Los personajes de Love Live no son de mi propiedad.
…
– 13 –
Después de aquel descubrimiento, Umi no pudo aguantar mucho tiempo disimulando que todo estaba bien. A la mitad de la semana empezó a excusarse para irse inmediatamente una vez que sonaba la campana de termino de clases, apresurada por regresar a su nueva casa y seguir leyendo aquella historia que su madre le contaba de manera velada. Su madre…
Sus amigas la observaban con todo el asombro que cabía en sus cuerpos, pero incapaces de poder hacer algo más o cuestionarla sobre aquel extraño comportamiento porque ni oportunidad les daba, ya que el receso empezó a ocuparlo para terminar pendientes del consejo estudiantil y frente a los deberes, la peliazul tenía oídos sordos.
Asimismo, la peligris empezó a notar el extraño comportamiento de la pelirroja, parecía querer interceptar a la arquera, pero la presencia de Honoka y la suya le causaba estupor y terminaba por dirigirse en dirección contraria. Por lo que no le pareció raro que una de aquellas tardes, Maki se presentara en el salón del consejo estudiantil, haciendo una pregunta banal y decepcionándose al no encontrar a la vicepresidenta.
Lo que ninguna de las presentes esperaba, quizá en el fondo Maki tampoco, era que tomara asiento y se quedara con ellas los pocos minutos que restaban antes de que sonara su celular y tuviera que retirarse. Sin embargo, muy en el fondo ella sabía, aunque no lo quisiera admitir, que lo que buscaba era un atisbo de la peliazul, aunque fuera una mera sensación, quizá ficticia y hasta imaginaria.
Sin embargo, la persistente y escrutadora mirada de la peligris empezaba a incomodarla y alzando el rostro para verla de frente, le preguntó sin necesidad de palabras, ¿qué buscaba?
– Maki-chan, qué raro que decidieras quedarte –Honoka fue la que rompió la tensión y rascándose la mejilla con total desconcierto, continuó–. Sólo te has quedado cuando está Umi-chan.
– Sí, Maki-chan –fue turno de Kotori y preguntó con verdadera preocupación–. ¿Sucede algo?
– No, sólo hoy no quiero estar en el salón de música –al final su voz fue un simple murmullo y no aguantando, desvió la mirada.
Aquel salón, con aquel triste piano, ya no tenía el mismo significado para ella, no desde el día en que Umi la buscó, le compartió sus letras, le confesó historias y la besó…
– Maki-chan, ¿sabes lo que le sucede a Umi-chan?
– ¿Qué? –a su rostro subieron los colores y volvió la vista a la peligris–, ¿yo por qué debería saber lo que le sucede?
– Pues la hemos visto ir al salón de música –ante eso la pelinaranja asintió–, aunque nos diga que va al baño o que olvidó algo en el salón –otro asentimiento por parte de la presidenta–. Al parecer se han vuelto… cercanas.
– Pues se equivocan –la pianista se levantó, dispuesta a irse.
No había ido para que le recordaran todo aquello, tenía suficiente con cerrar los ojos para evocarla o escuchar su risa por encima de las melodías que tocaba, como si estuviera volviéndose loca. Bastante tenía con haber perdido aquella semana los valiosos diez minutos que esperaba con ansias. Es más, estaba molesta porque ella se tardaba en contestar sus mensajes. Antes no era así, ¿acaso ya no…
– Maki-chan –una mano en su muñeca la detuvo, esta vez fue Honoka quien dio el paso–. Sabemos que te preocupa Umi-chan, justo como a nosotras. Ni Kotori ni yo sabemos lo que sucede… pero podemos hacer algo, ¿no?
– Yo… –la pelirroja observó aquellos ojos azules, siempre decididos y esperanzadores. Bufó–. ¿Qué tienen en mente?
– Nada –la pelinaranja se llevó una mano a la nuca y soltó una risa nerviosa– No creí llegar tan lejos.
– Estábamos pensando en salir con ella –agregó rápidamente Kotori, viendo que la intención de Maki era irse–. La vemos decaída y queremos alegrarla con una salida, ya sea al museo, a una exposición de arte o una librería.
– ¡Sí! –agregó Honoka con entusiasmo, tomando ambas manos de la pelirroja.
