cosa que no sea su vida –enrolló el papel y ahora le tocaba pegar los nuevos–. Algo tranquilo, relajado.

– ¿Y tu novia?

Unas palabras que le habían sacado una sonrisa bobalicona.

– Ella es muy joven para asistir a esos eventos –puso con sumo cuidado el siguiente cartel encima del vidrio y continuó hasta que se hubo asegurado de que estaba perfectamente puesto–. Sé que vas a clases en las mañanas, por lo que podrías asistir a una el fin de semana, cuando acabes turno.

– Lo pensaré –ella había acabado su labor, ahora iría a ayudarle con el otro cartel a la castaña. Se acercó a ella y la miró a los ojos–. Gracias.

No hubo sonrisa u otro gesto parecido, sino la simple aceptación de una propuesta entre adultos. Así le gustaba pensar que era su relación con la castaña, dos simples conocidas que trabajaban en el mismo lugar. A veces olvidaba que Tsubasa era incisiva.

– ¿Y la tuya?

– ¿La mía?

– Tu novia.

El silencio que precedió a aquella pregunta la delató. Todo había terminado, las tareas de aquel día se habían acabado y podía irse a casa a descansar. De los últimos detalles siempre se encargaban los Kira.

– No tengo novia –lo dijo y ella sintió que aquellas palabras no habían salido de sus labios.

– Te lo dije –le sonrió y le pasó suavemente el brazo por la espalda–. Necesitas distraerte.

La rubia le dedicó una sonrisa lánguida, no por desgana, sino por debilidad.

Se despidió de la castaña y de su jefe, salió de la tienda y subió a su auto. Últimamente se había acostumbrado a manejar sin música, pues siempre terminaba con los oídos atiborrados de las distintas melodías que solían poner mientras trabajaba. Por lo que en igual silencio llegó a casa.

Umi estaba cerca del interruptor de la luz, se había cansado de esperar a la rubia y estaba por irse a dormir cuando ella apareció, siempre inoportuna, siempre indeseable. Frunció el ceño, pero sabía que no podía culparla por llegar tarde, por no haberse presentado antes para poder canalizar el sentimiento de culpa en otro más llevadero: la incomodidad.

Se sentía culpable por haber evitado a Maki, por haber medido sus pasos y cuidado el tiempo y espacio que dedicaba en quedarse en determinado lugar. Incluso, esperó hasta verla salir de la escuela, totalmente erguida, orgullosa y quizá dolida por la evasiva.

Y por fin Eli Ayase se había dignado en aparecer. Ella abrió la puerta y se quedó quita, con los ojos bien abiertos, un cielo despejado, sin nubes, que bien podía el sol iluminar pero la noche aún no se extinguía en ellos. Volvió a sonreírle, como el día pasado.

– Buenas noches, Umi.

– Te tardaste en llegar –aquello sonaba a reproche, pero era todo menos eso.

– Fue cierre de temporada y tuvimos que cambiar todo –cerró la puerta tras de sí, caminó, se quitó la sudadera y la aventó al sillón mostrando nuevamente la playera de la tienda–. Cosa de tendencias o algo así.

– ¿Quieres cenar?

– Ve a dormir, Umi –le sonrió otra vez–. No te preocupes por mí.

Y toda la incomodidad fue sustituida por extrañeza. La miró, la escrutó e intentó leer su corporalidad, pero después de unos segundos se sintió avergonzada por la contemplación y giró sobre sus talones para retirarse.

5 días. Toda una semana en la que había tenido muy pocos acercamientos con la persona en cuestión, aquella a la que le hubiera gustado agarrar por el cuello de la camisa, llevarla a un lugar en privado, hablar sobre música, comida, animales, libros y quizá, sólo quizá, del amor.

El primer día nada. El segundo sólo un escueto saludo. Al tercer día, unas cuantas palabras cruzadas que habían terminado por la interrupción de su amiga Honoka. Al cuarto, un roce de manos, una pregunta sobre su estado y la pobre excusa de sus trabajos atrasados.

Era desesperante, claro que lo era. Le era difícil verla a lo lejos sonreír en compañía de sus amigas para después atenuar la sonrisa cuando dirigía la vista en su dirección. Era desquiciante ver como todos podían acercarse a ella para preguntarle cualesquiera que sean sus dudas en no importaba cuales materias o cuestiones, mientras que ella estaba a la espera de tener un momento únicamente para ella.

¿Estaba siendo egoísta? ¿Quizá infantil? Maldecía la alcurnia de su familia que no le enseñaba a reaccionar con naturalidad ante esas cuestiones. Estaba acostumbrada a que todo le fuera dado, a que lo que ella quería se cumpliera, no en sus condiciones, sino en las que determinaba su padre. ¿Qué podía hacer ante una situación que escapaba completamente del mandato de su progenitor? Nada, salvo aferrarse a la esperanza.

Suspiró. O mejor dicho, bufó.

Llevó una de sus manos a su cabello y jugueteó con uno de sus rulos. Prefirió sacar el jugo de su mochila, ponerse los audífonos y esperar a que llegaran por ella. Mientras podía ver desde la ventana el movimiento de la escuela después de clases.

