Enemigo invisible

Cuento del águila que retó a la serpiente. Takeru X Hikari.

Bien, las cosas debían dejarse claras. Evidentemente Takeru era el águila más talentoso de su casa. Evidentemente era guapo, inteligente, amable y con cierta tendencia hacia las bromas y los comentarios sarcásticos. Evidentemente era el guardián de su equipo de Quidditch, era el primero en clases de Defensa contra las Artes Oscuras y, al igual que su hermano, tenía un séquito de chicas y chicos detrás de él. Y evidentemente NO estaba enamorado de Hikari Yagami.

Evidentemente.

Después de todo, ¿cómo podía encapricharse de una chica que ni siquiera le hacía caso y que era inmune a los encantos naturales del águila? ¡Menudo cliché, por favor! ¿Había dicho ya que era algo evidente? Porque no importaba cuantas veces se lo hubiese repetido, pareciese que a su cerebro le costaba asimilarlo.

Fue toda una sorpresa cuando, en una de sus clases, precedidas por dos maestros de casa, lo llamaron para retarse a duelo. No era muy común, pero de vez en cuando el profesorado permitía aquellas clases prácticas para poder llevar aquella teoría a la actividad. Takeru fue llamado de parte de las águilas, el mejor alumno de su casa. De la misma manera, el maestro a cargo de las serpientes también llamó a una alumna de la suya. Esa alumna era Hikari.

—Tres, dos, uno… ¡Comenzad!

—¡Rictusempra! —conjuró Takeru.

—¡Repello! —formuló Hikari—. ¡Lumos Solem!

Takeru estaba preparado para rechazar un conjuro directo, pero jamás se esperaría que la serpiente lanzase un hechizo lumínico en vez de uno de ataque.

—¡Expelliarmus! —pronunció Hikari.

—¡Protego!

Por mucha intención que Takeru tuviese de protegerse, no podía rechazar lo que no veía, por lo que su varita salió despedida hacia la mano de la chica, marcando un antes y un después en la vida de Takeru Takaishi, cuya invicta fama se había desmoronado.

Fue a la salida de las clases, cuando Takeru se encontró cara a cara con Hikari y ambos se quedaron confrontando miradas.

—Parece que se te dan bien los duelos —preguntó el chico con inocencia.

—Eso parece —asintió la chica.

Punto para Hikari. Takeru intentó ser amable, pero por algún motivo ese simple y llano comentario lo molestó de sobremanera. Es como si reafirmase su victoria.

No contento con el resultado, Takeru pidió a su maestro que, la próxima vez que Hikari se prestase a un duelo, la emparejase con él. De buen grado aceptó el maestro la petición, pues la necesidad de una revancha bullía en los corazones de las águilas. De esta manera, volvió a concertarse otro duelo, en el que Takeru y Hikari volvieron a batirse, esta vez, saliendo vencedor el primero.

Una vez más, a la salida de clases, volvieron a mirarse y esta vez fue Takeru el que pudo permitirse una sonrisa torcida y una ceja enarcada, frente a la cara de frustración que Hikari intentaba ocultar.

—Buen duelo —felicitó la bruja.

No tenía mal perder, lo que no significaba que no le doliese una derrota. Quizá esa fue la primera vez que a Takeru se le hizo una ternura ver a Hikari molesta. Quizá fue esa la primera vez que en la que comenzó a enamorarse de ella.

—¿Qué te parece esto? —dijo Takeru—. El mejor de dos duelos consecutivos será el verdadero vencedor.

Nadie esperaría que Takeru fuese a arrepentirse de aquella frase, ni que Hikari fuese a aceptar aquel reto.

Y tuvieron muchos duelos más de los cuales no podía haber un ganador claro porque, por cada victoria que lograba Takeru, Hikari se hacía con otra más a su costa. Ninguno fue capaz de acumular más de dos victorias por encima de las de su rival. Parecía que el desquite de uno se convertía en la desventaja del otro, que cuando más caían, más fuertes se levantaban. Que se pisaban los talones entre los dos. Esto fue lo que provocó una gran tensión entre estos y entre sus respectivas casas, que contenían el aliento cuando Takeru y Hikari se acercaban entre ellos, como si le estuviesen acercando una mandrágora a una oreja extensible.

—¿Por qué hay tanto silencio aquí? —preguntó Mimi un día, cuando vio a las águilas y a las serpientes mirándose de reojo.

—Takeru y Hikari hicieron una apuesta durante las clases prácticas de defensa contra las artes oscuras. —explicó Koushiro—. El mejor de dos victorias será el ganador.

—¿Y qué gana?

—¿Cómo que qué gana? —Koushiro enarcó una ceja.

—Si están haciendo una apuesta, tienen que "apostar" algo, ¿no? —Cuando la bombilla de Mimi se encendió Koushiro lo supo de inmediato.

—Sea lo que sea, no es nada de lo que estás pen…

—¡¿Y si el ganador tiene que darle un beso al vencedor?!

—Mimi, las cosas no funcionan así —Koushiro suspiró.

—¡Pero es como el cuento del águila que retó a la serpiente!

—¿Cómo?

—¿No lo conoces? —Mimi se aclaró la voz antes de proceder a contar—. Había una vez una orgullosa águila que un día vio como los animales se deshacían en cumplidos hacia la serpiente. El águila no entendía por qué adoraban a un animal que se arrastraba, así que se acercó a la serpiente y, para dejarla en ridículo, la retó a alcanzarlo si podía. Si lo lograba, el águila le regalaría sus alas a la serpiente, pero si no, los animales dejarían de adular a la sierpe y adularían al águila. Así que la serpiente aceptó y el águila echó a volar.