– Pues suerte con ello –espetó Maki, zafándose del agarre de la mayor–. No voy a poder ayudarles en ese caso.
– ¿Por qué? –cuestionó Kotori.
– En mi casa las reglas son distintas –agregó, pensando inevitablemente en que Nico se había largado, dejándola en aquella posición que tanto luchó por romper, y el coraje empezó a circular por sus venas–. Yo no puedo salir si no tengo la autorización de mi padre.
– Pues hablaremos con tu padre –Kotori la miró con decisión, pero la mirada que Maki le dedicó le hizo sentirse insegura.
– No es así de fácil –agregó con voz más agria–. Mi padre necesita conocerlas, ver que son de fiar, que llenas las expectativas que él espera de mis amistades y proponer salidas constructivas, no banales… – guardó silencio y pensó para sí, nada que me distraiga de los objetivos que él tiene para mí.
– Pues iremos a una de esas cosas aburridas que tanto le gustan a Umi-chan.
– Honoka-chan…
– ¡Vamos, Kotori, a ti también te aburre!
Ante eso, la pelirroja la miró y alzando una ceja le cuestionó si aquello era cierto. Su sonrojó respondió por ella.
– ¡Honoka-chan!
– El punto aquí es que podemos lograrlo.
– ¿Y cuál es mi papel en todo eso?
Kotori y Honoka se miraron entre sí y volviendo hacia la pelirroja, Honoka agregó con total naturalidad.
– Umi brilla cuando regresa de haber estado contigo.
…
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Al abrir la puerta de su casa, la peliazul entró, aventó sus cosas al sillón más próximo y sin dilación alguna se dirigió a aquellos cuartos cuyos habitantes eran documentos, libros y las cartas de su madre. Desde aquel descubrimiento, su rutina había cambiado, leía unas cuantas cartas, descansaba la mente para procesar la información, preparaba la comida y hacía sus deberes. En la noche llegaba Eli, cenaba sola, a veces la escuchaba teclear en su computadora y un par de horas después sentía su calor a un lado de la cama. Sí, su vida había dado un giro radical.
Pero aquellas cartas que compartía su madre con el señor Ayase, le daban una razón para aferrarse a todo aquello, aunque fuera un pasado ajeno y distante, seguramente su madre había sufrido las mismas desazones de ella. Era evidente en sus letras, en el crecimiento emocional y psicológico de su progenitora, la gran diferencia era que había cierta viveza que manifestaba con todos los descubrimientos que a veces compartía con Luka, sobre los planes de su familia, sobre lo que iba encontrando poco a poco en el mundo, un mundo al cual pudo acceder cuando entró a la preparatoria y conoció a la mama de Honoka. Y un par de años después, a su padre…
Sin embargo, cuando cumplió 18 años el movimiento de cartas se detuvo, pero como había leído, había sido por obra de los Ayase, que decidieron enviar a Luka a vivir momentáneamente a Japón para que se conocieran, hablaran y se hicieran a la idea de que iban a estar juntos de por vida. Algo que su madre manifestó como un enojó a causa del obstáculo que ello significaba para su crecimiento personal, todo reducido a una simple acción: atender a un hombre como Luka.
Y las cartas se reanudaron 5 años después. En ese lapso, que para Umi estaba en blanco, mudo, no había indicio de algo que hubiera pasado, ni siquiera en las siguientes cartas, pero era evidente que fue el tiempo en que su padre la cortejó y claro, ella se enamoró. Sabía que no se habían casado aún, porque su madre le comentaba a Luka que su padre seguía posponiendo los planes de casamiento por una u otra razón.
Después hubo un periodo de tiempo completamente en vacío, uno de casi 10 años, para terminar con una carta larga, la más grande que su madre hubiera escrito para el señor Ayase. Casi 5 cuartillas en las que hablaba de su casamiento con Jun –su padre–, de su nacimiento y de su enfermedad…
Su madre siempre lo supo y aun así parecía que su padre estaba desolado, lo recordaba desecho, ¿acaso ella se lo ocultó? Pensar que era una posibilidad hizo que le doliera el pecho y saber que prefirió contárselo al señor Ayase, le molestaba. ¿Por qué?
