Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.

– 12 –

Caminar por los pasillos de la escuela sin el constante martilleo en su pecho se había vuelto realmente fácil. Aquel órgano seguía mandando sangre y oxígeno a todos los rincones de su cuerpo, la mantenía con vida, pero ya no la evidenciaba para sus adentros. Ya no sentía ansiedad ni necesidad alguna. Prescindía del afán, de la pasión dolosa y desbordante: la vehemencia ya no le sabía amarga. Por fin podía asegurarse victoriosa.

Había ganado.

¿Y si había perdido en cantidades más grandes de las que imaginaba?

El acuerdo para consigo misma había terminado y se había reescrito con una firma de más. Buscarla era una empresa fútil, pues sabía que sin dificultad la encontraría. Ahora daría directamente con su sonrisa, no como antes que la sentía como un gesto ajeno. Las palabras viajaban directo a sus oídos, con su nombre en ellas. Ya no sería la escucha velada e ilícita de una plática porque ahora ella formaba parte de la conversación.

Sin embargo, el contrato tenía sus cláusulas ventajosas. La zozobra que experimentaba al ver a la peligris se había transformado en simpatía, desconocer el significado de su siniestra sonrisa y de sus frases ambiguas era un pacto de complicidad.

En sus propios terrenos, todo seguía inmutable; cercano a las extensiones de ella, todo era ahora seguro. El campo minado estaba únicamente en su cabeza, en sus pensamientos e inseguridades que rápidamente se sustituían por su acostumbrada autorreafirmación. Su corazón ahora se mantenía tranquilo y, de alguna manera, aquella paz se le antojaba nostálgica.

Era consciente que hacía tiempo se había sentido exactamente igual, cuando la peliazul revoloteaba curiosa por los terrenos grises y deprimentes del hospital. Podía verse entrando en las diferentes salas con la seguridad de que, si volteaba, una sonrisa amable le saludaría. Y un día, de ser guía y gurú de una niña un año mayor que ella, los papeles se invirtieron y se convirtió en su inalcanzable perseguidora. Y allí estaba de nuevo, sin necesidad de mirar atrás, únicamente bastaba alzar el rostro o ladearlo unos centímetros, para encontrarse con la candidez que llevaba años buscando.

E incluso así, se sentía distinto.

Todos los días, al terminar las clases, pasaba al salón de música, se sentaba cerca del piano y acariciaba la fría madera para después tocar las más dulces melodías. Sin disturbio alguno podía escuchar la puerta ser abierta y cerraba los ojos para dejarse inundar por la música. La poca piel que permanecía expuesta era lo suficientemente sensible para reconocer, sin necesidad de abrir los ojos, la presencia de alguien más a su lado. Era el calor, el aroma, su respirar que se volvía la base de sus canciones y pensamientos. Y solamente el latido de su corazón, no el de ella, sino el propio, era capaz de detenerla. Así abría los ojos, suspiraba con pesadumbre e inclinaba la cabeza para recargarse en el hombro ajeno.

La sapidez de la derrota se disimulaba con el de la vergüenza. No podía afirmar que su sabor le desagradara, si había perdido a su nombre, valía la pena. Era consciente que podía regodearse en la miseria por la única que podía disminuir su petulancia y derribar sus barreras de cuna. La simple idea de dejarse consumir se le antojaba inevitable.

Si tan sólo alguien le hubiera dicho que aquello que de pequeña sintió se trataba de amor y no admiración, todo hubiera sido más fácil. Quizá más efímero. Tal vez no se encontraría ahí, escuchando todo lo que aquella chica le decía en secreto, para ser guardado únicamente por ella, el piano y las cuatro paredes del salón.

Estaba segura de que, de todo lo que hablaban, cosa de una eternidad en 5 minutos, residía mejor en las paredes que en su cabeza. Mientras la boca ajena –y a la vez tan propia– soltaba historias y toda clase de argumentos, ella únicamente podía pensar que le hubiera gustado ser de otra manera, una en la que, sin necesidad de rodeos, tomara su mano, la abrazara y le depositara un tierno beso en los labios. Pero no, el coraje se esfumaba y con él la obligada demostración afectuosa.

