NUBE
Ya en el alba la alta y delgada pelinegra había sido víctima de una terrible crisis de celos, cuando el rubio, aparentemente amable, le corrió la silla para que la omega se sentara y comenzara a desayunar junto con los demás. Ella ya se había parado de su asiento y se dirigía a su Bonnie cuando el flacucho mismo hizo lo que ella quería, y para el colmo la princesa le devolvió una hermosa sonrisa como agradecimiento.
Como había perdido la batalla, dramáticamente mirando a la chica que distraídamente revolvía su comida, se desplomó en su asiento y bufó exageradamente buscando la atención lejana y perdida de su chica. Pero no lo hizo, y no sabía el porqué, tal vez eran las ruidosas voces de los alfas que charlaban en la mesa y eso no dejaba que la otra escuchara sus lamentos. Es por eso que zapateó con fuerza contra el suelo.
Captó la atención de algunos alfas, que volvían a lo suyo poco después, pero nunca la de Bonnibel. Hasta Finn dejó de platicar cuando un trozo de pan cayó por equivocación en él.
—¿Tienes algún problema mental o sólo eres idiota? —Dijo mismo rubio y la miró entrecerrando sus ojos.
—¿Idiota? Idiota serás tú, renacuajo —Murmuró. Y comenzó a ignorar al rubio para continuar con lo que hacía, más precisamente el teatro desvergonzado dirigido única a su extraña chica.
—¿Y por qué sigues desperdiciando el pedazo duro de pan? —Escupió.- puedes matar a alguien con ese viejo pan…
—¿De qué hablas? Este pan yo misma lo traje tempranito de la panadería, la mejor de todo occidente —Replicó cuando sintió la risa burlesca del joven ubicado al frente suyo, compartiendo aires con su chica. Aire y espacio que ella tenía que compartir con la rosa.
El chico abrió la boca para seguir con su parloteo contra la cosas más insignificantes que se encontraban asentadas sobre el reino, pero la voz de su padre lo hizo cerrar la boca como todo buen perro amaestrado.
—¿Listos para la aventura? —Dialogó simpático el rechoncho rey, para bajar más la esperanza de Marceline, esa frase hizo que la princesa dejara de jugar con su plato de comida para observarlo.- princesa, le aconsejo que empaque sus mejores libros para que no se aburra —Sonrió al tanto de los gustos de la princesa.
—Lo tendré en cuenta, su Majestad —Respondió de la misma manera y sonriendo giró su vista y chocó contra la fija mirada de Marceline sobre ella.- ¿Qué?
—Padre, no creo que ella le guste la lectura, que va, tal vez ni siquiera sabe leer
—No hables así de mi hija en mi maldita mesa y castillo —Bramó Bubblegum de la manera más fría posible y todos en la mesa callaron para prestar atención. Nadie en su puta vida debía cuestionar sobre sus creaciones en esta vida, aunque no demostraba demasiado afecto hacia su hija, si alguien la llegara subestimar quería decir que también subestima al poderoso rey del gran Ooo. Rara manera de entender las cosas ¿Verdad?.
—¡Ella es la persona más inteligente del puto mundo! —Saltó en defensa la pelinegra, obvio que no debía faltar ella. Y tampoco faltaría una que otra risilla divertida de algún general de alto rango.
Y el comentario del rey pareció callar la boca siempre abierta del chico, refunfuñando por lo bajo cuando no podía contradecir al más grande ni poder salvar un poco su orgullo y dignidad. Pronto todos volvieron otra vez a una charla grupal y las voces llenaron de vuelta el salón, los distintos tonos y volúmenes de los alfas más prestigiosos hacia imposible la tarea de Marceline de captar la atención de la chica que ahora hablaba con el rey padre de Finn.
El único apático, aparte de Marceline, que no sostenía una charla con los demás era el príncipe Finn y este sólo se disponía a comer su comida y mirar una que otra vez a la princesa sentada al costado suyo, claro, de manera lasciva. Mirada que también era captada por su rival, Marceline también observaba todos los movimientos que hacía ese asqueroso alfa y más cuando involucraba a la chica.