A pesar de escuchar que alguien más entraba a la casa, no pudo detener su llanto. Era tanto el dolor que sentía que su cuerpo se removía inquieto mientras su mano intentaba ocultar sus sentimientos. Escuchó la melodía que cantaban con un silbido y sabiéndose descubierta, no le quedó más remedio que permanecer ahí encogida, esperando desaparecer momentáneamente.
La puerta se abrió, iluminando el pasillo y de paso su espalda. El rubio la miró, vio su espalda soltar pequeñas arcadas señal de que estaba llorando. Y cuando sus azules ojos viajaron al suelo, encontraron el motivo.
– ¡Oh, cariño! –se acercó despacio, tentando el terreno, como si de un venado asustadizo se tratara–. Parece que alguien ha descubierto mi tesoro.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se sentó con dificultad a su lado y extendiéndole los brazos, permitió que la chica se escondiera entre ellos, para que sus lágrimas murieran en su pecho. La dejó llorar, mientras acariciaba sutilmente su espalda y recorría con sus maltrechos dedos los mechones azules de su delicado cabello.
No supo cuánto tiempo pasó, ni siquiera lo contó, y cuando pensó que la peliazul se había dormido en sus brazos, sintió el leve empujón que le dieron, señal de que ya podía soltarla. La chica no dijo nada de por medio, simplemente se dispuso a guardar todas las cartas, a recoger todo con sus temblorosas manos, para entregarle el pequeño cofre de madera que había roto un par de días atrás.
Muy en el fondo se sentía decepcionada de quien hubiera entrado fuera el señor Ayase y no Eli, quien probablemente con una sosa broma le hubiera aliviado el corazón o cuando menos, hubiera conseguido hacerla enojar.
Le extendió el baúl al rubio, se levantó de su lugar y salió de la habitación. Sabía que estaba siendo grosera al ni siquiera saludarlo, pero quizá no lo merecía, no después de que dejara morir a su madre y de guardar toda aquella evidencia.
Sin embargo, no pudo evitar que el rubio la siguiera, incluso que invadiera su habitación y se sentara en la cama donde ella se disponía a llorar nuevamente. Una dura y fría mano la tomó por el hombro para girarla y encararla. Pensó que daría con un rostro enojado por la invasión y el poco respeto a su privacidad, pero en su lugar, halló una cálida, casi fraternal y nostálgica sonrisa.
– La caligrafía de tu madre era hermosa, así como todas y cada una de las palabras que me escribía–con su dedo índice limpió una lágrima que acababa de escapar por aquellos aún infantiles ojos ámbar que lo miraban.
La chica permaneció en silencio. Umi estaba segura que, de no sentir coraje hacia Luka, quizá se hubiera permitido ser vulnerable, pero sólo junto las cejas manifestando su enojo.
– No me mires así –levantó ambas manos en señal de rendimiento–, yo hice todo lo que estuvo en mis manos.
Alzando una ceja, Umi manifestó su cuestionamiento.
– Verás, cuando yo vine aquí a vivir y a continuar mis estudios, yo me enamoré de tu madre, pero ella ya estaba enamorada de alguien más –se acomodó en su lugar, para evitar lastimarse, de por sí estaba apenas recuperándose–. Evidentemente esa persona era tu padre, no lo manifestaba como tal, porque tenía miedo de su padre y de nuestro compromiso. Así que le dije que lucháramos por la libertad. Y lo hicimos.
– ¿Y mi padre?
– Tuvimos que dejarlo fuera, por su seguridad –se encogió de hombros–. Nos metimos en problemas –soltó una sonora risa–, yo con mi padre y ella con el suyo. Y después de mucha insistencia, logramos romper con aquel compromiso. Y fue muchísimo más fácil cuando un par de años tarde murió mi padre.
– Yo… lo siento
– No lo sientas, ese desgraciado se lo buscó –su porte serio cambió en cuestión de segundos a uno más relajado– Yo le perdoné un pendiente que tenían los Sonoda con nosotros, bajo la condición de que dejaran a tu madre vivir su vida, lo logré, tu madre tuvo que sacrificar algunas cosas, como su carrera. La dejaron a cargo del dojo, uno que estaba muy lejos del núcleo familiar y obviamente a tu padre nunca lo reconocieron como tal.
