Hola hola, como comenté en el capítulo anterior, esta semana subiría el segundo y último capítulo de esta historia, mi agradecimiento a richelleroso por tu comentario y apoyo. Sin preámbulos, pueden empezar.
Advertencia: contenido Lemon.
Saint Seiya pertenece a Masami Kurumada.
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Pasaron un par de semanas desde aquel episodio entre el caballero de Escorpio y la amazona del águila. Corría la voz en el santuario de que se festejaría una despedida a los santos que planeaban regresar a sus tierras natales ahora que la paz reinaba en el mundo. Marin no tenía pensado ir, pero le insistieron tanto que terminó por aceptar, por otra parte, Shaina no había dado respuesta de si iría o no. Y así llegó el día, los santos se reunieron en la casa de Capricornio justo cuando el sol comenzaba a ponerse, tal como lo acordaron, alegría y nostalgia se respiraban en el ambiente, algunos reían en las conversaciones, otros sólo se limitaban a escuchar, pero nadie se privaba de beber, ni siquiera Marin, que había perdido de vista a cierto santo de Leo. Se sentía rara, no estaba acostumbrada a llevar su rostro descubierto y, que la mayoría de los santos se acercaran a hablarle de este detalle no la ayudaba a dejar de sentirse incómoda, en realidad accedió a ir sin ese trozo de metal porque otras amazonas, que también asistieron, la convencieron de no llevarlo, pues no acudían a ese evento en calidad de guerreras.
La amazona bebió de un solo el vodka que le habían servido, estaba frustrada, en verdad llegó a pensar que las cosas con Aioria mejorarían esa noche, pero todo seguía igual, hablaron muy poco y se notaba distraído por algo. Por otro lado, estaba cierto santo de Escorpio que no le quitaba la vista de encima, a pesar de que lo disimulaba muy bien, quizás pasaba desapercibido por los demás santos pero, a ella no se le escapaban esos detalles. Todavía no pasaba el sabor del vodka cuando sin previo aviso le sirvieron un poco de tequila en el vaso, ciertamente ella no tenía costumbre de beber, tal y como se lo dijo a Milo, pero sí sabía que no se podía mezclar trago a menos que quisieras embriagarte rápido. Miró a su alrededor, todos la estaban pasando bien ¿por qué ella no iba a hacerlo?
El tequila ardió en su boca y raspó su garganta, pero poca importancia le dio, Aldebarán le había tendido la mano para invitarla a bailar y ella, aceptó sin chistar. Vaya que el licor podía hacer maravillas. Mientras bailaba, pudo notar a Aioria hablando con Mu y Shaka, sin inmutarse de lo que ella estuviera haciendo, lo que conversaba con sus compañeros de armas era demasiado importante, cuando menos interesante, al parecer. La canción había terminado, agradeció al brasileño y, separándose de él, tomó un vaso completamente lleno de cerveza. Lo bebió como si fuera refresco. De repente, todo le empezó a dar vueltas, buscó a Aioria con la mirada pero el santo se había esfumado, de nuevo, de pronto sintió un par de manos rodear su cintura, giró su cabeza y se topó con los ojos verdes de Milo.
-¿Te sientes bien?- su semblante era serio.
-¿Yo?... Sí, sólo… - la japonesa se llevó una mano a la frente -…estoy mareada-. Lo que sintió a continuación fue la sensación de querer vomitar, llevando su mano a su boca, reprimiendo una arcada.
-Ven conmigo- sin perder el tiempo, y con total discreción, el griego sacó a la amazona de la décima casa y bajaron hasta la de Escorpio. Durante el camino, la japonesa reprimió otras dos arcadas que amenazaban con hacerla devolver todo el alcohol digerido, no iba a darse el lujo de vomitar encima de segundas o terceras personas. Aún era una guerrera de Athena. Por fin llegaron a la octava casa, en seguida se metieron al baño personal del guerrero escorpión y, una vez allí, Marin pudo descargar todo su malestar, mientras tanto Milo, sujetaba su cabello. Jamás en su vida se había sentido tan avergonzada, no sólo consigo misma, sino también con un caballero a la orden de su misma diosa. Ya sintiéndose aliviada, Milo la dejó a solas en el cuarto de baño para que pudiera organizarse. La música podía escucharse a la distancia.
