Hacía ya cinco largos años desde que Kagome llegó a la época feudal para quedarse definitivamente. Las cosas habían cambiado bastante, por no decir del todo. Antes estaban acostumbrados a las luchas interminables, peligros amenazantes todos los días y muchos dramas amorosos alrededor de Sango, Shippo, Miroku, Kagome e Inuyasha.
Pero ya no más.
Habitaban tiempos pacíficos, llenos de tranquilidad y estabilidad.
Sango y Miroku cuidaban de su gran familia, cada día con más alegría saludaban a Inuyasha y Kagome. Lucían realmente cansados a veces, pero las sonrisas eran transparentes y sinceras cuando decían que valía la pena cada noche en vela.
Shippo estudiaba para ser un poderoso zorro mágico. Era popular entre las niñas de la aldea, quienes siempre que él se asomase por allí lo perseguían dando grititos y risas. Era un zorrito apuesto― señalaba Kagome― No podía evitar todas sus conquistas, aunque tenía muy en claro que no quería ser como Miroku en el pasado, por lo cual amablemente rechazabas a las muchachitas.
En cuanto a Inuyasha y a Kagome... bueno, ellos habían avanzado en su relación amorosa al fin del cuento. Estaban casados― asumían todos, puesto que Inuyasha nunca había dicho palabra a cerca del matrimonio, pero la llamaba mi mujer cada mínima oportunidad que tenía de entablar conversación― y vivían en una pequeña cabaña en las afueras de la aldea de la anciana Kaede.
Habían decidido vivir más cerca del bosque por como Inuyasha amaba los árboles. Algunas veces Kagome y él discutían― muy a menudo, decían los aldeanos ― entonces ambos encontraban mucha paz en el bosque para tomarse espacio, mientras Kagome miraba las estrellas en las alturas, Inuyasha permanecía encaramado en los árboles hasta que uno de los dos cedía y ocurría una esperada reconciliación.
Los primeros tiempos de matrimonio habían sido difíciles debido a la timidez del medio demonio, quién estaba siempre avergonzado de las demostraciones de amor de Kagome. No estaba acostumbrado ― se excusaba él― y Kagome le creía, ya que nunca había sido cariñoso con él en el pasado.
Pero con el tiempo, la Miko logró hacer del muchacho un apasionado esposo. La ternura era algo que formaba parte de cada encuentro que tenía la joven pareja en el lecho matrimonial, pero Kagome le había enseñado algunas cosas que ella afirmó leer en libros de su época. También tenía muy bien controlada su fertilidad, puesto que no había quedado embarazada en un largo tiempo.
De todas formas y sin entrar en detalles, ellos estaban realmente bien.
En tiempos pasados ninguno de los dos hubiera pensado que tendrían esa vida tan calmada, un matrimonio estable y mucho menos un hogar que no fuera destruido por demonios en tanto tiempo.
Un día, después de una larga tarde de trabajo en la aldea; tanto Kagome como Inuyasha ansiaban llegar a su casa para dormir profundamente.
Él se dio cuenta de lo agotada que parecía Kagome, así que se ofreció a llevarla en su espalda y esta aceptó gustosa con una sonrisa en el rostro. Se recostó totalmente en la ancha espalda de su amado y cerró los ojos con tranquilidad.
En medio del camino, el sol ya había caído y dio lugar a la noche.
Kagome se removió para poder observar el cielo entre los árboles.
― Es una hermosa noche, Inuyasha.
― Mh... ― este asintió y siguió caminando.
― Si no estás tan cansado... ¿Podemos ir a las rocas altas? ― ella pidió dulcemente― Me encantaría ver las estrellas contigo un momento.
Inuyasha pareció dudar antes de contestar. No quería romper las ilusiones de Kagome, realmente quería un momento a solas con ella bajo las estrellas, pero no estaba seguro de que fuera prudente. Cualquiera podría atacarlos desprevenidos en medio de noche.
Pero vio a Kagome, su rostro en su hombro. Ella se aferraba a su cuello y respiraba su aroma con tranquilidad. Ella hacía que él se sintiese tan amado, y se merecía cada cosa que le pidiera.
― Esta bien, Kagome. Iremos...
Y fueron hasta las rocas. Ella se sentó en el regazo de Inuyasha y el envolvió sus manos en la cintura de su esposa y reposo su rostro entre su cuello y sus hombros.
Kagome miraba fijamente a las estrellas, después tomó las manos de Inuyasha entre las suyas en su cintura. Se fijó en su plano vientre y sonrió.
