El papeleo es un coñazo.


Sábado, 3 de octubre.

Hoy tenemos la primera reunión del consejo estudiantil de este curso. Los últimos días se me han pasado bastante rápido chateando con BlackCat, ensayando y tratando de mantenerme al día con las clases.

Creo que nunca me había sentido tan optimista.

Satya, Moira y yo estamos esperando a Katya Volskaya en su salón. Nos hemos repartido entre las lujosas butacas y el sofá. El año pasado tomamos por costumbre celebrar aquí estas reuniones, pues Katya es de esas estudiantes que disponen de una casa propia en la ciudad. Todas las mujeres de su familia han estudiado en Overwatch. En algún momento del pasado, los Volskaya decidieron comprar una vivienda para que las estudiantes disfrutasen de todos los lujos y comodidades que no proporcionan las residencias de alquiler. Se trata de un chalé de dos plantas edificado en lo alto de una pequeña colina del área más rural de la ciudad. Se supone que está el final de una calle, pero no lo parece; aquí aún no se agolpan los edificios y la siguiente casa está a unos cien metros de distancia, aunque sí se puede ver dónde comienza a urbanizarse todo. Mirando por la ventana, reconozco algunos restaurantes y Brennende Kerze, un local nocturno que he oído que frecuentan muchas alumnas. Siempre he querido ir, pero me da miedo desinhibirme con el alcohol y decir o hacer algo de lo que me arrepienta.

¿Iría alguien anoche para celebrar el inicio del fin de semana?

—Llevamos un minuto de retraso —observa Moira, sacándome de mi ensimismamiento. Nunca alza la voz, pero siempre parece estar a punto de perder la paciencia. Tiene un punto desapasionado y levemente sarcástico que choca constantemente con la incapacidad de Satya para diferenciar las intenciones ajenas. Aunque, en cierto modo, ambas son muy similares: son genios y tienen una forma de hablar particular. Supongo que por eso es tan cómico escucharle decir a la una que la otra le resulta «rara».

—Lamento la tardanza —dice Katya, apareciendo por fin. Apenas se ha retrasado unos minutos, pero ya conoce a la irlandesa. Toma asiento mientras su criada deposita una bandeja en la mesa de café. Hay bebidas calientes y una deliciosa selección de aperitivos.

—¿Quieren algo más?

—Nada, gracias, así está bien —declinamos las tres invitadas. La mujer se marcha y yo me fijo en que una puerta del pasillo se abre y se cierra… pero no es la puerta por la que ha salido ella.

Enarco una ceja: si mal no recuerdo, Katya solo tiene una criada en su vivienda. ¿Qué ha sido eso? ¿Tenía visita? ¿Eso es lo que la ha retrasado?

—¿Podemos inaugurar la reunión del consejo estudiantil por fin? —pregunta Moira, sacándome de mi cavilación.

—En realidad… todavía no podemos. —Los pendientes de la rusa, grandes pero sencillos, tintinean cuando sacude ligeramente la cabeza.

—¿A qué se debe tu negativa? —inquiere Satya. Frunce el ceño y su precioso rostro de mandíbula recta parece envejecer a causa de las pequeñas arrugas que se le dibujan en torno a las cejas. Moira niega con la cabeza y me dedica una mirada que seguramente signifique «economía del lenguaje». Le molesta que la india use tantas palabras, en más de una ocasión lo ha mencionado.

Supongo que para Moira el tiempo es muy importante.

—Aún nos falta una persona.

—¿Tenemos un nuevo miembro en el consejo? —pregunto yo antes de que Moira y Satya se pongan lo suficientemente nerviosas como para iniciar una discusión.

—Sí. Elizabeth Ashe, de la facultad de artes escénicas.