No se sentía con ánimos de música clásica, así que puso algo de pop en su celular y bebió su jugo de manzana. Por esa razón no fue testigo de que otra persona había entrado al salón de música, sino hasta que la tuvo a su lado. Abrió los ojos y por un momento pensó que su mente le estaba jugando una mala broma, hasta que la peliazul le sonrió. Su sonrojó se manifestó cuando sintió la mano de Umi posarse cerca de su oreja. Le quitó un audífono y se lo llevó a su oído.

– La señorita Nishikino escuchando música pop –se rió suavemente.

A Umi le había costado horrores encontrarse donde estaba, de pie, frente a la pelirroja. No sólo fue a causa de la constante observación de la chica, sino también el constante recordatorio de que debía actuar como un Sonoda. Momentos antes estaba temblando, alterada e insegura. Y ahora parecía que todo aquello se había esfumado, pero permanecía oculto.

– Umi.

– Decidí pasar por aquí para ver si estabas, antes de subir al consejo.

– Umi…

– Sí, soy yo.

– Pensé que me estabas evitando.

– Bueno, no puedo decir que eso es mentira –ladeó el rostro ligeramente.

Maki se cruzó de brazos, intentó enojarse, pero el simple hecho de tenerla tan cerca se lo impedía. Pausó la música que aún se reproducía en su celular y lo guardo en los bolsillos de su saco.

– Da igual, ¿sabes? –giró y se encaminó hacia el piano, se sentó y dio un sorbo a su jugo.

– ¿Cómo has estado? –se acercó a ella, pero no se sentó a su lado, sino que quedó a su espalda.

– Confundida –espetó–. Han pasado muchas cosas… Nico ya no trabaja para mi padre.

– ¿La pelinegra? –decidió que lo mejor era sentarse a su lado y escucharla.

– Ella. ¿Sabes lo que eso significa? –volteó para encararla–. Ya no podré salir con tanta libertad.

– Eso puede solucionarse.

– No lo entiendes.

No, claro que no entendía.

– Además… –de nuevo, sus manos atacaban su cabello en señal de nerviosismo–. No sé… tú… yo.

– Entiendo… –miró aquel par de ojos amatistas y tragó saliva.

Observó como la pelirroja cerró los ojos y suspiró, volvió la vista a las teclas del piano y las tocó con suavidad.

– Maki, yo… –suspiró profundamente–, necesito hablar con alguien primero. Dame este fin de semana y lo platicamos.

La mejor la miró, había convicción en ese par de iris ámbar, una seguridad que incluso se le contagió y le permitió sonreírle para aceptar la propuesta. Recibió una sutil caricia en el dorso de su mano, ese sencillo gesto le serviría para resistir.

¿Acaso el amor te hace sentir así de patético?

Esperaba que no. Ella ansiaba tocar el cielo.

Otro día apacible en el trabajo llegaba a su fin. Los días habían estado calmos, como, según el señor Kira, siempre estaba cuando las clases reiniciaban. No quedaba mucho por hacer, salvo salir y regresar a casa. Esa era su rutina: ir a la escuela, luego al trabajo –incluso en su día libre–, y regresar entrada la noche a su hogar, donde una joven de cabellos azulados la esperaría con el ceño fruncido, le diría lo obvio y se iría a dormir.

Ver a Umi antes de ir a dormir se había vuelto en el único referente de hogar que tenía. ¿Triste? No para ella.

Se despidió de su jefe y salió. Se dirigió a su coche y, contrario a los anteriores días, prendió el radio y escuchó música a bajo volumen. Decidió prender un cigarro y fumarlo antes de manejar para regresar a su hogar. Nadie le recriminaría por llegar a casa oliendo a tabaco.

No lo deseaba. Sabía que por ser viernes Umi estaría con su padre.

La soledad le calaba y le carcomía las entrañas. Si casi no hablaba, era porque la mayor parte del tiempo tenía ganas de vomitar menosprecio y la mejor forma de evitarlo era sonreír y saborear el amargo sabor de la decepción personal.

¿Qué estaría haciendo justo ahora su hermana y su madre?

¿Su vida sería distinta si estuviera con ellas?

¿Hubiera dado con Nozomi?

¿Estaría en ese punto en el que se encuentra?

Claro que no.

Su celular vibró. Revisó la pantalla de su dispositivo y vio que tenía un mensaje de Umi y otro de Tsubasa. El de Umi era un recordatorio de que todavía había comida del jueves y un "buenas noches". El de Tsubasa era la dirección del lugar en que ella estaría tocando, según entendió, en solitario. "Nada elegante, es algo para los solitarios", ella le había dicho. Conocía el lugar, alguna vez fue a aquel bar en compañía de Erena, exactamente para ser espectadora de los inicios de su "talentosa amiga, Tsubasa".

¿Y si era una trampa?

Qué más daba. No tenía algo que perder.

Lo único que no deseaba era regresar a casa.

No deseaba estar consigo misma.

N/A:

He regresado, creo (¿?)

La verdad es que estoy reencontrándome con mi escritura y mis historias. Después de que la vida vida se me complicó mucho y me arrebató a alguien importantísimo en mi vida, ahora mi felicidad se reduce a tener Stickers de Love Live en mi celular.

Sí, queridos lectores, a eso se reduce mi felicidad. A eso y a jugar SIF y BanG Dream!

Soy una persona sencilla.

Perdonen mis errores ortográficos, si los identifican, agradezco lo comenten.

Y ténganme paciencia. Todo seguirá adelante.

¡Hasta la próxima!