El sonido de una llamaba la despertaba de su ensoñación y, dolida por no recordar lo que le había dicho la peliazul en ese momento, contestaba. Escuchaba con su habitual hartazgo lo que su chofer le decía, hasta que terminaba y colgaba.

Suspiró, como muchas veces lo hacía a su alrededor, y sentía que con cada exhalada se le escapaban palabras de amor y con ellas un poco de sangre. O eso quería pensar, porque ella la miraba con creciente preocupación y, con ese pretexto, tomaba su mano cual moribundo en busca de la última enfermedad.

Ella se levantaba, se apresuraba a recoger sus pertenencias y se disculpaba con aquella que entibiaba sus mañanas frías. Y únicamente, en la inminente despedida, se permitía un atisbo de debilidad, la abrazaba y le depositaba un casto beso en la mejilla.

El valor siempre le había sido esquivo y su cuerpo lo resentía.

Sus clases habían terminado ese día y se encontraba en la escuela sin saber qué hacer. Faltaban 4 horas para que su turno en la tienda de discos empezara, podía ir directamente a su trabajo o regresar a casa. De cualquier manera, aunque decidiera ir a comer o al cine, el tiempo le sobraría. Prefirió ir a comer algo sencillo y pasar a su trabajo sin demora.

– ¡Eli-chan! –exclamó el hombre al verla entrar–. Eres más que puntual.

La rubia rió nerviosamente.

– Espero no me pidas dinero extra –comentó bromeando el ojiverde.

– No, señor Kira, no es necesario.

– ¡Por más empleados como tú! –soltó una risa estruendosa a la par que veía a la chica acercarse a él–. Hoy recibiremos mercancía en un par de horas, por lo que tu temprana presencia será de mucha ayuda.

– ¿No está Tsubasa?

– No, ha salido mucho últimamente –el hombre se llevó una mano a la nuca–, pero ha regresado temporalmente una antigua compañera.

– ¿Una antigua compañera? –la rubia vio al castaño sonreír y hacer un movimiento con la cabeza haciendo referencia al almacén.

Eli se encaminó al lugar y sin mucho esfuerzo la reconoció. Cabello negro, cuerpo delgado y estatura baja. Nico. Ambas escucharon al dueño anunciar que saldría a comprar menesteres, que les encargaba la tienda.

– ¿Dejaste de estudiar o algo así? –inquirió la rusa.

– Tsk –masculló la pelinegra–. Me ves trabajando temprano y es lo primero que se te ocurre –giró su cuerpo y la observó en la entrada, Eli presumía una palidez que no era la de siempre–. Cambié mi horario en la escuela.

– ¿Por qué?

– Deja de cuestionarme y ayúdame con ese paquete –señaló una caja de cartón que se encontraba en el suelo.

Eli miró el objeto señalado, se acercó, se puso de cuclillas y abrió la caja, estaba llena de discos de acetato. Sacó uno, el empaque se veía un poco maltratado de las orillas, pero se veía una grande y refinada firma en el empaque.

– ¿Ya no trabajas para los Nishikino?

– No.

– ¿Dónde van los acetatos?

– En la vitrina del recibidor, ponlos con la firma a la vista.

Cargar la caja e ir acomodando los discos le sería más fácil que llevar de a poco, así que eso hizo. Desde aquel lugar podía escuchar el tenue ruido que hacía su compañera para acomodar unos discos en los anaqueles del almacén.

– ¿Por qué ya no trabajas con los Nishikino?

El silencio fue lo único que recibió por respuesta. Los parlantes de la tienda reproducían jazz a un volumen muy bajo.

– ¿Aquí fue donde conociste al señor Nishikino? –se aventuró a preguntar.

– Sí.

– ¿Cómo fue que te ofreció trabajo?

Escuchó un murmullo proveniente del almacén. Quizá Nico no quería hablar con ella, probablemente nunca lo quiso así. Ella sabía ser impertinente.

– Cuando apenas empezaba a trabajar aquí, yo no sabía que él dejaba dinero extra por sus encargos, le regresé el dinero todas las ocasiones que me tocó atenderlo. Él sólo me miraba extrañado y se iba –se detuvo momentáneamente para ordenar otra pila de discos en un anaquel distinto–. Hasta que una vez me dijo que me quedara el dinero sobrante y me negué.

– ¿Por qué te negarías? –le pareció un acto de humildad bastante absurdo.