-¿Estas mejor?- preguntó una vez ella estuvo fuera, llevando su mano izquierda hasta la mejilla derecha de la pelirroja.
-Sí, muchas gracias…- respondió suave, recibiendo la caricia de aquella mano, cerrando sus ojos por un momento breve. -… ¿Regresamos?-.
El santo sonrió de medio lado.
-¿Eso quieres?- subió su otra mano acunando el rostro femenino y, con sus pulgares, empezó a delinear los labios de la amazona. Marin cerró sus ojos otra vez, dejándose llevar por un instante.
-Milo, ¿qué haces?- preguntó sin querer salir de aquel plácido estado. En ese momento, Milo juntó sus labios con los de ella. Marin se entregó al roce de aquellos labios tan suaves, se movían con tal maestría, era imposible dudar que el santo no fuera un experto en el tema, pero la amazona tampoco se quedaba atrás, su respuesta era ágil y sensual, sus manos se enredaban en la cabellera masculina mientras las manos del caballero bajaban hasta su cintura, atrayéndola más hacia sí. El beso se intensificaba cada vez más, Milo dejó de besar aquella incitante boca y dirigió sus labios al delicado cuello de la japonesa.
-Milo… no…- jadeó ella, pero él poco caso hizo. Poco a poco la fue arrinconando, sus manos comenzaron a ascender por el cuerpo femenino, buscando el cierre del vestido strapless negro de su acompañante y, con lentitud, comenzó a bajarlo. La amazona rompió el beso.
-Milo, debemos volver- habló firme la japonesa, sin embargo Milo no la soltaba. –Alguien puede notar nuestra ausencia y va a ser sospechoso-.
-¿Tú crees?- rió divertido para luego volverla a besar e intentar seguir bajando el cierre. Marin cortó el contacto nuevamente.
-Hablo en serio- seguía firme y con la mirada puesta en la de él–pueden incluso venir hasta acá, buscándote-.
-Que lo hagan- los ojos del escorpión adquirieron un matiz oscuro, repentinamente alzó la pierna derecha de la pelirroja a la altura de su cadera, llevando así su mano diestra hasta la zona íntima de la amazona, cuyos ojos estaban muy abiertos. –Pero primero te hago mía…- susurró cerca a los labios de la fémina y, una vez más, la besó.
Marin intentó luchar, pero entonces Milo, de manera hábil corrió la tela de la ropa interior femenina y empezó a acariciar aquella zona, que para su sorpresa estaba húmeda, haciendo que la amazona suspirara, pero ella no se iba a dejar caer, así que atrapó el labio inferior del santo dándole un fuerte mordisco, provocando que sangrara. Milo resistió la agresión y, en respuesta, hundió su dedo mayor en ella, a lo que la amazona no pudo evitar soltar un gemido, momento que él aprovecho para introducir su lengua en la cavidad bucal de la chica. No tuvo más remedio que dejar de resistirse y admitir que ese hombre también le llegó a llamar la atención, a tal punto de también desear continuar con lo que estaba pasando, ir más allá. El dedo de Milo salía y entraba de manera cada vez más frenética, las caderas de Marin respondían al estímulo, una de sus manos se aferró de nueva cuenta al largo cabello del santo, mientras la otra reposaba en el fuerte cuello de éste, los gemidos de la chica eran sofocados mientras la pasión en el beso aumentaba. Milo introdujo un segundo dedo.