—¿Qué? ¿¡Por qué ella!? —Si estuviésemos jugando al póquer, ahora mismo todas sabrían exactamente qué cartas llevo. Mi expresión me traiciona al volverse dolida, irritada y perpleja porque no quiero a Elizabeth en el consejo estudiantil: la evito durante las clases porque me resulta insoportable con sus malditos guiños y su comportamiento errático. Lo más frustrante es que nadie parece notarlo, a todas les gusta. Es como si no viesen que hay un problema a pesar del peligroso numerito que montó el primer día con la cicloplaneadora en el patio de butacas. Le siguen el juego y, en consecuencia, le hacen creer que es irresistible, ¡pero no lo es! ¿¡Y qué iba a aportarnos en el consejo estudiantil que no tengamos ya!? La familia de Katya cuenta con una gran tradición dentro del campus y mueve contactos y temas financieros, además de aportar conocimientos de la historia de la propia universidad. Es posiblemente la más útil del consejo estudiantil. Satya está aquí porque es tradición que las alumnas que tienen la beca por haber obtenido la nota máxima formen parte de este consejo. Al fin y al cabo, venimos a la universidad precisamente para aspirar a la excelencia. A mitad del año pasado, hice campaña para que Moira fuese incluida y representase a las estudiantes de ciencias. Sabe cómo organizarlas para iniciar nuevos proyectos y actividades, qué necesitan y qué pueden conseguir de forma individual. Y yo soy la cara del grupo, pues la formación artística me ha proporcionado el carisma necesario para conducir cualquier evento público de forma impecable (además de mi popularidad, me gano el favor del alumnado sin apenas esfuerzo). ¿Qué va a hacer Elizabeth? ¿Representar a la facultad de artes escénicas a la que ya represento yo? ¿¡Ser la imagen del consejo que ya soy yo!?

Está visto que Lucía no es la única que me considera reemplazable…

—Amélie, Elizabeth está haciendo un trabajo excelente —explica Katya, aparentemente sorprendida.

—¿A qué te refieres? —exijo saber con un ladrido. Siento un sudor frío y un terrible malestar derramándose desde mi estómago hasta que todo mi torso queda anegado y me cuesta respirar. No irán a reemplazarme, ¿verdad? ¡Necesito este puesto para que mi familia dé buena imagen! Además, es la única vía para ser la representante del alumnado en la junta directiva, que es el órgano más importante de la universidad. Necesito formar parte. Es lo más útil que puedo conseguir para mi familia, pues facilita muchísimo hacer contactos. El año pasado asistí a varios eventos en países de África y mi familia pudo establecer un enlace político con los Ogundimu en Nigeria. Y aún estamos cerrando algunos más que solo fueron posibles gracias a mi participación en la junta.

—Durante su discurso dijo aquello de que tenía su puerta abierta para todas las alumnas a cualquier hora, no sé si lo recuerdas.

—Sí —replico con mi tono más cortante. En el chat de Blackwatch he leído todo tipo de fantasías derivadas de esa invitación.

Joder, ¿¡por qué gusta tanto la puñetera yanqui!?

—Cumplió lo que dijo. Ya ha tenido tutorías con todas las alumnas que suspendieron el año pasado y ha arreglado tratos, trabajos y recuperaciones con profesores de diez facultades. También ha conseguido actualizar los estatutos para que las alumnas ómnicas reciban exactamente el mismo trato que las alumnas humanas sin que sus necesidades particulares se vean castigadas. La verdad es que es algo que esta institución debería haber modernizado hace años… —agrega la rusa, quedándose pensativa.

Miro a Satya, que se ha servido una taza de café. La segunda desde que estamos aquí.

—Las explicaciones de Katya son muy precisas —afirma con serenidad—. Elizabeth ha hecho un trabajo excelente, no me extraña que se una al consejo estudiantil.

Me siento traicionada, ¿qué hay de lo de «desestructurar»?

—¡Pero…!

Oigo el estruendo de motor que precede a la llegada de Elizabeth: el primer relámpago antes de que comience la tormenta que devastará mi terreno, trabajado con tanto esfuerzo durante años.

—Ahí está —señala Moira. Estira la mano para recoger un canapé de la bandeja.

Aguardamos. La puerta no se abre. Elizabeth no llega.

—Sírvete lo que quieras, Amélie —me ofrece Katya al cabo de un minuto.

—No, gracias —declino, consciente de que las manos me tiemblan de rabia y podría montar un estropicio con la porcelana y el líquido hirviendo.

Además de que mi estómago está completamente cerrado por el malestar.

Seguimos esperando. ¿Está buscando la forma de entrar con la puñetera cicloplaneadora en el salón o algo así?

—¿Qué obra vais a representar este año? —me pregunta Moira.

—En Halloween interpretaremos el musical Tanz der Vampire.

—¿Y en los espectáculos semanales del último semestre?