– Aún a estos días, no lo sé. No me daba buena espina –se rió con ironía–. Extrañamente, eso fue lo que hizo que me ofreciera un trabajo.

Con una paga que cuadriplicaba la que recibía aquí, pensó Nico mientras sonreía con autosuficiencia ante el recuerdo. Eli le respondió con un bisbiseo por asentimiento. Nico se apresuró con aquel anaquel y, al terminar, fue al mostrador para encontrar a la rubia de rodillas en el suelo, haciendo un impecable trabajo de acomodo.

– Extrañamente, te queda estar pegada al suelo –espetó, con una sonrisa socarrona.

– Qué linda.

– Lo sé –se agachó y quedó cerca de Eli– Te ayudaré a guardar los que vas quitando.

– Gracias –le pasó la caja vacía de su lado para facilitarle la tarea–. ¿Cómo fue que saliste de aquella familia de tratos turbios?

Un momento silencioso en que la pelinegra quedó estática.

– Fui sincera –agregó, volviendo a su labor.

– ¿Cómo? –Eli sacó la cabeza del compartimiento bajo de la vitrina y miró a la pelinegra.

– Sí –continuó, sin levantar el rostro y con los ojos puestos en la caja–. Le dije que me gustaba Maki.

Una risa burlona se escapó de los labios de la rubia y murió casi al instante para ser sustituido por un silbido.

– Vaya…

– Fue exagerada la reacción de mi antiguo jefe. Primero me dijo que era impensable, que estaba deshonrando su confianza y desvirtuando a su familia. Luego me dijo que era obvio, que todos caían ante los encantos de su hija –ante eso y al recordar la contrariedad del hombre, rió levemente–. Luego me dijo que me fuera, que no era que yo quisiera renunciar, sino que él mismo me despedía y que me daba dinero de más para mantenerme alejada.

– Me sorprende que duraras tanto –agregó con sincero asombro.

– A mí también–suspiró.

Si Nico se había acercado a la rubia había sido con un fin muy específico: observarla de cerca. Pudo ver la resequedad de sus manos, cosa que se manifestaba cuando fumaba mucho, tal y como había visto las primeras veces que compartió palabras con ella como su vecina. De cerca, podía ver las ojeras que su maquillaje trataba de ocultar. Estaba más delgada que la última vez que la vio.

Eli le sonrió, Nico se sintió avergonzada, soltó un bufido y se levantó con la caja de los antiguos acetatos en sus manos para dirigirse al almacén. Faltaban unos minutos para que terminara su turno, era cuestión de esperar al señor Kira y salir. O, mejor dicho, huir.

– Oye, Nico –el tono de voz en la rubia cambió– ¿Sabes algo de… –sintió una punzada de dolor– de Nozomi?

Ahí estaba, la pregunta al nombre por el cual dudó en regresar al local, el cuestionamiento de la persona por la que había pedido estrictamente que sus horarios no coincidieran. Qué si había visto a Nozomi, no. Ella le había pedido que la dejara sola, que cuando estuviera mejor la buscaría. Qué si sabía lo que había ocurrido, no, pero podía intuirlo por lo que Eli ya le había contado.

– No –la respuesta fue tajante.

Claro, no iba esperaba otra acción por parte de la pelinegra que no fuera defensiva. Su único puente a ella se había convertido en una muralla de contención. No la dejaría acercarse.

El jefe de ambas regresó con su intrínseco ánimo, apresuró a Nico para que saliera y fuera por sus hermanos a la escuela. Ese había sido el motivo por el cual cambio su horario escolar y pidió horas muy específicas para trabajar. Mientras alguien pudiera ayudarlo, él estaba contento.

Nico le explicó todo lo que había hecho y lo que le había pedido a Eli en su ausencia. Él asintió y felicitó a ambas por la audacia mostrada. Tras ello, la pelinegra tomó sus pertenencias y se despidió de su jefe.

Al acercarse a Eli, se cruzó de brazos y la miró.

– Cuídate –demandó.

– Igual.

– No –subió ligeramente el tono–. Lo digo en serio, cuídate.

– Ahm –se rascó la mejilla y sonrió nerviosamente–. Sí…

– Lo que sea que haya ocurrido, lo lamento.

– Nico –se relamió los labios y con seguridad, agregó–. Cuídala.