-Agh- Marin gimió interrumpiendo el beso, pero Milo no dejó su acción y se dispuso a succionar el labio inferior de la pelirroja. Las paredes vaginales se contrajeron, un sonoro gemido fue música para los oídos del escorpión, quien sonrió a la vez que mordía suavemente los labios de su ahora amante. La amazona se encontraba sonrojada y jadeante. El santo se limpió los dedos llevándolos a su boca, sin dejar de observarla, la japonesa se ocupó de desabrochar la camisa del griego, el terminó de bajar el cierre del vestido a la vez que besaba su hombro derecho, despojándola de aquella prenda, mientras ella dejaba al desnudo aquel torso varonil, perfectamente esculpido.
Milo la tomó en brazos y la depositó dócilmente en su cama, allí retomaron el beso, el caballero aprovechó para acariciar aquel cuerpo a sus anchas, sintiendo cada curva, la suavidad que poseía, todo le pertenecía en ese instante. Comenzó a dar cortos besos en el pecho de la amazona, prestando especial atención a los pequeños lunares que se ubicaban allí, era algo que simplemente disfrutaba hacer, Marin sintió algo de pena al notar este detalle, pero no dejó de disfrutarlo. Milo pasó una de sus manos por la tersa espalda de la chica, encontrando el broche del sostén y soltándolo con cierta facilidad, quedando así sus senos al descubierto. Eran de buen tamaño. Acercó su boca hasta el rosado pezón, pasando su lengua por el mismo, succionando con ahínco y mordiendo con delicadeza, su compañera no dejaba de suspirar a la par que arqueaba su espalda, el hombre soltaba un pezón para repetir el mismo proceso con el otro, dejando un pequeño rastro de saliva. Abandonó los senos de la pelirroja para ir descendiendo por el vientre de ésta, realizando un camino de besos, deteniéndose a jugar con su ombligo, a la vez que le bajaba su ropa interior, quedando al fin desnuda ante él.
-Qué hermosa eres, Marin- dijo para sus adentros, admirando ese cuerpo escultural. Abrió las piernas de la japonesa, acercando su boca hasta la feminidad de su amante, pasando su lengua por los labios inferiores y superiores, centrándose en su clítoris e introduciendo la lengua en ella. Marin gemía cada vez más fuerte, aferrándose a los cabellos del griego, sus caderas no dejaban de moverse, Milo estaba excitado a más no poder, besando con desenfreno esa zona húmeda hasta que… un grito de parte de Marin le indicó que tuvo su segundo orgasmo.
Milo pasó su lengua por sus labios, limpiándolos. Rápidamente se desabrochó el pantalón, dejando libre su endurecido y bien proporcionado miembro viril, sorprendiendo a Marin; seguido de eso, se acomodó en su entrada, comenzando a frotar su clítoris con su glande, la sensación de placer entre ambos fue indescriptible. El santo se separó de ella y procedió a quitarse el pantalón y la ropa interior, desnudándose por completo y volviendo a su posición inicial. La penetración fue profunda, de golpe, ninguno de los dos era virgen, Marin se sintió completamente llena, Milo dio inicio a las embestidas, los gemidos de la amazona iban en auge, llegando incluso a dar gritos sutiles, el sudor ya corría por la frente del santo. Marin se irguió, esta vez siendo ella quien diera un beso al caballero del escorpión, empujándolo hasta hacer que se recostara en las sabanas, quedando encima de él. Ahora era ella la que dominaba, ubicó sus manos sobre pecho del griego, moviéndose rítmica y sugestivamente, notando el placer enmarcado en ese rostro tan bien perfilado. Su movimiento iba aumentando, sintiendo que pronto llegaría al éxtasis, echó su cabeza hacia atrás, arqueando su espalda… otro grito de orgasmo. El escorpión tomó ventaja de ese instante para agarrar las caderas de la fémina y embestir con vehemencia, hasta que también llegó al punto máximo, corriéndose en el interior de la pelirroja. La amazona cayó al lado del santo, las respiraciones eran pesadas, al compás.
