Disclaimer: La historia original de Ranma ½, sus personajes y sus derechos pertenecen a la grandiosa Rumiko Takahashi, quien nunca nos complació con un beso real entre nuestros protagonistas, por lo que todos nos hemos visto obligados a hacer catarsis y canalizar nuestros deseos frustrados a través de estas historias. No pretendo hacerme millonaria ni lucrar de esto, simplemente entretener a los lectores y homenajear a la gran —aunque cruel— Rumiko.
Secret Santa
(Akane)
Miro mi reloj por quinta vez en menos de quince minutos y, por quinta vez en menos de quince minutos, bufo y ruedo los ojos.
El tren se ha retrasado. Aunque, si soy sincera conmigo misma, no es eso lo que me tiene tensa. En realidad, lo que me ha estado crispando los nervios desde hace algunos días es el hecho de que ahora mismo podría estar de camino a Sapporo para pasar unas fiestas divertidas y diferentes gracias al equipo del programa de televisión en el que trabajo como asistente de producción. Y, sin embargo, estoy de camino a Nerima para pasar una maravillosa y blanca Navidad en familia. Nótese el sarcasmo.
No, no soy El Grinch. No, no odio a mi familia. No, tampoco siento rechazo por la Navidad, pero lo que sí me genera resquemor e incluso cierta urticaria en la parte baja del cuello es tener que lidiar con ciertas personas en ciertas situaciones durante cierta época del año...
¿De qué personas hablo? Pues, de cierta castaña de impecable corte bob y de cierto pelinegro de maravillosos ojos azules y cejas de ensueño. ¿Qué? El hecho de que Ranma Saotome me crispe los nervios no significa que no pueda apreciar su belleza masculina. Porque sí, Ranma es bello, y ya no tengo por qué actuar como si no lo fuera, o como si yo fuera inmune a sus encantos, cuando, evidentemente, no lo soy. Ya tengo veinticuatro años, así que ¿para qué engañarme a mí misma?
Volviendo al tema… sí, Nabiki y Ranma son dos personas a quienes preferiría no tener que ver este diciembre. A él, porque la última vez que nos vimos fue, precisamente, hace un año para las fiestas de Navidad… ¿por qué? Bueno, es que, entre mi trabajo como asistente de producción para un programa de turismo nipón y su carrera de artista marcial, tenemos muy pocas ocasiones para coincidir cuando visitamos el dojo de mi familia. El caso es que la última vez que lo vi fue el diciembre anterior y vaya fiasco. Ranma se portó peor que nunca conmigo, y todo por culpa de ese maldito intercambio.
¿Por qué no quiero ver a mi hermana? Porque ella es el artífice de todo esto, la autora intelectual de este disparate, la mano que mece la cuna, la directora de orquesta, ¡la maestra de ceremonias del circo en el que se ha convertido la Navidad de los Tendo y de los Saotome! Y todo por culpa de ese maldito intercambio. Sí, a eso me refería cuando antes dije ciertas situaciones… a ese nefasto intercambio que Nabiki decidió hacer hace un par de años y que se ha instaurado como una tradición familiar inquebrantable, ¡y todo para ahorrarse unos yenes! Lo peor de todo es que ella ni siquiera lo necesita, si desde que se graduó de la universidad y la contrataron en esa empresa para la trabaja, gana más dinero que todos nosotros juntos.
Sí, ya sé, todos se están preguntando qué puede tener de malo un secret santa familiar. Yo les voy a decir que: cada año, Nabiki se las arregla para que los emparejamientos sean siempre los mismos, muy a su conveniencia y a mi absoluta inconformidad. ¿A qué me refiero? Bien, voy a explicárselos a detalle, porque creo que la situación lo amerita.
Desde que inició la tradición, solo dos personas de la familia han sido mi secret santa. Una de esas personas es Nabiki, que siempre consigue hacerme los regalos más vergonzosos del planeta. Por ejemplo, hace dos años me regaló un juguete sexual (prefiero no decir cuál) con la excusa de que yo llevaba mucho tiempo soltera y seguro tenía mis necesidades, ¡y eso lo dijo frente a toda la familia! Porque sí, abrí el maldito regalo frente a toda la familia… pero ¡¿yo qué iba a saber que la degenerada de mi hermana iba a regalarme un vibrador?! Ay, ya dije que era. Sí, me regaló un vibrador de doble función, suspiros. También estuvo el año en el que me regaló una suscripción para una página paga de citas, en la que expertos de todo el mundo se comprometían a encontrar a tu media naranja; ese año la excusa fue que la única forma en la que yo conseguiría un tipo que me soportara sería si le pagaba a alguien para que se esforzara en encontrarlo. Y ni qué decir de la vez en la que apareció con conjuntos de lencería carísimos y exageradamente sensuales, alegando que no debía olvidárseme que yo era una mujer, y que tal vez si usara prendas así me sentiría sexy y con eso atraería a algún hombre…
Y aparte de Nabiki, solo otra persona me ha regalado. Sí, así es, de los seis intercambios navideños que hemos realizado hasta ahora, solo dos personas distintas me han regalado. ¿Ven por qué digo que todo está arreglado, que es un circo, que Nabiki es el artífice de esto? Esperen, ¿en serio hace falta que diga quién ha sido la otra persona que me ha regalado? Por supuesto que no es otra que Ranma Saotome, un hombre que no sabría elegir un regalo adecuado para una mujer ni aunque su vida dependiera de ello.