–No –negó con la cabeza y le sonrió–. Ella puede cuidarse sola.

Umi había tomado por costumbre observar, desde la ventana del salón de música, el camino que trazaba la pelirroja para salir de la escuela. Eran tan rígidos sus horarios, que lo único que se permitían eran unos cuantos minutos. Además, las excusas para salir de la sala del consejo estudiantil se le estaban agotando; no podía decir que todos los días, a una hora específica, necesitaba ir al baño. Sin embargo, aún no estaba lista para decirle a sus amigas.

Cada día le costaba más mantenerse inmutable ante la presencia de Maki, no sólo eran sus escasos minutos frente al piano, sino las veces que se la encontraba en los pasillos, cuando la veía en los recesos con sus amigas o el simple hecho de que se presentara en el consejo estudiantil con la excusa de no querer ir al salón de música. Ella siempre era bienvenida por sus amigas y por su corazón.

Si tan sólo fuera un poco más asertiva, quizá todos sus problemas se hubieran acabado en un instante.

No podía negarlo, tenía unas excelentes amigas. Hacía tiempo que ellas habían dejado de cuestionarle sus desvíos de la escuela al dojo. Hasta cierto punto, para todas, se sentía normal que la peliazul se despidiera en la entrada de la escuela y se dirigiera en dirección opuesta. Cómo si nunca hubieran existido aquellos días en que las 3 regresaban juntas a casa.

Además, la rubia que tanto revuelo causaba en su vida había dejado de aparecer sin previo aviso y agradecía esa tranquilidad que ahora disfrutaba.

No obstante, los días en casa empezaban a ser rutinarios. Era cosa de llegar, preparar comida o calentar –si es que ya había comida hecha–, hacer tarea, leer y esperar la tardía presencia de la rubia. Ella traía consigo un saludo débil que correspondía con un gesto similar y una sonrisa. La observaba hacer su camino al refrigerador, poner la comida en el horno, comer, ir a bañarse y dormir a su lado, como últimamente lo venía haciendo.

Las tardes en soledad, sin nada que hacer –esos eran sus verdaderos momentos de debilidad–, se permitía extrañar los entrenamientos, las clases con su padre, cuidar de las flores y los árboles, vestir kimono para salir del brazo de su progenitor, ir a los festivales, pasear con sus amigas a plazas, ir al cine, a tomar café. Divertirse.

Lo único que la salvaba de toda aquella maraña de sentimientos eran los mensajes y llamadas de Maki. Solía avisarle que había llegado a casa, después le preguntaba por su día y ella explicaba a grandes rasgos lo que hacía, sin mencionar a la rubia, claro. La pelirroja, a diferencia, se explayaba en contarle lo que pasaba en su casa.

Mi padre me ha comprado un nuevo disco de Sergei Rachmaninov interpretado por Konstantin Lifschitz.

Mientras comíamos, mi madre me ha vuelto a contar la historia de cómo conoció a mi padre, creo que sigue enamorada de él.

La cocinera me dijo que lleva años trabajando para los Nishikino.

– ¿Y si salimos? –preguntó, interrumpiendo la perorata sobre un conflicto que hubo en su clase aquel día.

Del otro lado de la línea escuchó un extraño murmullo, ¿acaso, nadie había osado interrumpirla? Lo que sucedía era que ella sabía sobre aquel problema, después de todo, era la siempre confiable vicepresidenta del consejo estudiantil.

Tengo que preguntarle a mi padre –la respuesta no le sorprendió, sin embargo, no le fue cálida.

A ello le seguía un "Todo era más fácil con Nico", entonces retomaba el tema y, al terminar, se despedían diciendo que se verían en la escuela.

Umi suspiró con cierta frustración que lentamente se transformaba en conformidad. Decidió dejar de lado sus apuntes y celular, para estirarse y mirar por la ventana de la habitación. Sabía que faltaban horas para que llegara Eli y esperaba que, como en anteriores ocasiones, llegara sobria.

Se levantó de su asiento del escritorio y decidió caminar por la casa, esperando encontrar algo en lo que ocupar su mente. Vio las dos habitaciones que según estaban parcialmente limpias, obra de las manos de Luka, el padre de Eli. Desde que le habían dicho que no entrara a aquellos cuartos, no lo había hecho, por lo tanto, decidió dar un vistazo.