-Vaya…- pensó ella. Sin duda, uno de los mejores polvos que haya tenido. A tientas buscó una sábana y con la misma se arropó, acomodándose para poder descansar un rato. El santo a su lado no pensaba diferente, vamos que disfrutó ese momento como nadie, viró su cabeza para mirar a su amante, acercando su mano al rostro de la amazona, rozando la mejilla de ésta con sus dedos, en ese momento notó que se había quedado dormida. Sonrió satisfecho, acomodó ambas mano debajo de su cabeza y, al contrario de la japonesa, permaneció así sin cubrirse, hasta que poco a poco, también fue cayendo en los brazos de Morfeo.
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Marin despertó al sentir los rayos del sol en su cara, se incorporó un poco y miró a su alrededor, reconociendo el lugar, miró a su costado y notó la ausencia del hombre con el que había pasado la noche, percibiendo entonces el sonido de la ducha proveniente del cuarto de baño. Rápidamente ubicó su ropa esparcida por el suelo, tenía que salir de ahí cuanto antes, así que se sentó en la cama apresurándose en ir a recoger sus prendas, pero una punzada en su zona no la dejó levantarse, respiró profundo, eso no iba a detenerla, con cuidado empezó a incorporarse.
Milo salió del baño, encontrándose con la imagen de Marin dándole la espalda, mientras terminaba de subirse el vestido.
-¿Te iras sin despedirte?-. Marin volteó a verlo de un respingo, estaba tan absorta en sus pensamientos, que no se percató en qué momento dejó de sonar la ducha. Ahí estaba él, con una toalla alrededor de sus caderas, escurriendo agua por su cabello y torso, observándola con diversión. Ella no respondió, solamente se dispuso a subir el cierre del vestido, de pronto sintió una de las manos de Milo corriendo su cabello, dejándolo sobre su hombro izquierdo, para después ayudarla a terminar de subir la cremallera. Podía sentir la respiración del santo en su cuello. Marin agradeció sin mirarlo, apartándose de él para así poder recoger su calzado.
-Supongo que no te quedaras a desayunar - mencionó con un dejo de desinterés.
-Gracias Milo, pero prefiero llegar cuanto antes a la fortaleza- ciertamente no tenía ganas de iniciar una conversación.
-Sí, ya lo creo, ojala ninguno de estos tipos este despierto aún- comentó dirigiéndose a su armario. Marin terminó de calzarse los tacones, poniéndose de pie, Milo venía con algo de ropa en sus manos, tirando las prendas sobre su cama.
-Milo… lo que pasó anoche…- no pudo terminar la frase, pues el griego posó el dedo índice sobre sus labios, cerrándolos.
-Lo que pasó anoche, queda entre nosotros… y eso es todo- sentenció mirándola a los ojos, Marin asintió en silencio, luego de eso el santo le dio la espalda, buscando la ropa que había dejado en la cama. No iba a permitir que dijera que fue un error… porque lo sucedido hace unas horas fue inolvidable.
-Bien, creo que ya me voy- Marin dio media vuelta y empezó a caminar hacia la salida.
-Espera, te llevo a la puerta- Milo se había puesto una camisa negra manga corta. Marin aceptó la compañía.
Una vez en la entrada, Marin se despidió con un ademan y empezó su marcha, pero de repente, Milo la tomó del brazo regresándola hacia él, dándole un último beso como despedida, tan apasionado como los anteriores.
-Ve con cuidado-.
Y así como la vez pasada, Milo se quedó en su sitio observando partir a la amazona.