Parecía una eternidad, una lenta y aburrida eternidad, pero por fin el rey había alzado la voz para apurar a su gente y todos los alfas se levantaron de su asiento para salir del salón, Bonni también había sido ordenada para que hiciera lo suyo como era lo planeado, subiendo a su alcoba para terminar de recoger todo lo que llevaría y coger uno que otro libro sugerido por su Alteza.
—¿Bonnie? —Golpeó la puerta entreabierta de la princesa y sin esperar alguna respuesta entró encontrándose a la princesa de frente.- ¿Qué?
—¿Qué te dije sobre golpear, Marceline Abadeer? —Se quejó alejándose de la pálida.
—No respondiste…
—¡No dejaste tiempo para que contestara! Simplemente entraste —Carcajeó mientras buscaba algo en un cajón de su mueble.- ¿No tienes que preparar tu caballo o algo?
—Si, pero tenía que hablar contigo primero… —Respondió calmada y se adentró en la alcoba para sentarse en la cómoda cama de su chica.- ¿Qué piensas del príncipe?
—No he tenido el gusto de hablar con él, salvo por los sarcástico comentarios que larga su boca
—Pero… ¿Te parece lindo? —Murmuró haciendo que el ambiente se tensara un poco.
—Pues… es y no es, ¿Entiendes? —Sonrió y viró hacia la calmada alfa sentada en su cama posando como si fuera un perrito apunto de ser regañado.- ¿Por qué preguntas?
—Solo curiosidad… ¿Crees que su aroma sea lindo?
—Mmm… huele como a pino… o algo natural
—¿Y el mío? —Siguió. La princesa, aturdida por las múltiples preguntas, se acercó y tomó asiento muy cerca de la pelinegra.
—Tu hueles a… Marceline Abadeer —Rio sosteniendo la mirada con la otra. Una adorable sonrisa quedó como última muestra de felicidad, y Marceline la devolvió con mucho afecto y entusiasmo.
Podría ser… ¿Una oportunidad? ¿Un aliento para seguir con todo? ¿O simplemente era un comentario sin sentimiento ni nada?. De todas maneras, algo comenzaba a nacer entre ambas, y eso algo siempre estuvo presente en todo momento cuando se conocieron en la niñez, y bam. Ellas no se habían conocido durante un aburrido baile.
Todo pasó a la edad de siete años, cuando la pálida chica era una aventurera nata y descarada, que no le tenía miedo a alzarle la voz al rey o algún superior de su padre. Incluso era sacada del Castillo cada vez que entraba sin permiso sólo por que había olido el pan recién horneado, aunque eso no enojaba al rey, el rey enfurecía cada vez que la desvergonzada exigía otro pedazo de pan caliente, y ni hablar de su tierno aroma cuando enojaba. Simplemente cómico.
Pero no fue hasta el cumpleaños número siete de Bonnie, Marceline contando ya con ocho, cuando la rosa niña había bajado para su jardín favorito, sosteniendo en una de sus manos un libro de cuentos para niños. Era la primera vez que lo sin la compañía del rey o de alguna mucama o niñera, y ella no esperaría a que su padre terminase con su trabajo, el día era soleado y hermoso para salir a leer bajo la sombra de un inmenso árbol.
Pero se vio interrumpida por una inquilina sentada en su lugar favorito, aparentemente devorando un pequeño pastel. Chilló caminando hacia la pelinegra y zapateó infantilmente contra el suelo, consiguiendo la atención de la otra niña, que rápidamente dejó de comer para centrarse en mirar a la nueva intrusa.
—¿Qué haces acá? Este jardín es sólo para la princesa, ósea yo —Gruñendo altivamente y esperó a que la otra respondiese. Pero sólo se quedaba mirándola fijamente.- ¿Acaso no sabes hablar o que?
—Omega… —Dijo.