Pasó a la primera de las recamaras, las cajas habían desaparecido, así como muchas de las carpetas que antes adornaban los estantes. El lugar se veía triste y solitario, quizá podía empezar a traer libros o decirle a Eli que le ayudara a acomodar todo lo que restaba en el otro cuarto y poder acondicionar aquel como otra habitación.

Caminó por los angostos pasillos que se formaban entre los estantes. Se acercó a los archiveros y al abrirlos los encontró vacíos, sólo pocos permanecían bajo llave. Lo único que quedaban eran libros de arte, tal y como le había dicho la rubia que su padre poseía.

Salió del lugar y pasó a la otra recámara. Aquella presumía de más cosas en su interior, algunos estantes seguían casi completamente llenos pero lo que se veía eran libros y discos de acetatos. Al revisar los archiveros dio con que estaban vacíos. No halló caja alguna en el lugar.

Estaba por salir cuando detrás de la puerta vio lo que parecía un pequeño mueble. Se acercó a él, se agachó y lo abrió. En su interior encontró trapos y trozos de tela mal recortados. Tomó uno y lo extendió, se trataba de un pañuelo que tenía bordada las iniciales SS. Lo regresó e intentó extraer un pedazo de tela que parecía ser lo bastante largo para hacer demasiado bulto. Una vez que lo tuvo entre sus manos sintió el peso de algo que estaba envuelto, se trataba de una pequeña caja de madera con una cerradura. La inspeccionó, intento abrirla, pero no cedió. Decidió dejarla en el suelo para continuar su escrutinio y, al soltarla, algo se rompió. La examinó y notó que una de las bisagras se había zafado y la otra estaba a punto de ceder. Alarmada, quiso repararla y terminó por romperla.

Miró el objeto recientemente destruido entre sus manos mientras la intranquilidad crecía en su interior. De la caja se habían escapado múltiples papeles, cartas, postales y fotografías. La primera que tomó, con la intención de recoger y volver a ordenar todo, estaba escrita en otro idioma, ruso, supuso.

Tomó otra del montón de papeles que estaban desperdigados, la caligrafía de aquella contenía palabras en inglés totalmente legibles. La hoja parecía vieja y sus orillas poseían un tono ocre. Observó el sobre, tenía una dirección de Japón y las dos iniciales del pañuelo que había encontrado. Leyó parte de la carta:

A Luka Ayase:

Me ha comunicado mi padre que pronto vendrás a Japón. No creas que me emociona la idea, sigo firme a mis ideales. Sin embargo, te recibiré con gusto y te mostraré lo poco que conozco de mi país.

Sus ojos fueron directamente al remitente, nuevamente SS.

Sacó todas las cartas que había en la caja, acomodó en un montón todas las que venían con un mismo remitente. La mayoría de las cartas eran del tal SS, las ordenó por fecha. Revisó las sobrantes, algunas eran postales, otras cartas de amor que leyó con toda la vergüenza que cabía en su cuerpo. Al regresar su lectura a los de aquel extraño remitente, decidió empezar por la más vieja.

Al joven Ayase:

Conoces mi nombre, lo sé porque mi padre me lo ha dicho y no sólo eso, me ha comentado que he de casarme contigo. Estoy obligada a ello, yo, una niña de 14 años. Por eso, a modo de rebeldía, evitaré escribir mi nombre en cada una de las cartas que te mande, porque no estoy de acuerdo con esta decisión egoísta que sólo beneficia a las cabezas de nuestras familias.

Por cortesía, te deseo un buen día.

SS

Umi volvió a leer la carta, no entendía muy bien aquello, pero parecía que Luka estaba comprometido con alguien muy joven, incluso más que ella. ¿Sería, acaso, la madre de Eli? Tomó la siguiente carta.

Ayase:

Una segunda carta me veo obligad a escribirte, no sé si mi primera carta te llegó, pues no he recibido respuesta alguna.

Sigo sin creer la decisión de mi padre. Me han dicho que eres dos años mayor que yo, 16. No crees que es demasiado prematuro. Yo sí. Quisiera enamorarme alguna vez, no de ti, pero si de alguien. ¿Tú te has enamorado? ¿Estás enamorado en estos momentos?

