Un tiempo después, la pequeña Moroha llegó a las vidas de Inuyasha y Kagome, y definitivamente perdieron un poco de tranquilidad.

La niña tenía mucho de aspecto humano, sus ojos y cabello eran los de Kagome inconfundiblemente. Tenía pequeños colmillos y uñas de demonio, sin embargo. Hacía seis meses que la niña nacía en la cabaña de la anciana Kaede, sin complicaciones y en un parto completamente natural.

A pesar del gran temor que tenía Inuyasha cuando Kagome empezó a tener contracciones, en todo momento mantuvo una alegría oprimida en su pecho, y cuando por fin vio a la niña... el mundo cambió por completo para él.

La bebé balbuceaba en los brazos de Kagome mientras sonreía enérgicamente.

― Es perfecta... ― murmuró Kagome desde su futón.

Inuyasha dejaba sus abrigos al costado del fuego, para que estos se calentaran y poder pasar una cálida noche a pesar de la fría tormenta había afuera. Se aseguró de que todo estuviese en orden y fue hasta su hija y su mujer, abrazó a Kagome por detrás y me ofreció un dedo de la mano a su pequeña niña.

Si hubo algo que nunca se imaginó, fue el posible hecho de ser padre. Jamás ni siquiera lo consideró antes de Kagome apareciese en su vida, ni siquiera con Kikyo había tenido la idea tan clara.

Eran almas gemelas, y ahora tenían una estrella del cielo entre sus brazos... su pequeña Moroha.

― Si, es perfecta. Aunque no se duerme jamás... ― el comentó con un tono de burla.

Kagome lo miró con una sonrisa pequeña.

― Sólo hace falta que le cantes...

― Yo no haré eso, Kagome.

― Dijiste que harías lo que fuera por nosotras― ella hizo un puchero.

― Si, todo tiene límites mujer― el giro su cabeza con el ceño fruncido.

Kagome se resignó. Soltó un suspiro a la par que se ponía pensar en una melodía para cantarle a su retoño.

Moroha los miraba con los ojos muy abiertos. Seguía sosteniendo uno de los dedos de Inuyasha, y la otra mano se la llevaba enérgicamente a la boca, chupando con todas sus fueras su propio pulgar mientras soltaba pequeños soniditos de bebé.

La recién inaugurada madre le sonrió a su pequeña y empezó a cantar...

"𝑫𝒖𝒆́𝒓𝒎𝒆𝒕𝒆 𝒚𝒂 𝒎𝒊 𝒆𝒔𝒕𝒓𝒆𝒍𝒍𝒂 𝒇𝒖𝒈𝒂𝒛,

𝑵𝒂𝒅𝒊𝒆 𝒚𝒂 𝒏𝒖𝒏𝒄𝒂 𝒂𝒍𝒈𝒖́𝒏 𝒅𝒂𝒏̃𝒐 𝒕𝒆 𝒉𝒂𝒓𝒂́.

𝑫𝒖𝒆́𝒓𝒎𝒆𝒕𝒆 𝒚𝒂 𝑴𝒐𝒓𝒐𝒉𝒂, 𝑴𝒐𝒓𝒐𝒉𝒂

𝑺𝒊𝒆𝒎𝒑𝒓𝒆 𝒆𝒏 𝒕𝒖𝒔 𝒔𝒖𝒆𝒏̃𝒐𝒔 𝒗𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒂 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒓..."

Inuyasha se quedó un momento perdido en la melodía que cantaba su mujer. Tenía una voz melodiosa... y la bebé casi se había quedado dormida.

― ¿Estrella fugaz? ― el inquirió.

― Moroha fue nuestro deseo a la estrella fugaz...

― Oh, si ― él se sonrojó, recordándolo.

― Al parecer debo cantarle una vez más. Dime Inuyasha, algo que quieras decirle a ella... yo lo cantaré.

El peliplata dudó.

― Que siempre mantenga la esperanza...

Kagome se enterneció y sonrió.

― Está bien, y qué más...