Porque si Nabiki se ha encargado de avergonzarme frente a la familia y aclarar (por si alguien tenía dudas) que yo soy una mujer con necesidades, Ranma ha hecho su labor de demostrarme lo poco que me aprecia y lo mucho que disfruta burlarse de mí. Los regalitos que el señor Saotome me ha hecho son: un curso de maquillaje, para que aprendas a mejorar tu apariencia, una suscripción a clases de pilates, para que te pongas en forma; y por si todo lo anterior fuera poco, el año pasado tuvo la osadía, el tupé, el mal gusto, ¡la displicencia! de regalarme dinero. Sí, sí, dinero. Efectivo. En un sobre blanco con mi nombre escrito a lápiz. Lá-piz. Ni siquiera bolígrafo, lápiz. Feliz Navidad, Akane, me dijo con su estúpida y atractiva voz de barítono, espero que con esto puedas comprarte algo que te guste.
Todavía no sé qué me ofende más: el hecho de que Ranma me haya regalado dinero o que no entendiera por qué estaba mal hacerlo, lo cual puede significar que (1) se le olvidó comprarme un regalo, (2) no le interesó buscar algo que pudiera gustarme, (3) creyó que estoy corta de efectivo y quiso echarme una mano. En cualquier caso, el gesto me pareció terriblemente inapropiado.
Y lo más triste de todo es que el año pasado yo fui su secret santa y le regalé unos audífonos inalámbricos resistentes al agua y el sudor para que pueda usarlos mientras entrena. Recuerdo habérselos entregado con toda la ilusión de saber que seguramente iban a gustarle, y además con la intención de hablar con él luego de la cena de Navidad para confesarle que me gustaba… hasta que el muy ordinario dijo que él también era mi secret santa, y me entregó ese sobre horroroso.
Alexa, reproduce Last Christmas de Wham!
Mmm no, mejor no. Alexa, reproduce Last Resort de Papa Roach... ahora sí.
Sorprendentemente, el resto del trayecto en tren y luego en taxi a mi casa se me hace más corto de lo que esperaba, y más pronto que tarde estoy frente a las puertas del dojo Tendo.
Olvido mi mal humor en el momento en el que cruzo la puerta de la casa y mis sobrinos me reciben llamándome «tía Kane» a los gritos, para luego colgarse de mis brazos y mi cuello. Cuando Kasumi nos dijo que ella y Tofu estaban embarazados, nadie imaginó que tendrían gemelos. Kenji y Aiko me dicen que me echaron de menos y yo los lleno de mimos y besos, comentando que yo los extrañé mucho más.
Mi padre no tarda en aparecer. Como siempre que vuelvo a casa tras un tiempo fuera, rompe a llorar al estrecharme en sus fuertes brazos y decirme que este tiempo lejos de mí ha sido casi insoportable, y que no había día en el que no pensara en mi retorno a casa. Los niños comparten miradas cómplices y divertidas al ver al abuelo llorar, pero ninguno dice nada al respecto. Yo intento no reírme mientras abrazo a mi padre y le digo que también lo eché de menos.
Mientras sigo adentrándome en la casa, continúan los saludos. Kasumi y Tofu me abrazan y me felicitan por el éxito del programa en el que trabajo, al tiempo que me hacen preguntas sobre los próximos destinos que visitaremos. Tras responder a todas las interrogantes, subo a mi habitación, o a la que fue mi habitación, para dejar mis cosas y volver a bajar, pues los Saotome ya llegaron a la casa y me esperan.
Tanto Nodoka como Genma me saludan con cariño, aunque ella es mucho más efusiva y cariñosa. Qué guapa estás, Akane, me dice Genma; ¡estás preciosa! agrega Nodoka. ¡Debes tener muchos pretendientes! dice él; ¡seguro no te será fácil elegir! añade ella. ¿Ya te echaste un novio? Preguntan los dos. Un gruñido a sus espaldas me hace mirarlos por encima del hombro. Estoy a punto de agradecer la interrupción, cuando me doy cuenta de que se trata de él.
Sentado en uno de los sillones de la sala, con el tobillo izquierdo apoyado sobre la rodilla derecha y una revista en la mano, Ranma se aclara la garganta una vez más, cuando sus padres me preguntan si no he conocido a algún hombre especial que me interese. Está usando jeans negros, un suéter de lana rojo oscuro y calcetines con motivo navideño. Fácilmente podría ser el modelo de alguna tienda por departamentos que anuncia sus ofertas de Navidad.
—Hola, Ranma —lo saludo de forma casual—, ¿qué tal estás?
Él cierra la revista que está leyendo y la deja sobre la mesa de café. Acto seguido se pone de pie y camina hacia mí, mientras me mira sin ninguna expresión en particular.
—Pues, ahora que llegas, me doy cuenta de que no tan bien —comenta en tono de reproche—, a mí no me recibieron con tantas atenciones ni tantas preguntas…
Mejor, pienso yo. No creo que quieras que te pregunten si ya conociste a una mujer especial con la que quieras casarte.
—Eso será porque tú pasas más por aquí que yo —le comento.
Él asiente con la cabeza. Ranma ya no vive en el dojo Tendo, pero lo frecuenta mucho, probablemente porque le trae recuerdos de su adolescencia y de otros tiempos.
—¿Qué tal el trabajo? —Me pregunta con interés—. Me gustó el último programa, el de Yamanashi.
—Ah, sí —recuerdo la filmación en los viñedos, con el Monte Fuji de fondo, y sonrío—, es un sitio precioso. Y además se toma muy buen vino.