SS

¿Qué era todo aquello? ¿No se suponía que Luka había ido a Japón y había cortejado a su madre? Siguió con la otra.

Luka:

Ahora sé tu nombre por la carta que muy amablemente me respondiste. Pensé que no me ibas a responder, pero me respondiste ambas cartas en una sola. Creo que tú tampoco pareces muy contento con la decisión de nuestros padres. ¿Crees que debamos hacer algo?

Si sigo mandándote cartas es porque mi padre me lo ha pedido y adivina qué, también me ha dicho que te mande una foto mía. ¿Para qué? Si cuando todo suceda no me veré como ahora. Supongo que es para que te familiarices con mi aspecto. Por cierto, gracias por tu foto, acabo de comprobar que no me gustan los rubios.

Qué bueno que ya hayas tenido novia y qué mal que tu padre la haya ahuyentado, ¿acaso es tan aterrador? Mi padre es un hombre severo, pero es dulce conmigo.

Me gusta el cine, me parece increíble. ¿A ti te gusta el cine? ¿Qué te gusta?

SS

Si la respuesta de la tal SS había aumentado, era posible que Luka hubiera escrito algo sustancioso. Sin embargo, la situación le parecía bastante parecida a la suya. ¿Era posible que los Ayase, desde antes de nacer, tuvieran un matrimonio concertado? ¿Acaso Luka le había dicho a Eli sobre su matrimonio? Y si era ella su pareja predestinada, ¿la persona de Luka era alguien de su familia? No, aquello era imposible.

Dejó de lado las cartas mientras buscaba la dichosa foto que según SS le había mandado a Luka, si la encontraba, probablemente aquello sería la solución a todas sus dudas. Miró las postales, algunas fotografías de personas que ella no conocía y dio con aquella que tenía en la parte trasera aquel remitente tan misterioso. La volteó y sus ojos se abrieron ante la imagen que la recibió.

– ¡Regresé!

Escuchó con claridad la voz de Eli anunciando su presencia, le alegraba saber que venía sobria. Y aunque intentó sonreír, aunque quiso moverse, siguió sentada en el suelo con una fotografía entre sus manos temblorosas que pronto empezaron a humedecerse. Reaccionó al ver el rostro de su madre deformado por una de sus lágrimas. Si la reconocía era por las fotos que a veces le mostraba la mamá de Honoka de cuando iban a la preparatoria, en aquella se veía ligeramente más baja y delgada, empero, la sonrisa era la misma.

–¿Umi?

Se limpió las lágrimas que aún viajaban por sus mejillas, guardó rápidamente todo lo que había sacado, las cartas, las postales, fotografías, telas y el pañuelo que, ahora sabía, perteneció a su madre. Volvió a pasas sus manos por su rostro, pero el llanto no se detenía. No quería que Eli la viera de esa forma.

Los pasos de la rubia estaban acercándose, la puerta de la habitación rechinó al abrirse. Aún estaba a salvo. Se sacudió la ropa, intentó arreglarse el cabello y su desvencijado rostro. Escuchaba a Eli caminar en aquella dirección, pero tocó la puerta del baño y al no recibir respuesta mustió algo ininteligible.

– ¿Umi?

La preocupación en su tono le sorprendió. A los segundos su celular anunció una llamada entrante que murió con rapidez.

– ¿Habrá ido a la tienda?

El repiqueteo de su caminar se alejaba, la puerta principal se abrió, pero no escuchó que se volviera a cerrar. Probablemente la rusa estaría recargada, esperándola.

Volvió a tocar su rostro, la ausencia de lágrimas le tranquilizó, no obstante, permaneció un rato más mirando el pequeño mueble con la caja en su interior. Todo estaba amontonado, ya tendría tiempo para acomodarlo y para seguir leyendo aquello que se presentaba como un secreto que, podía asegurar, su padre desconocía.

Se hizo de un libro cualquiera y salió de la habitación. En efecto, Eli estaba recargada en una de las jambas de la puerta principal, con un cigarro en las manos. Frunció ligeramente el ceño y se acercó a paso lento.

Los ojos azules dieron con los ambarinos, alrededor de estos últimos la piel se tornaba rojiza, como si hubiera llorado. ¿Había errado nuevamente? La mayor miró su mano derecha, luego el pitillo estaba extinguiéndose por su cuenta; no le había dado calada alguna, salvo la que requería para ser prendido. Cosa de costumbre. Lo apagó con la suela de su tenis, se giró y le sonrió a la peliazul.