—Lo ignoro. Quizá una tragedia clásica… Aunque he leído el libreto de «La casa de Bernarda Alba» y me gusta. Tenía pensado proponerlo.

Un sonido amortiguado surge tras la puerta que vi abrirse cuando no había nadie. Parece un quejido. Si creyera en fantasmas, estaría francamente intrigada.

—¿Amélie?

—Perdona, me ha distraído ese ruido…

—¿Qué ruido?

—Da igual. ¿Qué decías, Moira?

—Preguntaba que qué tiene de interés «La casa de Bernarda Alba».

—Habla sobre la represión de la mujer en la España profunda, su papel secundario durante los inicios del siglo veinte. Además, su autor era homosexual y lo fusilaron e hicieron desaparecer su cadáver. Siento que una pieza así podría aportarnos mucho.

—Exquisito —murmura Satya. Suele sentirse fascinada por todo aquello que resulta significativo en más de un sentido, quizá por su TEA.

—Brillante —asiente Moira. Luego mira el reloj y yo la imito.

¿Por qué tarda tanto en venir esa asquerosa? ¡Aparcó hace casi diez minutos!

—¿Le ha abierto la puerta tu criada? —le pregunto a Katya en un tono mucho más agresivo del que pretendo.

—Imagino que sí. Quizá… Disculpad. —Se incorpora y se dirige hacia la puerta, repentinamente preocupada.

Justo cuando toca el pomo, Elizabeth irrumpe. Lleva una chupa de cuero negro desabrochada, la hebilla pende como un adorno. Debajo aprecio una blusa de cuadros y una minifalda innecesariamente corta. Lleva el mismo sombrero de vaquera sureña que el día de la presentación. Lo usa siempre. Su melena sigue siendo un desastre largo y lleno de enredos, y la pintura de sus labios está corrida como si acabase de besarse con alguien.

Este último detalle me enfada de un modo que no soy capaz de explicar ni de comprender.

Saluda a Katya, avanza hasta nosotras como el huracán salvaje que es y se deja caer de lado en el sofá, dejando los pies en alto y la ropa interior a la vista (encaje negro). Moira sonríe como si simpatizase con ella, como si existiese una complicidad entre ambas. Satya carraspea muy nerviosa porque Elizabeth está demasiado pegada a su cuerpo. A mí me dedica otro guiño y mi enfado aumenta cuando comprendo que la ira me ha ruborizado como si yo también hubiese mordido su anzuelo y la considerase una diosa estadounidense del rock and roll.

Katya vuelve a su butaca.

—Por fin estamos las cinco. Podemos inaugurar la primera reunión del consejo estudiantil de Overwatch de este año.

Nos lee algunos documentos importantes, las conclusiones del acta del año pasado, las recomendaciones de la rectora Ana Amari y las solicitudes que no fueron revisadas durante el curso anterior. Yo me fijo en que Elizabeth juguetea con Moira, que parece encantada de estar recibiendo sus atenciones, y participa en un intercambio infantil de pellizcos o cosquillas.

—¿Estáis prestando atención? —interrumpo yo.

Elizabeth baja las piernas al suelo y, separándolas de tal forma que intuyo de reojo que el rubio platino de su cabeza es natural, se sujeta al borde del sofá.

—El papeleo es un coñazo —responde echándose hacia delante—. Tenía la esperanza de saltármelo y llegar a la parte importante, pero me habéis esperado. Da igual que me entere o no de todo esto, no lo administro, pero sé exactamente qué debemos hacer.

—¿Y qué hay que hacer, según tu criterio? —le respondo con una voz tan fría que no reconozco como mía. Tan fría que percibo los hombros de Satya al tensarse, la actitud corporal de Moira y Katya cambiando. Tan fría que ni siquiera Elizabeth puede mantenerse en su mundo y tiene que bajar a la realidad para enfrentarse a mí (que, por lo visto, soy la primera persona que no le sigue el juego).

—La mayoría de alumnas becadas tienen que compartir piso, lo cual no es mala solución a sus problemas económicos porque disponen de bibliotecas y espacios donde estudiar sin distracciones, pero ninguna de las residencias de estudiantes del campus está construida para acoger a más de una inquilina. Nuestras compañeras están hacinadas dentro… literalmente.