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Marin por fin llegó a su cabaña, satisfecha de su sigilo y de no encontrarse con los demás caballeros, más aun con uno en especial. Se recostó de espaldas a la puerta una vez la cerró, soltando el aire acumulado en sus pulmones y llevando las manos a la cara. ¡Qué noche! lo peor es que no se arrepentía, francamente valió la pena, fue la mejor noche sin lugar a dudas. Deslizó sus manos por su rostro hasta que llegaron a su cuello. Pudo notar que Shaina aún dormía, agradeció que así fuera, de lo contrario hubiese notado el olor corporal de Milo en ella, y eso significaba que nada bueno sucedería. Se apresuró a adentrarse en el cuarto de baño, era menester tomar una ducha. El agua tibia le daba una sensación de relajo, recorriendo cada centímetro de piel, inevitablemente pensó en todos los besos y las caricias propinados por el santo del escorpión, su manera de poseerla, los sonidos guturales de parte del griego… todo en él era erotismo.
Salió del baño envuelta en una bata, peinando su cabello mojado cuando…
-Bellas horas de llegar-.
-¡Shaina!- segundo sobresalto del día, ¿cuantos más iba a tener?
-¿Esperabas que fuera alguien más?- la italiana se encontraba en la pequeña mesa tomando su desayuno.
-¿Hace cuánto que despertaste?- respondió Marin con otra pregunta. Shaina se encogió de hombros.
-Te sentí llegar, pero no estaba despierta del todo hasta que escuché la ducha-.
Marin asintió una vez y continuó peinándose.
-¿Qué tal estuvo la fiesta?- preguntó la amazona de la cobra con interés. Marin se tensionó.
-La fiesta… - la pelirroja se aproximó a la mesa para tomar alguna fruta del tazón ubicado en el centro, buscando disimular su estado. –Estuvo… interesante-.
-¿Ya? ¿Eso es todo?- pensó la cobra frunciendo levemente el entrecejo, extrañada. Si bien no esperaba que su compañera de armas le hablara con lujo de detalle sobre el acontecimiento, tampoco esperaba una respuesta tan escueta. Pero entonces, la italiana enarcó una ceja al notar algo.
-No lo dudo- mencionó con picardía, ahora era Marin quien la miraba raro. –Al parecer llegó a ponerse salvaje para alguien- Shaina removió algunos mechones de cabello mojado, pegados en el cuello de su compañera. Algo hizo clicen la mente de Marin, quien a paso acelerado se metió de nuevo al baño, haciendo que Shaina riera divertida por su reacción.
Otra vez en el cuarto de baño, Marin se acercó al pequeño espejo de la pared y se acomodó mejor su cabello, dándose cuenta de que en el lado derecho de su cuello reposaba una mancha morada, el recuerdo de los múltiples besos de Milo en esa parte de su anatomía llegaron como relámpago a su memoria.
-Jamás imaginé que Aioria fuera de esos hombres que les gusta marcar a sus amantes- escuchó hablar a la italiana.
-Si supieras Shaina- pensó Marin. Para ese momento se había quedado contemplando su imagen nada más, sus ojos se habían perdido en un punto inexistente, decidió dar media vuelta sin quitar la vista de su reflejo y salir del baño.
-Iré a dormir un poco- comentó al salir del lugar.
-¿No vas a desayunar antes?- la cobra se viró hacia ella.
-No, prefiero descansar… lo necesito- y sin decir más, ingresó a su habitación, cerrando la puerta tras de sí. Shaina se quedó viendo hacia algún punto en la estancia para luego elevar sus cejas, como restando importancia a lo que sucedía con la amazona del águila, y continuó bebiendo de su taza de café.
Marin se recostó en su cama, acomodándose de medio lado y abrazándose a sí misma. Aún podía sentir el sabor de los labios de Milo sobre los suyos, empezó a darles caricias con sus dedos y, con ese recuerdo, se quedó dormida.
FIN
Infinitas gracias a los que le dieron una oportunidad esta rara historia, que no es precisamente de romance pero sí habla de algo que le puede suceder a cualquiera. En lo personal, me gustó como quedó, aunque no estoy muy convencida del lemon, pero son ustedes los lectores quienes tienen la última palabra y por lo tanto, esa es la que vale. Espero lo hayan disfrutado, así como yo disfruté imaginando y haciéndolo.
Pásenla bien.
