Hola que tal, cómo les va? aquí les traigo una nueva historia del universo Saint Seiya, y antes de que empecemos...
Advertencia 1: esta historia está dividida en dos partes, por el momento tiene calificación T, pero en el siguiente subirá a M.
Advertencia 2: los protagonistas aquí son Milo y Marin (lo sé, nadie se lo esperaba), ¿por qué ellos dos? simplemente porque así me salió la inspiración, eso sí les digo que no se trata de algún reto, ni pertenezco a alguna comunidad (es más, dudo que exista una comunidad MiloxMarin, pero tampoco busco ser promotora). Si son fans de la pareja MarinxAioria y/o MiloxShaina, les pido me disculpen y por favor no me crucifiquen.
Ahora bien, sabiendo esto, si aún estas interesad en saber de qué trata este fic ¡adelante! puedes empezar.
Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada.
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Marin y Milo se encontraban hablando a solas en la casa del caballero de Escorpio, al parecer todos los guerreros del elemento agua se habían reunido en dicho sitio, pues Deathmask de Cáncer y Afrodita de Piscis también se encontraban allí pero no hacía mucho que partieron de vuelta a sus respectivas casas, dejando así al guardián de la octava morada en compañía de la amazona del águila. No se festejaba algo en especial, se trató de un encuentro casual entre los tres santos dorados en la cuidad, los tiempos de paz apenas empezaban y se podría decir que disfrutaban de unas vacaciones, así que aprovecharon el encuentro y decidieron comprar algo de licor y algunos snacks sólo por pasar el rato, ese era el plan.
Subiendo en dirección a la casa de Escorpio se toparon con Marin, quien venía de dar un reporte al superior que se encontraba a cargo del santuario cuando Athena se encontraba en Japón; no fue sencillo pero lograron convencerla de acompañarlos. Y así pasaron la tarde, departiendo acerca de temas de mutuo interés, relatando anécdotas de los entrenamientos cuando aún eran unos infantes o hablando sobre los países natales de cada quien, ¿y por qué no? también sobre romances, aunque este tema lo dejaron para cuando las botellas estaban casi vacías.
Los presentes jamás imaginaron observar al caballero de Cáncer hablar con tanta dulzura de una tal Helena, ni siquiera Afrodita recordaba haber visto que a su mejor amigo le brillaran los ojos de esa manera, se debía admitir que hasta causaba gracia verlo así, cualquiera pagaría por ver dicha escena. Marin nunca lo comentó en voz alta pero agradecía estar ahí, aunque el plan de acompañar a estos hombres sólo para verlos beber no le entusiasmaba en lo más mínimo en un principio.
-Eshta decidido, hip… no iré a Italia- el cangrejo se había puesto de pie. –Helena… amore mio, hip… eshperame… voy por ti-.
Había señalado un punto inexistente en el horizonte y comenzó a ir escaleras abajo. Los dos santos y la amazona sólo se quedaron observando.
-Sí, definitivamente está enamorado- se burló el escorpión.
-Alguien debería acompañarlo, ¿no creen?- comentó la japonesa. –Bastará con un paso en falso y entonces, a rodar-.
-¡Bah! no aceptará la ayuda de nadie, ni aún en ese essstado- respondió el de Suecia encogiéndose de hombros mientras sacudía la última botella de whiskey, su lengua ya sonaba pesada. –Bueno mis amiguitossss, esto fue tod-do por hoy-.
El pisciano bebió de un solo todo el contenido del vaso y enseguida se levantó de la silla, se despidió de los guerreros restantes y, tambaleando, empezó a subir las escaleras. Marin soltó una risita.
-Parece un astronauta- murmuró. Milo rió por lo bajo y después se quedaron en silencio por unos segundos.
-Me sorprende que, de los tres, eres el que menos bebió- comentó la pelirroja.
-¿Te sorprende?- el hombre enarcó una ceja y, de la nada, soltó una carcajada. –En serio, ¿tan mala reputación tengo?- mencionó fingiendo indignación.