Él alza una ceja y me mira con interés.
—¿Vino? Vaya, no sabía que supieras de vinos —comenta con una mezcla de curiosidad y sorpresa—, ni siquiera sabía que tomaras alcohol.
—Hay muchas cosas de mí que no sabes, Saotome.
Decido guiñarle un ojo para ver su reacción. Ranma parece todavía más sorprendido que antes, pero ahora hay algo más en su mirada. No tengo tiempo de averiguar qué es, pues el sonido de tacones altos nos hace voltearnos para mirar a la recién llegada. Nabiki hace presencia vistiendo un elegantísimo vestido de Dior o Louis Vuitton o alguna casa de modas francesa de alta costura. A juzgar por lo que lleva puesto y por la hora a la que está llegando, parece venir de la oficina.
—¡Oh, pero si han llegado ya! —Exclama mirándonos—. ¡La pareja favorita de Nerima vuelve a encontrarse! Espero que Kasumi no haya olvidado poner muérdago debajo de los marcos de las puertas.
Cruzo mis brazos y la miro como si fuera la persona menos graciosa del mundo. Ranma solo deja salir un suspiro. Nabiki se acerca a nosotros y aprovecha para abrazarnos al mismo tiempo, haciendo que Ranma y yo quedemos muy cerca el uno del otro. Puedo sentir su mano grande posarse en mi cintura mientras corresponde al abrazo grupal, y su perfume amaderado invade mis fosas nasales. ¿Desde cuándo Ranma usa perfume? No lo sé, pero me gusta. Huele bien.
—No sé por qué presiento que este año será distinto, muy especial —dice Nabiki y nos da una palmada en la cabeza a cada uno.
Ruedo los ojos y la ignoro, intuyendo por dónde vienen los tiros. Si lo dice porque es ella quien me regala, no quiero ni imaginar lo que ha planeado. Si lo dice porque quien me regala es Ranma, apaga y vámonos.
Aunque, si lo pienso bien, ¿qué puede ser peor que un sobre blanco con dinero y mi nombre escrito con lápiz? Nada, ¿verdad? Ranma ya tocó fondo, así que cualquier cosa que me dé este año, será un upgrade considerable.
(Ranma)
Por supuesto que no estoy nervioso. ¿Por qué habría de estarlo? Estoy en mi casa… vale, no estoy en mi casa, pero estoy en la que fue mi casa por muchos años, con mi familia, pasando las fiestas en un ambiente cálido, ameno y distendido. Hay calefacción, buena comida, música navideña, niños felices correteando de aquí para allá, y deliciosa comida, ah, ¿ya lo dije? Es que Kasumi de verdad cocina muy bien. Pero ese no es el punto, el punto es que ¿por qué habría de estar nervioso?
¿Cómo? ¿Por la visita? ¿Cuál visita? El maestro Happosai no viene este año. Él y Cologne han ido a China a pasar las fiestas allá. Sí, a mí también me sorprendió la noticia de su noviazgo. Noviazgo... ¿puede llamarse así aun cuando los involucrados deben tener más de doscientos años si combinas sus edades? A mí me parece un poco ridículo, la verdad, pero supongo que siempre he sido algo prejuicioso con ciertos temas. Pero no pueden culparme, quiero decir, ¿es que acaso alguien se imagina a una pareja de novios de la tercera —o la séptima— edad? Yo desde luego que no, hasta que los vi juntos. Nunca olvidaré ese día, y no por la noticia como tal, sino porque recuerdo que Nabiki me preguntó si creía que Cologne y Happosai tenían sexo… jamás había sentido tantas náuseas en mi vida.
¿Qué? ¿No es esa visita? ¿Entonces cuál…? Ah, esa. Se refieren a Akane. No, no estoy nervioso por volver a ver a Akane después de un año, ¿por qué habría de estarlo?
Tal vez porque la última vez que la viste estuvieron a punto de asesinarse…
Bueno, tampoco así. No fue tan grave.
O tal vez porque no te disculpaste con ella en ningún momento por haberle hecho ese regalo tan patético, ni la llamaste ni le escribiste durante doce meses…
Vale, sí, eso… eso puede ser. Pero ¿qué podía hacer? ¡Si los últimos regalos del intercambio no le habían gustado! Ya no sabía qué hacer, así que pensé que tal vez, si le daba dinero y ella se compraba algo con eso, algo que verdaderamente le gustara, me lo agradecería y pensaría en mí cada vez que lo usara… pero el remedio fue peor que la enfermedad.
Los años anteriores he querido hacerle un regalo especial a Akane, pero no me han venido buenas ideas a la cabeza. Por eso, cuando Nabiki se ofreció a ayudarme a elegir algo, le dije que sí. El primer año, me dijo que como Akane estaba trabajando en el gremio televisivo, lo mejor sería obsequiarle algo de maquillaje para que pudiera aprender a usarlo y resaltar sus rasgos ante las cámaras, en el caso de que la chica decidiera dejar atrás la producción para ser conductora. Pero cuando se lo entregué y ella leyó la tarjeta, estuvo a punto de lanzarme el regalo en la cabeza.
Quizás porque la elección de palabras no fue la adecuada… bien, tal vez no debí haber escrito «para que mejores tu apariencia».
La siguiente vez que fui su secret santa, Nabiki me dijo que Akane estaba deseando retomar el ejercicio y el deporte, pero que cada vez tenía menos tiempo para ponerse a ello, y sentía que estaba perdiendo su condición física. Así que busqué alguna clase en el gimnasio que a ella pudiera interesarle, y pilates me pareció una buena opción porque tenía horarios flexibles y las sesiones no eran tan largas. Pero Akane también odió ese regalo.