Umi retrocedió al darse cuenta que la rubia estaba por entrar y abrazó el libro que tenía entre manos, Guía completa de escultura, modelado y cerámica.

– ¿Ahora te interesa la escultura?

– ¿Ah? –Eli señaló el libro que cargaba–. Ah… creo.

– Te llamé varías veces, creí que habías salido.

– No te escuché llegar, lo siento.

– No pasa nada –la rubia cerró la puerta tras de sí.

Había algo en la postura de la chica, en su sonrisa y sus ojos, que a Umi le causaba desasosiego. Era como estar en el ojo del huracán, donde la tranquilidad reinaba, no importando que todo lo circundante estuviera destinado a destruirse.

– Umi –le llamó–. Si te interesan esos temas, puedes preguntarme.

– Sí, sé que estudias artes plásticas, gracias –contestó, dejando el libro en el sillón y dirigiéndose a la habitación.

– Y no sólo eso, Umi –la nombrada se detuvo y ladeó el rostro para verla, ella sonrió–. Soy muy buena con las manos.

El ceño fruncido y un sonrojo. Sí, Umi no era tan inocente y eso le causaba gracia.

Toda la luz estaba dirigida hacia el escenario en un intento de centrar la atención de los espectadores en lo estaba pasado unos centímetros arriba del suelo. Sin embargo, ella mantenía la vista fija en el resplandor de las ropas satinadas de su acompañante, en el grácil y elegante movimiento de sus manos, de su cabello y de sus labios.

Sus largas pestañas subían y bajaban, hipnotizantes, a un ritmo tortuoso que sólo lograba acentuar la oscuridad de su viridiano iris. La escaza luz que las rodeaban remarcaba la palidez de su tez y su lunar situado en el pómulo parecía la marca irrefutable de un tesoro. De sus labios salían palabras que no llegaban a sus oídos porque eras obnubiladas por su figura y las ganas de sentir su cuerpo caliente sobre el suyo.

Si alguien le hubiera preguntado de qué hablaba su compañera, no habría podido responder. Y con total cinismo, cuando ella le cuestionó su postura ante aquello que ignoraba, asintió con la cabeza, reafirmando el argumento. Como respuesta recibió una sonrisa de entendimiento. Siempre había sido así, desde la primera vez que se vieron, y por ello estaba en aquel lugar, porque le gustaba que fuera así.

Tsubasa-chan es increíble –agregó. Y lo escuchó porque el ambiente se había plagado con una música rayana a lo cursi. Porque en aquellas palabras había una admiración velada que logró hacerla sentir incómoda.

Hubiera dado su alma por haber tenido la posibilidad de salir y de fumar. De haber evitado aquel encuentro furtivo. Pero era tan incapaz de reaccionar, que le avergonzaba encontrarse sentada a su lado, siendo víctima de todas las feromonas que inundaban su nariz y se implantaban en su cerebro. Lo peor de todo era que Nico lo sabía, sabía dónde se encontraba y con quién. Y probablemente, hasta lo que sucedería después.

Decidió desviar su mirada para ver el escenario. Arriba, de pie, con una amable sonrisa y los brazos extendidos, se encontraba Nozomi. La náusea le invadió por unos instantes, abrió los ojos ante aquella imagen y volvió, insegura, la vista a su acompañante.

¿Qué sucede, Ayase-san? –le había preguntado Umi, sentada en el lugar que antes ocupaba Erena.

Eli abrió los ojos y dio directamente con el techo de su casa. Un sueño, todo se había tratado de un sueño.

N/A: Y así de repente, me quedé seca.

¿Ustedes creen que Fanfiction está muriendo? Me entristece un poco ): he pensado en mudarme a Ao3 o a Wattpad, aunque no le tengo cariño a ninguna de esas, al menos no como a Fanfiction. Quizá es porque las personas tienen cosas más importantes que hacer que leer o escribir fanfics…

Dejando de lado mis problemas jajaja, ¿qué les pareció el capítulo?

No tengo mucho que decir.

¡Hasta la próxima!

Dejen amor en forma de review :3