― Inuyasha... ¿No crees que ya tenemos mucha calma?
Él la miró extrañado.
― ¡Feh! ¿Qué dices, mujer? ― él murmuró conectando sus miradas― Si, estamos en mucha calma, pero eso es bueno ¿No?
Ella le sonrió.
― Si, por supuesto... Es sólo que es un poco extraño.
― Bueno, no es como si pudiésemos hacer algo al respecto. Ya vendrán más aventuras, Kagome.
La pelinegra se relajó en los brazos de su chico. Aún tenía ambas manos en su cintura, y en una prueba para sí misma, llevó sus manos y las del hasta su vientre y las hizo acariciar la superficie.
¿Qué se sentiría estar embarazada? Nunca antes lo pensó. Siempre era muy cuidadosa de quedar embarazada, con las fechas de su periodo lograba frenarlo, pero... ¿Acaso no era tiempo ya?
Inuyasha nunca le habló de hijos, pero sabía que le extrañaba el hecho de que no se quedara en cinta en los últimos años, sólo era muy tímido para preguntar. Amaba todo de ese hombre... y ya quería verlo reflejado en un pequeño ser de ellos.
Miró de nuevo a su hermoso esposo. Se perdió en sus ojos ambarinos y se sonrojó un poco por sus pensamientos.
― Si, ya vendrá... ― ella le susurró.
Él notó la acción de la muchacha, pero no le tomó importancia.
Esa noche, luego de unas horas conversando a cerca de cosas de Shippo y su próxima venida a la aldea, vieron como una estrella fugaz recorría el cielo azul. Kagome se sobresaltó y de un brinco se puso de pie rápidamente. Inuyasha se quedó en su lugar observándola.
Ella cerró los ojos y susurró:
― Deseo que ya no estemos solos... Deseo una familia.
Inuyasha lo oyó, y movió sus orejitas de un lado para el otro, confundido.
― Kagome... ― el empezó a ponerse un poco nervioso.
¿Acaso ella se estaba arrepintiendo de venir a esta época? ¿Acaso querría volver con su familia al otro lado del pozo? ― él pensó aterrado― Después de todo no tenían cachorros ni nada que los uniese, sólo ese sentimiento que le atravesaba el pecho cada vez que la miraba. No soportaría que ella se fuese, que lo dejase...
Ella vio la desesperación en el rostro de Inuyasha, comprendió que era muy inocente y se arrodilló frente a él.
― Tontito... ― musitó acariciando sus mejillas― Estoy segura de que estás mal entendiendo mi deseo.
― T-tu... ¿Quieres irte de nuevo?
Ella negó con la cabeza antes de sentarse sobre su esposo de nuevo y enredar sus piernas en las caderas de él, sin perder nunca la conexión de sus miradas.
― No, Inuyasha...
― Pero dijiste-
― Que quiero una familia ― ella dijo segura.
Él bajó la mirada. Estaba aterrado y sentía tristeza sin siquiera enfrentar lo que Kagome iba a decirle.
― Quiero una familia contigo, tonto ― la muchacha soltó una carcajada pequeña mientras volvía a tomar ambas manos de su esposo y ponerlas sobre su vientre.
Entonces lo entendió, por fin el medio demonio encajó las piezas.
― E-estás diciendo que... ¿Quieres un cachorro, Kagome? ― Inuyasha se decidió a mirarla de nuevo sintiendo su corazón galopar en su pecho.
― Si, quiero un bebé nuestro... o muchos más si podemos con el que venga primero― ella seguía sonriendo― Miroku y Sango lo hacen muy bien, podríamos ser unos increíbles padres también-
― Pero Kagome, en todo este tiempo tú no... ― la interrumpió con cierto miedo, con la voz quebrada.
¿Y si no podrían tener cachorros? ― pensó el ingenuo Hanyou.
Ella lo obligó a mirarlo, llevando sus manos hasta sus mejillas de nuevo.
― Eso es porque me estaba cuidando para que no sucediese. Pero creo que es el momento, Inuyasha. Estamos listos para tener un-
― Un cachorro― el terminó por decir, emocionado por completo.
Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro del Hanyou...
Nada lo haría más feliz, que un cachorro de su Kagome. Cuando ella lo besó en ese momento, él sintió conocer la sensación de verdadera felicidad, como tantas otras veces. Pero de igual forma, podría que esa noche fuese diferente, porque ambos buscaron desesperadamente que pasara.
Que esa estrella fugaz cumpliese el deseo de ambos, de ya nunca estar solos.