– Tu madre tuvo una vida feliz pese a todo, nunca le fue infiel a sus ideales, se casó con el hombre que amaba y tuvo una hija.
– Pero murió por una enfermedad incurable y muy joven –sus ojos se le aguaron, pero los limpió rápidamente para encontrarse con el rostro serio del hombre.
– Yo tengo la extraña idea que tu madre lo sabía desde muchísimo antes y por eso tuvo el valor de hacer tantas cosas –su mirada no dejó de ser penetrante.
– Y usted lo supo, entre todos, sólo usted –agregó con voz acusatoria.
– Tu padre se enteró a su debido tiempo, eso le ayudó a sanar. Ahora estoy aquí también, porque sigo amando a tu madre, de diferente forma, y claro, Jun me preocupa y tú también.
– ¿Por aquella relación de años que ustedes rompieron, yo me estoy casando con Eli?
– Quisiera que todo fuera así de sencillo y decirte que sí, pero te estaría mintiendo –cerró los ojos y una lágrima escapó de su rostro–. Busco protegerte a ti y a mi hija, como no pude hacerlo con tu madre o conmigo.
– ¿A qué se refiere? –preguntó con queda voz.
– Sé que te estoy pidiendo mucho, pero cuida a Eli –se acercó a ella y le dio un beso en la frente–. Cuídense, sus padres no estaremos siempre.
El hombre se puso de pie, acomodó sus ropas, volvió a peinarse el cabello y salió de la habitación. Umi se apresuró a ir detrás de él.
– Señor Ayase, espere –el hombre se detuvo– ¿Usted va a estar bien?
El hombre se giró, regresó sus pasos y mirando el cofre que tenía en las manos, con una reverencia, se lo extendió a la menor.
– Este es un obsequio para ti.
– No, señor Ayase… –tragó saliva–, no puedo aceptarlo.
– Tonterías –tomando con una de sus manos las de la menor, le colocó el cofre en ellas–, creo que contigo estarán mejor, ya que sabes sobre el valor en las palabras.
Mientras Umi se entretenía, mirando el cofre que tenía en sus manos, el hombre aprovechó para salir, pero antes, volteó el rostro y agregó.
– Sobre lo que me preguntaste, no te preocupes, soy como hierba mala y estaré aquí para burlarme de mi hija el día que se enamoré de ti –con una gran sonrisa, salió de la casa.
…
…
Aquello debía ser una mentira, probablemente de tanto ver a la presidenta estudiantil y oírla hablar, ahora la imaginaba rondando por su casa. Pero ¿por qué? Aquello no tenía sentido. Si tuviera que soñar con la voz de alguien sería la de… no, no era momento de pensar en ello.
Salió con prisa de su habitación, chocando levemente con una de las mucamas que estaba haciendo su labor matutina. Escuchó la risa de su madre en el piso inferior y seguido a esta, la voz de Kotori.
Tiene que ser una broma.
Bajó corriendo las escaleras, rompiendo una de las normas de su casa y exponiéndose potencialmente a una caída desastrosa. No tuvo que bajar todos los escalones y, a mitad del camino, se detuvo en secó y apuntó a las dos chicas que se encontraban en la sala de estar.
– ¡¿Qué hacen ustedes aquí?! –Siguió su descenso sintiendo un extraño calor invadirle el cuerpo. Estaba furiosa.
– Según lo que nos dijiste, hemos venido para pedir permiso a tu padre –la pelinaranja la miró y se encogió de hombros.
– ¡¿Quién carajos les dio mi dirección?! –gritó enfurecida.
– ¡Maki! –esa era su madre reprendiéndola con la mirada.
– Kotori-chan vio en los registros oficiales y ¡Auch! –volteando a ver a la peligris que acababa de pellizcarle, se sobó el brazo.
– ¿Vieron mi documentación? ¿Qué clase de acosadoras son? –con paso fuerte se acercó a las otras dos, era más alta que ellas pese a ser la menor. Kotori y Honoka se encogieron ante la mirada fría que les dedicó.
– ¡Cariño, no es manera de tratar a tus amigas! –la mujer se acercó a su hija, la alejó de las otras dos chicas y la obligó a verla.
– Ellas no son mis amigas, son unas compañeras de la escuela.