Quizás porque la elección de palabras no fue la adecuada… bien, tal vez no debí haber escrito «para que te pongas en forma» en la tarjeta. Quise decir para que mantengas la condición, porque Akane no necesita ponerse en forma. Ella ya está en forma, y en qué forma...
Y el año pasado, que volví a ser su secret santa, decidí que lo mejor sería simplemente darle dinero para que ella pudiera comprarse algo especial y bonito que le gustara. Y así, cada vez que le diera uso, me recordaría. Pero Akane se mostró todavía más ofendida e insultada que en los años anteriores. ¡Y además me acusó de haber escrito su nombre con un lápiz! ¿Qué tiene eso de malo? Busqué en Google si era una descortesía escribir los nombres de las personas a lápiz, pero no encontré nada al respecto...
El caso es que, hasta ahora, Akane ha odiado todos mis regalos. Y, por ende, a mí. Y como si la vida disfrutara de torturarme con sus juegos y casualidades (la vida = Nabiki), este año también me ha tocado Akane para el intercambio navideño.
Cuando recibí el correo del sorteo y vi su nombre, no me sorprendí, pero recuerdo que mi corazón se aceleró ante la oportunidad de volver a decepcionarla. Porque sí, eso fue lo primero que pensé, que otra vez metería la pata hasta el fondo con ella, haciendo que la distancia que ya existía entre nosotros desde hacía años fuera todavía más fuerte.
Cuando escucho que los niños corren a la puerta a recibir a la persona que acababa de llegar, no me inmuto, pensando que se trata de Nabiki. Pero cuando los escucho chillar «tía 'Kane», me tenso en mi lugar en el sillón e intento que no se me note. Cojo una revista de la mesa para parecer casual y no me levanto a recibirla. Por supuesto, mi papel indiferente no dura demasiado, ya que ella pronto entra al salón a saludar a mis padres.
Como cada vez que la veo, Akane siempre consigue robarme el aliento. Es increíble el poder que tiene sobre mí sin saberlo, pero es todavía más sorprendente que siempre consigue verse más guapa que la vez anterior. ¿Cómo lo hace? Lo más inaudito de todo es que, a pesar de ser una mujer realmente bella, no sale frente a las cámaras en ese programa de televisión sobre turismo en el que trabaja, pero bien podría hacerlo, pues es mucho más guapa que los dos presentadores. Sin embargo, Akane prefiere estar detrás de las cámaras coordinando la producción del show.
Después de escuchar como mis padres la incordian con preguntas invasivas sobre su vida romántica —preguntas ante las cuales me tenso, pues no soporto la idea de que Akane pueda llegar un día con la noticia de que tiene novio— nos saludamos y charlamos de forma casual hasta la llegada de Nabiki, quien me mira de arriba abajo con mucho interés debido a que este año no le he pedido ayuda para comprar el regalo.
Nabiki nos deja y alega que tiene que charlar unos asuntos importantes con Soun, pero dice que se alegra de vernos. Luego se marcha tarareando la canción navideña Santa Baby. Akane y yo nos quedamos solos nuevamente, pero no sé por cuánto tiempo, pues en esta casa es imposible tener intimidad.
Aprovechando que la tengo frente a mí, dedico unos segundos a observar y absorber la belleza de sus facciones. Está usando una camiseta blanca y un cárdigan ancho blanco hueso con diseños de Mickey Mouse, que seguramente compró en la visita a Disney Tokio que hizo este año.
—¿Ya compraste tu regalo para el secret santa? —Me pregunta sin mucho interés, como si realmente no le importara la respuesta.
—Sí, ¿y tú?
—También, hace varios días ya.
Silencio. Juego con mis dedos, nervioso, intentando que no se me note que el regalo que he comprado es para ella. No hay manera de que Akane se dé cuenta de ello, pero por algún motivo, siento que va a descubrirme en cualquier momento.
—¿Estás bien? —Me pregunta y me mira con el ceño fruncido—. Pareces… nervioso.
Yo niego con la cabeza y esbozo una sonrisa casual para restarle importancia, alegando que solo estoy un poco estresado por el tráfico de diciembre y por mis próximos combates. Tras decirlo, me doy cuenta de que sueno como un idiota. ¿El tráfico de diciembre? ¿En serio?
Akane me mira como si no me creyera una sola palabra, pero no dice nada. Asiente con la cabeza y me dice que irá a preguntarle a Kasumi si necesita ayuda con algo. Yo le digo que es un gusto verla, ganándome otra mirada extrañada por parte de ella, pero al menos me responde un igualmente escueto y casual.
Dejo salir una bocanada de aire cuando Akane desaparece, e intento tranquilizarme diciéndome que todo va a salir bien. Y no, no me refiero a los próximos combates, porque no es eso por lo que estoy nervioso. Porque sí, estoy nervioso, ¿vale? Lo estoy y ya no tiene caso negarlo.
¿En serio es necesario que les diga por qué? Suspiros. Vale.
Estoy nervioso porque el regalo que compré para el intercambio no es lo único que pienso darle a Akane esta Navidad.
(Akane)
Tras un par de días de maravillosa, armoniosa y pacífica convivencia familiar —no, no estoy siendo sarcástica— llega Nochebuena. Ranma y yo, que desde que nos independizamos vivimos en Tokio, él solo y yo con dos de mis amigas de la universidad, nos estamos quedando en el dojo. Nabiki, aunque está de vacaciones, va y viene, pues prefiere dormir en su apartamento.