― Fuerza, la fuerza te la da el amor. Debes tener alguien a quien proteger o por quién luchar― dijo el sabio muchacho con la expresión seria.

― Eres muy tierno, esto es extraño para ti― su esposa soltó una risita.

― No molestes Kagome ― gruñó él, bajito― También dile que la luna la cuidará. Después de todo, ella es nuestra estrella― el acaricio la cabecita de su bebé.

Kagome empezó a cantar de nuevo:

"𝑯𝒂𝒚 𝒆𝒔𝒑𝒆𝒓𝒂𝒏𝒛𝒂 𝒆𝒏 𝒕𝒖 𝒄𝒐𝒓𝒂𝒛𝒐́𝒏,

𝑭𝒖𝒆𝒓𝒛𝒂 𝒉𝒂𝒍𝒍𝒂𝒓𝒂́𝒔 𝒔𝒊 𝒕𝒊𝒆𝒏𝒆𝒔 𝒂𝒎𝒐𝒓.

𝑺𝒆𝒓𝒂́ 𝒍𝒂 𝒍𝒖𝒏𝒂 𝒕𝒖 𝒈𝒓𝒂𝒏 𝒑𝒓𝒐𝒕𝒆𝒄𝒕𝒐𝒓,

𝑬𝒍𝒍𝒂 𝒔𝒊𝒆𝒎𝒑𝒓𝒆 𝒕𝒆 𝒅𝒂𝒓𝒂́ 𝒗𝒂𝒍𝒐𝒓..."

Ambos padres admiraron cómo su pequeña niña cerraba los ojos con calma. Estaba por fin en un profundo sueño. La bajaron en su pequeño futón a un costado y se metieron al suyo con extremo cuidado de no hacer barullo.

Pronto ambos dormitaban, pero Kagome no se rindió tan fácil al sueño.

― Inuyasha... ― murmuró.

Él sólo soltó un gruñido en respuesta, eso significaba que estaba despierto.

― Tengo miedo de lo que pueda pasar con Moroha.

Él bufó bajito.

― Kagome, no le pasará nada Nos tiene para cuidar de ella hasta el fin de nuestros días...

― ¿Tú crees que todo saldrá bien? ¿La cuidaremos siempre? ― ella se hizo un ovillo entre los brazos de él.

― Si, Kagome. Siempre... ― el musitó medio dormido― Ahora ya duerme, porque no creo que nos de un descanso decente nunca.

Kagome rio en un susurro.

― Espero que ella nunca nos de un descanso... ― balbuceó en un bostezo.

Y pasaron unos minutos antes de que Kagome volviese hablar, Inuyasha estaba despierto, pero ya no le respondía. Necesitaba esa siesta.

― Inuyasha...

― Kagome, ya duerme... ― el se quejó.

― Los amo ― ella confesó― A ti y a Moroha. Daría mi vida por ustedes.

Entonces el peliplata abrió los ojos perezosamente para ver como su mujer soltaba algunas lágrimas. Se asustó y la giró para tener sus rostros frente a frente.

― Oye, Kagome... Yo también las amo. No llores, sólo estoy cansado para hablar, yo-

― Lo sé ― ella lo interrumpió― Lloro porque soy feliz de tenerlos.

El la miró enternecido.

― Yo soy el que está feliz de tenerlas...

Una niña cazarrecompensas caminaba sin rumbo por el bosque.

Vivía en una pequeña cabaña abandonada al costado de un río. No tenía recuerdos de sus padres, de su familia o de algún conocido en su niñez.

Cuando tenía cuatro años, un día sólo despertó sin saber quién era o donde estaba. Sólo tenía en sus manos una espada demoniaca, un haori de color escarlata y un brazalete que decía su nombre: Moroha.

Pero debería de tener padres ― se decía a sí misma― Así que los encontraría.

Sabía que uno de sus progenitores debió ser un Yokai, porque ella mantenía esas características. Su madre debió ser humana... o eso le decía Myoga. Pero no era una pulga de la que ella se fiaba.

Le costó mucho sobrevivir los primeros años, estando sola y sin ayuda para conseguir alimentos. Pero con ayuda de sus poderes lo había logrado. Era fuerte, debía serlo para seguir buscando a su familia.