—¿Y qué paso?

Pasó que Koushiro recibió un cuadernas en la cabeza por parte de un profesor por hablar demasiado alto en clase, mientras estaban tomando notas, así que se quedó sin saber el final.

Como no podía ser de otra forma, el rumor que propagó Mimi no solo se extendió, sino que también se dividió en varias versiones: la original, esto es, la del beso. La de que el ganador tendría que salir con el vencedor y la de que el perdedor se haría novio del vencedor. Si Koushiro lo pensaba detenidamente, daba igual que se ganase o se perdiese porque el resultado iba a ser el mismo. De cualquier manera y aunque los más allegados a Takeru y a Hikari intentaron desmentirlo, el rumor acabó por ser más poderoso que la propia verdad.

—¡Mimi! —gritaron los dos al unísono cuando se encontraron con su compañera por los pasillos del castillo.

—¡Oh, hola pareja de Quetzalcóatl! —saludó Mimi con una sonrisa despampane.

—Mimi, para ya —dijo Takeru—. Tienes que desmentir los rumores que has creado.

—Pero yo no creé ningún rumor —aclaró la chica—. Se lo comenté a Koushiro como una broma, no pensé que la gente me escucharía, ni mucho menos que me hiciese caso.

—Mimi, eres la cotilla de la escuela —intervino Hikari—. ¡Por supuesto que te van a escuchar y, sobre todo, a hacer caso!

—Cuanto lamento que os haya dado tantos problemas chicos —Mimi frunció las cejas en una evidente mueca de arrepentimiento—. ¿Entonces no queríais besaros?

—No —dijeron al unísono—. ¡Digo sí…! ¡DIGO NO!

Mimi era buena actriz, pero honestamente, no pudo retener aquella sonrisa de blanca dentadura al ver a sus dos amigos más rojos que un huerto de tomates, intentando no mirarse directamente.

—Bueno —habló Mimi—, intentaré desmentir los rumores. Diré cosas como que me equivoqué, que ninguno está interesado por el otro lo más mínimo y que preferirían salir con un gigante antes que con… Bueno, ya sabéis, ese tipo de cosas.

Y dicho esto se alejó, tan campante y tan sibilante, como un tejón paseando en medio de la pradera.

Ese mismo año ocurría algo inusitado. Cuando los dos muchachos se batían en un duelo de varitas, asistían las cuatro casas a ver el enfrentamiento. Las excusas a sus profesores sobre que "ver a los mejores alumnos batirse les ayudaría a comprender mejor la asignatura" por parte de los prefectos ayudó a que todo aquel aforo, demasiado grande para los alumnos del mismo curso, acabaron por funcionar y los duelos de Takeru y Hikari procedieron a mantenerse en el patio, donde todo el mundo podía verlos.

Sí, donde todo el mundo podía verlos.

Así que allí estaban los dos, atacados de los nervios. Iban empatados en el mismo número de victorias y de derrotas y sus profesores, deseando terminar de una vez por todas con aquella rivalidad, hablaron con los combatientes y les propusieron un trato: Que el ganador de aquella batalla sería considerado el vencedor definitivo por la escuela, ya alejado de su propia apuesta personal. Los aceptaron y se colocaron en su sitio.

—Tres, dos, uno… ¡Comenzad!

—¡Rictusempra! —hechizaron los dos al unísono, dando comienzo a una batalla de energías muy reñidas.

El duelo duró bastante más de lo esperado y todos los espectadores contuvieron el aliento el tiempo duraban aquellas intensas ráfagas de energía. La casa de las serpientes silbaba el nombre de Hikari, mientras que la de las águilas chillaba el de Takeru.

—¡Expelliarmus!

Y ambas varitas salieron disparadas al mismo tiempo hacia la mano del rival. Ahora era decisión suya si conjurar con la varita del otro o detener allí el combate, en cuyo caso acabaría en tablas.

Los dos chicos se acercaron el uno al otro, con las expectantes miradas de las cuatro casas sobre ellos. Se ofrecieron la varita y se la volvieron a intercambiar.

Pues tablas sería.

—¡Oh, por Dios! —chilló Mimi desde el fondo—. ¡¿Os queréis besar de una vez?!

Con las orejas rojas de la vergüenza y una sonrisa de completa felicidad, Hikari acercó su cabeza hacia Takeru y este cerró el beso, provocando que el público estallase en júbilo contenido y deshaciendo el nudo de tensión que, durante todo el año, se había mantenido en el ambiente.

Desde ese día, los mejores alumnos de Defensa contra las Artes Oscuras comenzaron a salir oficialmente y el curso fluyó más relajado.

—Por cierto, Mimi —Koushiro encontró a su compañera un día, en el patio, en el que se acercó a preguntar—. Al final no me has contado como termina el cuento del águila que retó a la serpiente.

—Pues que la serpiente esperó pacientemente a que el águila se cansara y se posase sobre la rama de un árbol. Como ella era una ágil trepadora, se deslizó con sumo cuidado y sin hacer ruido y le mordió las patas al águila, el cual se llevó tal susto que se cayó al suelo, perdiendo la apuesta.

—¿Y le tuvo que dar sus alas a la serpiente?

—Sí, el águila, entre lágrimas, le dio sus alas a la serpiente.

—Es una historia bastante triste.

—Sí, lo es, pero me gusta más esta versión —comentó Mimi mientras observaba a la pareja caminar por el patio.

—¿Qué versión? —inquirió el pelirrojo.

—En la que la serpiente le dice al águila que, en vez de sus alas, le regale su compañía.