Luego de la cena y de la sobremesa, mi hermana anuncia que es hora de la esperada tradición anual. Yo intento que no se note lo mucho que odio el intercambio, pues sé que a mi padre y a Kasumi les hace mucha ilusión. De hecho, es mi hermana mayor quien empieza, describiendo a la persona a quien le ha tocado regalarle este año, para que todos adivinemos quién es. Se trata de Nodoka, quien parece emocionada por descubrir qué le ha comprado Kasumi.
Tras abrir su regalo y agradecerle a mi hermana con un fuerte abrazo, es el turno de Nodoka de describir a la persona a quien le regala. Es mi padre, que no puede contener las lágrimas porque es la primera vez que Nodoka le regala en un intercambio. Ella le seca las lágrimas y le explica por qué ha elegido ese obsequio para él. Tras el llanto y los abrazos, papá anuncia que es su turno de entregar su regalo. Lanza una frase que no deja nada a la imaginación:
—Bueno, la persona a quien debo regalarle es alguien a quien admiro y respeto mucho. Y me encantaría que algún día pudiera llegar a ser mi yerno.
Oh, me pregunto quién será…
—Gracias, Soun —dice Ranma poniéndose de pie y acercándose a mi padre para recibir el regalo y abrazarlo. Puedo ver que le susurra algo al oído, pero como lo hace en voz baja, no puedo escuchar qué es. En cualquier caso, las lágrimas vuelven a asomarse en los ojos de mi padre, al tiempo que abraza a Ranma con mucha más fuerza y le dice, entre sollozos, que nada lo haría más feliz que eso. Frunzo el ceño. ¿Qué es eso?
Cuando Ranma vuelve a tomar asiento junto a mí en el sofá, lo observo y noto que parece nervioso. Yo también lo estoy, o al menos tensa, porque estoy segura de que es mi secret santa. Ha estado actuando raro en los últimos dos días y eso solo ocurre cuando es a mí a quien le regala, probablemente porque sabe que está a punto de meter la pata.
No puedo evitar ponerme a la defensiva y cruzar mis brazos, preparándome para que una vez más me ofenda frente a toda la familia. Pero este año he decidido no darle el gusto de verme molesta o dolida; simplemente haré como si el regalo me fuera indiferente, como todo él. O al menos como intento —sin éxito— que todo él me sea indiferente.
—Este año… la persona a quien le regalo es…
—Debes describirla —lo interrumpe Nabiki—, no puedes omitir esa parte, cuñadito.
Intento no rodar los ojos. A pesar de que ya no hay nada que me ate a Ranma, a pesar de que cada uno ha seguido adelante con su vida, ella sigue llamándole así.
Ranma suspira y asiente con la cabeza, mientras posa sus ojos en la pequeña cajita que tiene en la mano.
—Es una persona muy inteligente. También es dulce, buena, amable… aunque también tiene un carácter jodi… —parece darse cuenta de que está a punto de decir una palabrota, así que se interrumpe a sí mismo—, tiene mucho carácter. —Completa, haciendo que todos sepamos de quién habla—. Pero también tiene un corazón de oro y una belleza interior al alcance de muy pocos.
En otro momento de mi vida, me hubiera enfocado en que habló específicamente de la belleza interior y no de la exterior, como si quisiera decir que no soy bella —porque sí, sé que está hablando de mí—, pero en aquel momento solo puedo pensar en todas las cosas buenas que dijo de mí. En lo que dijo… y en la forma en la que me ha mirado de reojo al hablar. Tal vez lo esté imaginando, pero podría jurar que hay… algo diferente en su mirada.
Nadie dice nada, probablemente porque están todos tan sorprendidos como yo ante aquel episodio de sinceridad por parte de Ranma. Él, sin esperar que alguien haga o diga algo, se gira hacia mí y me entrega el paquete.
—Feliz Navidad, Akane.
Cojo el regalo sin dejar de mirar a Ranma. No, no es mi imaginación, hay algo distinto en su forma de mirarme, algo especial, algo que durante años deseé encontrar. Una parte de mí se pierde en la intensidad con la que esos ojazos azules me miran, pero otra es consciente de que nuestras familias nos observan y esperan que yo abra el regalo. Y como yo no aprendo nunca y me tropiezo mil veces con la misma piedra, por primera vez durante los últimos días guardo la esperanza de que este año Ranma no me ofenda ni me avergüence frente a todo el mundo.
—Espero… que te guste.
¿Es eso timidez en su voz? Intento no parecer demasiado nerviosa y asiento con la cabeza, ante la atenta mirada de los Saotome, los Tendo y los Ono. Retiro el envoltorio y descubro una pequeña caja blanca con el nombre de una reconocida marca internacional de joyería grabado en la parte superior. Miro a Ranma atónita, intuyendo lo que puede haber dentro de la caja. ¿Podría ser…? No… es que no… ¿Podría ser que por primera vez compró un regalo decente?
Antes de que alguien note que me encuentro patidifusa, abro la caja. En el interior hay un precioso brazalete con un dije colgante de estrellas y una luna durmiente. No hace falta que diga nada, no hace falta que contextualice el regalo, no hace falta que me entregue una tarjeta que explique por qué eligió ese dije de todos los que la tienda tiene para ofrecer… porque entiendo el guiño.