Ella sólo se encogió de hombros. Muchas cosas se podían decir de los santos de oro, pero la verdad era que nadie los conocía muy a fondo, si acaso entre ellos mismos.
-Qué lástima que no hayas bebido- comentó el griego, pasando la yema de su dedo mayor por el borde del vaso donde bebía.
-No estoy de humor, además tampoco estoy acostumbrada- ella se llevó una mano a la nuca.
-¿Cómo van las cosas con Aioria?-.
La amazona se sorprendió ante esa pregunta, ciertamente ella y Milo no eran los más cercanos, de hecho no tenía mucho roce con los demás caballeros. –Veo que aun así bebiste lo suficiente, pero si te interesa saber… últimamente las cosas entre nosotros han estado frías-.
Marin había apoyado los antebrazos sobre la mesa y comenzó a relatar que de un tiempo para acá, su relación con el santo de Leo se encontraba en un estado de "limbo", ellos no eran precisamente novios pero, para los demás era claro que entre ellos había algo. Le habló de que en las últimas batallas de los últimos meses poco se habían visto y, que de esas pocas veces, la comunicación entre ellos era taciturna, y que en estas últimas semanas no se han vuelto a ver.
-Ya veo…- habló vagamente el guerrero escorpión. La pelirroja notó entonces que el griego la observaba fijamente, tenía su codo derecho apoyado sobre la mesa y, su mejilla reposaba sobre la palma de su mano.
-No sé por qué te estoy contando esto- se recostó en el espaldar de la silla.
-Descuida- él le guiñó un ojo. – ¿Acaso no sabes que los escorpio somos los mejores confidentes?-.
Ella rió con simpatía.
-Y ¿qué me dices de Shaina?- preguntó esta vez la japonesa. –Hablaste un poco de ella hace un rato-.
Turno del santo de removerse en su silla. –Shaina… ciertamente estamos intentando tener algo… pero aún tengo mis dudas-.
-¿Sobre qué?-.
-Sus sentimientos- el caballero miró de nuevo a la amazona. –Lo que sintió por Seiya fue muy fuerte… no sé si aún no lo haya superado y yo… sólo sea un bálsamo-.
Marin guardó silencio. Francamente no sabía qué decir, ella conocía de los sentimientos de su compañera de armas por su pupilo, pero no tenía idea de si aún persistía ese amor.
-Además, ella también anda algo arisca en estos días… ¿ustedes no hablan al respecto?- preguntó el hombre. Se podía percibir algo de expectativa en su voz.
-No- respondió simple. Y decía la verdad, no eran temas de los que ellas se sentaran a hablar. Otra vez, Milo tenía la vista clavada en ella, Marin comenzaba a intimidarse.
-Oye, Marin…- de pronto, la voz de Milo se tornó suave. -¿Por qué no te quitas la máscara?-.
La guerrera viró su cabeza hacía él, apenas creyendo lo que acababa de oír. Eso sí que no se lo esperaba.
-¿Qué pregunta es esa, Milo? ¿Por qué debería?-. El escorpión rodó la silla, quedando peligrosamente cerca de la amazona.
-Muchos guerreros han visto el rostro de Shaina, pero nadie conoce el tuyo… salvo Aioria, ¿me equivoco?-.
-Espera, dices que quieres ver mi rostro ¿sólo porque al de Shaina lo han visto otros hombres?-.
-No, no es eso- Milo frunció el ceño. –En verdad me da curiosidad, eres… tan enigmática-.
Marin estaba totalmente descolocada, ¿qué fue eso?, ¿qué le estaba queriendo decir?, ¿acaso era el licor?, pronto dejó de debatir en su mente al sentir las yemas de los dedos masculinos bordeando su máscara, logrando rozar su piel, provocando que ésta se erizara.
-Milo…- la japonesa detuvo la mano de su acompañante y la retiró. -¿No conoces acerca de nuestra ley, acaso?-.