—Estúpida…
—Eres omega, por esa razón hueles agradable —Razonó de la manera más inocente posible.
Tomándolo como un insulto, la joven Alteza gimió alterada y lo último que supo la pequeña pálida es que un libro fue arrojado, y lo siguiente fue que el mismo libro se dirigía hacia su cabeza. Poco después, por los lloriqueos nerviosos de su hija, el rey encontró a Marceline inconsciente en el suelo, cerca del árbol, y con un libro y un pedazo pequeño de tarta a sus costados.
Con el paso de los días la pelinegra no se acercó al castillo temiendo que la misma pequeña princesa la golpeara. Y durante un baile se presentaron apropiadamente, se reconocieron al instante -Bonnie la reconoció por la notoria cicatriz que había en la frente de la pálida, producida por la culpa de un libro volador-, rieron incómodamente cuando lo recordaron y Marceline la invitó a bailar.
Una pequeña y graciosa anécdota entre ambas.
La princesa miró hacia arriba, esperando ver alguna nube cargada y gris, pero solo se encontró con el cielo limpio e iluminado por los feroces rayos del sol y eso, para la princesa, no era nada bueno. Ella deseaba que el clima fuera caótico y que su padre cancelara todo este viaje.
Pero todas sus esperanzas se desvanecieron tan rápido mientras su padre la empujaba lentamente para adentrarse al carruaje, ya sentada formalmente suspiró cansada y su padre tomó asiento a su lado, esperando pacientemente a los demás.
—Si te portas como es debido de una omega, prometo que regresaremos cuando tú quieras —Murmuró el alfa, tranquilo y aburrido.- eso sí, han de pasar por lo menos dos días… después de eso regresaremos cuando gustes
—Y el comportamiento que sugieres es de una omega idiota y callada, que sólo sabe arreglarse y elegir a futuros maridos, ¿O me equivoco?
—Eres muy atrevida Bonnibel —Comentó desinteresado mirando por la ventanilla.- pero si, si portas con esos modales haré todo lo que quieras. Ahora cállate que ahí vienen…
Y como había anunciado el rey, poco después el rechoncho y simpático alfa entró y se sentó al frente de Bubblegum, mientras que su hijo se sentó quedando cara a cara con la princesa, casi rozando sus rodillas, el fuerte bramido que se dejó escuchar por parte del alfa haciendo que el carruaje comenzara a moverse y también lo hicieron los caballos que acompañaban al carruaje, caballos que eran dirigidos por Marceline y Jake, y uno que otro amigo del más grande.
Y como la tormenta nunca llegó para placer de la omega, la desgracia si que cayó pero no de la manera que ella pedía. Justo a mitad del camino, habiendo pasado muchas horas de movida sin detenerse, el infortunio se desplomó sobre ella de la manera menos pensada. De noche y con el ciclo de celo estallando. ¿Qué más podía pasar?
Cerró y apretó sus piernas para aliviarse con la pequeña y desconsiderada fricción, ahora bien, eso era lo mínimo del celo. Lo fuerte era tener que soportar las miradas asombradas y hasta lascivas de los otros alfas, miradas que no podía asegurar pero si que sentía en su nuca, era eso o sólo era la penetrante mirada de Finn. Rozando intencionalmente su rodilla con la de ella.
—Umh… ¿Princesa? ¿No le gustaría que nos detuviéramos… para, comprar algunas hierbas? —Preguntó el rechoncho, comprensivo y amable.
—S-si… m-me…, estaría bien —Soltó como pudo, acalorada y agitada.
Martín sonrió suave y con el grito más trivial le avisó al jinete de los nuevos planes, parando de inmediato el carruaje se quedó cerca de un pequeño pueblo autónomo. Planes que eran observados silenciosamente por la joven pálida, la cual apenas había olfateado la densa neblina de feromonas de Bonnie está había estado inquieta en todo momento. Siendo más calculadora que persona, midiendo y escuchando todo lo que podía.