—¿Qué te ha regalado, Akane? —Preguntó mi padre intentando ver lo que hay en el contenido de la caja.
—Una pulsera —mi voz sonó distinta incluso para mí.
Intento que nadie lo note y les muestro a todos el regalo de Ranma. Mientras la familia lo contempla con emoción, yo dirijo mis ojos a él. Todavía me mira de aquella forma en la que parece estar diciéndome —no— gritándome algo. Y por primera vez en mi vida, bajo las barreras para que mis ojos le digan lo que mi boca todavía no ha sabido poner en palabras. Él parece entenderlo.
Los recuerdos de nuestra última noche juntos en el tejado inundan mi mente.
Este es mi momento favorito del día, me dijo que aquella vez que contemplábamos las estrellas y una preciosa luna creciente que nos sonreía desde el cielo.
¿Por qué? Recuerdo haberle preguntado con interés. ¿Por las estrellas?
Porque puedo verlas contigo.
Aquella noche lejana parece haber ocurrido en otra vida. Ranma y yo tendríamos dieciocho años cuando me dijo eso después de una semana muy dura. Fue lo más cerca que estuvo de demostrar que sus sentimientos hacia mí eran más que amistosos o fraternales.
—Es una luna preciosa —dice Nodoka.
—Las estrellas también están hermosas —añade Kasumi.
Tengo que sepultar mis ganas de preguntarle por qué ha elegido este regalo, pues todavía debemos continuar con el intercambio.
—¿Te gusta? —Me pregunta con interés.
—Es precioso, Ranma —contesto sincera—, me encanta. Gracias.
—Es tu turno, Akane. —La voz de mi padre me trae de vuelta a la realidad—. ¿A quién le regalas? ¡Recuerda que debes describir a la persona!
Yo asiento con la cabeza, eligiendo las palabras adecuadas para describir a Tofu.
(Ranma)
Decir que estoy satisfecho por el regalo que le he comprado a Akane este año, es decir una verdad del tamaño de una catedral.
Decir que estoy emocionado… es quedarme corto.
Conozco a Akane como si se tratara de mí mismo. Conozco sus gestos, sus miradas, sus tonos, sus expresiones, sus modos y formas. Sé cuándo algo no le ha gustado, cuando está intentando disimular, cuando está incómoda, cuando está a punto de decir algo impulsivo. Sé qué cosas la inquietan y cuáles la emocionan. Sé tanto de ella, que casi puedo jurar que no me he equivocado.
Y no me refiero a la elección del regalo, sino a su forma de mirarme. Porque sé que entendió la referencia, y eso solo significa que no he estado queriéndola solo durante todo este tiempo.
Tras el intercambio, compartimos galletas y chocolate caliente, acompañados de anécdotas familiares sobre navidades pasadas y hermosos momentos compartidos. La charla se prolonga hasta que poco a poco cada uno de los miembros de la familia va despidiéndose para irse a la cama.
Akane hace lo propio, y yo no la detengo. Sé que los últimos meses han sido agotadores para ella y es normal que necesite descansar. Además, es probable que también necesite pensar en lo que significa el regalo que le di. Yo mismo necesito pensar qué voy a decirle, tomando en cuenta que cuando le entregué el regalo me pareció ver en sus ojos lo que durante años he estado deseando e imaginando.
Como es de esperarse, me cuesta conciliar el sueño. Cuando finalmente me quedo dormido, sueño con Akane.
Me despierto en la madrugada por culpa de un ronquido de mi padre. Había olvidado lo poco que echaba de menos compartir habitación con él. Una vez despierto, y con sus ronquidos sonando por toda la habitación, no puedo volver a dormirme. Doy vueltas en la cama, pero es inútil, no hay manera de que pueda volver a conciliar el sueño. Me giro para coger mi móvil y ver la hora. Cinco y veinte de la mañana. Suspiro. Me incorporo y salgo de la cama con intención de bajar a tomar un té o algo así, dudo mucho que vuelva a darme sueño por lo pronto.
Me detengo en el umbral de la puerta, pues Akane está en la cocina. En mis fantasías, yo bajo a la cocina a mitad de la noche y me la encuentro usando un sensual y diminuto pijama de satén de dos piezas que deja sus piernas y el inicio de sus nalgas al descubierto, o tal vez una bata medio transparente que dibuja sus deliciosas formas femeninas, pero la realidad es otra. Akane está usando un pijama de pantalón y manga larga, con motivo navideño. Su pelo, que ya le llega a la altura de los hombros, está atado en una coleta. A pesar de que no hay piel expuesta, se sigue viendo preciosa.
—¿No puedes dormir?
Akane da un respingo que hace que las manos le tiemblen y que la taza que tiene en la mano salte por los aires. Por suerte, sus reflejos rápidos la cogen en el aire, impidiendo que la taza caiga al suelo y se rompa.
—¡Qué susto me has dado! —Dice llevándose una mano al corazón—. ¿Qué haces aquí? Son las cinco de la mañana.
—Cinco y veinte, de hecho. —Contesto y me acerco a ella. Está preparando chocolate caliente—. Me despertaron los ronquidos de mi padre y no me pude volver a dormir.
Ella esboza una sonrisa y me mira con complicidad.
—A mí también.
—¿También te despertaron sus ronquidos?
Ella asiente con la cabeza.
—Sip, no es la primera vez, pero… no pude volver a dormirme. ¿Quieres chocolate?