»El dinero necesario para que las becas sean acordes a la economía de la ciudad debería salir de los impuestos a las alumnas con más recursos, que ahora mismo pagamos por nuestras matrículas exactamente lo mismo que las que vienen con los bolsillos vacíos. No es justo, aunque supongo que ya sabes que «igualdad» no equivale a «justicia»: por eso deberíamos trabajar en que los precios sean proporcionales a las ganancias de las alumnas y no una cifra estática. Ya sabes, un porcentaje.

»Además, las becas tampoco bastan para pagar los cursos donde se consiguen los créditos, y los puestos de trabajo suplementario que se ofrecen por la zona no cubren la demanda.

»Y esto es solo el principio. Según he podido averiguar, la propia universidad tiene pérdidas debido a que Suiza no reconoce nuestra estación de tren como terreno suyo por un tecnicismo y estamos pagando unos impuestos sangrantes como territorio extranjero para que alumnas y profesoras puedan acceder a nuestras instalaciones. Estoy convencida de que este asunto puede resolverse sin tener que ir a ese juicio que la rectora Amari no cree poder costearse… Es más, de hecho, si el gobierno nos devolviese el dinero que hemos estado perdiendo con los impuestos del transporte, creo que solventaríamos todos los problemas económicos de la universidad.

»Y, hablando de juicios, en este consejo nos falta una representante de letras, solo veo ciencias. ¿Quieres que siga, hm…?

—Amélie, ella es Amélie —le susurra Satya.

Katya y Moira parecen encantadas con este informe tan exhaustivo. Yo supongo que debo de parecer imbécil por haberla cuestionado. Me muerdo la lengua y hago lo que llevo haciendo toda la vida: interpreto mi papel.

—No, no quiero que sigas. Quiero que respetes los protocolos de este consejo estudiantil porque todo lo que planteas es extremadamente importante, pero si lo afrontas con tan poca disciplina, entonces puede que nadie te tome en serio y tu trabajo caiga en saco roto. Este consejo debe funcionar, Elizabeth.

—Te preocupas demasiado, Amélie —responde volviendo a acomodarse—. Sé ganarme a la gente, no conozco a una sola persona que no me tome en serio.

«Bueno: ahora me conoces a mí». Sí, lo sé: soy una cobarde porque lo he pensado, pero no lo he dicho.

La sesión prosigue tal y como debería, aunque yo no dejo de sentirme humillada por la forma en que Elizabeth ha irrumpido en este espacio, por sus malditos guiños y por el discurso que ha improvisado sobre los males que aquejan esta universidad. Y no soy tan orgullosa como para negar que ha señalado cosas reales e importantes, incluyendo lo de sumar a una estudiante más a nuestro grupo… es simplemente que no soporto que lo haya dicho ella, que es un desastre y acaba de llegar a Overwatch.

Cuando al cabo de dos horas terminamos, soy la primera en levantarse. No quiero estar aquí más tiempo. Además, tengo que ensayar y ocuparme del jueguecito con BlackCat (veo el led de mi móvil parpadear en rosa, el color con el que he personificado sus notificaciones).

—Me voy ya, os informaré cuando me reúna con la rectora. Tenéis mi contacto en la red social de Overwatch por si necesitáis cualquier cosa —anuncio.

Recojo mi bolso y aprieto el paso. Me dispongo a abrir la puerta principal para salir al exterior cuando…

—¿Quieres que te acerque?

Elizabeth está de pie justo detrás de mí. Noto el olor del cuero y del aceite de motor, el del perfume de vainilla, tan empalagoso como su personalidad, y el deje del tabaco.

—No, gracias, he traído el coche —replico rápidamente sin mirarla. Salgo de la casa tan erizada como un gato y desciendo por las escaleras del porche.

Saco las llaves del bolso y, justo cuando alcanzo mi coche, aparece Elizabeth. Se apoya contra la puerta del conductor y cruza los brazos. Me dedica media sonrisa de esas que las estrellas estadounidenses lucen en las películas para, a continuación, hablar sin apenas mover los labios ni separar los dientes.

—Vamos, ¿qué es lo que no te gusta de mí? Dilo sin rodeos.

Parpadeo incrédula. No tiene complejos. Es completamente transparente… y espera que los demás lo seamos también. Su atrevimiento y su franqueza calan en mí de tal forma que me descubro siguiendo su juego.