—Ve a caminar un poco… piérdete entre esos árboles —Habló cerca de su oído su padre, insinuando lo que debía hacer.
La princesa asintió y con el pulso tembloroso bajó del carruaje y caminó de manera extraña hasta perderse entre los gordos y enormes árboles, claro, bajo la mirada de Marceline quien también bajó de su caballo. Agradecía al cielo y a los dioses el hecho de que sus compañeros ya estaban emparejados y sin intención de tener amantes, de lo contrario sería un día pesado para los celos agobiantes de la pálida.
Celos que explotaron cuando un desagradable flacucho rubio salía del carruaje para seguir a la princesa, seguro y arrogantemente caminaba por el camino que Bonnie había tomado. Entonces fue cuando Marceline, ni lerda ni perezosa, corrió prácticamente hasta el rubio y lo detuvo para encararlo violentamente.
—¿Adónde crees que vas? —Gruñó esparciendo sus feromonas toscamente y eso hizo que el otro retrocediera unos milímetros.
—Tengo que socorrer a mi omega —Se burló dentro del ambiente tenso.- para eso estoy yo…
—¿Omega? ¿Tú omega? —Rio amargamente.- primero muerta que eso
—¡Marceline! Déjalo ir o ve tu, no me importa —Gritó el rey desde el transporte.
—Iré yo
Se adelantó Marceline, no quería otra guerra o producir una masacre por los celos. Sostuvo tajantemente la mirada de Finn antes de comenzar a caminar, siendo guiada por el rastro imaginario de eso dulce y atrayente fragancia francesa, exquisita para las fosas nasales de Marceline. Apresuró sus pasos cuando dicho perfume era más intenso, mas denso.
La vio abrazando a un grueso árbol, con la cabeza agachada y el trasero un poco salido, y soltando lamentos y groserías que ni Marceline pronunciaría, poco le importaba la presencia de Marceline, porque ahora solo estaba concentrada en los cosquilleos prolongados en su entrepierna.
—¿Bonnie? —Serena y suave se acerca un poco a la otra. Evitando que su cuerpo reaccione a los estímulos naturales como es el celo.
—¿M-marcy?... —Soltó un alarido quejoso.- ¿Y Finn?
—¿Finn? ¿Qué? ¡No! ¡No traeré a Finn! —Bramó y sin querer soltó una nube pesada de feromonas.- ¡Ni siquiera están casados!
—Dios… Marcie… sólo llámalo —se quejó mientras recibía un fuerte espasmo en su vientre y pecho. Signo más que claro de que su celo estaba en la cima.
—¡Qué no! —Rugió violenta y acortó aún más la distancia entre ambas, ahora Bonnie no sólo se preocupaba por su celo, sino también por la impotente presencia que había formado Marceline sin darse cuenta.- ¡Sólo tomarás las malditas hierbas que te traerá Martín!
La princesa nunca antes había sido obligada a nada, y justo ahora Marceline lo hacía sin mover un dedo. Se quedó en la misma posición y cuando el ritmo de su corazón bajo un poco se enderezó y, disimuladamente, hizo una fricción agradable entre sus piernas cuando comenzó a caminar. Pero se detuvo y volteó para enfrentar a la pelinegra.
—Que sea la última vez que me levantas la voz —Murmuró y miró nerviosamente hacia abajo.- tomaré las hierbas y tú… tendrás que hacer algo también
Burlescamente se giró y caminó hasta el carruaje, dejando a la pálida chica mirando también hacia abajo, más precisamente al bulto enorme que había entre sus piernas. Del cual no se había dado cuenta hasta ahora.
—¿Descubrió que estoy enamorada de ella? —Gimió temerosa y distraídamente comenzó a manosear su paquete.
《¡Hey! Gracias por los comentarios, como siempre lamento la demora. Espero que el capítulo sea de su agrado, y estoy al tanto de sus sugerencias, estoy cortas de ideas -ideas que necesito poner en los espacios en blanco:v usd saben-. ¡Gracias por leer!》