Me disculpo con ella, que le resta importancia al asunto, y charlamos mientras el chocolate se prepara. Cuando está listo, Akane sirve dos tazas y me entrega una extendiendo su brazo hacia mí. Al hacerlo, me doy cuenta de que lleva puesta la pulsera que le regalé. Ella nota que la he visto y su rostro adquiere una tonalidad rosácea que me parece irresistible.
—Tengo algo más para ti —le digo recordando que su regalo está incompleto—, es parte de mi regalo de secret santa.
Ella parpadea confundida.
—¿Algo más?
—Dame un momento.
Vuelvo a la habitación e intento no hacer ruido cuando busco una pequeña bolsa de tela entre mis cosas. Bajo a la cocina y me encuentro con el rostro intrigado de Akane, que me mira como queriendo adivinar qué es eso que voy a darle. Me acerco a ella, que se ha sentado en la mesada de la cocina, y cojo su mano para entregarle la pequeña bolsita de terciopelo.
—Esto… también es parte de mi regalo.
Sus grandes ojos castaños me observan con tanta intensidad que tengo que obligarme a no besarla. Al final consigo mantener la compostura. Todavía no, primero necesito decirle todo.
Al ver que ella empieza a desatar el nudo de la pequeñísima cinta que ata la bolsa, comienzo a hablar.
—No te los entregué antes porque ya sabes cómo son de cotillas en la familia, y no quería que hicieran un escándalo. —Explico—. Además, quería hablar contigo primero.
Akane abre la bolsita y la voltea para vaciar su contenido en la palma de su mano. Son dos dijes o charms colgantes. Uno es un corazón y el otro es una letra, la R. Tras dedicarles varios segundos de su atención a sus dos nuevas adquisiciones, levanta el rostro y me mira. Casi puedo escuchar el latido de su corazón. Y digo casi porque el sonido del mío, que parece querer salírseme del pecho, no me permite oír nada más.
—Akane… no quería que pasara otro año sin decirte lo que siento por ti. —He planeado esta conversación en mi cabeza miles de veces, pero cuando empiezo a hablar, las palabras salen en otro orden—. Sé que durante todo este tiempo nunca he manifestado que te quiero, o al menos muy pocas veces, pero… yo… prácticamente desde que te conocí me… todas las bromas, los chistes, los insultos, las peleas, todo fue para disimular lo que siento por ti. —Me acerco a ella y noto que ha dejado de respirar. Tampoco parpadea—. Sabía que tú no sentías lo mismo, que yo no te gustaba y que no me veías de ese modo, así que intentaba llamar tu atención molestándote todo el tiempo. Pero, a medida que fueron pasando los años, me di cuenta de que tal vez tú no me veías así o no te atrevías a decirme lo que sentías por mí, si es que lo sentías, por la forma en la que yo te trataba.
Me quedo callado, sin saber cómo continuar. Aprovecho que ella tampoco dice nada para coger los charms de su mano y ponérselos en la pulsera, pero antes quiero explicarle el significado de cada uno.
—Quise… quise darte esto porque cada uno de estos dijes simboliza algo importante. Las lunas y las estrellas son el símbolo y el recordatorio de todas esas noches que pasamos juntos contemplando el cielo —le digo mientras paso mis dedos por ese dije—, este —señalo el corazón—, porque cada vez que estoy cerca de ti, mi corazón late con fuerza. —Cojo su mano y la llevo hasta mi pecho, para que ella pueda sentirlo—. La letra R, es para que me lleves contigo a donde vayas, y cuando te sientas sola o triste, cuando estés teniendo un mal día, puedas mirar tu muñeca y recordar que hay alguien que te adora.
Al estar tan cerca de ella, puedo notar que vuelve a respirar. La mano que hasta ahora había dejado inmóvil sobre mi pecho, se mueve unos cuantos milímetros, en lo que parece ser una caricia. Aquella es la motivación que necesito para continuar.
—Te quiero, Akane —al hablar, cojo sus dos manos y las acuno entre las mías—, y no quería que pasara otro año, otra Navidad... sin decírtelo.
Ella no dice nada durante lo que a mí me parece una eternidad. Por un momento, contemplo la posibilidad de que me rechace, de que me diga que ella no siente lo mismo, que solo me ve como un amigo o un hermano, que se ha enamorado de otro, que he llegado tarde. Pero ya no hay vuelta atrás, debo asumir su reacción como un hombre, sin echarme para atrás.
—Baka.
Eso es lo primero que me dice. No parece molesta.
—Te odio.
¿Por qué no parece molesta si me está insultando y diciéndome que me odia?
—¿Por qué? —Le pregunto sin entender—. Pensé que te había gustado el regalo.
—Me encanta el regalo, Ranma, pero te odio porque… el hecho de que me hayas regalado algo tan bonito como esto, significa que siempre tuviste la capacidad de elegir por ti mismo algo para mí, pero preferiste preguntarle a Nabiki, de todas las personas, y acabaste eligiendo esos regalos horribles que…
—Espera, ¿cómo sabes que le pregunté a Nabiki?
Ella suspira.
—Me lo dijo hoy. La acompañé al portal de la casa para cerrar con llave luego de que ella saliera, y me dijo que de haber sabido que tenías tan buen gusto, no te hubiera dado consejos todos esos años sobre qué regalarme…
Ella se calla y yo no digo nada más, sintiéndome un poco tonto por no haber seguido mi intuición o pensado un poco más en algo antes de preguntarle a Nabiki. Sin poder evitarlo, empiezo a reírme, haciendo que Akane haga lo mismo. Nos miramos con cariño sin dejar de reír, hasta que ella me entrega los nuevos dijes.