—Tu insolencia al hacerme esta pregunta. Tu falta de disciplina, tu terrible… falta… de disciplina. —Noto mi rostro acalorarse—. Eres descarada, atrevida… Mon dieu, ¡luces el pintalabios corrido sin importarte que todas sepamos que has llegado tarde por enrollarte con alguien! —He ido sintiéndome extrañamente desinflada con cada palabra pronunciada, como si no creyera en mi propio discurso… o, quizá, como si cada una me hubiese ido ayudando a comprender qué subyace bajo mi rechazo hacia Elizabeth.

Porque de repente creo que sé por qué no la soporto. La revelación me resulta muy dolorosa.

Joder, quiero marcharme.

—Ah, ¿tengo la pintura corrida? —me pregunta. Se inclina para verse en el espejo retrovisor. La melena le resbala sobre el hombro, dejando a la vista su espalda cubierta por el cuero («Deadlock Rebels»). Trago saliva. Nunca había visto a nadie en esta posición, no en directo… Es como si… Ay.

Me roza el vientre con su hombro. Mi cuerpo se tensa, noto un tirón dentro del estómago que no tiene nada que ver con la sensación desagradable que antes me dificultaba respirar.

Elizabeth se pasa el dorso de una mano (las tiene llenas de anillos y pulseras) por el exterior de las comisuras para retirar la pintura difuminada.

—Tengo prisa —le digo. Sus ojos carmesí giran hacia mí de un modo entre desafiante y exigente. Intuyo que no soporta que la esté ignorando del mismo modo que yo no soporto que ella pretenda ganarse mi simpatía con esos putos guiños.

Una parte de mi mente está procesando todo lo que hay detrás de mi aversión, y otra comienza a verse impelida por la lujuria que me despierta su postura sumisa en conjunto con la prenda de cuero. Necesito que cambie de posición. Que desaparezca. Necesito asimilar todo lo que me ocurre, procesar la verdad que veo en el espejo que ella me está poniendo delante con tanta crueldad.

Mi verdad.

—Crees que os he faltado al respeto, pero tú no me muestras ningún respeto tampoco —asegura mientras se yergue por fin.

Ahora estamos insoportablemente cerca. Mierda.

Retrocedo un paso.

—Elizabeth, tengo prisa —repito con un hilo de voz. Ella nota que me ocurre algo, aunque no sabe qué es y… en consecuencia, toma la peor decisión posible: me agarra por la barbilla.

—Habla de una vez. Dispara.

De forma tan natural que al recordarlo más tarde casi me resulta espeluznante, mi mano encuentra su muñeca y la inmoviliza con autoridad contra el techo del coche. El modo en que sujeto a Elizabeth es a un tiempo una fantasía de control y un error terrible.

Toi, enfant terrible —le siseo con la mandíbula tensa.

Ella se suelta con facilidad, pues no he empleado ningún tipo de fuerza, y yo aprovecho para abrir el coche y encerrarme dentro. Elizabeth vuelve al interior de la casa y yo arranco y me voy.

La naturaleza suiza engulle mi coche, el cielo brillante que anuncia la proximidad del frío se refleja en las nieves lejanas que salpican los Alpes y en las pequeñas lagunas. Y yo no puedo dejar de pensar en todo lo que he descubierto: su descaro y su actitud son la clase de cosas que yo no me puedo permitir. Siento muchísima envidia porque Elizabeth es libre: fuma en los recintos, mete la dichosa cicloplaneadora por todas partes y no teme las consecuencias. Por eso puede aparecer con el pintalabios corrido y decir abiertamente lo que se le pasa por la cabeza, preguntarme que qué me pasa con ella. Yo, en cambio, lo perdería todo si actuase así. Vivo obligada a contener mis deseos; niega la parte de mi identidad que más deseo explorar.

Me detengo en el arcén porque no puedo conducir con los ojos empañados.

La desinhibida presencia de Elizabeth en Overwatch hace muy evidentes todas mis frustraciones. He notado este cruel contraste desde el principio, aunque no lo he comprendido hasta hoy. Un coche me adelanta, y yo hago como que estoy colocando el retrovisor central para cubrirme detrás de mi brazo. Hoy, ese pintalabios rojo restregado ha sido un gran anuncio, brillante como el neón, de que ella puede hacer con su cuerpo y con su vida exactamente lo que quiere… no como yo. Elizabeth no necesita subsanar el enorme montón de caos, desorden y errores que es. No corre el riesgo de destruir a su familia. Ahora entiendo que le guste tanto a todo el mundo: puede permitirse estar cerca y complacer, padecer preocupaciones, implicarse; alcanzar una intimidad a la que yo aspiro, pero jamás llegaré por miedo a hacerle daño a los Guillard.