El de ojos verdes soltó otra carcajada. – ¡Oh, vamos! estamos en tiempos de paz, además… si fuera por eso, Shaina se hubiese acostado con medio mundo-.
La pelirroja rodó los ojos, naturalmente que el griego no notó ese detalle. –O matarlos a todos- sentenció ella. –Aun así, no pienso darte gusto, y no intentes pasarte de listo… sé muy bien cómo defenderme, no olvides eso-.
Había mucha seguridad en las palabras de la amazona, pero…
-No si logro someterte primero- la voz del santo sonó ronca, sus ojos tenían un brillo de malicia. Un jadeo involuntario escapó de la garganta de la chica ante esas palabras, en seguida se puso de pie dispuesta a marcharse pero, el escorpión se había anticipado a su reacción y la sujetó del brazo mientras él también se levantaba de su silla, llevándola contra la pared.
Marin cerró el puño con la firme intención de golpear la mejilla del caballero, pero él atajó su mano a sólo centímetros de lograr su objetivo, ahora él tenía dominio absoluto sobre los brazos de la japonesa. Ella sintió el frío del muro en su espalda, estaba acorralada, pero aún podía escapar, era sólo cuestión de levantar la rodilla y dar un golpe certero en las partes nobles del griego, pero su movimiento fue nuevamente bloqueado por el escorpión. Milo logró sujetar la rodilla de la amazona al vuelo, fue entonces que aprovechó ese momento para ubicar la pierna de la fémina alrededor de su cadera, quedando los dos en una posición comprometedora.
Ya no había escapatoria. Marin se percató de que sus muñecas estaban apresadas en la mano derecha del guerrero, mientras su pierna derecha era sostenida por la mano izquierda de éste, se dio cuenta también de que las partes nobles de Milo rozaban su zona íntima, la respiración en ambos era pesada, él aún conservaba ese brillo extraño en su mirada. Milo sonrió de medio lado a la vez que elevaba su brazo derecho y, por consiguiente, los brazos de la japonesa, cuyo corazón latía desbocado.
-Milo… ten cuidado con lo que haces- mencionó de manera queda.
-¿Y qué se supone que hago?- la voz masculina adquirió un tono profundo. –Vamos Marin, quedará entre tú y yo, créeme-.
Marin suspiró rendida. –Está bien, Milo… tú ganas-.
El griego sonrió triunfante.
-Pero deja que sea yo quien quite esta máscara-. Sin objetar, el santo aflojó su agarre liberando sólo una muñeca de la fémina, quien intentó disimular un ligero temblor al acercar su mano al metal que cubría su rostro. Ese hombre, en verdad, logró ponerla nerviosa. Lentamente, la amazona empezó a retirar la máscara de su faz, las pupilas del santo se dilataron al encontrarse con un rostro de porcelana, unos ojos azul zafiro y pestañas largas, nariz pequeña y labios rojos. Sus rostros estaban demasiado cerca, podían sentir la respiración del otro, las mejillas de la pelirroja estaban teñidas de un tono carmesí, seguramente por la posición tan bochornosa en la que se encontraban.
-¿Me dejas ir?-. Marin había desviado la mirada a un costado, Milo por fin la liberó sin apartar la vista de ella, la japonesa se puso su máscara y, sin mediar palabra, se retiró de aquel sitio. El santo, por su parte, se quedó observando la figura de la pelirroja alejándose de la octava casa, rumbo a la fortaleza de las amazonas, se mordió el labio inferior sonriendo con picardía.
-Definitivamente, debo encontrar la manera de volver a quedar a solas con ella-.
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Si llegaste hasta acá, mil y mil gracias por esta oportunidad. Siéntete libre de dejar tu comentario y hacerme saber si te gustó, y si no, también. Sobre la segunda parte, espero y aspiro poder subirla hasta la próxima semana, ojalá no hayan percances.
Pásenla bien.