Eso la movía: Encontrarlos.

Ahora que ya tenía más edad decidió viajar por todo japón buscando respuestas. Visitaba aldeas, y solía trabajar para algunos quienes buscaban exterminar demonios o encontrar criminales. Pero eso lo hacía además de por el dinero— que realmente le gustaba —, para buscar pistas de sus padres.

Lo guardaba en su interior, para ella sola. No sé lo había dicho a nadie... y daba igual, porque no tenía a nadie a su lado.

Buscaba un demonio fuerte y poderoso que buscase a su hija, o a una humana sensible que había perdido a su niña y estaba desconsoladamente deprimida por ello.

Porque debieron quererla... ― Moroha trataba de convencerse a sí misma― La querían y la estaban buscando a toda costa. Esto era solo el destino jugando una mala pasada.

Lo único que tenía de recuerdo era la ropa que nunca se había quitado, la espada... y su brazalete. Así que los tenía a la vista siempre, por si sus padres la reconocieran por esos objetos.

En uno de esos viajes había descubierto la existencia de unas perlas de colores que daban poderes y podían conceder deseos. Así que volvió a su cabaña por última vez antes de volver a viajar para iniciar aquella aventura.

Caminó con su espada en manos hasta el pozo que estaba en medio del bosque. En ese lugar ella despertó la última vez que tuvo conciencia en su niñez. Ahí estaba, herida y frágil... cuando sólo tenía cuatro años.

Se sentó en el borde del pozo con cierta tristeza en el rostro. Eso era extraño en ella, normalmente tenía brotes de felicidad en su interior, pero cuando pensaba en sus padres... Simplemente dolía demasiado.

Lo único que recordaba, era una melodía... sin letra, sin mensaje. Sólo una melodía, aunque con el tiempo ella misma le había puesto letra y la solía cantar cuando se sentía vacía, y cuando los... extrañaba.

Así que entonó la melodía:

"𝑺𝒐𝒏 𝒎𝒊 𝒅𝒆𝒔𝒆𝒐 𝒂 𝒍𝒂 𝒆𝒔𝒕𝒓𝒆𝒍𝒍𝒂 𝒇𝒖𝒈𝒂𝒛,

𝒀𝒐 𝒍𝒆𝒔 𝒑𝒓𝒐𝒎𝒆𝒕𝒐, 𝒍𝒐𝒔 𝒗𝒐𝒚 𝒂 𝒆𝒏𝒄𝒐𝒏𝒕𝒓𝒂𝒓.

𝑵𝒐 𝒉𝒂𝒚 𝒑𝒂𝒍𝒂𝒃𝒓𝒂𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒆𝒙𝒑𝒍𝒊𝒄𝒂𝒓...

𝑪𝒖𝒂𝒏𝒕𝒐 𝒂𝒏𝒉𝒆𝒍𝒐 𝒔𝒂𝒃𝒆𝒓 𝒍𝒂 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅"

Y la muchacha miró el cielo. Era de tarde, no podían verse aún las estrellas... Pero cada sola noche desde que olvidó todo lo había pedido con todo su corazón, a las estrellas y a dioses.

― No quiero estar sola... Quiero una familia.

Lo que ella no sabía, fue que tiempo atrás una sacerdotisa y un medio demonio pedían ese mismo deseo.

𝑌 𝑀𝑜𝑟𝑜ℎ𝑎 𝑒𝑟𝑎 𝑒𝑠𝑎 𝑒𝑠𝑡𝑟𝑒𝑙𝑙𝑎 𝑒𝑛 𝑒𝑙 𝑐𝑖𝑒𝑙𝑜, 𝑝𝑒𝑟𝑜 𝑎ℎ𝑜𝑟𝑎... 𝑒𝑙𝑙𝑜𝑠 ℎ𝑎𝑏𝑖́𝑎𝑛 𝑡𝑜𝑚𝑎𝑑𝑜 𝑠𝑢 𝑙𝑢𝑔𝑎𝑟.