Por eso Jazzy ve en mí a alguien frío.

Qué incompleta me siento. Qué mal, qué absurda. Acabo de verme en el espejo que Elizabeth me ha puesto delante y me descubro llena de una envidia tóxica que no sé procesar, de miedo a posibles traiciones que hieran a mi familia.

Esta no es forma de vivir.

Y en este extraño pozo de miseria que amenaza con ahogarme, hay una sensación inoportuna y tan inapropiada como la decisión de Elizabeth de agarrar mi barbilla: mi imaginación trabaja con la imagen de su espalda inclinada ante mí… tan servil, casi suplicando que le inculque esa disciplina que tanta falta le hace. Porque cada vez que le he dicho que eso es lo que necesita, disciplina, todas las imágenes lujuriosas y todos los contextos eróticos en los que uso esa palabra cuando escribo han venido para colorear mis pensamientos de forma subconsciente.

Ha habido algo absolutamente indecente en el modo en que la he inmovilizado.


He venido al estudio de danza de la facultad de artes escénicas. Conducir me ha tranquilizado un poco y he ido asimilando que mi reacción ha sido tan exagerada porque todo este asunto de Elizabeth me ha pillado desprevenida. Me he sentido vulnerable y he reaccionado violentamente cuando podría haber mantenido la sangre fría. O haberlo fingido, que no solo doy clases de interpretación, sino que vengo de una familia de la nobleza.

Cierro mi taquilla y apoyo la frente contra el metal frío.

Resumiendo: nadie en el consejo estudiantil tendría por qué haber descubierto que la estadounidense me desagrada, yo debería tener asumido ya que es imposible que pueda experimentar con mi lado dominante y tendría que alegrarme de estar jugando con BlackCat desde una posición anónima y satisfactoria.

Me yergo.

Quizá lo único que no puedo racionalizar es esa repentina atracción que me ha generado Elizabeth, inclinada ante mí con esa chaqueta de cuero y la muñeca inmovilizada. Es obvio por qué me ha resultado excitante, claro, pero es confuso porque ha sido precisamente ella. En condiciones normales, utilizaría esta sensación para crear un relato, pero tratándose de Elizabeth… prefiero no hacerlo.

Salgo del vestuario y me voy al estudio para empezar con el ensayo. El resto de chicas vendrán dentro de una hora, pero yo necesito distraerme. Trabajar en mi flexibilidad y realizar un calentamiento en condiciones es una buena opción. Bailar siempre ha curado todos mis males. Caliento las articulaciones y estiro los músculos. Me acomodo en el suelo con una pierna flexionada y la otra extendida y me inclino hacia delante para tocar la punta de mi pie con los brazos y la espalda lo más rectos posible. Es agradable sentir que mi cuerpo se activa.

—Perdón, esto… —Una voz que no reconozco me saca de mi ensimismamiento. Me incorporo para mirar y noto que algo roza mi hombro. Sobresaltada, hago un movimiento brusco antes de girarme y ver que, en la puerta, a unos diez metros de mí, me saluda Luna.

¿Qué es lo que me ha rozado el hombro? La ómnica está demasiado lejos.

—¿Sí? —pregunto mientras busco a mi alrededor.

Voy a terminar creyendo en fantasmas a este paso…

—Quería practicar el baile. No es lo que mejor se me da… Es que soy cantante. —La observo. Mi mente se había hundido bajo tantas capas y marañas de pensamientos que no logro encontrar la forma de seguir su conversación—. Lamento interrumpirte, estarás pensando que a ti qué más te da si soy o no cantante…

—¡No, en absoluto! —niego. Que ambas estemos hablando en francés me facilita las cosas, es más fácil pensar en mi lengua materna sin tener que traducir mis palabras—. ¿Cómo iba a dejar tirada a mi compañera de danza? Ven, puedes hacer estiramientos conmigo… no sé si los ómnicos lo necesitáis, pero después te ayudo con todo lo que necesites.

—¡Ohhh! ¡Gracias!