– Aun así, no es modo de tratar a las personas –ante el tonó frío y la mirada severa, la menor de las Nishikino se encogió y una vez que notó calmada a su hija, prosiguió–. Entonces, ¿quiénes son nuestras adorables invitadas?
– Mi nombre es Honoka Kousaka y ella es Kotori Minami.
– ¿Eres hija de la directora Minami? –la peligris asintió con energía, a lo que la mujer respondió con una risa–. ¡Conozco a tu madre, cariño! Es una vieja amiga mía –ante aquel dato, Kotori sonrió– ¿En qué puedo ayudarlas?
–Vinimos a hablar con el señor Nishikino y pedirle permiso para salir con Maki-chan, ella nos dijo que su padre es muy estricto.
– Claro que no, sólo es protector con ella, pero veré que puedo hacer por ustedes –la mujer soltó una suave y elegante risa, ante la cual las dos chicas quedaron sorprendidas, y con un delicado movimiento, se dirigió a otra habitación.
En la sala de estar quedaron las 3 menores, Maki seguía dedicándoles una mirada poco agradable, mientras Kotori sonreía con los ojos cerrados y Honoka se sobaba el cuello en señal de nerviosismo.
–No ganarán nada, se los aseguro –soltó hoscamente.
– La lucha tendrá que servir de algo –agregó Kotori con voz taciturna–, además, no conoces lo insistente que puede ser Honoka–chan…
– Por eso lo digo–la pelirroja se cruzó de brazos.
Volvieron a quedar en silencio, la madre de la pelirroja había salido de la oficina de su padre y esperaba que la respuesta fuera negativa, sin embargo, les pidió que la acompañaran y que pasaran a la habitación por la que había entrado.
Así lo hicieron, incluso Maki, quien tenía una sed amarga de oír ser denegada la petición que harían las dos chicas. Pero, era una salida con Umi… ¿acaso no debería buscar lo contrario? ¿No quería compartir a la peliazul con sus amigas? No, eso era ridículo, quizá solo no quería orbitarla mientras a su alrededor había otras personas.
Entraron a aquella oficina que ya le era tan conocida. Pese a que algunos días su padre los tenía libres, como aquel era el caso, siempre llegaba con trabajo al hogar, sobre todo desde que tuvieron aquel cese de ingresos que por unos años detuvo la vida de opulencia que solía llevar. Como de costumbre el hombre les daba la espalda, mirando a la ventana que tenía detrás de su silla. Cuando escuchó que las puertas se cerraron, volteó.
Kotori y Honoka tardaron unos segundos en superar el asombro, eso solía pasar cuando la gente conocía a su padre. Salvo Nico, ella nunca le temió, es más, hasta fue capaz de renunciar…
–Mi esposa me comentó que vienen a pedirme permiso para salir con mi hija –agregó mirando primero a la pelinaranja y luego a la peligris–. Ustedes son caras nuevas… Maki, ¿Alguna de ellas es la misteriosa amiga con la que fuiste a ver la orquesta?
– No padre, Umi…
– Oh, entonces quienes son.
Las mayores se miraron entre sí y se preguntaron qué tantas cosas les había ocultado Umi. Volvieron la vista al hombre.
– Mi nombre es Kotori Minami y ella es Honoka Kousaka, la presidenta estudiantil de la escuela –agregó con voz segura–. Umi Sonoda es amiga nuestra, de las 3 –agregó, contando a Maki entre el grupo.
El hombre se movió ligeramente de su asiento y carraspeando preguntó.
– ¿Dijiste… Sonoda?
– Si, Umi Sonoda, es nuestra amiga, muy inteligente, estudiosa, buenísima en muchas cosas y culta, con ella vamos a salir también –agregó rápidamente la pelinaranja–. Ella no pudo venir hoy con nosotras, pero le aseguro que ella estará.
El hombre lo meditó, Maki sentía la negativa en el ambiente, incluso podía ver como disminuía la seguridad de la peligris en su rostro. Sin embargo, la sorpresa llegó a su sistema cuando su padre sonrió, fue una sonrisa que nunca le había visto en el rostro, y por alguna razón no le agradó en lo más mínimo.