—¿Me los pones? —Extiende la muñeca que lleva la pulsera y me mira.
Yo sonrío.
—¿Eso… significa que…?
—Que yo también te quiero, tonto.
Me olvido de los dijes y me acerco a ella para tomar su rostro entre mis manos y besarla. Una parte de mí quiere comerse su boca con un beso apasionado, pero otra quiere besarla con amor y cariño, para disfrutar de sus labios por primera vez, demostrándole cuando la quiero. Cuando ella me corresponde de la misma forma, no puedo evitar sonreír al saber que esta es la mejor Navidad de toda mi vida. No tardo en abrazar la cintura de Akane al tiempo que ella rodea mi cuello con sus manos para atraerme más a su rostro y profundizar el beso. Nuestras bocas se reconocen como si se hubieran besado en vidas pasadas, y cada movimiento de nuestros labios y lenguas es acompañado por caricias y manos que recorren espaldas, brazos, cinturas, rostros.
—¿Me perdonas por haber esperado tanto tiempo? —Le pregunto entre besos.
—Síp —contesta ella y me besa el cuello—, pero por regalarme dinero en un sobre blanco, jamás.
Yo me rio en voz alta y Akane me recuerda que la familia sigue durmiendo.
—¿En serio fue tan malo?
—¡Por supuesto! —Dice ella y separa su rostro de mi cuello para mirarme—. Fue una forma de decirme que no quisiste dedicarle ni cinco minutos de tu vida a buscar un regalo para mí. Y encima escribiste mi nombre a lápiz…
Frunzo el ceño.
—¿Eso qué tiene…?
—Ahora no importa —Akane me interrumpe y vuelve a besarme—, pero después vas a tener que explicarme qué pasaba por tu mente cuando elegiste esos regalos.
Vuelvo a reírme y asiento con la cabeza antes de que nuestras bocas se unan otra vez en un beso cargado de pasión. Poco a poco vamos aumentando la intensidad, dejando en evidencia años de ganas acumuladas. Nos movemos por toda la cocina mientras nuestros cuerpos reclaman cada vez más y más.
—Todavía faltan varias horas para que se despierten —comenta ella casi sin aliento mientras yo me aventuro a devorar su cuello—, ¿quieres… ir a mi habitación?
¿Cuántas veces no he soñado con escuchar a Akane decirme aquellas palabras?
—Mmm —paso mi lengua por la piel de su cuello y la siento temblar—, de haber sabido que lo único que necesitaba para que me invitaras a tu cama era comprarte una pulsera, lo habría hecho hace mucho tiempo…
Akane se separa de mí y me mira con la boca y los ojos abiertos, como si no pudiera creer mi insolencia. De haber tenido dieciséis años, me hubiera dado un golpe.
—No te estoy invitando a mi habitación porque me compraste una pulsera —dice con el ceño fruncido.
Vuelvo a rodearla con mis brazos y le doy un dulce y romántico beso en la boca.
—Ya lo sé, preciosa —afianzo el abrazo para apretarla todavía más contra mí—, solo bromeaba.
—Pues, felicidades.
—¿Por qué? —Pregunto sin entender su comentario.
—Pues porque no sabía que las artes marciales te dejaban tiempo para asistir a la escuela de payasos —comenta con una sonrisa irónica—, y como me imagino es un gran reto balancear esas dos actividades, te felicito por hacerlo de forma tan exitosa.
Me tengo que obligar a aguantarme la risa si no quiero despertar a toda la familia. Con los años, Akane ha ido puliendo su sentido del humor, así que me es imposible no reírme de la mayoría de sus chistes, sarcasmos y burlas, incluso cuando muchos de ellas van dirigidos a mí. Supongo que yo también he pulido mi propio sentido del humor.
Dejo que Akane me guíe por las escaleras hasta llegar a su habitación. Cerramos la puerta tras entrar y me aseguro de ponerle el seguro. Todavía tenemos tiempo, pero no tanto como me gustaría. Ya pensaré en alguna excusa para sacarla de la casa y poder hacerle el amor por horas, como deseo.
Como si pudiera leer mi mente, Akane se cuelga de mi cuello y me besa con pasión, mientras susurra que quiere aprovechar cada segundo antes de que la familia se despierte.
Y cuando me posiciono sobre ella en la cama, solo puedo pensar en dos palabras.
Bendito intercambio.
¡Hola!
Esta historia es muy distinta a todo lo que he escrito hasta ahora por varios motivos. Primero, porque es un one-shot y nunca había escrito uno; segundo, porque es la primera historia que escribo como parte de un reto o una dinámica del fandom; tercero, porque es una categoría más casta que en la que suelo escribir. Pero me he divertido haciéndolo y creo que ha valido la pena. Por eso quiero agradecerle a Megami Akane, mi amiga y manager (en broma y en serio), por haberme motivado a unirme al reto que los chicos de Mundo Fanfic R&I crearon en su página de Facebook. Y también a Shojoranko, que se aguantó mis desvaríos y spoilers para esta pequeña historia. ¡Gracias!
Personalmente, adoro los secret santa y los intercambios navideños, en parte porque me gusta comprar regalos y en parte porque siempre es divertido y especial descubrir qué han elegido para ti.
Si has llegado hasta aquí, muchas gracias por leer. Para los que ya me conocen, nos vemos en Aviones de Papel, que ya está en sus capítulos finales.
¡Felices fiestas!