– Está bien, pueden salir con mi hija, pero con un par de condiciones –volviendo a acomodarse en el asiento, prosiguió–. Primero, deben avisarme con anticipación, casi un mes de preferencia, esto porque, otra de mis condiciones es que yo pueda llevar a mi hija para conocer a todo su grupo de amistades, incluida Sonoda Umi.
Esa era la razón por la que no le había gustado aquella sonrisa.
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– Tsubasa-chan, perdón que llegué de improviso, pero Anju-chan me cambió los planes y…
La chica detuvo su carrera en el mismo instante en que entró al almacén y vio a una persona desconocida acomodando los discos. Después del tiempo transcurrido, aún reconocía su figura tras las ropas y se avergonzó de ello. Quiso salir de inmediato, pero su cuerpo no le respondió hasta que la rubia volteó y le dedicó una incómoda sonrisa.
– Kira está arriba con su madre –le dijo y se volteó para continuar con su trabajo.
– Ah –estiró un brazo, intentando llamar su atención, pero lo alejó–. Gracias.
La chica salió del lugar, la rusa lo supo porque su perfume había dejado de perturbarle la nariz. Siguió con sus labores diarias y pese a tratar de concentrarse en la tenue música que sonaba por los parlates de la tienda, las delgadas paredes del establecimiento le permitieron escuchar la conversación que tenían las chicas en la planta superior.
– ¿Qué hace ella aquí? –esa era la voz de Erena, ni acusatoria, ni molestia, parecía adolorida.
– ¿De quién hablas?
– Como que de quien, no te hagas Kira.
– Erena, mi padre la contrató, ¿está bien? –un suspiro y un momento de silencio–. Y te recomiendo que bajes la voz porque las paredes son delgadas.
– Es solo que… me hubieras avisado.
Eli pudo imaginarse perfectamente a la chica encogiéndose y abrazándose a sí misma, aquel era un movimiento que
– Bueno, este no era el plan, ibas a llegar allá con Anju –escuchó un bufido–. No importa.
– ¿Recuerdas lo que pasó con Toujou, cierto?
– Erena, en serio, guarda silencio
Después de eso sólo escuchó murmullos, pasos que provenían del piso de arriba y luego el característico sonido de las pisadas de Tsubasa al bajar las escaleras. Pronto, escucharía su voz proveniente de la puerta.
– Eli, me voy, para que le avises a mi padre por si llega, por favor –hizo una seña de cuernos con la mano y le sacó la lengua–. Voy a ir a rockear, sabes que eres bienvenida si así gustas.
La castaña se rió y se despidió de ella desde lejos. Aún no entendía por completo a la chica, pero sus esporádicas salidas a tomar le habían servido para limar asperezas y llegar a conocer a la chica en otro sentido.
Cuando creyó que se encontraba sola, giró su cuerpo y dio con Erena en la puerta, parecía haber estado ahí por un tiempo, ya que cuando volteó, abrió los ojos con sorpresa.
– Yo… –carraspeó–, quiero que sepas que no estoy enojada ni nada –empezó a tomar sus manos con nerviosismo–. Lamento mucho lo que pasó, contigo y ella… me sorprendí cuando me dijo Tsubasa que… bueno, tú sabes. Al final, Toujou me pidió dejarte. Adiós, Eli.
Con aquella extraña despedida, la chica se dio la vuelta con la intención de alcanzar a la castaña, sin embargo, no fue consiente del efecto de sus palabras.
– Erena, espera –se movió lo más rápido que pudo y la tomó de la muñeca–. ¿Ella hizo qué?
– No lo… sabías, ¿cierto? –abrió los ojos con sorpresa y vio a la rubia negar con la cabeza–. Vaya, no puedo ser más tonta…Tengo que irme, Eli, de verdad lo siento.
La rusa soltó su muñeca y la dejó partir.
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N/A: Han pasado 84 años… jajajaja al menos uno si fue, qué vergüenza!
Al menos mi intención de terminarlo sigue en pie, pero la vida de adulto no es muy permisiva que digamos… Me falta el tiempo y la energía, sobre todo esa última, escribir puede ser agotador.
En fin, basta de mis dramas.
Espero les haya gustado el capítulo, algo corto, lo sé, también extraño poder escribir capítulos de 7 mil palabras jajajaja
Muchas gracias a todos los que continúan, si es que siguen por acá jajajaja
¡Hasta la próxima!
